ASI NACIO ISRAEL
JORGE GARCIA GRANADOS
BIBLIOTECA
ORIENTE
BUENOS AIRES
ARGENTINA
BUENOS AIRES
ARGENTINA
1949
Copyright Disclaimer Under Section 107 of the Copyright Act 1976, allowance is made for fair use for purposes such as criticism, comment, news reporting, teaching, scholarship, and research. Fair use is a use permitted by copyright statute that might otherwise be infringing. Non-profit, educational or personal use tips the balance in favor of fair us
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PREFACIO
ESTE LIBRO narra la historia de una
experiencia personal, experiencia memorable y espiritualmente fructífera, que
empezó el 13 de mayo de 1947, cuando fui designado para integrar la Comisión
Especial de las Naciones Unidas para Palestina.
Tras largos análisis y el estudio más
meticuloso, nuestra Comisión recomendó unánimemente la terminación del Mandato
Británico sobre Palestina y la independencia del país. La mayoría de nosotros se decidió en favor de la división
de Palestina entre árabes y judíos, para que cada uno de los contendientes
gozara de independencia en una parte del territorio. Las Naciones
Unidas aceptaron este proyecto, que fue así la base para el establecimiento del
estado judío de Israel.
Pero aunque la partición llegó a ser una
realidad, no advino precisamente del modo que hablamos esperado. El estado de Israel no nació a la vida mediante la acción
ordenada y regular del mecanismo internacional. El mecanismo internacional
falló. Las páginas que siguen revelarán muchas de las razones de este
fracaso, razones nacidas principalmente de la
política por el poder, de los celos y de la intriga. Como consecuencia
de todo ello los
judíos se vieron forzados a erigir su estado valiéndose de sus propios medios, con el solo respaldo de la autoridad moral que
les prestaba la resolución aprobada por las Naciones Unidas, pero sin ninguna ayuda contra la invasión armada.
Lamento, por las Naciones Unidas, que esto ocurriera como ocurrió. Habría sido
un presagio maravilloso de la futura eficacia de la comunidad internacional que
las Naciones Unidas empezaran su carrera con una acción tan constructiva. Sin
embargo, en cierto sentido me alegro por los judíos. Tal como resultaron las
cosas, su estado no les fue dado como regalo; ellos
mismos lo crearon a costa de una gran lucha, llegando a la libertad
por el mismo camino que han empleado todos los pueblos en la historia.
Tales son mis ideas ahora que pienso en la
Tierra Santa y en la historia que allí se escribe, en la cual ha colaborado
nuestra Comisión. Estoy convencido de que en la lucha de los judíos han de
encontrarse lecciones para toda la estirpe humana. Ellos han probado que, aun
contra todas las adversidades posibles, la fe en una causa y el espíritu de sacrificio por un ideal
acaban por triunfar. Esa es la lección duradera para todos nosotros: la fe es
más poderosa que la fuerza material, y en la batalla final triunfa quien lucha
por lo que sabe justo y recto.
Termino expresando la deuda que tiene este
libro para con muchas personas. No puedo enumerar a todos estos amigos
admirables, pero deseo hacer patente mi gratitud en particular a Emilio Zea
González, mi suplente en la Comisión Especial; al doctor Alfonso García Robles,
de la Secretaría de las Naciones Unidas; a Gerold Frank, uno de los más capaces
corresponsales extranjeros norteamericanos, y a mi mujer, por su comprensión y
aliento constantes.
Chalet "Alcalá", Ciudad de
Guatemala.
CAPITULO I
ENTRADA POR LA PUERTA DE ATRÁS
PEDRO ZULOAGA, venezolano de espíritu liberal y miembro de la delegación permanente de su país ante las Naciones Unidas, alzó su copa.
—García Granados, usted debería estar en esta Comisión—dijo con énfasis—. Necesitamos un luchador.
Hernán Santa Cruz, jefe de la delegación de Chile, me miró sonriente por encima de la mesa.
—Sí —dijo—. Usted debe ir a Palestina.
Era a principios de mayo, en 1947. Un grupo de latinoamericanos estábamos terminando de almorzar en el comedor para delegados del cuartel general de las Naciones Unidas situado en Lake Success. El tema de nuestra conversación era la Asamblea Especial de las Naciones Unidas, ante la cual todos éramos delegados. Pocos días antes, el 23 de abril, se había abierto la Asamblea y habíamos iniciado nuestro examen preliminar del complicada problema de Palestina. Ahora, después de haber oído los argumentos de los portavoces judíos y árabes, las cincuenta y cinco naciones miembros iban a elegir un comité especial que fuera a Palestina, estudiara la situación. y volviera con una solución definitiva. Era un momento que la historia pintaba trágicamente. Veinticinco años de gobierno británico culminaban en el caos; en aguas palestinas los ingleses detenían barcos de refugiados judíos, cuyos pasajeros eran internados en campamentos británicos, en Chipre; miembros del movimiento clandestino judío perecían en la horca; los rebeldes tiroteaban a soldados británícos y hacían volar trenes; los árabes peleaban contra los árabes extremistas. . . La tarea confiada a esta comisión investigadora tendría proporciones hercúleas. evidentemente.
Debo decir que la sugestión de mía colegas me tomó de sorpresa. Apenas un mes antes, estando en Washington, mi mujer y yo habíamos proyectado ir a Guatemala el primero de Julio, de Vacaciones, acompañados por dos huéspedes: M. Henri Bonnet, el embajador francés, y Mme. Bonnet. Les había hablado de los encantos de mi tierra, d ela temperatura moderada y el clima deleitoso de nuestras mesetas; y ellos habían aceptado nuestra invitación. Esperabamos unas vacaciones de tranquilidad y descanso.
PEDRO ZULOAGA, venezolano de espíritu liberal y miembro de la delegación permanente de su país ante las Naciones Unidas, alzó su copa.
—García Granados, usted debería estar en esta Comisión—dijo con énfasis—. Necesitamos un luchador.
Hernán Santa Cruz, jefe de la delegación de Chile, me miró sonriente por encima de la mesa.
—Sí —dijo—. Usted debe ir a Palestina.
Era a principios de mayo, en 1947. Un grupo de latinoamericanos estábamos terminando de almorzar en el comedor para delegados del cuartel general de las Naciones Unidas situado en Lake Success. El tema de nuestra conversación era la Asamblea Especial de las Naciones Unidas, ante la cual todos éramos delegados. Pocos días antes, el 23 de abril, se había abierto la Asamblea y habíamos iniciado nuestro examen preliminar del complicada problema de Palestina. Ahora, después de haber oído los argumentos de los portavoces judíos y árabes, las cincuenta y cinco naciones miembros iban a elegir un comité especial que fuera a Palestina, estudiara la situación. y volviera con una solución definitiva. Era un momento que la historia pintaba trágicamente. Veinticinco años de gobierno británico culminaban en el caos; en aguas palestinas los ingleses detenían barcos de refugiados judíos, cuyos pasajeros eran internados en campamentos británicos, en Chipre; miembros del movimiento clandestino judío perecían en la horca; los rebeldes tiroteaban a soldados británícos y hacían volar trenes; los árabes peleaban contra los árabes extremistas. . . La tarea confiada a esta comisión investigadora tendría proporciones hercúleas. evidentemente.
Debo decir que la sugestión de mía colegas me tomó de sorpresa. Apenas un mes antes, estando en Washington, mi mujer y yo habíamos proyectado ir a Guatemala el primero de Julio, de Vacaciones, acompañados por dos huéspedes: M. Henri Bonnet, el embajador francés, y Mme. Bonnet. Les había hablado de los encantos de mi tierra, d ela temperatura moderada y el clima deleitoso de nuestras mesetas; y ellos habían aceptado nuestra invitación. Esperabamos unas vacaciones de tranquilidad y descanso.
A la sazón recibí un telegrama de mi
gobierno, con instrucciones de ir inmediatamente a Nueva York para participar
como jefe de la delegación guatemalteca, en la Asamblea Especial para
Palestinaque había sido convocada a pedido de la Gran Bretaña.-.Yo no tenía muchas ganas de cambiar mis planes a último
momento.: Pero, corno optimista incorregible que soy, le dije a
mi mujer-
-Bien, no será por mucho tiempo. Estas sesiones acabarán en bocas semanas, y entoncer, podremos seguir adelante con nuestros
¿Cómo iba yo a saber que este pedido cambiaría el curso de mi vida en el año siguiente y me introduciría de lleno en un problema que entonces tenía poco o ningún significado para mí? Al cabo de pocos meses no era ya embajador de mi país en Washington y estaba enredado, como tantas otras, veces en mi vida, en la lucha de un pueblo por la libertad.
No fue ningún conocimiento especial de mi parte lo que llevó a mis colegas a pensar en mi como miembro de la comisión investigadora. Yo sabía muy poco sobre Palestina. Pero estaban seguros de que no bien entendiera a punto fijo dónde estaba la justicía, pelearía por ella con todas las fuerzas a mí alcance. Un año antes, en estos mismos salones, los latinoamericanos liberales nos habíamos unido en la lucha por conseguir que las Naciones Unidas denunciaran a la España franquista por su política antidemocrática y dictatorial. Habíamos dejado ver Claramente dónde estábamos situados. El problema palestino sería una prueba mucho más crítica para saber si nuestra organización mundial podía aplicar el gobierno de la ley y la razón en zonas de agudo conflicto político. La Única esperanza para la paz mundial está en la seguridad colectiva, y nosotros, corno ciudadanos y dirigentes de países pequeños, nos adherimos fervorosamente a esta fe. La Liga de las Naciones había zozobrado en la roca trágica de la política por el poder. Nosotros sabíamos que no osaríamos permitir a las grandes potencias que convirtieran también a las Naciones Unidas en liza poder hacer alardes de sus fuerzas.
I.a eficacia de la acción internacional en Palestina dependía, sobre todo, de la imparcialidad del comité investigador que se enviara. Por ello todos nosotros estábamos alerta para ver por qué medios tratarían de influir las grandes potencias en la composición del comité. En la r.ntesala de los delegados, ese centro fascinante de murmuraciones e intrigas internacionales, ya se sabía la noticia: los Estados Unidos, en una rápida maniobra tendiente a impedir que el bloque soviético presentara su propia lista, y apoyados por Reino Unido, propondrían un comité de siete naciones: Canadá, Checoeslovaquia, Irán, Holanda, Perú, Suecia y Uruguay.
Me sentí desilusionado. No era una lista fuerte. Si bien mucho dependía de las personas elegidas y de las instrucciones que recibieran de sus respectivos gobiernos, en caso de haberlas, ciertos hechos eran muy claros. Canadá, Holanda y Suecia estaban en el bloque occidental, y favorecían a Gran Bretaña, la potencia mandataria en Palestina. Perú era notablemente conservador, e Irán un estado musulmán cuya opinión no constituiría ningún secreto. Si esta comisión, como parecía probable, iba a redactar sus recomendaciones con el ojo puesto en la Gran Bretaña y los Estados Unidos, no ayudaría mucho a encontrar la verdadera solución que ellos propusieran.
No bien se hizo pública la lista de los Estados Unidos, Polonia presentó una contrapropuesta, firmemente apoyada por Andrei Gromyko,delegado soviético. Quería quo los cinco miembros permanetnes del Consejo de Seguridad —Estados Unidos, Gran Bretaña, La URSS, Fraacia y China— formaran el núcleo del comité; con lo cual, dijo, se aseguraría la aplicación indudable de cualquier solución que ellos propusieran.
-Bien, no será por mucho tiempo. Estas sesiones acabarán en bocas semanas, y entoncer, podremos seguir adelante con nuestros
¿Cómo iba yo a saber que este pedido cambiaría el curso de mi vida en el año siguiente y me introduciría de lleno en un problema que entonces tenía poco o ningún significado para mí? Al cabo de pocos meses no era ya embajador de mi país en Washington y estaba enredado, como tantas otras, veces en mi vida, en la lucha de un pueblo por la libertad.
No fue ningún conocimiento especial de mi parte lo que llevó a mis colegas a pensar en mi como miembro de la comisión investigadora. Yo sabía muy poco sobre Palestina. Pero estaban seguros de que no bien entendiera a punto fijo dónde estaba la justicía, pelearía por ella con todas las fuerzas a mí alcance. Un año antes, en estos mismos salones, los latinoamericanos liberales nos habíamos unido en la lucha por conseguir que las Naciones Unidas denunciaran a la España franquista por su política antidemocrática y dictatorial. Habíamos dejado ver Claramente dónde estábamos situados. El problema palestino sería una prueba mucho más crítica para saber si nuestra organización mundial podía aplicar el gobierno de la ley y la razón en zonas de agudo conflicto político. La Única esperanza para la paz mundial está en la seguridad colectiva, y nosotros, corno ciudadanos y dirigentes de países pequeños, nos adherimos fervorosamente a esta fe. La Liga de las Naciones había zozobrado en la roca trágica de la política por el poder. Nosotros sabíamos que no osaríamos permitir a las grandes potencias que convirtieran también a las Naciones Unidas en liza poder hacer alardes de sus fuerzas.
I.a eficacia de la acción internacional en Palestina dependía, sobre todo, de la imparcialidad del comité investigador que se enviara. Por ello todos nosotros estábamos alerta para ver por qué medios tratarían de influir las grandes potencias en la composición del comité. En la r.ntesala de los delegados, ese centro fascinante de murmuraciones e intrigas internacionales, ya se sabía la noticia: los Estados Unidos, en una rápida maniobra tendiente a impedir que el bloque soviético presentara su propia lista, y apoyados por Reino Unido, propondrían un comité de siete naciones: Canadá, Checoeslovaquia, Irán, Holanda, Perú, Suecia y Uruguay.
Me sentí desilusionado. No era una lista fuerte. Si bien mucho dependía de las personas elegidas y de las instrucciones que recibieran de sus respectivos gobiernos, en caso de haberlas, ciertos hechos eran muy claros. Canadá, Holanda y Suecia estaban en el bloque occidental, y favorecían a Gran Bretaña, la potencia mandataria en Palestina. Perú era notablemente conservador, e Irán un estado musulmán cuya opinión no constituiría ningún secreto. Si esta comisión, como parecía probable, iba a redactar sus recomendaciones con el ojo puesto en la Gran Bretaña y los Estados Unidos, no ayudaría mucho a encontrar la verdadera solución que ellos propusieran.
No bien se hizo pública la lista de los Estados Unidos, Polonia presentó una contrapropuesta, firmemente apoyada por Andrei Gromyko,delegado soviético. Quería quo los cinco miembros permanetnes del Consejo de Seguridad —Estados Unidos, Gran Bretaña, La URSS, Fraacia y China— formaran el núcleo del comité; con lo cual, dijo, se aseguraría la aplicación indudable de cualquier solución que ellos propusieran.
Esto no gustó a los Estados Unidos. Washington prefería que Moscú no
tuviera un papel importante en Palestina, y tampoco deseaba verse tan
directamente implicado en el problema. El senador Warren Austin, delegado
norteamericano, hizo una
declaración más importante por lo que dejó de decir que por lo que dijo: sin duda, observó, cualquier organismo que incluya a los
cinco grandes no puede pretender "ser imparcial". Alexander Parodi, de Francia, le apoyó; y
Asa£ Alí de la India, hablando como defensor de las potencias pequeñas, señaló
con cierto fastidio que, con la sola excepción de China, cada uno de los cinco
grandes tenía intereses políticos o económicos en el Medio Oriente, y por lo
tanto no deberían ser elegidos para formar el Comité.
Yo había observado anteriormente que los Estados Unidos seguían una técnica de globo de ensayo en las :Naciones Unidas. Si una proposición suya no obtenía el apoyo general, no la retiraban, sino que sugerían una enmienda para resolver las objeciones, asegurándose así de que, saliera al fin lo que saliera, su idea básica no se habría perdido. Por consiguiente esperábamos que el senador Austin sacara a relucir tarde o temprano una enmienda a su propuesta original de los siete países.
La composición del Comité llegó al voto el 13 de mayo: fué un día de discusiones vigorosas, en que el bloque soviético defendió ardientemente su punto de vista. Primero votamos la proposición rusa de que el Comité estuviera compuesto solamente por estados del Consejo de Seguridad_ Fue derrotada rápidamente. También se perdió la proposición polasa de que el Comité constara de 11 naciones inclusive los Cinco Grandes. Finalmente votamos una moción australiana para que el Comité estuviera compuesto por 11 países, excluyendo a los Cinco Grandes. aquí, aunque las Naciones Unidas trataban uno de los problemas más de su histeria, treinta y una naciones se abstuvieron de votar o figuraron como ausentes, y la moción australiana fue aprobada por dos votos, 13 a 11. No pude menos de pensar lo siguiente: Nos estamos acercando al problema como si fuera a estallarnos en la cara. Es complicado, sí, ¿pero acaso no estamos aquí para tratar asuntos complicados?
Inspirado por pensamientos semejantes. Jan Papenek, entonces delegado checoeslovaco, tomó la palabraa para decir, tristemente
Yo había observado anteriormente que los Estados Unidos seguían una técnica de globo de ensayo en las :Naciones Unidas. Si una proposición suya no obtenía el apoyo general, no la retiraban, sino que sugerían una enmienda para resolver las objeciones, asegurándose así de que, saliera al fin lo que saliera, su idea básica no se habría perdido. Por consiguiente esperábamos que el senador Austin sacara a relucir tarde o temprano una enmienda a su propuesta original de los siete países.
La composición del Comité llegó al voto el 13 de mayo: fué un día de discusiones vigorosas, en que el bloque soviético defendió ardientemente su punto de vista. Primero votamos la proposición rusa de que el Comité estuviera compuesto solamente por estados del Consejo de Seguridad_ Fue derrotada rápidamente. También se perdió la proposición polasa de que el Comité constara de 11 naciones inclusive los Cinco Grandes. Finalmente votamos una moción australiana para que el Comité estuviera compuesto por 11 países, excluyendo a los Cinco Grandes. aquí, aunque las Naciones Unidas trataban uno de los problemas más de su histeria, treinta y una naciones se abstuvieron de votar o figuraron como ausentes, y la moción australiana fue aprobada por dos votos, 13 a 11. No pude menos de pensar lo siguiente: Nos estamos acercando al problema como si fuera a estallarnos en la cara. Es complicado, sí, ¿pero acaso no estamos aquí para tratar asuntos complicados?
Inspirado por pensamientos semejantes. Jan Papenek, entonces delegado checoeslovaco, tomó la palabraa para decir, tristemente
—Considero esta votación como resultado
directo del deseo de las grandes potencias de
evitar toda responsabilidad en este importantísimo problema. Otros, más de la mitad de los estados miembros, también rehuyen
su responsabilidad. Pienso que eso debe
decirse claramente en este recinto._
Yo no me engañaba con respecto a las razones de todo ello: cada una de las grandes potencias buscaba una ventaja, y la mayoría de los países pequeños, con excepción del bloque musulmán, temían contrariar a los países más influyentes. Los delegados musulmanes encaraban la cuestión abierta y francamente, como partes en la disputa: sus posiciones y sus simpatías estaban establecidas de antemano. No era sorprendente, pues, que en este clima no se prestase atención a los méritos del caso.
Luego debimos ampliar la Comisión. Santa Cruz, de Chile, propuso a Guatemala y Yugoeslavia como los miembros octavo y noveno. El senador Austin propuso después que, como Chile ya había nombrado a un latinoamericano y a un eslavo, debíamos aprobar los nueve ya designados y elegir dos más, preferiblemente de países que representaran al Asia y a la zona del Pacífico meridional, lo cual daría al comité una vasta representación geográfica. No hubo objeciones en la sala; se llevó adelante la moción y en pocos momentos la India y Australia habían sido elegidas y la Comisión de Investigación estaba completa.
De esta manera, como idea tardía y por la puerta de atrás, gracias a la iniciativa de los delegados latinoamericanos liberales y el consentimiento de los Estados Lnidos y la Unión Soviética, Guatemala (y yo con ella) ingresó a la Comisión Especial de las Naciones Unidas para Palestina, que la prensa mundial bautizaría más tarde con la sigla UNSCOP .
Como comité estábamos en una posición excepcional. Eramos el Tribunal supremo y el primer organismonacional que investigaría el problema de Palestina. Los comités investigadores que nos precedieran habían sido británicos o anglonorteamericanos. Eran responsables tan sólo ante sus propios gobiernos. Nosotros éramos responsables ante las naciones del mundo entero. Y yo sentía que esto era eminentemente justo,pues habían sido las naciones del mundo, la Liga de la de las Naciones, quienes habían dado a Gran Bretaña el Mandato para Palestina, y le habían confiado en su nombre el gobierneo de Tierra 'Santa. Ahora que la tarea le resultaba, demasiado grande era justo que devolviera el gobierno a la comunidad de naciones para que éstas juzgaran y resolvieran.
Las condiciones que nos habían puesto eran claras. Tendríamos "todo el poder necesario para averiguar y registarar hechos, y para investigar todos los puntos y cuestiones relativos al problema de Palestina". Dirigiríamos y efectuaríamos investigaciones en Palestina y dondequiera estimáramos útil; y prepararíamos un informe con nuestras recomendaciones "para la solución del problema de Palestina", que debíamos entregar el 1 de septiembre de 1947, para someterlo a la Asamblea General de las Naciones Unidas, convocada para reunirse en sesión ordinaria a fines de ese mes en Flushing Meadows.
Yo no me engañaba con respecto a las razones de todo ello: cada una de las grandes potencias buscaba una ventaja, y la mayoría de los países pequeños, con excepción del bloque musulmán, temían contrariar a los países más influyentes. Los delegados musulmanes encaraban la cuestión abierta y francamente, como partes en la disputa: sus posiciones y sus simpatías estaban establecidas de antemano. No era sorprendente, pues, que en este clima no se prestase atención a los méritos del caso.
Luego debimos ampliar la Comisión. Santa Cruz, de Chile, propuso a Guatemala y Yugoeslavia como los miembros octavo y noveno. El senador Austin propuso después que, como Chile ya había nombrado a un latinoamericano y a un eslavo, debíamos aprobar los nueve ya designados y elegir dos más, preferiblemente de países que representaran al Asia y a la zona del Pacífico meridional, lo cual daría al comité una vasta representación geográfica. No hubo objeciones en la sala; se llevó adelante la moción y en pocos momentos la India y Australia habían sido elegidas y la Comisión de Investigación estaba completa.
De esta manera, como idea tardía y por la puerta de atrás, gracias a la iniciativa de los delegados latinoamericanos liberales y el consentimiento de los Estados Lnidos y la Unión Soviética, Guatemala (y yo con ella) ingresó a la Comisión Especial de las Naciones Unidas para Palestina, que la prensa mundial bautizaría más tarde con la sigla UNSCOP .
Como comité estábamos en una posición excepcional. Eramos el Tribunal supremo y el primer organismonacional que investigaría el problema de Palestina. Los comités investigadores que nos precedieran habían sido británicos o anglonorteamericanos. Eran responsables tan sólo ante sus propios gobiernos. Nosotros éramos responsables ante las naciones del mundo entero. Y yo sentía que esto era eminentemente justo,pues habían sido las naciones del mundo, la Liga de la de las Naciones, quienes habían dado a Gran Bretaña el Mandato para Palestina, y le habían confiado en su nombre el gobierneo de Tierra 'Santa. Ahora que la tarea le resultaba, demasiado grande era justo que devolviera el gobierno a la comunidad de naciones para que éstas juzgaran y resolvieran.
Las condiciones que nos habían puesto eran claras. Tendríamos "todo el poder necesario para averiguar y registarar hechos, y para investigar todos los puntos y cuestiones relativos al problema de Palestina". Dirigiríamos y efectuaríamos investigaciones en Palestina y dondequiera estimáramos útil; y prepararíamos un informe con nuestras recomendaciones "para la solución del problema de Palestina", que debíamos entregar el 1 de septiembre de 1947, para someterlo a la Asamblea General de las Naciones Unidas, convocada para reunirse en sesión ordinaria a fines de ese mes en Flushing Meadows.
ASI NACIO ISRAEL
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1949
CAPÍTULO II
LA MESA REDONDA INTERNACIONAL
DESDE LOS LEJANOS rincones del
mundo llegaban a Nueva York los once
miembros designados para la UNSCOP. Un jueves por la mañana, a fines de mayo,
alcé el tubo de mi teléfono y oí una voz impaciente, balbuceante y aguda que me
invitaba a comer esa noche en el hotel Ambassador. Era sir Abdur Rahman, el
representante de la India en la UNSCOP.
Sir Abdur resultó ser un caballero sumamente
excitable, que frisaba en los sesenta años, de talla mediana, rollizo, de cara
redonda y poseedor de un temperamento explosivo. Acababa de llegar de Bombay y
había tenido una experiencia desgraciada al detenerse en Londres.
Aparentemente, el Ministerio de Relaciones Exteriores de la India había
olvidado obtenerle la visación inglesa, y cuando las dificultades de transporte
lo retuvieron tres días, se encontró virtualmente prisionero en su hotel de
Londres, sin poder salir de su recinto.
—Le digo que fue algo imposible —afirmaba,
colérico--. Me trataron como si fuera un salvaje peligroso!
Pronto observé que sir Abdur tenía por
costumbre expresarse con fuerza y vehemencia; y cuando estaba exitado,
loocurría a menudo, tartamudeaba y soltaba bruscamente las palabras. No era un
tartamudeo por timidez, sino algo semejante a un automóvil con el escape
abierto, que lanza dos o tres broncos resoplidos a fin de tomar mayor
velocidad para su viaje.
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Ahora tartamudeaba y resoplaba airadamente
contra todo. Veía mal que no estuvieran presentes todos los delegados para
discutir reglas de procedimiento; estaba fastidiado porque no podía hallar las
direcciones de los otros delegados (parecía que yo era el primer y único colega
con quien había podido dar) ; se quejaba de que la oficina de las Naciones
Unidas a cargo de ese servicio no lo hubiera satisfecho, y se sentía irritado
por todos y por todo.
Nuestra conversación reveló que era mahometano devoto, uno de los dos
miembros de esa fe que había en nuestra Comisión, siendo el otro Nasrollah
Entezam, ex Ministro de Relaciones Exteriores del Irán. Sir Abdur no
bebía ni fumaba. Era juez de la Suprema Corte en Lahore, zona donde los
musulmanes eran mucho menos numerosos que los indostánicos. Era miembro del
Partido del Congreso Hindú, y uno de los pocos musulmanes que obedecían a
Nehru. En los días que siguieron, hasta cuando por fin llegamos a discutir las
ventajas e inconvenientes de dividir a Palestina, sir Abdur trabajó bajo una
gran tensión, preocupado por la seguridad de su familia en los disturbios que
seguirían a la partición de la India. Aun ahora, en el comienzo, no me ocultó
su disgusto por la partición, que había sido recomendada como solución para
Palestina ya en 1937 por la Comisión Inglesa de Peel, uno de los muchos
organismos investigadores que nos habían precedido en la búsqueda de soluciones
al problema.
Sir Abdur me pareció encantador, y, bajo su
irritación permanente, agradable; pero tuve la
certeza de que nos haría pasar muchos malos ratos en la Comisión.
En las antesalas de Lake Success me
presentaron al doctor José Brilej, director del Departamento Político del
Ministerio de Relaciones Exteriores de Yugoslavia, y representante suplente de
su país en la UNSCOP. Hombre de treinta y siete años, parecía más joven aún.
Había sido periodista y abogado; se mantenía erguido militarmente , la espalda
tiesa como baqueta, durante la segunda guerra mundial luchó con los
guerrilleros yugoslavos, alcanzando el grado de coronel. Me explicó que
representaría a Yugoslavia hasta que llegáramos a Palestina, adonde iría para
hacerse cargo como delegado titular Vladimir Simic, presidente del Senado
yugoslavo, a la sazón en Belgrado. Aunque cada país enviaba un delegado y un
substituto a nuestro Comité, ya en Palestina descubrimos que la delegación
yugoslava constaba de casi diez personas: el doctor Simic, el doctor Brilej,
media docena de secretarios, y hasta un agregado de prensa.
En Washington yo me había encontrado
frecuentemente con el hermano de Simic, Stanoje, Ministro de Relaciones
Exteriores yugoslavo, cuando era embajador ante los Estados Unidos. Mientras
Brilej me contaba sobre sus experiencias con los guerrilleros, le pregunté, sonriente:
—¿Y el señor Simic es comunista?
Los ojos de Brilej destellaron alegremente
tras los anteojos de armazón de oro, mientras reía.
—No, no, en absoluto —me dijo—. Es un
demócrata, presidente de la Asociación de Abogados de Yugoslavia.
Después supe que el propio Brilej había sido
miembro de la Asociación de Trabajadores Católicos en Yugoslavia, que no era comunista.
También conocí al doctor Karel Lisicky, de
Checoslovaquia, hombre corpulento, trabajador, con un dejo sardónico en sus
palabras y algo así como una corriente subterránea de amargura en su actitud
hacia el mundo. El doctor Lisicky era Ministro Plenipotenciario del servicio
diplomático checo, y había tenido una larga experiencia diplomática en París,
Varsovia, Lausana y Londres. Era un funcionario checoslovaco de la escuela
Masaryk-Benes: lento en la acción, conservador en política, exacto en sus
trabajos.
Muy parecido a él resultó ser el doctor
Nicolaas Blom, de Holanda, ex Vicegobernador General en ejercicio de las Indias
Orientales Holandesas. Hombre sonriente, de pelo rubio y ojos azules, de poco
menos de cincuenta años,
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era el típico funcionario colonial holandés,
a más de abogado y legislador apasionado por el detalle. En este sentido era
casi un genio: al presentar una cuestión en nuestras discusiones la iba
despellejando lentamente, pesadamente, por así decirlo, revelándola con afanosa
precisión, cada vez más. hasta dejarla expuesta con una claridad absoluta (y,
debo decirlo, exhaustiva).
Trygve Lie, secretario general de las
Naciones Unidas, inició nuestra primera reunión con unas breves palabras sobre
el. alcance e importancia de nuestra labor:
"La Asamblea General ha dado a vuestra
Comisión los más amplios poderes —señaló— Podéis recibir y examinar testimonios
de la potencia en ejercicio del Mandato, de representantes de la población de
Palestina, de gobiernos y de las organizaciones e individuos que estiméis
necesario...
"Venís de diversas partes del mundo,
caballeros, y gozáis de la confianza de vuestros respectivos gobiernos. Deseo
agradeceros, así como a vuestros gobiernos, por vuestra disposición a servir en
este vital Comité, que representa la esperanza y la fe de millones de hombres.
Los resultados de vuestra labor influirán grandemente en su confianza en la
capacidad de las Naciones Unidas para llenar su trascendental misión."
Y recalcó, sobriamente, que tendríamos que
hacer frente a un problema desafiante, un problema "cargado de tanta
emoción y pasión, rodeado por tantas exhortaciones de humanidad y de justicia.
. ."
En la mesa de conferencias tuve ocasión de
examinar a los otros hombres elegidos para participar en esta acción. Dos
estaban ausentes y con ellos nos reuniríamos en Palestina: el profesor Enrique Rodríguez Fabregat, ex Ministro de
Instrucción Pública del Uruguay, que acababa de ser llamado por
su gobierno a Montevideo. y el doctor Arturo García
Salazar, del Perú, embajador de su país ante el Vaticano.
junto al señor Lie estaba sentado el doctor
Víctor Hoo, subsecretario general y representante de Lie en nuestro Comité. El
doctor Hoo, una autoridad en fideicomisos, había sido ministro chino en Suiza. Iba a encabezar una secretaría de casi cincuenta personas,
verdadero ejército de ayudantes, dactilógrafos, traductores, funcionarios
administrativos, de viaje, de finanzas, y de prensa, que vendría con nosotros.
Era la primera vez que un microcosmo de las Naciones Unidas, casi perfecto,
partía en un viaje que abarcaba medio mundo.
Vi a mi amigo Nasrollah Entezam frente a mí,
del otro lado de la mesa. Moreno, delgado, de facciones finas, Entezam combina
en su persona la cortesía y sutileza del oriental con las costumbres y la,
expresión de Occidente. Si vistiera blancas sedas,
ropajes de ribetes dorados y se tocara con un enorme turbante de seda adornado
con plumachos y piedras preciosas, parecería salido de una de esas miniaturas
que caracterizan a su Persia natal. Sin
embargo, es un hombre moderno que habla francés elegante y conoce cabalmente a
Europa, habiendo servido a su gobierno en París, Varsovia, Londres y Berna.
junto a él estaba sentado john D.L. Hood,
consejero principal del Departamento de Relaciones Exteriores de Australia. Era
discreto, de voz suave y de figura atlética. Había sido titular de la beca
Rhodes, miembro de la redacción del Times de Londres, y, muy recientemente,
representante de Australia en la Comisión Investigadora de las Naciones Unidas
en los Balcanes que examinara los incidentes fronterizos de Grecia. Su vecino
era el juez Ivan Rand, de la Corte Suprema de Canadá, hombre corpulento, de más
de sesenta años, calvo y con ojos de un azul infantil semiocultos detrás de
gruesos lentes. De aire
1 Universidad de Oxford.
ASI NACIÓ ISRAEL 23
casi melancólico, algo encorvado, parecía
meditar constantemente en algún abstruso problema jurídico.
Frente a mí estaba sentado un hombre que desempeñaría un papel importantísimo en
nuestra Comisión, y que, con el curso de los
acontecimientos, vendría a ser en cierto sentido mi adversario. Su figura era delgada, enjuta, canosa; su rostro
pequeño, de ojos grises y facciones regulares y agradables; entonces, y casi
siempre, lucía la camisa blanca y la corbata marrón por las cuales podía
reconocérsele dondequiera que estuviese. Era Emil Sandstrom, ex juez de la
Suprema Corte de Suecia, ex miembro del Tribunal Internacional Mixto en Egipto,
y representante de su país en el Tribunal de Arbitraje Internacional en La
Haya.
Desgraciadamente para ambos,
durante estos primeros días en Nueva York ocurrió un incidente en el cual el
juez Sandstrom y yo (no por nuestra culpa) nos encontramos frente a frente.
Algunos amigos habían sugerido mi
nombre para presidente de la UNSCOP. iniciando un movimiento en ese sentido. El
profesor Fabregat, del Uruguay, dejó encargado a Roberto Fontaina, uno de los
delegados uruguayos, que propusiera mi nombre. El doctor Brilej apoyaba este movimiento.
—Usted es
de un país neutral, el más alejado de Palestina, y por lo tanto
el menos indicado para estar bajo la influencia del poder mandatario —me dijo francamente—.
Yo votaré por usted.
Pero en la sala de los delegados corrió
velozmente la noticia de que los Estados Unidos y la Gran Bretaña tenían otros
planes. Querían como presidente al juez
Sandstrom, a quien ambos habían propuesto anteriormente como gobernador
de Trieste.
Creí comprender su preferencia. Sandstrom era
de un país del bloque nordeuropeo; había sido juez en Egipto bajo la benévola
mirada británica, y no podía ser totalmente indiferente al punto de vista de
los británicos.
Una vez más las grandes potencias estaban
intervíniendo.
Estábamos citados para votar un miércoles por
la tarde, a las tres. Una hora antes, Emilio Zea González, a quien había
escogido como substituto en la UNSCOP, vino a hablarme al comedor. Zea González, que tiene apenas veintinueve años, había sido uno de los miembros más jóvenes del Congreso de
Guatemala. Traería a nuestra investigación
una mente alerta y una aprehensión
ilustrada del problema que teníamos delante.
—¿Sabe que el doctor Hoo dio hoy un almuerzo?
—me preguntó—. Estuvieron todos los delegados, salvo el doctor Brilej, el señor
Fontaina y usted. Han llegado a un acuerdo: el juez
Sandstrom será presidente.
Mientras nos dirigíamos para la reunión, el
doctor Brilej se me acercó.
—Sé que hubo un almuerzo. .
—Sí —dije.
—No fuimos
invitados.
Asentí con la cabeza.
—El doctor Hoo me vio esta mañana —prosiguió
Brílej—. Me pidió que votara por Sandstrom. Le
dije que va me había comprometido a votar por usted y le expliqué por qué.
Ya en sesión, no bien el doctor Hoo solicitó
que propusieran nombres, Fontaina pidió la palabra.
—Propongo como
presidente de este Comité al representante de Guatemala, el embajador García
Granados, Brilej le secundó rápidamente:
—Debemos guardar la mayor imparcialidad
posible con respecto al problema de Palestina —dijo—. Las
condiciones más objetivas para tal imparcialidad existen precisamente en Guatemala, no sólo porque es uno de los países más alejados
geográficamente de Palestina, sino
también porque es uno de los menos implicados en el asunto de Palestina.
El doctor Granados fue el jefe de la delegación guatemalteca en la Sesión
Especial de la Asamblea General. Creo que sería un presidente inmejorable.
Era una rebelión inesperada, y el resultado
fue un silencio que reflejaba desconcierto. Pasaban los segundos y nadie pedía
la palabra. El doctor Hoo parecía inquieto y fastidiado. Se removía en su
asiento y miraba esperanzadamente a un delegado tras otro. Parecía que nadie iba a tener el valor de proponer lo que en
secreto ya habían decidido.
—Ya que no hay
otro candidato que el delegado por Guatemala, tendré que declararlo
electo —dijo finalmente el doctor Hoo.
Aquí el juez Rand, de Canadá, se incorporó a
medias,
• se inclinó por encima de
la mesa y murmuró ansiosamente al oído de John Hood, de Australia. El doctor
Hoo alzó su mano y ya la iba a dejar caer para cerrar la elección cuando el
juez Rand alzó la mano.
—Estoy seguro de que necesitamos como
presidente a una persona con bastante experiencia en procedimiento judicial
—dijo—. Por ello propongo al señor Sandstrom, que ha tenido una larga carrera
en la magistratura de su país.
Entezam lo apoyó, agregando abiertamente que
se había llegado al acuerdo de proponer a un solo candidato. En seguida comprendí que había perdido. Mi primer impulso fue retirarme para evitar donosamente la
derrota. Después decidí que sería
mejor seguir en la lucha para mostrarles que no todos nosotros íbamos a
participar en decisiones arregladas de antemano.
Se efectuó la votación. Sandstrom fue elegido
y ocupó su lugar en la cabecera de la mesa. Fontaina pidió inmediatamente la
palabra y habló con un disgusto evidente.
—Deseo decir algo sobre la afirmación del
señor Entezani dee que todos nosotros estábamos de acuerdo en querer que•
usted, señor Sandstrom, fuera elegido presidente. Quiero asegurarle que nadie
me dijo nada con referencia a la presidencia de esta Comisión. Si hubo
algún entendimiento, a mí me pasaron por alto.
No se hizo ningún comentario, y pasamos a
otro asunto.
Algunas semanas después supe que
la elección de Sandstrom estaba decidida de antemano. Se encontraba en Estocolmo cuando su
gobierno lo designó para la UNSCOP. Pensaba volar directamente a Jerusalén,
para reunirse allí con nosotros, pero las potencias interesadas en su elección
no quisieron arriesgarse. Sin duda el asunto tenía bastante importancia como
para que un alto funcionario de las Naciones Unidas le enviara un telegrama
pidiéndole que alterara sus planes y viniera de inmediato a Nueva York, para
estar presente en la votación y asegurar así su elección.
Puede afirmarse que en la vida política no
hay nada accidental.
Así, lentamente, se aclaró la composición de
nuestro Comité de once naciones. Supimos entonces quiénes constituirían la
mayoría de la UNSCOP, y quiénes la minoría; la mayoría, preponderantemente
juristas y diplomáticos, discretos, graves, conservadores; la, minoría, hombres que habían sufrido persecuciones
políticas en la batalla por la libertad, quizá indisciplinados, quizá con
desdén por las convenciones, pero seguros de que la línea de la justicia está a
medio camino entre las verdades del corazón y las de la cabeza.
CAPíTULO III
YO SOY DE UN PAIS DE PESARES
Mis ANTECEDENTES contrastaban en verdad con
los de casi todos mis colegas. Así resultó que muchas de las dificultades
internas con que tropezaríamos en nuestra labor, en particular las relativas a
nuestro derecho de juzgar el papel de Inglaterra en la tragedia de Palestina,
derivaron, en sumo grado, de las diferencias
entre nuestra formación, nuestras nacionalidades y nuestras mismas
personalidades.
En nuestra Comisión de once había hombres de
sutiles intelectos orientales, venidos de Persia y la India, hombres con los tradicionales frenos anglosajones,
de Canadá y Australia. Teníamos el preciso holandés, los cautos eslavos, los
impulsivos e impetuosos latinoamericanos. El de nuestro pensamiento
estaba influido por el tipo de hombres que éramos y los ambientes que
reflejábamos. Por ejemplo, el juez Sandstrom era un
europeo septentrional, de cerebro fríamente ordenado, educado dentro de , una
cerrada estructura de tradiciones; poseía un fuerte sentido de las jerarquías y
siempre se había movido en un mundo, sistemático de valores. El profesor Fabregat, del Uruguay que me acompañaría
firmemente en todas nuestras luchas dentro de la Comisión, y yo
mismo, veníamos de un continenente donde todo es movimiento y cambio. Era
inevitable que viéramos con ojos diferentes muchos problemas que iban a
presentársenos, desde el ímperialismo y los derechos de los pueblos coloniales
hasta las leyes policiales palestinas y el terrorismo judío.
28 JORGE GARCIA
GRANADOS
Mis antecedentes comprendían persecuciones y violentas luchas políticas. Había conocido con frecuencia la cárcel y el destierro; había oído pedir para mí la sentencia de muerte. Mi infancia y mi adolescencia estaban ligadas a
acontecimientos políticos de mi país que influyeron extraordinariamente, no sólo en la formación de mis ideas, sino
también en el curso de mi vida.
Me
esperaban muchas analogías, tanto políticas como sociológicas, entre Palestina
y Guatemala, por lejanas que pudieran
parecer una de otra. Palestina se había librado del yugo del Imperio
Otomano para encontrarse víctima de presiones
políticas y sociales tremendas. Guatemala había sido forjada en yunque
parecido. Durante siglos, desde los tiempos de los conquistadores, en 1524,
Guatemala había sufrido-bajo el absolutismo.
Algunos problemas de Palestina no parecían diferentes de los de Guatemala. Ambos son países esencialmente agrícolas,
con grandes masas de campesinos atrasados e ignorantes.
En Guatemala este campesinado, explotado por una clase superior terrateniente,
reducida y rica, representa los dos
tercios de la población total. Vastas extensiones
del país permanecen incultas, y existe una necesidad apremiante de utilizar la técnica moderna para elevar el
nivel de vida.
Mi abuelo, Miguel García Granados, aunque educado en ambiente conservador y miembro de una conocida familia católica, se había dedicado a la causa del mejoramiento social. Dirigió una revuelta contra la dictadura, y llegó a
ser Presidente de Guatemala en 1871. Un profundo clericalismo dominaba entonces el país, y él instituyó amplias reformas, proclamó la separación de la
Iglesia y el Estado y afirmó que el derecho de cuna no hacía que un hombre fuera superior a otro. Pero este programa
era demasiado progresista para la
época, y pronto tuvo que hacer frente
a una encarnizada oposición, dirigida por antiguos amigos y hasta
parientes que pertenecían a los
ASI NACIÓ ISRAEL
29
grupos
anteriormente privilegiados. Su posición se volvió insostenible. En 1873 renunció. Su sucesor, Justo Rufino Barrios, era un hombre fuerte, que pensaba que
sólo la fuerza podría permitirle
llevar a cabo un programa liberal, y
para ello estableció un gobierno dictatorial. Su empedernida voluntad le permitió aplastar la oposición
y poner en práctica numerosas medidas progresistas. Su partido permaneció en el poder después de su muerte, pero
perdió los principios liberales y se
hizo notorio por engendrar una serie de dictadorzuelos que llegaron a
presidentes.
Recuerdo que en una ocasión, y no podría tener más de cinco o
seis años entonces, estaba ante la estatua de mi abuelo, en el bulevar 30 de Junio, en la ciudad de Guatemala, tratando de descifrar las palabras grabadas
en su pedestal: "Gloria al insigne
defensor de la libertad." Mi abuelo
murió antes de que yo naciera, pero los principios que él sostuvo, el
dominio de la democracia, el odio a los dictadores, el amor a la libertad, como las palabras del pedestal de su estatua, siempre han permanecido grabados
en mi corazón.
Quedé huérfano muy pequeño y fui criado en la ciudad de Guatemala por mi tía abuela, Amelia Soborío de Romaña. Era una mujer enraizada en la gran tradición hispánica, amiga de todos los que amaban la libertad. A su salón concurrían los literatos, políticos y profesionales que se oponían a Manuel Estrada Cabrera, a la sazón dictador y tirano cruel y despiadado. Fue allí, cuando yo tenía siete
años, donde un grupo de conspiradores, de apellidos distinguidos en la historia guatemalteca, planearon matara Cabrera minando la calle por donde pasaba su
carruaje todas las mañanas.
La bomba
que pusieron pocos dias después explotó un instante antes de lo debido. Caballos y cochero murieron, pero
Cabrera escapó. Inmediatamente inició un verdadero reinado del terror. Inocentes y culpables eran prendidos en sus
oficinas, arrancados de sus hogares, encarcelados,
30
JORGE GARCIA GRANADOS
torturados condenados a muerte. Dos de mis primos, Felipe y Rafael Prado, fueron encarcelados y luego ejecutados. Y en medio del terror, un día que entré en un cuarto del
piso alto vi ante mí a los cuatro conspiradores principales. ¡Estaban ocultos
en nuestra casa!
Tres días después, mientras yo atisbaba, sin respirar, desde mi habitación vi a una de mis tías colocar una escalera contra la pared del patio de atrás, y que los cuatro hombres,
armados, trepaban y desaparecían del otro lado. Pasaron semanas de afanosa búsqueda y al fin fueron atrapados en
un nuevo escondrijo por un pelotón de soldados. Resistieron hasta que a cada uno no le quedó más que una bala.
Con esa bala se suicidaron.
Es fácil imaginar cómo influían estos acontecimientos en la imaginación de un niño de siete años. Me perdía en sueños en los cuales yo solo rescataba a Guatemala de la tiranía. Dos compañeros míos de colegio, uno de trece y otro de
quince años, sobrinos de los dirigentes de la conspiración, habían sido arrestados y azotados por la policía en un esfuerzo por hacerles decir lo que sabían. No
lo dijeron. Yo me encontré poco menos
que soñando con soportar el mismo
tormento y demostrar que era nieto de Miguel García Granados. Mis deseos
de sufrir por la libertad se cumplieron por
encima de cuanto pudiera haber esperado en 1920, cuando estuve dos veces en la 'cárcel; en 1922, cuando fui condenado a prisión, y luego indultado,
y en 1934, cuando fui nuevamente encarcelado.
Cuando era
adolescente todos sentíamos la profunda influencia
de Woodrow Wilson. Sus catorce puntos, después de la primera guerra mundial, hicieron una gran impresión en
nuestro pueblo, más aún porque hasta entonces el gobierno estadounidense
había prestado su apoyo tácito a Cabrera,
quien a su vez había sido generoso para con los intereses económicos de
Estados Unidos. Contando con un posible
cambio en la actitud norteamericana bajo el gobierno de Wilson, en
diciembre de 1919, teniendo yo dieci‑
ASI NACIÓISRAEL
31
nueve años y siendo estudiante en la Escuela de Derecho de la
Universidad de Guatemala, un grupo de ciudadanos fundamos públicamente un "Partido Unionista", contrario a Cabrera. Nuestro programa era desalojar al
dictador y restableces la libertad de palabra, de prensa y de reunión.
No nos hacíamos ilusiones. Cada uno de nosotros hizo su testamento. El día de año nuevo de 1920 lanzamos nuestra proclama al pueblo. Esta osadía, que en cualquier otro momento habría significado nuestro exterminio, resultó ser una
inspiración. No fuimos fusilados al día siguiente, según supimos más tarde, porque Cabrera creía que Washington
apoyaba secretamente nuestro movimiento.
En tres meses todo el país estaba con nosotros. Surgió una prensa libre que sostuvo nuestra causa. Por primera vez desde hacía años, el pueblo realizó manifestaciones en las calles de Guatemala. Aunque el mismo Cabrera había
designado a todos los miembros de la Asamblea guatemalteca, algunos de ellos
empezaron a trabajar silenciosamente con
nosotros. Y en una sesión memorable lo destituyeron de su cargo, por
considerarlo mentalmente incapacitado.
Cabrera rechazó este veredicto, y desde su casa de campo ordenó a sus soldados abrir fuego sobre la ciudad
de Guatemala.
Siete días
estuvimos sitiados. Al octavo, Cabrera había perdido
todo y a su vez estaba sitiado. El 15 de abril de 1920, Cabrera,
prisionero en su palacio y con unos pocos soldados
como guardia de corps, se rindió a condición de que le perdonaran la
vida.
Por
primera vez en mi corta vida supe -lo que era ser un hombre libre y no andar
bajo la sombra de la persecución.
Menos de dos años más tarde, el 5 de diciembre de 1921, un golpe militar estableció una nueva dictadura, con el general Orellana como presidente y Jorge Ubico como hombre
fuerte del gobierno.
Veintidós años tenía yo entonces. Me había casado hacía año y
medio, y mi mujer, que era poco más que una una niña,
acababa de darme un hijo. Mi vida era dichosa. embargo, sentí que mis amigos y yo teníamos la
responsabilidad de luchar contra el nuevo régimen. Reorganizamos el Partido Unionista. Fui elegido secretario general
y empezamos a atacar al gobierno en discursos y desde nuestro periódico.
El Presidente nos advirtió que cesáramos en nuestras actividades, pero nosotros nos negamos a ello. En julio de 1922 la policía nos detuvo. Todos fuimos acusados
de sedición, y el fiscal del
gobierno pidió la pena de muerte para mí
y varios de mis colegas. Sólo mi juventud y el hecho de ser el nieto de García Granados me libró de la
pena capital. Fui condenado a diez años de prisión.
Un incidente melodramático fue
causa de que sólo estuviera
once meses en la cárcel. El 30 de junio el pueblo de Guatemala acostumbra honrar a mi abuelo. Es fiesta nacional, y el Presidente y el Gabinete realizan
ceremonias junto a la estatua de mi
abuelo y colocan coronas de flores en
su base. Al aproximarse este día, mi mujer y algunos amigos planearon un acto espectacular para obtener mi libertad. Y el día llegó. El Presidente iba a
comenzar su discurso, ante gran copia
de invitados, cuando algo inquietó al
auditorio. Una mujer que llevaba un niñito en sus brazos se abrió paso a través de la multitud
hasta llegar a unos pasos del Presidente. Era mi esposa.
—Señor Presidente —resonó su
voz—, el nieto de García
Granados pide una gracia en este día.
—¿Qué sucede? —preguntó el
Presidente—. ¿Qué sucede?
—¿Cómo se pueden celebrar los
principios liberales de García Granados y retener a su nieto como un criminal común? Solicito su libertad.
De los presentes partieron
exclamaciones y todos empezaron a aplaudir. El Presidente miró a mi mujer y al pueblo.
—Concedido —dijo. Y volviéndose
a un oficial le ordenó que fuera a la cárcel y me pusiera en libertad. Después se volvió a mi mujer—. Señora, espero que su
marido
no continuará siendo instrumento
de quienes conspiran contra
el gobierno.
No fue mi último encarcelamiento.
En 1931, el general Ubico fue elegido Presidente de Guatemala bajo los auspicios de Sheldon Whitehouse,
Ministro de los Estados Unidos en nuestro país. Fue este uno de los últimos ejem= plos de intervención abierta
del Departamento de Estado de los Estados Unidos en los asuntos de Latinoamérica, sistema abandonado cuando
Franklin D. Roosevelt inició su
política de Buena Vecindad.
Ubico estableció una nueva tiranía, reformando la
constitución y gobernando por decreto. Yo
me opuse a él abiertamente. Con
frecuencia me llamó a su despacho y
me amenazó por mis artículos de prensa y por mis discursos
"incendiarios" en la asamblea.
—Recuerde que soy como Hitler y los japoneses —me advirtió una vez—. A mis enemigos los pongo contra la
pared, los fusilo, y después inicio el juicio.
En 1934 descubrió una
conspiración y cumplió su promesa.
Diecisiete hombres fueron encarcelados, se les siguió una farsa de juicio en el cual ni siquiera se les permitió contar
con abogados para su defensa, y al fin los senten‑ciaron a muerte. Aunque yo no intervine en esta conspi-
ración,
ración,
aci'n, escribí a Ubico una carta
acusándolo de que el juicio fuera una verdadera mofa a la ley, e instándolo a perdonar a los condenados.
Ubico me contestó enviando un pelotón de policías
para arrestarme en mi hogar, llevarme al
lugar de la ejecución y obligarme a
presenciar el fusilamiento de los diecisiete. Luego me arrojaron a la cárcel y me tuvieron en cautiverio solitario
durante varios meses, sin permitirme recibir ni noticias de mi familia.
Gracias
a los buenos oficios de varios diplomáticos extranjeros, entre ellos los ministros de Estados Unidos, España y
Nicaragua, fui puesto en libertad. Ubico, sin embargo, me tenía bajo una estricta vigilancia. La vida así era
imposible, y con ayuda de Gustavo Serrano, embajador
de México, a fines de 1934 partí hacia el exilio, a México, llevándome conmigo a mi familia. Allí me
gané la vida dando clases y escribiendo.
Después de estallar la
Revolución Española, en 1937, fui invitado al Congreso de Intelectuales
Republicanos, que
tuvo lugar en Madrid. Nuestra tarea consistía en denunciar la invasión de España por las tropas de Hitler y Mussolini.
Escribí para la prensa española, di conferencias para soldados en los campamentos, y luego ayudé a organizar el
Servicio de Información de los Amigos Latinoamericanos de la República
Española. El duro invierno de 1937-1938, con
poco calor y poco alimento, me quebrantó ¡a salud y tuve que regresar a México, donde escribí contra la tiranía
en Latinoamérica y el fascismo en Europa. Continué viviendo en el destierro en
México hasta 1944.
En junio del mismo año un grupo
de estudiantes comenzó en Guatemala
un movimiento reformista que condujo a manifestaciones en masa. Los soldados
de Ubico cargaron contra el pueblo. La indignación popular llegó a extremos tales que el Presidente al fin tuvo que
entregar su renuncia a un terceto de
generales que tomó a su cargo el
gobierno y designó a uno de ellos, el general Federico Ponce, como
Presidente Provisorio.
Yo estaba muy al tanto de la
situación. El día que cayó Ubico regresé inesperadamente a Guatemala, en avión, a fin de ayudar a organizar la oposición popular
contra los generales. Era la primera vez que
pisaba mi tierra natal después de casi diez años.
El general Ponce adoptó las medidas de represión más
extremas. Arévalo, candidato presidencial popular, fue perseguido. A mí me
obligaron a ocultarme, a ir de casa en casa
noche tras noche, para que no se supiera mi paradero. En la noche del 20 de octubre de 1944 un grupo de
oficiales jóvenes, después de
apoderarse de un cuartel, abrió las
puertas de la armería y distribuyó pistolas y fusiles a la población. Tras una breve y reñida lucha el
general Ponce renunció.
ASI NACIÓ ISRAEL 35
En las elecciones libres que
siguieron me eligieron diputado al Congreso y a la Asamblea Constituyente. Redactamos una nueva constitución, incorporando a ella
reformas sociales de vasto alcance. Esta constitución es, a nuestro entender,
una de las más avanzadas del mundo entero.
Fui electo después presidente
del Congreso y ejercí ese cargo hasta que, a principios de 1945, el presidente Arévalo me pidió
que fuera a los Estados Unidos en calidad de embajador.
Aunque mi conocimiento del problema de Palestina era
apenas elemental, yo esperaba que el estudio del material documentario, las experiencias que pasaría en
Palestina y, sobre todo, mi
optimismo, me permitirían contribuir de algún modo a resolver este problema que las Naciones Unidas nos
habían confiado.
Sentía
que cuando ponía fe en una empresa la fortuna siempre estaba de mi lado. La fe
debía acompañarme en esta dificilísima tarea. Era imperioso que
llegáramos a una solución, a pesar de todos los obstáculos. Por
mi parte, me
prometí aportar todo el esfuerzo que fuera necesario para lograrla. ¡Debíamos lograrla¡
CAPíTULO IV
SOMBRA DE LA TIERRA
1FALTABAN POCOS Días para
nuestra partida hacia Palestina, y dedicamos el ínterin a problemas tales como la
distribución del tiempo de que disponíamos, adónde iríamos y
qué testimonios tomaríamos, en vista de la
gran cantidad de material documentario existente.
Árabes y judíos ya nos habían
presentado sus puntos de vista en las sesiones especiales, y para mí, que tenía mi primer contacto íntimo con
el problema de Palestina, esta presentación resultaba particularmente interesante. En las Naciones Unidas se
discutió con calor para decidir si
los judíos, que no representaban a estado alguno, tenían derecho a tomar parte en nuestras deliberaciones,
ya que todos éramos delegados de
estados soberanos. El hecho de que
cinco países miembros del grupo árabe (Egipto, Irak, Líbano, Arabia Saudita y Siria) hablaran enérgicamente en favor de los árabes palestinos y que los
judíos no tuvieran voz, nos llevó
finalmente a acordar que la Agencia
Judía para Palestina podría presentarse ante nuestra Comisión Política. Al mismo tiempo se permitió
el uso de la palabra al Alto Comité Árabe para Palestina.
Tanto árabes como judíos estuvieron representados
por oradores sobresalientes, muchos de los cuales volverían a aparecer ante nosotros en el curso de nuestras
investigaciones. Lo que entonces me
impresionó más vivamente fueron las declaraciones iniciales de ambos
lados: por los judíos, el doctor Abba Hillel Silver, presidente de la Sec‑ción Norteamericana de la Agencia Judía; por los
árabes, Henry Cattan, miembro del Alto Comité Árabe.
Cattan, abogado de Jerusalén,
hombre sólido, compacto, con aspecto de erudito, habló serenamente, con voz contenida, y presentó un discurso
cuidadosamente preparado y eficacísimo. Insistió en que el Mandato Británico para Palestina carecía de valor legal
desde la muerte de la Liga de las Naciones, que había otorgado el Mandato a Gran Bretaña, y que la Declaración
Balfour ("raíz y' razón de todos nuestros males") era contraria a otras
promesas dadas a los árabes.
"Cuando recordamos que la
Declaración Balfour fue hecha sin el consentimiento, por no decir sin el conocimiento,
del pueblo más directamente afectado por ella, cuando consideramos que es contraria a los
principios de
soberanía nacional y democracia y también a los principios enunciados en la Carta de las Naciones
Unidas, cuando consideramos que era
incompatible con promesas hechas a los árabes antes y después de ella, tenemos la seguridad de que el deber de la
Comisión Especial será investigar
la legalidad, validez y ética de este documento."
Los judíos hablaban siempre de sus lazos históricos
con Tierra Santa. Cattan prosiguió así:
"Los sionistas reclaman a
Palestina en razón de que alguna vez, hace más de dos mil años, los
judíos tuvieron un reino en parte de ese territorio.
Si este documento se tomara como base para determinar cuestiones internacionales, ocurriría una dislocación
mundial de enorme magnitud."
Palestina, nos dijo, no tenía nada que ver con los desplazados judíos que andaban por
Europa. Todas las naciones eran responsables por ellos, no sólo
Palestina. Los judíos no tenían derecho a entrar en Tierra Santa.
"El Alto Comité Árabe estima como absolutamente esencial que se recomiende al poder
mandatario que tome de inmediato las medidas necesarias para detener por
completo toda
inmigración judía a Palestina, ya se denomine legal oilegal. Porque para la
población árabe toda inmigración e judíos a Palestina es ilegal."
Ya es tiempo, dijo, "de que el derecho de
Palestina a i independencia se
reconozca y de que este país atormenado
goce de las bendiciones de un gobierno democrático. 5s tiempo también de que el
supremo organismo del munlo ponga fin a una política que ha estado
perjudicando a la -structura etnológica y política del país".
El doctor Silver, portavoz judío
y jefe de la delegación de la Agencia Judía, era un hombre corpulento, de ojos obscuros y cabeza leonina.
Defendió la causa de su pueblo con dignidad y elocuencia. Mientras hablaba daba la impresión de ser no sólo un
orador de talento, sino también una personalidad política poderosa y dominante.
Citando a cada paso a estadistas británicos y
norteamericanos íntimamente relacionados con
la Declaración Balfour, nos dijo que este compromiso internacional había
surgido de "derechos históricos y
necesidades presentes". Y añadió: "Hace
una generación la comunidad internacional del mundo, de quien las Naciones Unidas son hoy heredero político y espiritual, decretó que se diera al
pueblo judío el derecho largo tiempo
negado y la oportunidad de reconstituir
su hogar nacional en Palestina. El hogar nacional todavía se está
formando. Aún no se ha establecido plenamente..
Ninguna comunidad internacional ha revocado, ni siquiera puesto en
duda, ese derecho..."
"Tratar el problema de
Palestina como si sólo fuera el de reconciliar la diferencia entre dos sectores de
la población que habitan actualmente el
país, o el de encontrar un asilo
para cierto número de refugiados y personas desplazadas, sólo contribuiría a la confusión", afirmó. Nuestra Comisión no sólo debía visitar Palestina, ver
qué habían hecho allí los judíos,
explorar las riquezas potenciales de la tierra y ver cómo cumplía Gran Bretaña
con sus obligaciones, sino también visitar los campamentos de
desplazados en Europa.
Dejad que la Comisión vea, dijo, "con sus
propios ojos,
ASI NACIO ISRAEL 39
la espantosa tragedia que la
humanidad permite que continúe sin mengua dos años después del final de una guerra en la cual el pueblo judío fue
la víctima mayor. Ellos piden el pan del salvamento y la esperanza; se les da la i medra de investigaciones y más investigaciones. .
. "
Sostuvo el derecho de su pueblo
a ser incluido en la familia de las naciones y a sentarse a esta mesa donde nosotros estábamos sentados, en
vez de obligarlo a luchar y
maniobrar para obtener el mero derecho de presentarse a defenderse.
"Seguramente el pueblo
judío no es menos merecedor que otros pueblos cuya libertad e independencia nacional han sido establecidas y cuyos
representantes se sientan aquí ahora... Nosotros, los portavoces del pueblo y de la tierra que dio a la
humanidad valores éticos y espirituales, personalidades humanas inspiradoras y textos
sagrados que son vuestros tesoros, esperamos que ese pueblo, que reconstruye nuevamente
su vida política en su patria antigua, será bien venido por vosotros dentro de poco tiempo a esta noble
sociedad de las Naciones Unidas."
Así habían acabado las dos
declaraciones opuestas, una del representante de los árabes, la otra del primer vocero judío que aparecía ante un
tribunal de las naciones del mundo después de casi 20 siglos. Como presentación inicial en la gran controversia, colocaba a nuestras
futuras discusiones en un plano elevado.
Sobre esta. base tratamos y
discutimos, en el intervalo que mediaba hasta nuestra partida hacia Palestina, si debíamos ir a los campamentos de
desplazados. Comprendimos
que si decidíamos ir, ello sería interpretado al punto como un paso pro judío; si resolvíamos en contra, los árabes
festejarían un triunfo.
Sir Abdur Rahman, de la India, y Nasrollah Entezam, de Irán, se opusieron enfáticamente a que
tomáramos cualquier
decisión en este momento; y finalmente poster‑40- JORGE GARCIA GRANADOS
gamos la discusión de este delicado caso hasta nuestra llegada a Palestina.
Aun un asunto tan insignificante como la ruta que seguiríamos hasta Tierra Santa planteaba un problema.
Podíamos volar directamente, vía
París Ginebra, o, como algunos
deseaban, interrumpir el cansador vuelo de 44 horas deteniéndonos un día o dos en Londres. Entezam protestó contra esto último: la permanencia en
Londres, por breve que fuera, podría tener significado político, nos
advirtió. Podría dar pie a la acusación de que tal detención hubiera sido ideada para permitir que los ingleses
influyeran sobre nosotros con su
propaganda. Apenas iniciada su labor
la UNSCOP no podía tolerar que la atacaran como instrumento de los
ingleses.
Transigimos. Viajaríamos a
Palestina como individuos, y no en nuestro carácter oficial de comité, y cada uno iría por donde quisiera. Yo
decidí detenerme en Londres, igual que todos los demás, salvo Sandstrom y otros dos, que resolvieron volar directamente a Jerusalén.
Un tercer interrogante era el
problema de ponerse en contacto con los dirigentes de las fuerzas clandestinas judías. No podían declarar abiertamente ante
nosotros en Palestina, porque los ingleses los prenderían en cuanto los vieran.
La mayoría de ellos tenían sus cabezas a precio.
Las noticias del momento no facilitaban
esta tarea. Miembros del Irgún Zvai Leumí, uno de los dos grupos
extremistas judíos, disfrazados de soldados
británicos, habían irrumpido en la
prisión del gobierno en Acre, liberando
a más de cien prisioneros políticos árabes y judíos. Cinco irgunistas habían sido capturados. Un día después,
judíos enmascarados secuestraron a dos policías ingleses como rehenes y
advirtieron al gobierno que serían ejecutados si ahorcaban a los irgunistas.
Los dos policías escaparon, y su relato llegó a crear una situación más tensa
todavía.
Aparte de lo que pensáramos sobre tales actividades,
los terroristas eran habitantes del país, desempeñaban un papel
ASI NACIÓ ISRAEL 41
definido en la tragedia y tenían
derecho a expresar sus puntos de vista ante la UNSCOP. ¿Cómo podríamos hacer que se presentaran ante nosotros sin correr peligro?
Sugerí que nos arreglásemos de
antemano con el gobierno de Palestina para garantizar salvoconductos a todos los testigos, y agregué que John Hood, de Australia,
quien, como miembro de la Comisión de los Balcanes, había negociado con el movimiento clandestino griego y con el
general Markos, el jefe guerrillero, podría sugerirnos algo.
Pero Hood fue vago.
—Establecimos nuestro contacto
por vías subterráneas —dijo, finalmente—. Creo que podríamos hacer lo mismo aquí, pero quizá deberíamos
diferir cualquier decisión hasta que
consultemos al gobierno de Palestina.
A pesar de mi insistencia en
que precisaba arreglar en ese
mismo momento la cuestión, ya que nos sería más embarazoso y difícil tomar medidas para ello en la propia Palestina,
Sandstrom, si bien estaba de acuerdo conmigo, dispuso
que el problema esperaría hasta que llegáramos a Jerusalén.
No creo errado señalar aquí que
a causa de esta poca voluntad
para enfrentar la situación debió negárseles una audiencia oficial ante
nosotros en Palestina, no sólo a representantes
de organizaciones secretas sino también a personas políticamente irreprochables, que por casualidad eran parientes de supuestos terroristas. No
obstante, el hecho de que el asunto
fuera tratado en esta ocasión hizo que
algunos nos sintiéramos en libertad, una vez en Palestina, de entrevistar a miembros de las fuerzas
clandestinas, con carácter puramente
privado... y con la conciencia tranquila.
Los despachos de Palestina
seguían siendo inquietantes. En Jerusalén varios judíos armados detuvieron
un camión y escaparon con una elevada suma de dinero. Dos terratenientes árabes, conocidos como
moderados, fueron asesinados por bandidos árabes, según los informes, por pretender vender
tierras a judíos. La violencia iba en aumento; ynadie, al parecer, prestaba
atención al llamamiento de la Asamblea
General a todos los gobiernos, pueblos, y habitantes de Palestina,
pidiéndoles que se abstuvieran Me la amenaza
o el empleo de la fuerza o cualquier otra acción que pudiera crear una atmósfera de prejuicio para un próximo arreglo del problema de Palestina",
pues la acción de las Naciones Unidas estaba pendiente de nuestras
recomendaciones.
Nos esperaba trabajo, mucho trabajo.
Y así fue como el 10 de junio,
junto con mis colegas, tomé el
avión para Londres... y Palestina.
No hacía diez minutos que
estábamos en Londres cuando supe
que habría sido mejor atender a las deplorables ádvertencias que me hiciera sir Abdur en nuestra primera cena. Parecía como que en Londres nadie había oído
hablar jamás de las Naciones Unidas,
ni de cierta Comisión Especial para
Palestina de las Naciones Unidas: el personal de las Naciones Unidas en
Londres no había podido obtener para nosotros alojamiento decente.
Mientras estábamos ahí, con
nuestros equipajes donde los dejara el automóvil de la compañía de aviación, unos ayudantes de la UN,
confundidos, nos explicaron que esa semana se realizaban numerosas convenciones en
Londres, que no habían podido
lograr nada para nosotros a través de los conductos de las Naciones Unidas, y que por ello tuvieron que solicitar al
"Departamento de Hospitalidad" inglés que nos encontrara alojamiento. Se nos aseguró que pronto se arreglaría todo.
Poco después nos llevaron a un
hotel situado en Piccadilly. Resultó ser un edificio en ruinas, que un trabajador solitario trataba de remendar
con trocitos de tablas de madera. En la ciudad de Nueva York no se le hubiera considerado ni siquiera como hotel de quinta categoría.
Todos nos negamos de plano a
permanecer allí. John Hood, generalmente amable y suave en el hablar, dio la media vuelta aun antes de entrar,
ASI NACIÓ ISRAEL 4a
—Pero, señor —le instó uno de los atormentados ayudantes—, este es el alojamiento que proporciona a
la Comisión el gobierno británico.
—¡ Al diablo con el gobierno
británico! —replicó Hood, en uno de sus raros arrebatos de cólera, y volvió al taxímetro para buscar cuartos en otra parte.
El doctor Blom telefoneó a unos
amigos holandeses y partió en seguida. Poco a poco, cada delegado se fue yendo por su lado y sólo
quedamos sir Abdur Rahman, de la
India, Brilej, de Yugoslavia, Zea González y yo, temporalmente estancados.
Sir Abdur estaba casi amoratado
de ira: sentado en la única silla de una habitación medio celda, medio camarote, y tan iracundo que
tartamudeaba peor que nunca, repetía
con voz aguda:
—¡ Vengan a ver lo que me
dieron! ¡Vengan a ver lo que
me dieron!
Brilej se paseaba moviendo la cabeza, y diciendo:
—¿Cómo podemos recibir a nadie aquí?
Finalmente, sir Abdur y Brilej
telefonearon a sus respectivas embajadas que les consiguieran alojamiento. Yo estaba por llamar a la legación
de Guatemala cuando J.J. McCabe, funcionario de viajes de la UNSCOP, me informó que se me habían
encontrado habitaciones en el hotel
Mayfair, y allí fuimos llevados al fin Zea González y yo
Quizá
habíamos estimado en demasía el prestigio de las Naciones Unidas; quizá el espacio que daban a la UN en la prensa americana, y la atmósfera esmerada de
protocolo que rodeaba nuestro trabajo
en Lake Success nos habían causado una impresión exagerada de nuestra
propia importancia. Pero era deprimente
sentir en Londres que por lo visto representábamos a un organismo que pocos conocían y que menos aún importaba. Lo que a mí me interesó particularmente fue reconocer (como debe
reconocer todo aquel que posee alguna experiencia en protocolo
internacional) esta clara indicación de la actitud que 44 JORGE GARCÍA GRANADOS
adoptaba hacia nuestro Comité el
mismo gobierno británico, que era la potencia mandataria en Palestina y que nos había presentado el
problema palestinense. Estoy seguro de que el tratamiento que recibimos, o, que
para ser más exactos, dejamos de
recibir, no se debió a error ni a descuido. Era evidente que el gobierno
británico no consideraba
que nuestra Comisión tuviera rango internacional ni diplomático. Ya empezábamos a sentir el
gusto inconfundible de la actitud que había de caracterizar al Ministerio de Relaciones Exteriores inglés en su trato
para con nosotros y nuestras recomendaciones
finales, actitud que sólo puedo describir como fluctuante entre una
completa indiferencia y una fría tolerancia.
Permanecimos tres días en
Londres porque nuestra secretaría se encontró con nuevas dificultades para obtener pasajes de avión, y por fin, al
cuarto día de haber salido de Nueva York, aterrizamos en Malta, nuestra
siguiente parada en el camino a Jerusalén. Aquí, por vez primera, el largo brazo de la
Administración Palestina se extendió hasta tocarnos, si bien levemente. Aunque
estábamos listos
para salir a las siete de la tarde, nos obligaron a permanecer en la isla hasta las 3 de la mañana siguiente.
Pregunté por qué.
—Medidas de seguridad —dijo uno de nuestros empleados—.
No quieren que lleguemos a Palestina de noche. Si salimos a las tres llegaremos por la mañana, con la luz del día. De este modo no tendrán ustedes que viajar del
aeropuerto de Lydda hasta Jerusalén
(poco menos de cuarenta kilómetros) en la obscuridad.
Así fue como a las siete de una
mañana de, domingo, en el mes de junio, vimos delinearse sobre las azules aguas del Mediterráneo la sombra
obscura de la tierra sagrada para
millones de seres humanos.
CAPÍTULO V
LA RUTA SAGRADA
Los AUTOMÓVILES ascendían por la carretera, muy bien
pavimentada, que lleva del aeropuerto de
Lydda a Jerusalén. Atravesamos varias aldeas árabes que me hicieron
recordar a México. Eran las mismas chozas bajas, toscas, cuadradas, de mezcla y
barro enjalbegado. Silenciosamente observaban
nuestro paso árabes de túnicas blancas y pardas que les barrían los tobillos, con casquetes sobre el pelo negro y rapado, de rostros broncíneos, y casi
todos los hombres con negro bigote
que les hacía parecer miembros de la misma familia.
Andábamos ahora a través de la
Palestina rural, y yo era todo ojos al atisbo de paisajes bíblicos. Pero veía tan sólo
escenas de desolación: colinas de roca desnuda, arenales, desiertos estériles, tierras incultas. Los colores dominantes eran el de la piedra, blanca como hueso, y
el amarillo de la arena.
Mientras contemplaba esta
tierra yerma y desgastada por la erosión y los pequeños rebaños de cabras que mondaban una hierba casi
invisible, pensaba yo en mi Guatemala natal, donde la tierra compensa tan
prodigiosamente los esfuerzos
humanos, donde la vegetación es rica y exuberante, donde el paisaje sonríe aun
en el recuerdo. Me preguntaba cómo era
posible que miles de hombres lucharan
y murieran durante siglos y siglos por esta tierra aborrecible.
Nuestra llegada había sido tranquila. Después de la
JORGE
GARCIA GRANADOS
aventura de Londres estábamos
preparados para lo peor, pero en
el aeropuerto nos recibieron cortésmente los representantes de la
Administración Palestina. No estuvieron presentes,
sin embargo, ni dignatarios ni periodistas árabes. Supimos que Sandstrom y los demás habían llegado el, día anterior, y que poco faltó para que
ocurriera un incidente cuando sir
Henry Gurney, secretario principal del
gobierno de Palestina, prohibió a la prensa interrogar a Sandstrom. Nuestro presidente sólo pudo decir que
antes de las audiencias públicas la UNSCOP recorrería el país, visitando tanto las zonas árabes como las judías,
"para obtener una visión directa de la tierra y estudiar los antecedentes
y el telón de fondo de la situación".
Mi primera media hora en Palestina ya me había dado material para pensar. En el camino, mi chófer,
señalando hacia el horizonte, observó, por encima del hombro:
—Allá está el campo de
concentración de Latrún, donde los
ingleses tienen cientos de presos políticos.
Sólo pude pensar en nuestra lucha en Guatemala y qué
mundo de amargura e injusticia encerraba la
expresión "preso político".
Ibamos trepando colinas, en
ascenso constante por caminos en espiral, hacia la venerable ciudad de Jerusalén, y casi antes de que nos diéramos cuenta, nuestra
procesión cruzaba los suburbios de la Ciudad Santa. Aparentemente entrábamos por un sector pobre, caracterizado por
sus edificios de un solo piso en
ruinas y sus míseras tenduchas, pero
pronto nos encontramos en calles bordeadas de edificios modernos,
verdaderos bloques de piedra rectangulares,
notables por las florecientes tiendas cuyos escaparates lucían artículos atrayentes. Hombres y mujeres, vestidos con ropas europeas (algunos en camisa y
con pantalón corto), andaban tan
serios como los transeúntes que uno
encuentra en cualquier ciudad del mundo occidental.
Sin embargo, junto al siglo XX vimos vestigios del xv.
ASI NACIÓ ISRAEL 47
Aguadores árabes, doblados casi
en dos bajo el peso de odres enormes llenos de agua, se movían trabajosamente por las aceras, golpeteando dos
vasos de metal para llamar la atención hacia su mercancía; y de vez en cuando un burrillo ambulaba por la
calzada seguido por un árabe que le aguijaba con un palo, mientras los automóviles dejaban oír sus impacientes
bocinas, sin tener otro remedio que
seguirlo en hilera.
Al acercarnos más al centro de
la ciudad tuvimos nuestro primer vislumbre de autos blindados y alambres de púas. El alambre de púas, en
tremenda confusión de rollos más altos que un hombre, cercaba bloques enteros de edificios, y aquí y allí había
grupos de soldados ingleses, cada uno
de, los cuales cargaba sobre la espalda un fusil ametralladora.
Luego de pasar el distrito comercial, y más allá de una zona residencial, que después
supe que era Rehavia, totalmente judía, hacia,el otro lado de la ciudad, nuestros automóviles
se detuvieron ante una enorme casa de apartamentos,
blanca, de diseño irregular, solitaria y aislada. Era Kadimah House, que sería nuestro hogar en
Jerusalén. El edificio, construido
para alojamiento de los funcionarios de la policía británica, estaba
recién terminado. Había apartamentos de tres
habitaciones para cada delegación, y en un cuerpo central estaban el
comedor, la cantina y el vestíbulo. Aquí nuestra pequeña asamblea de las
Naciones Unidas, que representaba en microcosmo la comunidad de naciones, estableció su cuartel general, aunque
nuestras reuniones y audiencias
públicas tendrían lugar en el anfiteatro
del primoroso edificio de la Asociación Cristiana de Jóvenes, en el centro de la ciudad nueva. Al
atardecer cada delegación estaba ya
en su apartamento, lleno con los
archivos de la UN y los voluminosos datos que habíamos reunido sobre el problema de Palestina, los
holandeses, los uruguayos, los suecos,
los peruanos, los iranios, los
canadienses, los yugoslavos, los australianos, los hindúes, los checos y
los guatemaltecos. 48 JORGE GARCIA GRANADOS
Aunque el calor no era
excesivo, estábamos en verano, y
nuestras ventanas quedaban siempre abiertas. Como las paredes eran delgadas,
constantemente se oían trozos de conversaciones
mantenidas en los apartamentos vecinos, de tal modo que cuando era necesario tratar cuestiones privadas estaba uno obligado a cerrar las ventanas
y hablar en voz baja.
El nombre de "Kadimah
House" raras veces había aparecido en la prensa local. Pero con nuestra llegada
andaba de boca en boca. Rumores y
contrarrumores tenían su foco en Kadimah House. El edificio, sin embargo, se hallaba a cierta distancia del centro
de Jerusalén y los visitantes debían cruzar un portón enrejado que se abría en una pared larga y baja. Día y noche
hacían guardia junto al portón tres celosos policías árabes puestos allí por el gobierno
palestino. Dudo que detuvieran a algún visitante, pero miraban a todos con tal fijeza y gravedad
que al principio sólo los más valientes
intentaban visitarnos sin tener
una cita previa.
A poco de nuestra llegada cayeron sobre nosotros los
periodistas. Algunos parecían
sorprendentemente interesados en la
construcción del edificio, y una vez sorprendí a cierto digno escritor cuando desenroscaba presurosamente las
bombillas eléctricas de una lámpara, examinaba el portalámpara y volvía a colocar la bombilla. Finalmente, se aclaró el misterio. En su primera mañana en
Kadimah House, el doctor Víctor Hoo enchufó su máquina de afeitar eléctrica en el contacto de la pared de su
cuarto de baño. No obtuvo resultados
y examinó el enchufe. Estaba flojo. De
pronto se le quedó en la mano y vio que en lugar de los dos cables
acostumbrados había uno solo. No le dio importancia
al incidente, pues nos habíamos instalado casi antes de que el edificio estuviera terminado, pero habló de él a un amigo, que se lo pasó a otro, y así
llegó a la prensa hebrea, experta en
historias de espionaje e intercepción de líneas telefónicas a cargo de
agentes británicos,
ASI NACIÓ ISRAEL 49
la cual se lanzó sobre la pista. i
Quizá el doctor Hoo tropezara con un micrófono secreto instalado por los ingleses para registrar
conversaciones internacionales importantes! Debo añadir que no se hallaron
micrófonos, y que
jamás vi nada que pudiera despertar sospechas, si bien es cierto que mis conocimientos
de electricidad son muy escasos.
Kadimah House, en resumen, no
resultó misteriosa ni exótica. Estábamos cómodos y bien atendidos. A la mayoría de nosotros nos sorprendió el alto nivel de vida
que encontramos en Palestina. Trygve Lie nos había dado una impresión bastante diferente en su mensaje a
nuestra secretaría, poco antes de que partiéramos de Nueva York. "Podéis prever que las condiciones de vida
pueden dejar mucho que desear —les
había dicho—. Vais a un territorio que
ha visto tiempos difíciles y por lo tanto no podéis esperar ni siquiera
las comodidades corrientes."
En realidad el nivel de vida de
la Palestina moderna se podía
comparar con el de cualquier región moderna del mundo. Los hoteles de Tel Aviv, Haifa, Safed y el Mar Muerto, como descubrí más tarde, estaban a la
altura de los hoteles metropolitanos de primera categoría de Occidente. La comida era abundante y excelente y no
faltaban las comodidades de nuestra época.
El primer día me proporcionó un atisbo de la
situación anormal de Palestina. Deseaba
enviar un telegrama a mi familia y le
pedí a uno de nuestros choferes que me llevara a la oficina central de
correos, en la parte baja de Jerusalén. A
pocas cuadras de mi destino dimos contra una barrera de alambre de púas arrollado y un soldado armado nos
ordenó que nos volviéramos.
Le pedí explicaciones a mi chófer.
—Se
estorba todo lo posible el camino al correo, señor —me repuso—. Temen
que les lancen bombas y han puesto así este alambre de
púas para que cualquiera que entre a arrojar granadas se enrede cuando intente
escapar.
so JORGE
GARCIA GRANADOS
Más tarde supe que era imposible
entrar al correo después
de las nueve de la noche para enviar un telegrama. Había que llegar hasta la barrera de
alambre de púas, transmitir las intenciones al guardia, esperar que surgiera un empleado con los
formularios adecuados, -y allí, en medio de la calle, bajo la luz intensa del farol militar, escribir el mensaje y pagar su importe.
Esa misma tarde recibimos un
"pase territorial" de la policía, y descubrimos que Jerusalén estaba dividida
en tres zonas de seguridad. La primera era una
sumamente restringida, que requería pases
especiales; la segunda exigía una
libreta de identificación que los ingleses cambiaban periódicamente, y finalmente una zona libre.
Nuestro pase por todo el territorio
nos permitía andar a cualquier hora
del día y de la noche por cualquier parte del país, cruzar zonas
prohibidas, entrar en edificios públicos, salvo durante las alarmas, porque entonces los soldados hacían fuego contra cualquier vehículo o transeúnte a la
vista. Pase y pasaporte resultaban indispensables, ya que a la vuelta de cualquier esquina podía tropezar uno de
pronto con una barricada militar
recién levantada, y sin los papeles en regla era imposible continuar el
camino. Al caer la noche sólo quienes estaban armados con pases
territoriales podían viajar por los caminos
de Palestina, fuera de las ciudades, y
aun así debíamos identificarnos dos o tres veces en cada viaje. La
atmósfera total era de inexorable sospecha.
Al atardecer, el presidente Sandstrom nos presentó a
los miembros de la secretaría, en un cocktail
party de confianza, en la Asociación Cristiana de Jóvenes. Además
del doctor Hoo, representante de Trygve Lie,
estaba su ayudante, el doctor Ralph
Bunche, y el doctor Alfonso García
Robles, secretario principal. García Robles, distinguido abogado mexicano, que dirigía la división
política del Consejo de Seguridad, era
un hombre tranquilo, de hablar suave, dotado de entusiasmo, claridad y
orden. Su
ASI NACIÓ ISRAEL si
cuerpo largo y huesudo, así como su rostro ascético,
desde donde los ojos entrecerrados miraban el
mundo con una expresión característicamente burlona, pronto se hicieron
familiares en Jerusalén y Tel Aviv.
El doctor Bunche tiene más
talento en su dedo meñique que el que pueda recogerse de todos los hemisferios cerebrales de cuantos escarnecen a
los negros en el mundo entero. He sido honrado con su amistad y lo coloco en mi estima a la altura de otros
grandes representantes de su raza: Langston Hughes, Todd Duncan, Paul Robeson, y mi viejo amigo, el gran poeta Nicolás Guillén.
En el curso de la reunión, el
doctor Hoo, hombre moreno 'y ágil, de ojos negros brillantes que destellaban en el rostro obscuro, nos advirtió que
en la habitación contigua había un
enorme libro de visitantes sobre una mesa.
—Este es el Libro de Visitantes
de la Casa de Gobierno, residencia del alto comisionado —nos dijo el doctor Hoo—. Se acostumbra firmar en él.
Había otro libro más, el del
secretario principal, cuya posición es parecida a la de un primer ministro.
Añadió que los libros habían sido
traídos a la Asociación Cristiana de
Jóvenes como una cortesía para con nosotros.
—¿Debemos firmar? —preguntó el
discutidor sir Abdur.
No sé si todos firmaron al
final, pero yo lo hice, obedeciendo aquella regla de cortesía que reza:
"A1 país donde fueres,
haz lo que vieres."
Poco después, el doctor Hoo me
llamó aparte para decirme:
—Poco antes de venir tuve una experiencia
interesante. Estaba invitado a tomar el té
en el Edén Hotel, un hotel judío, con
personas que conocí en la China. Estaba sentado con mis amigos cuando se me acercó un policía inglés vestido de civil y me aconsejó que me fuera de
allí, "por razones de seguridad".
—¿Y se
marchó usted? —le pregunté.
52 JORGE GARCIA GRANADOS
El doctor Hoo sacudió vivamente
la ceniza de su cigarrillo.
—Me fui cuando acabé..., no antes —dijo.
Yo estaba ansioso por salir de los confines de
Kadimah House y ver la antigua ciudad amurallada, la tradicional Jerusalén de la Biblia. Pero acordamos no visitar
ninguno de los Santos Lugares individualmente hasta tanto no lo hubiéramos hecho con carácter oficial, como
UNSCOP, a fin de no ofender a ninguna
religión. Estábamos en libertad, no
obstante, para visitar la ciudad moderna, y Fabregat, García Salazar, representante peruano, y yo, así lo
hicimos en nuestra primera noche.
Jerusalén resultó para nosotros
una mezcla inquietante de antigüedad y modernismo. Nos llevó tan sólo cinco minutos de automóvil cruzar la Jerusalén moderna y
encontrarnos contemplando reverentemente el
alto y majestuoso muro de más de
diez metros que rodea a la Ciudad Vieja.
Apenas cruzamos la puerta de Jaffa, y no continuamos más allá para no dar la idea de que visitábamos los Santos Lugares. Después, subimos lentamente
por el camino en espiral que trepa el
Monte Scopus, que mira a Jerusalén
con sus torres y torrecillas, y en donde Tito reunió a sus legiones para el ataque final al templo de los judíos. En su cima encontramos la Universidad
Hebrea y el Hospital Hadassah. Y
desde este ventajoso punto nuestros
guías nos señalaron la cúpula de la Mezquita de Omar, la Iglesia del Santo Sepulcro y la grandiosa bóveda de la Gran Sinagoga. Cruzamos hacia la Capilla de
la Ascensión, desde donde cuenta la leyenda que Cristo ascendió al cielo, y a cuya vera se levanta la
torrecilla de una mezquita musulmana.
Eran las siete, El muecín, de
pie en el minarete, enviaba su cantilena melodiosa a los cuatro vientos, proclamando la grandeza de Alá.
De pronto me sentí en el
Oriente, transportado a la fantasía de
la leyenda árabe.
ASI NACIÓ ISRAEL 53
Fabregat, excitable,
entusiasta, no se cansaba de admirar y de gozar cada uno de nuestros encuentros con
la historia. Es un tipo de
profesor que parece salido de una comedia moderna. Admirador apasionado de todo lo
noble y lo bello, es a la vez sentimental y romántico,
pero a su romanticismo lo atempera un sentido
del humor que a menudo le retoza por
todo el cuerpo, desde la calva pulida y
resplandeciente hasta las piernas medio encorvadas. Cuando Fabregat lo
mira a uno por encima de los anteojos precariamente
encaramados sobre la punta de la nariz y se burla alegremente de los
demás o de sí mismo, o cuenta alguna anécdota graciosa, es irresistiblemente
cómico.
Emprendimos el, regreso en la
obscuridad. Mientras nuestros
automóviles recorrían las calles brillantemente iluminadas de Jerusalén, con sus tiendas bien provistas y sus
atareados transeúntes, mi espejismo oriental se fue desvaneciendo gradualmente y comprendí que en los últimos treinta años Palestina había recibido la marca
indeleble de un sello de modernización que ningún poder podía borrar
ya.
Aquella misma noche, en mi
primera carta desde Palestina a mi mujer, que había quedado en Washington, le escribí:
"No tengo idea de qué
puedas estar leyendo ahora en la
prensa sobre este país, y quizá caigas en una conclusión errónea, pero me parece que lo único malo que hay
aquí es la situación política."
Cuando dejaba mi carta en el
vestíbulo para que la despacharan, Zea González se me acercó con un trozo de papel.
—Ya nos dieron la bienvenida oficial —me dijo, sonriendo—. Acabo de escuchar una
transmisión interesantísima, de la emisora secreta del Irgún. Fui copiando lo
que oí. Una voz de mujer hablaba en inglés —consultó el papel que
tenía en las manos—. Dijo así: "Esta es la voz de Sión Combatiente. Caballeros de las Naciones
Uni54 JORGE GARCÍA GRANADOS
das, os damos la bienvenida a
nuestro país ocupado y en lucha. Os aseguramos que no se os hará daño
mientras estéis aquí. Todas las historias
en sentido contrario son falaces insinuaciones inglesas. No nos hacemos falsas ilusiones sobre vuestra labor, o
sobre lo que lograréis. Sin embargo,
os ofrecemos nuestra cooperación como juzguéis conveniente. ¡Bien venidos a
Palestina¡"
CAPÍTULO VI
EL VERDUGO ESPERA
EL VERDUGO ESPERA
EN LAKE SuccEss el Alto Comité Árabe había advertido
amargamente que no cooperaría con la UNSCOP.
Su portavoz dejó bien establecido que combatirían cualquier solución
de las Naciones Unidas que no reconociera a toda Palestina ciomo
estado árabe. Evidentemente nosotros no podíamos
dar por adelantado ninguna garantía a los árabes, del mismo modo que no podíamos decir a los judíos que recomendaríamos a toda Palestina como estado judío. Esta decisión, al fin de cuentas, constituía
el nódulo de nuestra investigación.
No obstante lo cual el Alto
Comité Árabe nos dio la bienvenida
a Palestina poniendo en escena una huelga de protesta de quince horas contra
nuestra investigación. Para observar su
desarrollo recorrí lentamente en automóvil la ciudad. Muchas de las tiendas árabes estaban cerradas y con las persianas bajas. Los periodistas -me contaron
que la mayor parte de Jaffa, la ciudad
árabe más grande del país, estaba
cerrada, pero que la Sociedad Árabe de Liberación Nacional, izquierdista, acusaba de haber sido forzada por
el terror a adherirse a la huelga.
Regresé a tiempo para asistir a
nuestra primera reunión en la YMCA.1 Trygve Lie acababa de enviar un mensaje desde Lake Success, firmado por Jamal el Husseini,
vice‑
1 Sigla formada por las iniciales de Young Men Chr~n Astociation (Asociación Cristiana de jóvenes). (N. del T.)
56 JORGE
GARCIA GRANADOS
presidente del Alto Comité Árabe y sobrino del
ex Mufti de Jerusalén, confirmando que ese organismo se
negaba a declarar ante nosotros. Sabíamos
que el ex Mufti, entonces desterrado
en El Cairo,1 dominaba el Alto Comité Árabe, y que su sobrino ejecutaba sus órdenes en Lake Success. Sin embargo, las Naciones Unidas habían
reconocido la autoridad del Comité
para hablar en nombre de los árabes de Palestina. Mas lo cierto era que
cuando tratábamos con él no estábamos en
pleno contacto con la masa de los
árabes palestinos, sino que tratábamos con una jerarquía política regida
por un ex colaborador nazi. Habíamos venido
a Palestina dispuestos a extender una mano
amistosa a los dirigentes árabes. El mensaje llegado de Lake Success parecía cerrarnos definitivamente
la puerta en la cara. Pienso que la
actitud intransigente del Alto Comité Árabe, su negativa a considerar la
posibilidad de algún arbitrio de conciliación, iba a resultar un
argumento convincente en favor de la partición.
Sin embargo, la defensa árabe no iba a
permanecer callada; los estados árabes,
lejos de estar de acuerdo con el ex Mufti, habían votado pocos días antes, en
El Cairo, en contra del boicot. También
me enteré que lo presionaban para que terminara el
boicot que nos había impuesto, dado que dificultaba
sobremanera la posición de aquellos estados frente a las Naciones Unidas. El ex
Mufti puede cerrar la puerta, decidimos, pero
nosotros no le echaremos cerrojo.
Autorizamos a Sandstrom a asegurar a
la población por la radio de Jerusalén que estábamos dispuestos a escuchar a quienquiera que deseara
presentarse ante nosotros.
Hubo otro asunto que me colmó de indignación aquella mañana, y estaba decidido a encararlo de
inmediato. Era la sorprendente información aparecida en el periódico
local editado en inglés, el Palestina Post, según la cual repre‑
1 El gobierno
británico había proscrito de Palestina al ex Mufti por sus actividades antibritánicas.
57
sentantes del gobierno de Palestina, es decir,
la adminisiración británica del país,
declararían ante nosotros esa misma
tarde, en reunión secreta. Decidí combatir esta tentativa de secreto. Tenía la impresión de que todo
el problema de Palestina había
estado infestado demasiado tiempo de diplomacia privada.
Ahora que había sido transferido a nuestro tribunal
internacional, era nuestro deber sacar
a plena luz el conflicto judío-árabe-británico para que el mundo pudiera verlo.
Si el gobierno británico deseaba hacer declaraciones sobre los árabes o sobre
los judíos,
estas declaraciones, así como las que hiciere cualquiera de las otras partes,
no se harían a puertas cerradas, y
ciertamente nosotros no participaríamos en tal procedimiento.
Leía mis colegas el informe periodístico, y
pregunté: —¿Cómo es posible que alguien
publique lo que vamos a hacer antes de que lo hayamos
decidido? Yo, miembro de esta Comisión, no podría haber
previsto que esta aqdiencia sería in camera. Digo
que no lo será y estoy dispuesto a discutir el punto.:
Nuestro oficial de prensa, George Symonides,
nos explicó, algo confuso, que el
doctor Hoo le había autorizado a dar la información
a la prensa.
—Señores —dijo Sandstrom, con tono
conciliador—, en el futuro no anunciaremos qué
hará la Comisión hasta que todos lo hayamos decidido.
—Muy bien —dije—. Propongo que el gobierno de
Palestina aparezca en audiencia pública.
Sandstrom se quedó pensativo.
—Yo he tratado..., eh. . ., la cuestión con el
gobierno de Palestina y ellos..., eh...,
han solicitado que sus representantes aparezcan a
puertas cerradas. Dicen que median razones de
seguridad.
—¿Puedo saber qué se entiende por seguridad? —pre‑
gunté.
—Eh... Consideran que la situación local es tan
tensa
58 JORGE GARCÍA GRANADOS
que un funcionario del gobierno correría el
riesgo personal si ... apareciera en una audiencia pública.
—¿Puedo preguntar nuevamente si esperan esta
violencia física en el momento de
su aparición, o posteriormente?
—Eh ... , algún tiempo después...
No tengo la menor idea de cómo habla sueco Sandstrom, pero cuando se expresaba en inglés tartamudeaba
ligeramente, sobre todo si estaba molesto. No era el tartamudeo staccato de sir Abdur Rahman, sino que el suyo estaba marcado por una serie de "ehs"
intermitentes, que rociaba con generosidad. Quizá ello le ayudaba a
recoger sus pensamientos mientras buscaba
las palabras adecuadas, pero dejaba
una impresión de indecisión y hasta de timidez. Impresión errónea, lo
admito. Al principio me pareció que Sandstrom
estaría abrumado, tanto por el antagonismo de los intereses que tenía que presidir como por la complejidad de
nuestro grupo, compuesto no sólo de once nacionalidades, sino también de personalidades de tipos variadísimos, cada uno de ellos acostumbrado a ejercer
su autoridad. "Debe sentirse
desdichado en este cargo", pensaba
yo. Pero cuando llegué a conocerlo mejor (si alguien podía llegar a
conocerlo, atravesando la corteza de su impasibilidad)
comprendí que estaba equivocado. Sandstrom se encontraba en un mar
borrascoso, sin duda; pero navegaba con
cabal conocimiento de qué quería y adónde se dirigía, y su suave finura
ocultaba una voluntad indudablemente fuerte.
Sir Abdur también pareció perturbado por el
tenor de nuestra discusión.
—No comprendo bien —dijo, con voz que expresaba
una incredulidad en aumento—.
¿Se quiere darnos a entender que si deseamos examinar
a algunos testigos de parte del gobierno de
Palestina, ese examen debe ser in camera?
Sandstrom tosió levemente.
ASI NACIÓ ISRAEL 59
—Me han expresado ese deseo y debemos decidir... si accederemos.
El semblante de sir Abdur, de color oliva
normalmente, se iba obscureciendo; señal de una tormenta
inminente.
—Deseo sugerir que nosotros somos dueños y
señores de nuestro procedimiento —espetó.
Empecé a comprender que sin duda Sandstrom
había prometido por anticipado al
gobierno que lo escucharíamos en
sesión secreta. No tenía idea de los motivos que le guiaban, pero si en este primer encuentro con los
ingleses en Palestina les había dado la
impresión de que estaríamos a sus órdenes, yo quería
que eso se aclarara de inmediato.
—Me opongo a llevar adelante esta audiencia como está indicado —dije—. Todo funcionario público está
expuesto a ataques de los grupos
opositores. Un funcionario que aparezca
aquí no podrá estar después en peores condiciones que cualquiera de los otros miembros del mismo gobierno. Cuando nos preparábamos a partir de Nueva
York mi estimado colega del Irán nos
advirtió que un viaje vía Londres
tendría una connotación infortunada. Como
viajamos en compañía de periodistas,, pienso que ello tuvo escasa importancia. Pero si nuestro primer acto en
Palestina es reunirnos en secreto con representantes del gobierno de Palestina, aquí sí vendrán
consecuencias políticas
indiscutibles. Sugiero que el gobierno nos someta una declaración escrita y que después esperemos
algunos días antes de interrogar a sus funcionarios.
Brilej alzó la mano.
—Discutimos públicamente el problema de
Palestina en la Asamblea General, en Nueva
York. No hay razón alguna para que aquí lo hagamos
secretamente —y añadió—: Nosotros podemos resolver si realizaremos
sesiones públicas o secretas, y el gobierno
palestino decidirá si intervendrá en
ellas o no. Comparto la opinión de que nuestra audiencia debiera ser
pública.
Yo estaba convencido de que esta era una de las cues‑tiones de procedimiento más importantes que
debíamos fijar. 0 la administración
británica en Palestina era parte del
tema de nuestra investigación, o no lo era. No podía ser superior a ella, ni nosotros podíamos
permitirle que apareciera como elemento externo, capaz de transmitir su juicio sobre el conflicto pero sin desempeñar
ningún papel W en el. Sir Abdur
interpretó mis pensamientos.
—No creo necesario escuchar al gobierno de
Palestina en este momento —dijo—. Ya nos
han sometido un material escrito. Examinémoslo.
Después, si lo consideramos útil, podemos pedir una ampliación verbal.
—Recordarán ustedes que en Nueva York
discutimos la posibilidad de que ciertos testigos pudieran temer represalias
—observó suavemente Nasrollah. Entezam—. Ahora vemos que el gobierno también teme hacer
declaraciones en público. Es
lamentable, pero es así. Por lo tanto,
me parece que deberíamos otorgar al gobierno la
misma cortesía que brindaremos a otros testigos.
Blom, de Holanda, y García Salazar, del Perú,
pidieron que oyésemos al gobierno del
modo que él eligiera. Rand, de Canadá, añadió que no teníamos otra alternativa.
—Si los representantes del gobierno declinan
declarar en público, no hay otro remedio
—dijo—. 0 los escuchamos en privado o no los escuchamos.
—Cuando llegue el momento de publicar qué
sucedió en esta reunión secreta
—sugirió Hood, de Australia—, podemos
declarar que nosotros no deseábamos oír informaciones confidenciales, pero que
respetamos el pedido del gobierno de Palestina por razones de seguridad
pública.
Al cabo consentimos en esta transacción.
Sandstrom tuvo su primera conferencia de
prensa pocas horas después, en el anfiteatro de la YMCA,
ante cerca de cien corresponsales. Explicó que
realizaríamos sesiones públicas con la
mayor frecuencia posible. En esta primera instancia el gobierno de Palestina había insistido en una
sesión privada; de otro modo no se presentaría; y por lo
tanto, a la UNSCOP no le quedaba otra alternativa que acceder.
Los representantes de la prensa mundial protestaron airadamente. ¿Acaso los ingleses estaban dándole
órdenes a las Naciones Unidas?
—Señor —le preguntó bruscamente un periodista
irritado—, ¿hasta qué punto el gobierno de Palestina determinará los procedimientos de la Comisión?
Sandstrom se ruborizó levemente, pero su voz seguía imperturbable
cuando repuso:
—El gobierno de Palestina no está gobernando nuestras actividades.
—¿Pero al fin y al cabo no podemos concluir que
el gobierno británico ha dado un
ultimátum a la Comisión de las Naciones Unidas, y que la Comisión ha aceptado
sus términos? —insistió el periodista.
—Entendemos..., eh.. ., que deben tomarse en
cuenta las circunstancias —dijo nuestro presidente.
La audiencia tuvo lugar aquella
tarde. La guardia era evidente en el exterior. La
documentación presentada por el gobierno era un memorándum
de catorce páginas referente a su administración en
Palestina. Me pareció que resultaba una indicación
reveladora de cómo encaraban en lo fundamental los problemas
de Palestina. El memorándum afirmaba que los adelantos económicos,
agrícolas, técnicos y culturales de los
judíos habían creado una brecha entre judíos y árabes. El gobierno admitía su
fracaso en el logro de una cooperación árabe-judía, pero acusaba tanto a judíos como a árabes de "aspiraciones
irreconciliables". Ambos temían la dominación del otro, explicaba.
"Ninguno admite hasta qué punto su
negativa a una avenencia, su
impetuosidad, desorden y violencia influye sobre el ritmo del desenvolvimiento, que de este modo no sólo necesita medidas costosas, sino también un ajuste
constante de disposiciones
administrativas." La potencia mandataria se veía envuelta en "una lucha continua a fin de unificar dos entes en desarrollo para su mutuo
beneficio, y contra toda suerte de elementos destructores 62 JORGE G GRANADOS
Dos hombres se presentaron por la Administración de Palestina. Uno era un inglés alto, delgado e
incomunicativo: sir Henry Gurney, el
secretario principal. venia acompañado
por un joven escocés bien parecido, el oficial de enlace del gobierno
agregado a la UNSCOP, D.C. MacGillivray,
que se sentó junto a sir Henry, armado de estadísticas.
La sesión empezó suavemente, como si anduviera
por rieles aceitados. Sandstrom había preparado una
lista de preguntas de rutina, que fueron hechas y contestadas rutinariamente.
Luego, de pronto, sir Abdur abrió el fuego.
Sus preguntas eran agudas, directas, y las espetaba con precisión y
tableteo de balas de ametralladora.
—Dice usted que el gobierno emplea a 45.000
judíos y árabes en los servicios del
gobierno. ¿Cuántos están en puestos superiores? ¿Cuántos
son comisionados de distrito, o más? ¿Hay algún árabe o
judío en la Junta Consultiva del gobierno? ¿En las
cortes de apelaciones? ¿Algún miembro del Tribunal Supremo?
Sir Abdur, aparentemente incapaz de
desprenderse de sus modales de magistrado
judicial, atacaba duramente, como si el hombre que tenía
delante fuera un reo inculpado. Sir Henry, por su parte, se mantenía firme en
su superioridad, que ocultaba bajo una capa de
glacial cortesía. Estaba sentado en
posición natural, la cabeza ligeramente
inclinada a la derecha, el ojo izquierdo entrecerrado, mirando de soslayo a sir Abdur, y contestaba a
sus preguntas con una lentitud
despreocupada y casi desdeñosa. He
aquí, pensé, una personalidad evidentemente fuerte y hostil.
—No --dijo—, no hay árabes ni judíos en la
junta Consultiva. Hay zonas donde no
se puede designar a un árabe para un distrito judío, o
a un judío para un distrito árabe. He ahí una razón que
nos impide nombrar a un judío o a un árabe como comisionado de distrito.
ASI NACIÓ ISRAEL 63
—¿Cuántos jueces integran la Corte Suprema?
pre-guntó sir Abdur.
—Siete —repuso sir Henry.
—¿Algún palestino ha sido alguna vez presidente
de la Corte?
—No.
—¿No hay universidad del gobierno de Palestina?
—No.
—¿Cuántos
colegios árabes de enseñanza secundaria? —Uno.
—¿Hay algún colegio al cual pueda ir una persona después de haber terminado su enseñanza
secundaria? —No.
—¿No hay ninguna escuela del gobierno que
imparta educación déspués del colegio medio?
—No.
—¿No
hay escuela de medicina?
—No.
—¿No hay escuela de arquitectura?
—Ninguna escuela del gobierno.
—¿Hay colegio normal?
—En el colegio árabe del gobierno hay una sección de instrucción
magisterial. Se está ampliando actualmente.
—¿Es verdad que cientos de miles de estudiantes
árabes no pueden ingresar a ninguna
escuela, aunque claman por ello? ¿Es verdad o no?
—Estamos muy escasos de escuelas.
Sir Abdur, con voz que denotaba incredulidad:
—¿Los árabes han tratado de hacer r estudiar a
sus hijos y no pueden porque ustedes están escasos de
escuelas?
—Así es —repuso sir Henry.
Yo lo interrumpí para preguntar:
—¿Cuánto se gasta en ejército y policía?
—No gastamos nada en el ejército. La cantidad
que se gastó el año pasado en la
policía fue 6.052,000 libras, y este año 7.010,000
libras.
¡En un país tan pequeño, se gastan casi treinta millones de dólares en un año, para la policía¡ ¡Más de dos
millones por mes! ¿Quién podría
negar que este es un estado policial? Así
pensaba yo entonces.
Sir Abdur se quedó mirando fijamente a sir Henry. —¡Siete millones de libras en comparación con un millón
para educación, aproximadamente!
Sir Henry separó las piernas, las volvió a
cruzar y mire por la ventana.
—Estoy tratando de averiguar, simplemente
--dijo sir Abdur, con voz más suave—, cuánto ha podido hacer el gobierno británico en este país en los últimos treinta años Estoy
tratando de averiguar qué se ha hecho por el cum plimiento del Mandato otorgado
a la potencia mandataria.
Hubo un breve silencio, y yo decidí traer a
colación otro asunto. En 1939, el gobierno británico, con
Neville Chamberlain como Primer Ministro,
lanzó un Libro Blanco sobre Palestina
que restringía la compra de tierras en Palestina
por judíos y limitaba la inmigración judía a 75,000 personas durante un período de cinco años, después del cual
los judíos podrían inmigrar a Palestina sólo si los árabes lo consentían. Los judíos habían sostenido larga y
amargamentte que estas provisiones eran contrarias a la intención del Mandato; sú argumento había sido apoyado por la Comisión Permanente de Mandatos de la Liga
de las Naciones. Para aclarar qué eran inmigrantes ilegales, pregunté:
—Sir Henry, ¿qué entiende el gobierno de Palestina por inmigrantes
"¡legales"? ¿Es aquel que entra en Palestina contraviniendo las disposiciones del Libro Blanco? ¿0 lo es quien entra en Palestina contraviniendo el
Mandato de la Liga de las Naciones
que, según entiendo, es obliga torio para su gobierno?
—Nosotros fiscalizamos la inmigración como lo hace cualquier otro país
—replicó sir Henry.
—Pero el gobierno británico tiene un Mandato de
1, Liga de las Naciones, ¿no es
así? —proseguí—. Pues bien yo deseo saber esto: ¿consideran como
"inmigrantes ileBales" a
aquellas personas que entran contraviniendo el Mandato?
Sir Henry se removió en su silla y me miró de
soslayo. —El Mandato no es una ley. El
Mandato es un documento —observó, con voz de hielo.
—¿Qué entienden ustedes por inmigrantes ilegales? —le preguntó
Sandstrom.
—Son personas que intentan entrar en Palestina
contra las leyes de Palestina —repuso sir Henry—. Las leyes
de Palestina se dictan de acuerdo con la
Orden del Consejo' que instituyó el
gobierno de Palestina, en ejecución del Mandato.
—A menos que esté equivocado —dije—, el Mandato
no prohibe la inmigración, sino que la alienta.
Nunca sabré cómo habría reaccionado sir Henry,
porque Sandstrom dio por,
terminada la discusión. Se volvió hacia mí con
impaciencia.
—Ya tiene usted su respuesta. Inmigración ilegal es inmigración
contra las leyes de Palestina.
Aquí, por supuesto, estaba el quid de la
cuestión. Descubrí que estas leyes de
Palestina no habían sido escritas por
el pueblo ni por sus representantes elegidos; eran decretadas
sumariamente por el gobierno de Palestina, de acuerdo
con una Orden del Consejo británico. Esto confería al alto comisionado el
derecho de hacer cuantos reglamentos
"le parecieren necesarios o convenientes, a su soberana discreción", para asegurar la
seguridad pública. No podían recusarse
ni objetarse, ni llevarse a tribunal alguno
para detener su efecto o apelar contra ellos. Eran tan inmutables como un decreto del Monte Sinaí.
Estos decretos eran las leyes de
Palestina, y todo lo contrario a las leyes de Palestina era ilegal.
Pero, ¿y si las leyes de Palestina eran injustas? ¿Si eran
1 Ornen in Council: orden real sobre
alguna cuestión administrativa dada después de haberlo aconsejado el Consejo Privado. (N. del l.) 66 JORGE GARCIA GRANADOS
tiránicas y quitaban a los hombres la libertad
individual y la dignidad humana cuya ausencia es siempre un sello
de dictaduras? ¿Entonces, qué?
Al día siguiente nos fue hecha una presentación
similar de hechos y cifras por medio de Moshe Shertok, jefe
del Departamento Político de la Agencia
Judía, ahora Ministro de Relaciones Exteriores del estado de Israel.
Hombre vigoroso, trigueño, de ojos negros,
alertos, que parecía tener un conocimiento enciclopédico de su tema,
Shertok empleó casi dos horas en pintar un
cuadro total de la geografía del
país, su pueblo, su desarrollo agrícola e industrial, y sus posibilidades,
según las veían los judíos. Los judíos,
dijo, eran una "nación en formación", cuya economía nacional se hallaba en desventaja por el
conflicto entre su posición real y su estado legal según el gobierno mandatario. El Libro Blanco de 1939 derribó la
"piedra angular de la cooperación" entre los judíos y el
gobierno.
Aquí también sir Abdur hizo las veces de
fiscal. Quería saber cómo un no judío se hacía
judío; cuántas conversiones al judaísmo había habido
en los últimos diez años; y cuando Shertok habló de las
leves restrictivas que impiden a los judíos comprar
tierras en la mayor parte de Palestina, sir Abdur le preguntó:
—¿Está usted enterado de que en otras partes
del mundo existe una legislación
similar que prohibe enajenar o comprar tierras a
ciertas personas?
—Aquí lo hacen por motivos raciales —replicó
Shertok, y añadió—: En el Mandato hay una
disposición expresa que alienta la inmediata
colonización de la tierra por los judíos,
y la medida a que nos hemos estado refiriendo se opone
diametralmente a ello.
Habló con acritud de las leyes inmigratorias
que establecía el Libro Blanco; a causa de
ellas decenas de miles de judíos que podrían haberse
salvado de Hitler "fueron atrar>ados y
condenados" en Europa.
—La historia de la inmigración durante la guerra es una tragedia
continua —dijo—. Refugiados de las matanzas
ASÍ NACIÓ ISRAEL 67
europeas perecieron en el mar en su viaje a Palestina. Eran enviados de vuelta. Algunos fueron deportados de
PalestMa a islas lejanas, muchos languidecieron detenidos en Palestina por el
solo pecado de haber tratado de escapar a tiempo. La historia prosigue en un
escenario diferente. Se permite la
entrada de sólo 1,500 por mes, pero muchos más están tratando de escapar de la
miseria y degradación de los
campamentos para desplazados en la Europa de posguerra hacia el país de sus esperanzas. El resultado de todo
ello es que cerca de 17,000 judíos desplazados soportan actualmente un
encierro indefinido en Chipre.
Poco después tuve ocasión de conocer a quienes
ponían en ejercicio las leyes de Palestina. El general sir
Alan Cunningham, alto comisionado de Palestina,
nos invitó a comer en la Casa de
Gobierno. Era ésta una hermosa residencia
situada en lo alto de una colina, en las afueras de Jerusalén, una
mansión lujosamente amueblada cuya atmósfera
regia sugería la autoridad implícita en el funcionario británico que era el representante directo de la Corona Británica en Palestina. Presidiendo la mesa,
sentados frente a frente, estaban sir Alan y el teniente general
G.H.A. MacMillan, comandante en jefe de las fuerzas británicas en Palestina. Me situaron junto al general MacMillan. Me dio la impresión de ser un hombre culto;
fuera de su uniforme, nada en él sugería lo militar. Hablaba sin arrogancia, en voz suave, casi cantarina, y era
diestro en la conversación.
El general Cunningham me
impresionó de manera similar. Cuando llegó la hora del
café pasamos a otra habitación, donde funcionarios civiles y ayudantes de
campo militares nos presentaron a personalidades
destacadas del gobierno. Sir Alan estaba
sentado en un sofá, cerca de la pared.
Charlaba diez o quince minutos con cada invitado, que era ceremoniosamente conducido al lugar vacante
que había a su lado, y luego era
ceremoniosamente reemplazado por otro, mientras el primer invitado
pasaba a con‑ 68 JORGE GARCIA GRANADOS
versar con el general MacMillan o con el gobernador de Jerusalén, o el
jefe de policía o algún otro dignatario.
Cuando me llegó el turno de hablar con sir
Alan mi impresión sobre su llaneza y
cortesía se confirmó y me hizo entender qué difícil era el cargo que ocupaba.
Aquella noche, cuando volvíamos a Kadimah House favorablemente impresionados, ignorábamos que el
go• bierno de Palestina acababa de
precipitar una situación que crearía un serio conflicto entre nosotros.
El gobierno había elegido este día, nuestro
primer día oficial en Palestina, para
sentenciar a muerte a tres de los cinco miembros del
Irgún Zvai Leumí, la organización clandestina
judía, que habían participado en la fuga de la prisión de Acre, de la cual habíamos tenido noticias por los
periódicos estando todavía en Nueva York.
Así, súbitamente, nos ponían cara a cara con el
problema de Palestina, no como una
serie de noticias, sino como un desarrollo de acontecimientos
que nos comprendía a nosotros mismos. Aquella tarde
la prensa local estuvo dominada por el caso. Era seguro
que la noticia de que los tres serían ahorcados por
un hecho que en cualquier otra parte del mundo habría
significado una sentencia de prisión, tendría graves repercusiones.
Yo sabía muy poco del carácter del movimiento
clandestino judío, pero un amigo
mfo me hizo un relato vívido de lo acaecido. Durante todo el
transcurso del juicio, dijo, los prisioneros se negaron a
defenderse, argumentando que un tribunal militar británico no tenía ningún
derecho a juzgarlos, porque representaba a
un poder militar extranjero que
ocupaba Palestina contra la voluntad de su pueblo.
Los jóvenes acusados recibieron sus sentencias
en una sala densamente vigilada, en el
adusto juzgado militar de piedra blanca del gobierno de
Palestina. Según el relato de mi amigo, sucedió así:
Al entrar vio a los cinco prisioneros de pie en un estrado
ASI NACIó ISRAEL 69
rodeado de guardias. Su juventud lo dejó
pasmado. De acuerdo con los encabezamientos de los periódicos
había esperado encontrarse con criminales
empedernidos; allí veía a jovencitos
que no parecían tener más de dieciocho
o diecinueve años. Usaban pantalón corto de color caqui y no llevaban corbatas; el cuello de sus
camisas estaba abierto, y a sus pies
yacían los grillos que antes unieran
sus tobillos. Detrás de ellos había tres hileras de sillas, unas treinta en total, donde estaban sentados,
callados y recelosos, los padres y
parientes de los acusados. En otra esquina, tras una barandilla de madera,
se encontraban los representantes de la
prensa mundial. En el banco del juez estaba
sentado un coronel británico de uniforme, delgado, de mirada dura, de ojos azules, fríos, bigotes
rubios y una- voz
totalmente desprovista de emoción. Una atmósfera tensa llenaba la sala; evidentemente, la gente esperaba que alguien o
algo se materializara. De pronto se abrió la puerta y dos abogados entraron presurosamente. Venían muy agitados, y las manos les temblaban mientras
se arreglaban los ropajes y las pelucas blancas.
—Llegan ustedes con atraso —dijo el juez, con
voz de hielo.
Uno de los abogados, conocido por su defensa de combatientes
clandestinos, replicó, indignado:
—Su Señoría, debo protestar contra el trato
ultrajante que acabo de recibir en manos
de la policía. Antes de entrar en esta sala fui retenido
afuera y registrado como si fuera un criminal común. Me
registraron las ropas y me dieron vuelta a los bolsillos. Soy una figura
conocida para este tribunal. Es una
indignidad a que no debería someterse al consejero de
la defensa.
El juez escuchó en silencio y luego prosiguió
como si no hubiera habido tal protesta.
El ujier pronunció un nombre. Del reducido público se
adelantó lentamente un hombrecillo enfundado en un yersey,
humilde, gris, que llevaba su gorra, harapienta
en las dos manos. Se quedó allí, sin ánimo
para nada, con los ojos fijos en el suelo.
70 JORGE
GARCIA GRANADOS
—¿Puede identificar a alguno de los acusados? el fiscal.
El hombrecillo alzó los ojos y miró fijamente a
uno de los muchachos que estaban de
pie en el estrado, y lo señaló con un ligero gesto rL. cabeza.
—¿Es hijo suyo? —preguntó el fiscal.
El padre asintió levemente con la cabeza;
entonces sus ojos tropezaron con los de su hijo, y un silencio
absoluto inmovilizó el tribunal. ¿Quién
puede decir qué pasó entre ellos en
ese momento terrible, en esa mirada silenciosa? Era evidente que el padre
comunicaba algo inexpresable a su hijo. El rostro del muchacho
permaneció inexpresivo mientras miraba a su
padre, y sin embargo, se podía sentir cómo el amor y el anhelo manaban
de uno al otro.
—Eso es todo —dijo bruscamente el fiscal.
El anciano volvió arrastrando los pies hasta
su asiento. Se sentó sobre el borde de la
silla, revolviendo entre sus dedos la gorra, desvalido, mientras
sus ojos se iban desbordando lentamente de lágrimas.
El juez se inclinó un poco hacia adelante,
jugueteó un instante con la punta aguzada de su bigote y, sin
ningún preámbulo, comenzó a leer la sentencia
monótonamente. Sus ojos estaban fijos
en los papeles que tenía delante; 0 sin alzar la mirada una sola vez parecía estar
pasando lista. La voz seca e impersonal repetía aquellas palabras de
significado tan terrible:
—El tribunal os sentencia a morir en la horca.
. . El tribunal os sentencia a morir en la horca...
Al apagarse la última palabra los muchachos se pusieron firmes. Enhiestos, las cabezas levantadas, rígidos,
rompieron a cantar el Hatiftá, el
himno nacional judío. El auditorio
que estaba detrás se puso de pie y cantó con ellos mientras las lágrimas
les corrían por las mejillas. En este momento
el juez se levantó deliberadamente, mientras su bigote le temblaba de fastidio, con toda intención empujó hacia
atrás su silla con un ruido fuerte y áspero, dio media vuelta y salió de la
sala, seguido por el fiscal. El sonido
ASI NACIÓ ISRAEL 71
de sus pesadas botas al cruzar el piso del
tribunal reoionó en la canción. La puerta
se cerró explosivamente 1 t as ellos y quedamos (dijo mi
amigo) solos en la sala cun los condenados y los que
les amaban, todos de pie, firmes, cantando... Las
mejillas bañadas de lágrimas, (antaban
la canción de la esperanza judía con fervor cada vez mayor, y en este coro trágico se alzó muy alto
la voz débil y trémula de un anciano. Mientras la escuchaba, mi amigo
comprendió que así debía ser la voz de un hombre cuando
se le está partiendo el corazón. Miró, y como había supuesto, era la voz del
padre que identificó a su hijo.
Cuando acabó la canción los muchachos se
volvieron hacia los que estaban detrás de
ellos. Sus labios sonreían y les brillaban sus ojos. Alzaron las manos por
encima de sus cabezas y las unieron en un
gesto de solidaridad, gritando: "iShalorn! ¡Shalom!
¡Shalom!", en un sonoro mensaje a sus padres, a sus
amigos, a su pueblo de todo el mundo.
El relato de mi amigo me deprimió; y esa noche,
después de comer, salí a tomar un
poco de aire fresco y también en busca de una ocasión
para pensar. Todas las fibras de mi ser protestaban
contra el principio de la pena capital
por actos políticos. Eso era lo que habíamos combatido con tanta fiereza en Guatemala, por eso yo
había pagado con la dura moneda de la
prisión y el exilio. No sólo desde un punto de vista humanitario, sino también desde un punto de vista político, nuestra
Comisión tenía derecho a sentirse perturbada. Yo consideraba que
estas sentencias constituían un desafío de
Gran Bretaña a las Naciones Unidas. No podía saber si los ingleses habían querido deliberadamente que las sentencias
coincidieran con el comienzo de
nuestra labor, pero sin duda debían de haber
sabido que ello sólo promovería nuevas perturbaciones y crearía mayores dificultades para nosotros. Era poco
menos que si el gobierno británico nos advirtiera:
"No sois más que una entre la serie de comisiones
que han venido entremetiéndose en Palestina.
Para nosotros, no representáis a nadie
más que a vosotros mismos. El pueblo
de Palestina no puede esperar nada de vosotros, salvo mediante nuestro
gracioso consentimiento. De una vez por
todas, caballeros de las Naciones Unidas: aquí nosotros somos los
dueños de casa."
Ya había andado un rato, meditando de esta manera, y regresaba hacia Kadimah House cuando de pronto me encontré cara a cara con Sandstrom. Él también
estaba tomando aire.
—Si no tiene nada de particular que hacer —me
dijo—, ¿por qué no me acompaña? Así conversamos un poco.
La noche era agradable, las calles estaban
desiertas y apacibles. Mientras
caminábamos, me descargué. ¿No podría
intervenir la UNSCOP? ¿No podríamos señalar que la actitud del gobierno podría tener efectos
imprevisibles sobre nuestra labor? Que tal
actitud desatendía completamente el pedido de la Asamblea General a
"todos los gobiernos. . . de abstenerse de amenaza o empleo de la fuerza o de cualquier otra acción que pudiera
crear una atmósfera de prejuicio..." Quizá yo, en forma
puramente extraoficial, pudiera convencer al
general MacMillan para que escuchara lo que tenía que decirle.
—Quizá —dijo Sandstrom, con tono de duda—. Quizá. —Además —le dije—,
estoy seguro de que sus palabras tendrían cierto peso para el alto comisionado.
Le sugerí que aprovecháramos una recepción que
daban en nuestro honor en la Casa de
Gobierno, la noche siguiente. Convino en ello.
La noche siguiente, en la Casa de Gobierno, le
dije al general MacMillan que me gustaría conversar con él de cierto asunto. Nos sentamos en un pequeño sofá
que había en un rincón de la sala y entré
de lleno al tema, sin prolegómenos.
—Anoche —le dije— tuve una larga
conversación con el señor Sandstrom. Él discutirá
este mismo asunto con sir Alan. La Comisión no lo ha tratado y le hablo a
usted 73
con carácter exclusivamente personal. Sandstrom
y yo estamos profundamente
preocupados por estas sentencias de muerte. Creo que si ustedes ejecutan a esos
muchachos Lis consecuencias políticas
serán desastrosas y acarrearán graves
dificultades para nuestra Comisión. Además, con-(lucirán a una mayor tensión, que supongo colocará
al gobierno de Palestina en una situación difícil. Creo que una política tolerante y generosa sería mucho más
adecuada para calmar a los judíos
disidentes que la severidad que emplea
actualmente su gobierno. En una palabra, la política de la rama de olivo, el perdón, quiero decir,
me parece que sería mucho más eficaz.
El general MacMillan sonrió levemente y me
contestó con cierta condescendencia. Era
como si hablara con un niño que hubiera estado
explayándose sobre materias que no alcanzaba a
comprender.
—La transigencia no es cosa nueva para
nosotros —dijo—. La hemos intentado, y nos ha fallado. Usted
no entiende la situación en este país, ni la psicología de los terroristas. Ellos interpretarían cualquier gesto
generoso como un signo de debilidad. Aparte de eso —añadió—, mi deber está claramente definido. Yo debo examinar
los hechos. Si la evidencia demuestra
1 que los hombres convictos
son culpables, es mi deber confirmar la sentencia. La ley es la ley. No tengo otra salida. El perdón es un alto
privilegio exclusivo del alto comisionado.
Yo insistí.
—A nosotros, los
latinoamericanos —observé—, nos resulta
difícil apreciar estas cosas. Después de muchos siglos de orden y democracia ustedes, los ingleses,
han olvidado qué significa sentirse agitado por
sentimientos revolucionarios. En nuestra
América la lucha política está llena de
pasión. Nosotros consideramos al delito político como algo totalmente distinto del crimen corriente.
Creemos que un hombre que se complica en la conspiración y la revuelta
lo hace bljo la influencia de la pasión. Podemos 74 JORGE GARCIA
GRANADOS
considerarlo equivocado, y aun fanático, pero
no una amenaza perpetua para la sociedad como el criminal común.
El general MacMillan me miró y continuó sonriendo levemente.
—Permítame que le relate algo que ilustrará mi parecer —proseguí—.
Hace menos de un año se descubrió en Guatemala
un complot contra el gobierno. Los conjurados fueron detenidos. Se encontraron pruebas de que algunos de ellos pretendían realmente asesinar al
Presidente y a varios altos funcionarios del gobierno, sobornar a
ciertos oficiales del ejército y cometer
otros actos que llevarían a un cambio violento del régimen político. Bajo una
dictadura, estos hombres habrían sido fusilados en el acto de acuerdo con la teoría de que la paz sólo puede mantenerse mediante el terror. Pero, ¿qué sucedió? En vez
de pasarlos a una corte marcial las
autoridades los llevaron ante los
tribunales civiles, que les impusieron penas leves. La condena más severa fue de tres años de prisión y
ni siquiera ésta fue cumplida
totalmente, pues antes de un año todos estaban en libertad. ¿Tuvo esto alguna
consecuencia perjudicial? ¿Se
quebrantó el orden social? No, el gobierno está sólidamente atrincherado
y goza del apoyo popular. Examine este caso.
Estos jóvenes han sido condenados a
muerte porque ayudaron a abrir las puertas de una prisión. No mataron a
nadie. Son inocentes de derramamientos de
sangre. Debo decirle que la pena de muerte me parece extraordinariamente
drástica.
El general guardó silencio un momento, y
después, con el tono y el gesto de un hombre penosamente
irritado, pero paciente, replicó:
—Muy señor mío —dijo, con voz
característicamente suave y bien modulada—, ustedes pueden hacer como
les parezca bien en Latinoamérica, pero los
funcionarios británicos deben
respetar la ley. Cuando nuestras leyes califican un hecho como delito, quienquiera que cometa ese hecho y viole aquellas leyes es tan criminal como
cualquier otro. De todos modos yo no tengo que ver con las ASI NACIÓ ISRAEL 75
consecuencias políticas. Soy un soldado y debo
cumplir con mi deber.
Hablamos aún largo rato hasta que comprendí que
nuestros puntos de vista eran
irremediablemente irreconciliables.
Cuando vi a Sandstrom, durante la cena, me dijo que desgraciadamente no había tenido ocasión de hablar
en privado con sir Alan.
—Además —añadió—, se han presentado nuevas complicaciones. Hágame el
favor de venir esta noche a mi apartamento,
para una conversación informal. También les he pedido a los demás que
vengan.
Esa noche, la salita de recibo de Sandstrom estaba llena hasta reventar con representantes, substitutos y
funcionarios de la secretaría. Hubo
que dejar entreabierta la puerta que
daba al pasillo a fin de permitir que todos nuestros suplentes pudieran
seguir la discusión.
—Los he invitado esta noche porque he recibido
una carta de los padres y parientes
de los tres condenados —anunció Sandstrom con voz serena—. Nos piden que intercedamos ante el gobierno y las autoridades
militares de Palestina para que
posterguen las ejecuciones y para que
obtengamos una conmutación de las sentencias de muerte.
Durante un momento todos permanecieron
callados. Se había lanzado el reto; nuestro
Comité estaba en descubierto ante la opinión pública
universal. Esta sería una prueba de nuestros poderes, y de nuestra
independencia.
Sir Abdur Rahman declaró que no teníamos
competencia para intervenir en el asunto. Brilej, Fabregat y
yo nos opusimos, afirmamos que este era un
nuevo problema que aparejaba razones de humanidad, y que debíamos considerarlo. Cuando Sandstrom intentó inquirir otros
pareceres, John Hood, de Australia, protestó.
—Si no estamos reunidos en una sesión formal no estoy dispuesto a
expresar mi actitud —dijo—. Y no creo que //falta poner aquí hasta la pag- 101-regresar después//
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