sábado, 18 de febrero de 2017
BODA MOLINA VILLATORO-MALACATAN-Huehuetenango,1797
26 OCTUBRE 1797
BODA DE JOAQUIN MOLINA RECINOS
HIJO DE SILVESTRE MOLINA Y DE MARIA ANTONIA RECINOS.-AMBOS DEL PUEBLO DE GUEGUETENANGO
CON MICAELA VILLATORO DE ZOTO
HIJA DE JUAN VILLATORO -DEL PUEBLO DE GUEGUETENAGO
Y DE RITA DE ZOTO-DEL VALLE DE BOVOS-( SIBILIA,QUETZALTENANGO)
TODOS VECINOS DE MALACATANCITO
HUEHUETENANGO
Juachin Molina con Micaela Villatoro, Casados y Velados. Primeras Nupcias. Españoles
Año del Señor de mil setescientos noventa y siete, día veinte y seis de Octubre---YHo el Padre Cura Ynterino Fr. Feliz Vaquero, a Joaquin Molina hijo legitimo de Silvestre Molina y de Maria Antonia Recinos, vecinos del Pueblo de Gueguetenango; y a Micaela Villatoro hijo legitimo de Juan Villatoro y de Rita de Zoto, vezinos de este Pueblo de Malacatán--- Fr. Feliz Vaquero
domingo, 26 de febrero de 2017
LESVIA ELISABET NAGERA ROSSEL- 1929- Huehuetennago
LESVIA ELISABET NAGERA ROSSEL
25 OCTUBRE 1929
HIJA DE MANUEL NAGERA- MEXICANO
Y DE ANA LORENZA ROSSEL
HUEHUETENANGO
Guatemala
Lesvia Elisabet Nagera, h.
lad. Contrajo matrimonio en la capital con José Felix Reyes Arriola
según aviso del Registro Civil de fecha 5 de Junio /1957
En Huehuetenango a veinticinco de octubre de mil novecientos veintinueve---compareció Manuel Nagera, mayor de edad, dando parte que el veintiuno del actual a la una pm. nació Lesvia Elisabet hija legitima del exponente y Ana Lorenza Rossel de Nagera, el primero de origen mexicano y la segunda guatemalteca, avecindados en esta ciudad-----
jueves, 9 de febrero de 2017
MARIA LEONOR CASTILLO MADRAZO -1928 -HUEHUETENANGO
1928
HIJA DE DON ALFREDO CASTILLO
Y DE DOÑA MARIA MADRAZO
HUEHUETENANGO
Guatemala
América del Centro
En la ciudad de Huehuetenango, a quince de Junio de mil novecientos veintiocho...compareció don Alfredo Castillo, mayor d edad y dijo: que en esta ciudad , el ocho del corriente mes a las seis y veinte de la mañana nació una niá que llevará el nombre de Maria Leonor, hija legítima de él y María Madrazo , ambos ladinos, de oficio amanuense y domésticos por su órden y de este vecin dario.--------
miércoles, 15 de febrero de 2017
BIOGRAFIA DE WACHTMAN NEE-2
By Witness Lee
CAPITULO DOS
SALVO Y LLAMADO
POR MEDIO DE LA PREDICACION DE DORA YU
Entre los evangelistas que el Señor levantó en China, hubo una hermana joven cuyo nombre inglés era Dora Yu y cuyo nombre chino era Yu Tzu-tu. Ella había sido salva desde muy joven, y su familia la envió a Inglaterra a estudiar medicina. Al dirigirse a Inglaterra, el barco en el que viajaba atracó en Marsella, al sur de Francia. En esa ocasión ella recibió una carga muy grande y le dijo al capitán que no podía continuar el viaje y que necesitaba regresar a China para predicar el evangelio de Cristo. El capitán se sorprendió, pero no podía hacer otra cosa que enviarla a casa. Sus padres estaban muy decepcionados por su regreso y aunque intentaron disuadirla de predicar el evangelio, sus esfuerzos fueron vanos. Finalmente desistieron. Ella dejó su casa, y empezó a predicar al Señor Jesús en las calles. Nadie la contrató; ella simplemente confiaba en el Señor. Por medio de lo que el Señor le proveía, ella alquiló parte de una bodega en las afueras de Shanghai para predicar el evangelio. Desde entonces, las denominaciones la empezaron a invitar a predicar el evangelio en sus locales. Viajó por muchas provincias predicando el evangelio, y llegó a ser un testigo muy útil para el Señor. Continuó predicando por el resto de su vida, llevando centenares de personas al Señor.
En febrero de 1920 Dora Yu fue invitada a Fuchow, capital de Fukien, donde predicó el evangelio en el auditorio de la Iglesia Metodista. Su predicación era tan convincente y estaba tan llena de poder, que después de cada reunión quedaban en el piso las lágrimas vertidas por el llanto de los que habían estado allí. Muchos fueron salvos. Entre los convertidos hubo una señora china muy culta, la madre de Watchman Nee. Ella y su esposo eran metodistas, pero no tenían la experiencia de la salvación. Después de ser salva, ella regresó a casa y allí hizo una detallada confesión de sus faltas a su esposo y a sus hijos. Su hijo mayor, Shu-tsu, estaba muy sorprendido e inspirado por la confesión de ella. Decidió que él tenía que ir personalmente a la reunión de Dora Yu y ver lo que había producido un cambio tan radical en su madre. Al día siguiente fue allí, y el Señor lo cautivó. Más tarde esa misma noche, él tuvo una visión del Señor Jesús colgado en la cruz. Por medio de esta experiencia el Señor lo llamó para que fuera Su siervo.
viernes, 24 de febrero de 2017
MARIA EUGENIA ARANEDA CASTILLO-Huehuetenango- 1929
HIJA DE DON JORGE ARANEDA- ORIGINARIO DE REPUBLICA DE CHILE
Y DE DOÑA LUISA ESTELA CASTILLO
HUEHUETENANGO
Guatemala
Jorge Araneda y Luisa Estela Castillo,-Padres de Jorge Luis Araneda Castillo-
María Eugenia Araneda h. leg. lad.
Razón: en fecha 21 de Junio de 1958. la Señorita María Eugenia Araneda contrajo matrimonio en la capital con el Señor Rafael Arnoldo de León Rodriguez ----
En Huehuetenango a tres de Diciembre de mil novecientos ventinueve ---compareció don Jorge Araneda , dando parte de que el veintiocho del mes próximo pasado a las siete a.m. nació en esta ciudad Maria Eugenia, hija legítima del exponente y de Luisa Estela Castillo, ladinos, de oficios agricultor, y señora de su casa respectivamente, originario de Chile y vecino de esta el declarante, y originaria y vecina de esta población su señora. Leído que le fue lo escrito al exponente, lo ratificó y lo firmo.Damos fe,---
martes, 28 de febrero de 2017
MANUELA ANASTACIA CALDERON RECINOS- Española- 1778 Malac. Huehuetenango
28 MAYO 1778
HIJA DE DON TORIBIO CALDERON Y DE DOÑA FELIPA RECINOS- ESPAÑOLES
MADRINA: DOÑA GREGORIA OCAMPO
SANTA ANA MALACATAN
Huehuetenango
Guatemala
Manuela Anastacia Española
En esta Sta. Yglesia Parrochial de Sta. Ana Malacatan en veinte y ocho dias del mes de Maio/Mayo/ de mil sett. setenta y ocho, ---y le puse por nombre Manuela Anastacia hija legitima de Don Torivio Calderón y Doña Felipa Recinos. fue madrina Doña Gregoria Ocampo
sábado, 18 de febrero de 2017
ASI NACIO ISRAEL- Por Jorge García Granados-
JORGE GARCIA GRANADOS
BIBLIOTECA ORIENTE
BUENOS AIRES
ARGENTINA
1949
CAPITULO I
ENTRADA POR LA PUERTA DE ATRÁS
PEDRO ZULOAGA, venezolano de espíritu liberal y miembro de la delegación permanente de su país ante las Naciones Unidas, alzó su copa.
—García Granados, usted debería estar en esta Comisión—dijo con énfasis—. Necesitamos un luchador.
Hernán Santa Cruz, jefe de la delegación de Chile, me miró sonriente por encima de la mesa.
—Sí —dijo—. Usted debe ir a Palestina.
Era a principios de mayo, en 1947. Un grupo de latinoamericanos estábamos terminando de almorzar en el comedor para delegados del cuartel general de las Naciones Unidas situado en Lake Success. El tema de nuestra conversación era la Asamblea Especial de las Naciones Unidas, ante la cual todos éramos delegados. Pocos días antes, el 23 de abril, se había abierto la Asamblea y habíamos iniciado nuestro examen preliminar del complicada problema de Palestina. Ahora, después de haber oído los argumentos de los portavoces judíos y árabes, las cincuenta y cinco naciones miembros iban a elegir un comité especial que fuera a Palestina, estudiara la situación. y volviera con una solución definitiva. Era un momento que la historia pintaba trágicamente. Veinticinco años de gobierno británico culminaban en el caos; en aguas palestinas los ingleses detenían barcos de refugiados judíos, cuyos pasajeros eran internados en campamentos británicos, en Chipre; miembros del movimiento clandestino judío perecían en la horca; los rebeldes tiroteaban a soldados británícos y hacían volar trenes; los árabes peleaban contra los árabes extremistas. . . La tarea confiada a esta comisión investigadora tendría proporciones hercúleas. evidentemente.
Debo decir que la sugestión de mía colegas me tomó de sorpresa. Apenas un mes antes, estando en Washington, mi mujer y yo habíamos proyectado ir a Guatemala el primero de Julio, de Vacaciones, acompañados por dos huéspedes: M. Henri Bonnet, el embajador francés, y Mme. Bonnet. Les había hablado de los encantos de mi tierra, d ela temperatura moderada y el clima deleitoso de nuestras mesetas; y ellos habían aceptado nuestra invitación. Esperabamos unas vacaciones de tranquilidad y descanso.
PEDRO ZULOAGA, venezolano de espíritu liberal y miembro de la delegación permanente de su país ante las Naciones Unidas, alzó su copa.
—García Granados, usted debería estar en esta Comisión—dijo con énfasis—. Necesitamos un luchador.
Hernán Santa Cruz, jefe de la delegación de Chile, me miró sonriente por encima de la mesa.
—Sí —dijo—. Usted debe ir a Palestina.
Era a principios de mayo, en 1947. Un grupo de latinoamericanos estábamos terminando de almorzar en el comedor para delegados del cuartel general de las Naciones Unidas situado en Lake Success. El tema de nuestra conversación era la Asamblea Especial de las Naciones Unidas, ante la cual todos éramos delegados. Pocos días antes, el 23 de abril, se había abierto la Asamblea y habíamos iniciado nuestro examen preliminar del complicada problema de Palestina. Ahora, después de haber oído los argumentos de los portavoces judíos y árabes, las cincuenta y cinco naciones miembros iban a elegir un comité especial que fuera a Palestina, estudiara la situación. y volviera con una solución definitiva. Era un momento que la historia pintaba trágicamente. Veinticinco años de gobierno británico culminaban en el caos; en aguas palestinas los ingleses detenían barcos de refugiados judíos, cuyos pasajeros eran internados en campamentos británicos, en Chipre; miembros del movimiento clandestino judío perecían en la horca; los rebeldes tiroteaban a soldados británícos y hacían volar trenes; los árabes peleaban contra los árabes extremistas. . . La tarea confiada a esta comisión investigadora tendría proporciones hercúleas. evidentemente.
Debo decir que la sugestión de mía colegas me tomó de sorpresa. Apenas un mes antes, estando en Washington, mi mujer y yo habíamos proyectado ir a Guatemala el primero de Julio, de Vacaciones, acompañados por dos huéspedes: M. Henri Bonnet, el embajador francés, y Mme. Bonnet. Les había hablado de los encantos de mi tierra, d ela temperatura moderada y el clima deleitoso de nuestras mesetas; y ellos habían aceptado nuestra invitación. Esperabamos unas vacaciones de tranquilidad y descanso.
A la sazón recibí un telegrama de mi gobierno, con instrucciones de ir
inmediatamente a Nueva York para participar como jefe de la delegación
guatemalteca, en la Asamblea Especial para Palestinaque había sido
convocada a pedido de la Gran Bretaña.-.Yo no tenía muchas ganas de cambiar mis planes a último momento.: Pero, corno optimista incorregible que soy, le dije a mi mujer-
-Bien, no será por mucho tiempo. Estas sesiones acabarán en bocas semanas, y entoncer, podremos seguir adelante con nuestros
¿Cómo iba yo a saber que este pedido cambiaría el curso de mi vida en el año siguiente y me introduciría de lleno en un problema que entonces tenía poco o ningún significado para mí? Al cabo de pocos meses no era ya embajador de mi país en Washington y estaba enredado, como tantas otras, veces en mi vida, en la lucha de un pueblo por la libertad.
No fue ningún conocimiento especial de mi parte lo que llevó a mis colegas a pensar en mi como miembro de la comisión investigadora. Yo sabía muy poco sobre Palestina. Pero estaban seguros de que no bien entendiera a punto fijo dónde estaba la justicía, pelearía por ella con todas las fuerzas a mí alcance. Un año antes, en estos mismos salones, los latinoamericanos liberales nos habíamos unido en la lucha por conseguir que las Naciones Unidas denunciaran a la España franquista por su política antidemocrática y dictatorial. Habíamos dejado ver Claramente dónde estábamos situados. El problema palestino sería una prueba mucho más crítica para saber si nuestra organización mundial podía aplicar el gobierno de la ley y la razón en zonas de agudo conflicto político. La Única esperanza para la paz mundial está en la seguridad colectiva, y nosotros, corno ciudadanos y dirigentes de países pequeños, nos adherimos fervorosamente a esta fe. La Liga de las Naciones había zozobrado en la roca trágica de la política por el poder. Nosotros sabíamos que no osaríamos permitir a las grandes potencias que convirtieran también a las Naciones Unidas en liza poder hacer alardes de sus fuerzas.
I.a eficacia de la acción internacional en Palestina dependía, sobre todo, de la imparcialidad del comité investigador que se enviara. Por ello todos nosotros estábamos alerta para ver por qué medios tratarían de influir las grandes potencias en la composición del comité. En la r.ntesala de los delegados, ese centro fascinante de murmuraciones e intrigas internacionales, ya se sabía la noticia: los Estados Unidos, en una rápida maniobra tendiente a impedir que el bloque soviético presentara su propia lista, y apoyados por Reino Unido, propondrían un comité de siete naciones: Canadá, Checoeslovaquia, Irán, Holanda, Perú, Suecia y Uruguay.
Me sentí desilusionado. No era una lista fuerte. Si bien mucho dependía de las personas elegidas y de las instrucciones que recibieran de sus respectivos gobiernos, en caso de haberlas, ciertos hechos eran muy claros. Canadá, Holanda y Suecia estaban en el bloque occidental, y favorecían a Gran Bretaña, la potencia mandataria en Palestina. Perú era notablemente conservador, e Irán un estado musulmán cuya opinión no constituiría ningún secreto. Si esta comisión, como parecía probable, iba a redactar sus recomendaciones con el ojo puesto en la Gran Bretaña y los Estados Unidos, no ayudaría mucho a encontrar la verdadera solución que ellos propusieran.
No bien se hizo pública la lista de los Estados Unidos, Polonia presentó una contrapropuesta, firmemente apoyada por Andrei Gromyko,delegado soviético. Quería quo los cinco miembros permanetnes del Consejo de Seguridad —Estados Unidos, Gran Bretaña, La URSS, Fraacia y China— formaran el núcleo del comité; con lo cual, dijo, se aseguraría la aplicación indudable de cualquier solución que ellos propusieran.
-Bien, no será por mucho tiempo. Estas sesiones acabarán en bocas semanas, y entoncer, podremos seguir adelante con nuestros
¿Cómo iba yo a saber que este pedido cambiaría el curso de mi vida en el año siguiente y me introduciría de lleno en un problema que entonces tenía poco o ningún significado para mí? Al cabo de pocos meses no era ya embajador de mi país en Washington y estaba enredado, como tantas otras, veces en mi vida, en la lucha de un pueblo por la libertad.
No fue ningún conocimiento especial de mi parte lo que llevó a mis colegas a pensar en mi como miembro de la comisión investigadora. Yo sabía muy poco sobre Palestina. Pero estaban seguros de que no bien entendiera a punto fijo dónde estaba la justicía, pelearía por ella con todas las fuerzas a mí alcance. Un año antes, en estos mismos salones, los latinoamericanos liberales nos habíamos unido en la lucha por conseguir que las Naciones Unidas denunciaran a la España franquista por su política antidemocrática y dictatorial. Habíamos dejado ver Claramente dónde estábamos situados. El problema palestino sería una prueba mucho más crítica para saber si nuestra organización mundial podía aplicar el gobierno de la ley y la razón en zonas de agudo conflicto político. La Única esperanza para la paz mundial está en la seguridad colectiva, y nosotros, corno ciudadanos y dirigentes de países pequeños, nos adherimos fervorosamente a esta fe. La Liga de las Naciones había zozobrado en la roca trágica de la política por el poder. Nosotros sabíamos que no osaríamos permitir a las grandes potencias que convirtieran también a las Naciones Unidas en liza poder hacer alardes de sus fuerzas.
I.a eficacia de la acción internacional en Palestina dependía, sobre todo, de la imparcialidad del comité investigador que se enviara. Por ello todos nosotros estábamos alerta para ver por qué medios tratarían de influir las grandes potencias en la composición del comité. En la r.ntesala de los delegados, ese centro fascinante de murmuraciones e intrigas internacionales, ya se sabía la noticia: los Estados Unidos, en una rápida maniobra tendiente a impedir que el bloque soviético presentara su propia lista, y apoyados por Reino Unido, propondrían un comité de siete naciones: Canadá, Checoeslovaquia, Irán, Holanda, Perú, Suecia y Uruguay.
Me sentí desilusionado. No era una lista fuerte. Si bien mucho dependía de las personas elegidas y de las instrucciones que recibieran de sus respectivos gobiernos, en caso de haberlas, ciertos hechos eran muy claros. Canadá, Holanda y Suecia estaban en el bloque occidental, y favorecían a Gran Bretaña, la potencia mandataria en Palestina. Perú era notablemente conservador, e Irán un estado musulmán cuya opinión no constituiría ningún secreto. Si esta comisión, como parecía probable, iba a redactar sus recomendaciones con el ojo puesto en la Gran Bretaña y los Estados Unidos, no ayudaría mucho a encontrar la verdadera solución que ellos propusieran.
No bien se hizo pública la lista de los Estados Unidos, Polonia presentó una contrapropuesta, firmemente apoyada por Andrei Gromyko,delegado soviético. Quería quo los cinco miembros permanetnes del Consejo de Seguridad —Estados Unidos, Gran Bretaña, La URSS, Fraacia y China— formaran el núcleo del comité; con lo cual, dijo, se aseguraría la aplicación indudable de cualquier solución que ellos propusieran.
Esto no gustó a los Estados Unidos. Washington prefería que Moscú no tuviera un papel importante en Palestina, y tampoco deseaba verse tan directamente implicado en el problema. El senador Warren Austin, delegado norteamericano, hizo una declaración más importante por lo que dejó de decir que por lo que dijo: sin duda, observó, cualquier organismo que incluya a los cinco grandes no puede pretender "ser imparcial". Alexander Parodi, de Francia, le apoyó;
y Asa£ Alí de la India, hablando como defensor de las potencias
pequeñas, señaló con cierto fastidio que, con la sola excepción de
China, cada uno de los cinco grandes tenía intereses políticos o
económicos en el Medio Oriente, y por lo tanto no deberían ser elegidos
para formar el Comité.
Yo había observado anteriormente que los Estados Unidos seguían una técnica de globo de ensayo en las :Naciones Unidas. Si una proposición suya no obtenía el apoyo general, no la retiraban, sino que sugerían una enmienda para resolver las objeciones, asegurándose así de que, saliera al fin lo que saliera, su idea básica no se habría perdido. Por consiguiente esperábamos que el senador Austin sacara a relucir tarde o temprano una enmienda a su propuesta original de los siete países.
La composición del Comité llegó al voto el 13 de mayo: fué un día de discusiones vigorosas, en que el bloque soviético defendió ardientemente su punto de vista. Primero votamos la proposición rusa de que el Comité estuviera compuesto solamente por estados del Consejo de Seguridad_ Fue derrotada rápidamente. También se perdió la proposición polasa de que el Comité constara de 11 naciones inclusive los Cinco Grandes. Finalmente votamos una moción australiana para que el Comité estuviera compuesto por 11 países, excluyendo a los Cinco Grandes. aquí, aunque las Naciones Unidas trataban uno de los problemas más de su histeria, treinta y una naciones se abstuvieron de votar o figuraron como ausentes, y la moción australiana fue aprobada por dos votos, 13 a 11. No pude menos de pensar lo siguiente: Nos estamos acercando al problema como si fuera a estallarnos en la cara. Es complicado, sí, ¿pero acaso no estamos aquí para tratar asuntos complicados?
Inspirado por pensamientos semejantes. Jan Papenek, entonces delegado checoeslovaco, tomó la palabraa para decir, tristemente
Yo había observado anteriormente que los Estados Unidos seguían una técnica de globo de ensayo en las :Naciones Unidas. Si una proposición suya no obtenía el apoyo general, no la retiraban, sino que sugerían una enmienda para resolver las objeciones, asegurándose así de que, saliera al fin lo que saliera, su idea básica no se habría perdido. Por consiguiente esperábamos que el senador Austin sacara a relucir tarde o temprano una enmienda a su propuesta original de los siete países.
La composición del Comité llegó al voto el 13 de mayo: fué un día de discusiones vigorosas, en que el bloque soviético defendió ardientemente su punto de vista. Primero votamos la proposición rusa de que el Comité estuviera compuesto solamente por estados del Consejo de Seguridad_ Fue derrotada rápidamente. También se perdió la proposición polasa de que el Comité constara de 11 naciones inclusive los Cinco Grandes. Finalmente votamos una moción australiana para que el Comité estuviera compuesto por 11 países, excluyendo a los Cinco Grandes. aquí, aunque las Naciones Unidas trataban uno de los problemas más de su histeria, treinta y una naciones se abstuvieron de votar o figuraron como ausentes, y la moción australiana fue aprobada por dos votos, 13 a 11. No pude menos de pensar lo siguiente: Nos estamos acercando al problema como si fuera a estallarnos en la cara. Es complicado, sí, ¿pero acaso no estamos aquí para tratar asuntos complicados?
Inspirado por pensamientos semejantes. Jan Papenek, entonces delegado checoeslovaco, tomó la palabraa para decir, tristemente
—Considero esta votación como resultado directo del deseo de las grandes potencias de evitar toda responsabilidad en este importantísimo problema. Otros, más de la mitad de los estados miembros, también rehuyen su responsabilidad. Pienso que eso debe decirse claramente en este recinto._
Yo no me engañaba con respecto a las razones de todo ello: cada una de las grandes potencias buscaba una ventaja, y la mayoría de los países pequeños, con excepción del bloque musulmán, temían contrariar a los países más influyentes. Los delegados musulmanes encaraban la cuestión abierta y francamente, como partes en la disputa: sus posiciones y sus simpatías estaban establecidas de antemano. No era sorprendente, pues, que en este clima no se prestase atención a los méritos del caso.
Luego debimos ampliar la Comisión. Santa Cruz, de Chile, propuso a Guatemala y Yugoeslavia como los miembros octavo y noveno. El senador Austin propuso después que, como Chile ya había nombrado a un latinoamericano y a un eslavo, debíamos aprobar los nueve ya designados y elegir dos más, preferiblemente de países que representaran al Asia y a la zona del Pacífico meridional, lo cual daría al comité una vasta representación geográfica. No hubo objeciones en la sala; se llevó adelante la moción y en pocos momentos la India y Australia habían sido elegidas y la Comisión de Investigación estaba completa.
De esta manera, como idea tardía y por la puerta de atrás, gracias a la iniciativa de los delegados latinoamericanos liberales y el consentimiento de los Estados Lnidos y la Unión Soviética, Guatemala (y yo con ella) ingresó a la Comisión Especial de las Naciones Unidas para Palestina, que la prensa mundial bautizaría más tarde con la sigla UNSCOP .
Como comité estábamos en una posición excepcional. Eramos el Tribunal supremo y el primer organismonacional que investigaría el problema de Palestina. Los comités investigadores que nos precedieran habían sido británicos o anglonorteamericanos. Eran responsables tan sólo ante sus propios gobiernos. Nosotros éramos responsables ante las naciones del mundo entero. Y yo sentía que esto era eminentemente justo, pues ha----
Yo no me engañaba con respecto a las razones de todo ello: cada una de las grandes potencias buscaba una ventaja, y la mayoría de los países pequeños, con excepción del bloque musulmán, temían contrariar a los países más influyentes. Los delegados musulmanes encaraban la cuestión abierta y francamente, como partes en la disputa: sus posiciones y sus simpatías estaban establecidas de antemano. No era sorprendente, pues, que en este clima no se prestase atención a los méritos del caso.
Luego debimos ampliar la Comisión. Santa Cruz, de Chile, propuso a Guatemala y Yugoeslavia como los miembros octavo y noveno. El senador Austin propuso después que, como Chile ya había nombrado a un latinoamericano y a un eslavo, debíamos aprobar los nueve ya designados y elegir dos más, preferiblemente de países que representaran al Asia y a la zona del Pacífico meridional, lo cual daría al comité una vasta representación geográfica. No hubo objeciones en la sala; se llevó adelante la moción y en pocos momentos la India y Australia habían sido elegidas y la Comisión de Investigación estaba completa.
De esta manera, como idea tardía y por la puerta de atrás, gracias a la iniciativa de los delegados latinoamericanos liberales y el consentimiento de los Estados Lnidos y la Unión Soviética, Guatemala (y yo con ella) ingresó a la Comisión Especial de las Naciones Unidas para Palestina, que la prensa mundial bautizaría más tarde con la sigla UNSCOP .
Como comité estábamos en una posición excepcional. Eramos el Tribunal supremo y el primer organismonacional que investigaría el problema de Palestina. Los comités investigadores que nos precedieran habían sido británicos o anglonorteamericanos. Eran responsables tan sólo ante sus propios gobiernos. Nosotros éramos responsables ante las naciones del mundo entero. Y yo sentía que esto era eminentemente justo, pues ha----
Continuará
domingo, 26 de febrero de 2017
MARTA EUGENIA LUARCA PELAEZ- 1928- Huehuetenango
MARTA EUGENIA LUARCA PELAEZ
29 noviembre 1928
HIJA DE RAUL LUARCA Y DE MARTA PELAEZ
HUEHUETENANGO
Guatemala
Marta Eugenia Luarca Pelaez contrajo matrimonio en Guatemala con Jose Rene Antonio de León Torrebiarte , según aviso de aquél Registro. Huehuetennago 19 Diciembre 1950
En Huehuetenango a veintinueve de Noviembre de mil novecientos
veintiocho----compareció Jorge Luis Arreaga, mayor de edad y dijo: que por encargo especial de Raúl Luarca, da parte, que en esta ciudad, el veintiseis del corriente a las diez y quince minutos de la mañana, nació una niña que se llamará Marta Eugenia, hija legitima ladina del expresado Luarca y Martha Pelaez , estos últimos, de oficios comerciante, y domésticos por su orden y de este vecindario-domingo, 26 de febrero de 2017
CONSUELO ESPERANZA ESTRADA PALENCIA-1927- Huehuetenango
7 SEPTIEMBRE 1927
HIJA DE DON JOSE MARIA ESTRADA LIMA Y DE FIDELINA PALENCIA- ORIGINARIOS DE SAN ANTONIO SUCHITEPEQUEZ
HUEHUETENANGO
Guatemala
Consuelo Esperanza Estrada Lima h.leg. lad.
Razón: Se hace constar que Consuelo E, Estrada Palencia contrajo matrimonio en la capital con POLIE PERNELL LOPER, según aviso de aquél Registro. Huehuetenango 1 Diciembre 1959----
En Huehuetenango a diez de Septiembre de mil novecientos veintisiete ,--compareció don José Ma. Estrada Lima, comerciante, dando parte: que en esta ciudad el siete del corriente mes a las diez y media de la noche nació Consuelo Esperanza hija legitima del exponente y Fidelina Palencia, ladinos, originarios de San Ant.o Suchitepequez y vecinos de est
lunes, 20 de febrero de 2017
BODA ARGUETA-DE AVILA- 1807- MALACATAN- Huehuetenango
MANUEL ARGUETA SAAMAYOA
HIJO DE FAUSTINO ARGUETA Y DE MANUELA SAMAYOA-ESPAÑOLES DE
HUEHUETENANGO
CON VICTORIA DE AVILA
HIJA DE MARIANO DE AVILA Y DE YSIDORA CALDERON-ESPAÑOLES DE SANTA ANNA MALACATAN
HUEHUETENNAGO
Guatemala
Españoles Manuel Argueta con Vita de Avila
Año del Señor de mil ochocientos y siete, día siete del mes de Febrero, Yo el Padre Cura Vicario Fray Ysidro Gayetano Arevalo----a Manuel, soltero. oriundo y vecino del pueblo de Gueguetenango, hijo legítimo de Faustino Argueta y de Manuela Samayoa , y a Vita, soltera, oriunda y vecina de este pueblo, hija legítima de Mariano de Abila y de Ysidora Calderón, todos ladinos--
jueves, 19 de enero de 2017
EL JURAMENTO DE DOS HEROES- 870
EL JURAMENTO DE DOS HEROES
JULIAN CASTELLANOS
ESPAÑA 1889
CAPÍTULO LXXXVIII Esperanzas halagüeñas Así transcurrieron algunos días. Nadie tan impaciente como un enfermo. Garcés empezaba á desesperarse, porque el doctor no había tratado ni una sola vez de separar de sus ojos el lienzo que los cubría. En cuanto á la joven hebrea, no se apartaba de él un instante, y esto era lo único que contribuía á que el paje sufriese su desgracia con alguna resignación. Ambos jóvenes solicitaron del viejo Jacob permiso para que Esther sirviera de modelo al Torrigiano, el cual fué obtenido inmediatamente. Verdad es que esto halagaba su natural amor propio de padre, y que por otra parte supo por los vecinos que Torrigiano era un honrado artista, que vivía consagrado á su trabajo y al amor que le ins- piraba su esposa. Todas las mañanas, después de la visita del mé- dico, dirigíanse Esther y el paje al taller del es- cultor. 870 EL JURAMENTO La primera quedábase extasiada contemplando las esculturas del florentino. Este había empezado á labrar la santa Cecilia en mármol de Carrara. Garcés figurábase contemplar la escultura a cada golpe de cincel, y no cesaba de hacer preguntas al escultor con esa curiosidad característica de todos los ciegos. Una de las mañanas en que la hebrea se hallaba en el taller, acompañada del paje, y en que Torrigia- no se disponía á seguir su obra, resonó el golpe que la aldaba produjo en la puerta. El artista se apresuró á abrir. En el dintel apareció un bizarro mancebo, conocido entre la nobleza sevillana, no sólo por su donosura, sino por ser sobrino del arzobispo de aquella cindad, don Iñigo Manrique. Llamábase D. Juan, y ni la misma creación de Zorrilla superaba al joven en audacia y amoríos. — Mucho siento interrumpir vuestros trabajos — di- jo al artista — pero me conduce á esta casa un objeto, que únicamente vos podéis realizar. Torrigiano ofreció á Manrique un asiento, rogán- dole que dijera en qué podía considerarle útil. — Una mañana — prosiguió el joven— retirábame á mi palacio, cuando advertí que entraba la gente con profusión en la iglesia de San Pablo. La curiosidad, más que la fe, me obligó á hacer lo propio y dirigirme hacia uno de los altares, que era el que parecía llamar la atención de la multitud. DE DOS HÉROES. 871 Os confieso que entonces pude comprender el ori- gen de tanta concurrencia. Sobre un pedestal veíase la imagen de una Con- cepción, cuya belleza me dejó absorto. Aquella escultura supe que era vuestra. — Con efecto, es mi última obra — respondió el ar- tista, con ese noble orgullo de ios hombres de genio. — Me aseguraron que la habíais esculpido por en- cargo de los franciscanos, y comprendiendo que ya no era posible su adquisición, formé el propósito de venir á vuestro taller, para rogaros que hicieseis una exactamente igual. Quiero que la escultura sea labrada en el mármol más hermoso que se conozca, la destino á mi tío el reverendo arzobispo D. Iñigo Manrique. Pedro Torrigiano se inclinó con respeto al escu- char este nombre. — Perfectamente: ¿y reclama mucha urgencia vues- tro encargo? — No, yo le concedo á vuestra arte la importancia que en realidad tiene, y no quiero, por lo tanto, po- neros trabas. Lo único que desearía es que me concedáis que venga á vuestro taller con alguna frecuencia, para ver la obra desde que la empecéis. — Lo que me pedís, en vez de ser un favor es una honra para mi persona. — ¿Necesitáis que os anticipe el valor de la escultura? — De ningún modo—respondió dignamente el ar- tista. 872 EL JURAMENTO Lo único que podemos hacer es estipular su precio. — No es necesario. Afortunadamente mis arcas están llenas de oro, y con seguridad que no hemos de discutir por estos pormenores. — Sea como gustéis. Manrique examinó con detenimiento las estatuas que había en el taller, y luego fijó
sus ojos en la jo- ven hebrea. — ¡Precioso modelo! — exclamó. Sin embargo, esta joven no ha sido la que os ha servido para la Madona de San Pablo. Seguramente que no. Es demasiado niña. — ¿A quién copiasteis para la escultura que os he encargado? Debo advertiros que deseo que os sirva el propio modelo. — No os inquietéis. Os prometo que será una perfecta reproducción. El modelo está en casa. Es -mi esposa. — Perfectamente. Don Juan Manrique se despidió de Torrigiano, é inclinándose delante de la hebrea, salió del taller acompañado del primero. Junto á la puerta aguardaba su silla de manos. El bizarro doncel penetró en ella, dando orden á sus criados para que le condujeran á su casa. Veamos ahora cuáles era a sus propósitos al encar- gar al artista la escultura. DE DOS HÉROES. 873 Manrique había entrado, con efecto, en la iglesia en unión de un amigo suyo, que era quien siempre le acompañaba á todas partes. Este amigo, por medio de la adulación y el servi- lismo, había llegado, no solamente á vivir á expen- sas de su capital, sino á hacerse acreedor á su con- fianza. Manrique contempló la escultura, y obedeciendo á sus inclinaciones mundanas, exclamó: — ¡Hermosa mujer!
Por admirar la belleza de la que sirvió de modelo, daría con gusto lo que haya podido pedir el artista por su trabajo. — No tendréis mucho empeño en conseguirlo — re- plicó el amigo de D. Juan. — ¿Por qué me lo dices? — Porque en ese caso, encargaríais que os hicieran ana escultura igual los buriles que esculpieron ésta, y como tendríais un perfecto derecho á penetrar en el taller cuando os acomodase, conoceríais á la bel- dad que os encanta. Manrique quedó pensativo. Luego prosiguió: — No te falta razón; pero lo primero de todo es averiguar quién es el artista que la ha labrado. — Eso corre de mi cuenta si persistís en vuestros propósitos. Accedió D. Juan, y al siguiente día supo que la estatua era debida al cincel de Pedro Torrigiano. Dos veces, pasando por debajo de las ventanas del 874 EL JURAMENTO taller, consiguió ver á María y quedóse prendado de su hermosura. Si le agradó su efigie trasportada á la piedra, ¿có- mo no había de enloquecerle mucho más al ver á la gentil veneciana, cuyas facciones eran todo vida y movimiento? ' He aquí las razones por qué el sobrino del ar- zobispo, que no respetó nunca la santidad del hogar ajeno, había visitado á Pedro Torrigiano. Más tarde verán nuestros lectores los fatales resul- tados de haberse introducido en aquella casa.
jueves, 19 de enero de 2017
EL JURAMENTO DE DOS HEROES -878
EL JURAMENTO DE DOS HEROES
JULIAN CASTELLANOS
ESPAÑA
EDICION DEL AÑO DE 1889
Pocos momentos después de salir D. Juan del ta- ller del artista, la hija de Jacob y el paje Garcés se dirigían á la suya. El escultor deseaba empezar la nueva obra. Jacob los esperaba con impaciencia. — Hijos míos — les dijo— tengo que comunicaros una buena noticia. Me han encargado mucho que la guarde en secre- to, pero no puedo reprimirme. — ¿Qué sucede, padre mío? preguntó Esther albo- rozada antes de saber de lo que se trataba. — El doctor me ha dicho que pasado mañana le- vantará el aposito que cubre tus ojos. — ¡Santo Dios, será cierto!— exclamó el paje. — El médico me ha prohibido que os lo comuni- que, como ya os he dicho, porque quiere propor- cionaros una sorpresa; ¿pero á qué dilatar la ven- tura? — Es verdad, padre mío, á qué dilatarla. DE DOS HÉROES. 875 En el semblante de Garcés brilló la alegría. Sin embargo, sus facciones adquirieron súbita- mente una expresión amarga. — ¿Qué te sucede? — preguntó Esther, que advertía hasta sus menores movimientos. — ¡Ay, amiga mía; deseo que llegue ese instante y al propio tiempo me inspira pavor. — ¿Por qué? — Si ai apartar esta venda advirtiera de nuevo las sombras que ahora me rodean... — ¡Quién piensa en semejante cosa! — añadió Ja- cob: — el médico me ha asegurado que recuperarás la vista, y no es hombre que se equivoca tan fácilmente. — ¡Qué contenta estoy, padre! decía Esther dan- do saltos como puede hacerlo un niño cuando le re- galan el juguete que más excita su deseo. — ¡Y ahora que se preparan en Sevilla tantas fies- tas! — continuó Jacob, estregándose las manos con ale- gría. — ¿Va á haber fiestas en la ciudad? — Ya lo creo. — ¿Con qué motivo? — ¿Acaso ignoras que la magnánima reina Isabel y su esposo deben instalarse en Sevilla por una tem- porada? — Lo ignoraba. — Pues la reina quiere que su alumbramiento ten- ga lugar aquí. Con este motivo habrá iluminaciones y torneos, y todo lo podrá ver el enfermo. 876 EL JURAMENTO DE DOS HÉROES. Y el hebreo estrechó entre sus brazos al paje, que se hallaba radiante de gozo. — ¿Conque os ha dicho que pasado mañana? —Sí. — ¡Ah, santo Dios! — pensó Garcés — cuan grande eres; yo te juro que si me concedes de nuevo gozar del beneficio de la vista, he de hacerme el más vir- tuoso de los hombres, no teniendo más objeto que procurar una recompensa para esta bendita familia. — Mira por dónde vas á conseguir que tus ojos vean la escultura que está haciendo D. Pedro. — Es verdad, y sobre todo lo que tantas veces te he dicho, ver el original, que eres tú. Aquel día el goce se esparció por todos los corazo- nes de los individuos de aquella casa. Ninguno dudaba que se cumpliesen las profecías del doctor hebreo. CAPITULO LXXX1X. Donde Manrique empieza a descubrir sus aviesos propósitos. Al siguiente día de recibir Garcés tan halagüeñas esperanzas, dirigióse, como de costumbre, acompa- ñado de Esther, á la casa de Torrigiano. Éste había salido con objeto de adquirir el már- mol para la obra que le había encargado el sobrino del arzobispo. Así se lo manifestó á los jóvenes la virtuosa María, rogándoles que le esperasen, pues su ausencia sería muy breve. Esther y el enfermo sentáronse junto á ella. — Parece que hoy tienen vuestras facciones más animación — dijo contemplando á Garcés. — ¿Y cómo no, si brilla en ellas la esperanza? — res- pondió la hebrea. Mañana es el día definitivo. El doctor levantará el aposito que cubre sus ojos. — ¡Ah! Ya comprendo entonces su alegría. ¿Y qué se promete el doctor? -878 EL JURAMENTO — Augura los mejores resultados. — Mucho lo celebro. Aunque hace muy poco que os he tratado, os pro- feso una verdadera amistad. Esther se sonrió cambiando un beso con la esposa del artista. — ¿Dónde ha ido D. Pedro? — preguntó el paje. — Ya recordarás que la pasada tarde, cuando esta- bais aquí, se presentó un caballero encargando á mi esposo que hiciese una reproducción de la Virgen que ha hecho para los frailes franciscos. — Con efecto, lo recuerdo. — Pues ha ido á comprar el mármol. — Ya me extrañaba que no estuviese á vuestro lado. — Únicamente un motivo como ese podía alejarle de aquí. — ¡Bien pocas veces sale del taller! — ¿Y dónde mejor puede pasar la vida? — dijo el pa- je. — Aquí encuentra las caricias de un ángel y se aproxima á la cumbre de la gloria. — ¡Ah! No lo sabes bien — añadió la joven hebrea: — cuando puedas apreciar por tus ojos la hermosura de nuestra amiga, será cuando comprenderás que no exageraste al compararla con los serafines del cielo. — ¿En ese caso, con qué te comparas tú? — preguntó la esposa del artista. — Yo, señora, no valgo nada. — Eso yo lo juzgaré dentro de algunas horas, si Dios quiere devolver la luz á mis ojos. En aquel instante llamaron á la puerta. DB DOS HÉROES. 879 — ¿Llaman?— preguntó el ciego. —Sí— respondió María, — sin duda alguna es Pedro que vuelve. La veneciana se levantó, saliendo de la estancia. Abrió la puerta, y pudo convencerse de que se ha- bía engañado. Era D. Juan Manrique. — ¿Está Torrigiano? preguntó á la joven, clavando en ella sus negros y expresivos ojos. — No, señor, precisamente ha salido hace poco para adquirir los materiales que necesita para em- pezar vuestra obra. — Muy bien ¿Sabéis si su ausencia será larga? — Creo que no. — En ese caso voy á pediros un favor, si no hay inconveniente en que mis pretensiones se realicen. — ¿Qué deseáis? — Esperarle. De este modo podré ver el mármol en que va á labrar la escultura. — No hay inconveniente, pasad. El hidalgo obedeció. Un instante después entraba en la estancia donde se hallaban Esther y el paje. María suplicó al joven que tomase asiento. Éste, antes de aceptar, estuvo contemplando las pequeñas esculturas que en el taller había. — No puede negarse que es un artista, exclamó. Y luego dijo en voz baja, para que no fuese escu- chado más que por la veneciana. 880 EL JURAMENTO —Verdad es que si yo poseyese un modelo como el suyo, creo que también me elevaría en alas de la inspiración. La veneciana creyó que aquellas frases aludían á Esther. — Con efecto — dijo — es una joven encantadora; pero debo advertiros que no se ha prestado á servir de modelo más que durante la obra que ahora le ocupa. — No os comprendo — respondió Manrique. — ¿Acaso no os referís á esa niña? — No; me refiero á vos, que sois mucho más en- cantadora. María bajó los ojos y sus mejillas se ruborizaron. — ¿Hace mucho que tiene la fortuna de llamaros su esposa? — No, señor. — ¿De manera que todavía os halláis en ese perío- do en que vuestros corazones se comprenden? — Caballero — repuso la interpelada con acento dig- no — yo creo que ese período no acaba nunca cuando una mujer honrada se une por los sagrados lazos del altar con un hombre tan bueno como mi marido. — Eso debiera ser, pero desgraciadamente ocurre lo contrario con alguna frecuencia. María no quiso entablar discusiones con el hidal- go, y procuró que la conversación se hiciese general. Sin embargo, Manrique hizo por evitarlo. — ¿Te infunde confianza ese hidalgo? — preguntó el paje á su compañera. DE DOS HÉROES. 881
— ¿Por qué? — Te hago esta pregunta por mera curiosidad. — Es tan difícil juzgar á una persona en tan breves instantes... Sin embargo, si he de ser explícita, te diré que le encuentro jactancioso, y que existe en él algo inex- plicable que le hace repulsivo. — Yo no he podido apreciarle como tú, pues no he visto su rostro, y aseguran que este es el espejo del alma, pero... — ¿Opinas como yo? — Exactamente. Es más, me atrevería á asegurarte que el objeto que á esta casa le ha conducido no es la admiración que por la escultura siente. — ¿Cuál entonces? — Tal vez un deseo más mundano que el que ins- piran las artes. Esther contempló al ciego. Luego encogióse de hombros, significando con es- te movimiento que no comprendía las palabras de su compañero. Era su alma demasiado pura para adivinar los torpes propósitos del hidalgo. — ¿Sale con frecuencia de casa vuestro esposo? — preguntaba entretanto Manrique. — No, señor, es muy rara la vez que la aban- dona. — ¿Siempre trabajando? — ¡Qué remedio! 111 882 EL JURAMENTO Los que no poseemos bienes de fortuna no tene- mos más solución que hacerlo así. — ¿Y cómo vos tan hermosa y tan joven habéis unido vuesta existencia con la de un artista tan hu- milde? — ¿Qué os extraña?
jueves, 19 de enero de 2017
EL JURAMENTO DE DOS HEROES - 893
EL JURAMENTO DE DOS HEROES
JULIAN CASTELLANOS
ESPAÑA
1889
DE DOS HÉROES. 893 — Te aflige nuestra posición, que no puede ser más humilde. ¿No es verdad que algunas veces, sobre todo cuan- do te quedas sola, te acuerdas del palacio de tus padres, aquella encantadora mansión arrullada por las ondas del Adriático? ¿No es cierto que echas de menos tus pasadas grandezas? — Calla, Pedro, yo te lo suplico. ¿Pueden compararse esas grandezas con la del ge- nio que Dios concedió á tus cinceles? — ¿Entonces por qué has llorado? — Pues bien, te lo diré para que no hagas inter- pretaciones que me acusan el desconocimiento que tienes de mí. He estado hablando con Esther y el enfermo. Mañana levantan la venda que cubre los ojos del segundo. Las risueñas esperanzas, y su fe en recuperar la vista, me han hecho llorar, pero mis lágrimas han sido de alegría. Torrigiano abrazó á su esposa. — ¡Qué buena eres! — exclamó. Y luego acercóse á una pequeña mesa, sobre la que tenía los instrumentos de su arte, y le dijo: — Mañana me traerán la piedra, es preciso por lo tanto que madruguemos para empezar los trabajos. — ¿Insistes en labrar la Concepción? — Desde luego. — ¿Y que yo sea tu modelo? 894 ÉL JURAMENTO —¿Acaso han germinado de nuevo en tu mente tus pasadas manías? — Sí, Torrigiano, si es que me amas, yo te ruego que me complazcas. Será un capricho, pero... — ¿Pero no comprendes que es un capricho que nos cuesta muy caro? Reflexiona que no podemos desperdiciar los encargos que me hacen. Nos pesaría después. — No lo creas. Dios no desampara nunca á los hombres, y si re- nuncias á hacer ese trabajo, otros más lucrativos se presentarán. — María, no puedo complacerte. He dado mi palabra, y fuerza es cumplirla si he de seguir pasando por honrado y formal. La veneciana inclinó la cabeza sobre el pecho con gran tristeza. Comprendió que no era oportuno insistir en una negativa que podía despertar en el artista sospechas de lo que en realidad había ocurrido. — ¡Santo Dios! — exclamó en voz baja — bien sabes tú lo que he tratado de evitar que ese hombre tuvie- se un pretexto para venir á esta casa. ¡Ahora cúmplase tu voluntad divina! A la siguiente mañana, apenas brillaron los pri- meros albores del día, Pedro abandonó el lecho para empezar la escultura que D. Juan le había encargado. Nunca pudo encontrar el artista un modelo más sublime que su mujer. DE DOS HÉROES. 895 Las facciones de la veneciana recordaban en aque- llos instantes las de la Madre de Cristo cuando le contemplaba sobre el sagrado leño. Torrigiano estaba alegre. Su alma noble no podía sospechar las causas que habían inducido á su joven esposa á pedirle que no reprodujese sus facciones en la escultura que el sobrino del arzobispo le había encargado. CAPITULO XCI. Un día feliz. Dejemos por ahora al escultor trabajando en su taller, y pasemos á la vivienda del viejo Jacob. Garcés no había podido conciliar el sueño en toda la noche. La impaciencia de que llegase la hora prefijada por el doctor rayaba en locura. Unas veces quedábase serio y meditabundo, te- miendo que se disipasen sus más queridas ilusiones. Parecíale otras que, á través del lienzo que cubría sus ojos, contemplaba vivas fosforescencias ó rutilan- tes destellos del sol. Habíale recomendado mucho el médico que aquel día le aguardase en el lecho. Garcés tuvo que desplegar toda su fuerza de volun- tad para cumplir esta prescripción. — ¡Ah!— exclamaba. — Los hombres de ciencia son inexorables y crueles con los enfermos. ¡Es tan distinto marcar un régimen que ha de cumplir otro, á ponerlo en práctica para sí mismo! 113 898 EL JURAMENTO Estas consideraciones se hacía el paje, cuando es- cuchó el leve rumor que producían los pasos de Esther. La joven se aproximó al enfermo. — ¿Cómo estás? — le preguntó con su voz dulce co- mo las vibraciones de un arpa. — Desesperado — respondió el paje. — Pues cómo, ¿acaso vas á perder la paciencia cuando tan pocos instantes quedan para que llegues á la cumbre de tus deseos? — ¿Pero y si no llego á escalarla? — Qué desconfiado eres. ¿No te ha dicho mi padre que el médico asegura que los resultados han de ser satisfactorios? —¿Y si el médico se equivocase? — No es posible; mis oraciones han sido tan fer- vientes, que de seguro han llegado á Dios. — Es verdad; tú eres un ángel, y las habrá oído. — Quizás tengo yo mayores motivos para estar triste. — ¡Tú, Esther! ¿Qué motivos pueden apenarte? — Muchos — respondió la joven. — ¿Qieres explicármelos? — ¿Por qué no? ¿Acaso no eres mi mejor amigo, y digno por lo tanto de toda mi confianza? — Habla, pues. — Me preocupa una idea. Yo no dudo un solo instante que la luz vuelva á DE DOS HÉROES. 899 tus ojos, y temo que al fijarlos en mí no me encuen- tres tan hermosa como supone tu imaginación. — ¡Qué niña eres! — Tantas veces me has ponderado mi
mi belleza sin haberla visto jamás, que temo que luego te parezca un reflejo pálido de lo que suponías. — Calla, Esther; tengo la seguridad de que no es así. Pero ahora voy á hacerte á mi vez una pregunta. Cuantas quieras. — ¿Por qué sentirías que te hallase fea? La joven inclinó la cabeza y no supo qué res- ponder. Garcés insistió en la pregunta. — Lo sentiría — dijo la joven, — porque yo quisiese parecerte la más hermosa de las mujeres. — ¿A qué ese exclusivismo? — Lo ignoro. Quizás es que temo que entonces seas más amigo de otra que hoy lo eres mío. — Calla, pobre Esther, yo no puedo amar á nin- guna lo que á ti. Las condiciones en que me hallo, la enfermedad que me ha postrado en la más profunda tristeza, me han impedido demostrarlo; pero yo te juro que si recupero la vista, he de ser mucho más cariñoso contigo que lo fui hasta hoy. — ¿De veras? — preguntó la joven con alegría. — Desde luego. Entonces podré trabajar y hacerme digno de ti. 900 EL JURAMENTO — ¡Ah, Garcés, no me digas eso! Tú siempre has sido digno de poseer un corazón que tanto te adora. El paje sentíase transportado á las regiones de la felicidad. Aquel era tal vez el día más grande de su exis- tencia. No sólo iba á recuperar la vista, sino que la luz del amor penetraba en su alma. Extendió sus brazos, y tomando entre ellos la linda cabeza de Esther, la oprimió contra su pecho. Luego acercó sus labios calenturientos á los de la joven, y escuchóse en la estancia el rumor de un beso. Las mejillas de la hebrea se cubrieron de un pudo- roso carmín. — Te amo — balbucearon sus labios — y un leve es- tremecimiento agitó su ser. Una idea súbita, como el rayo que desciende desde la nube á las entrañas de la tierra, cruzó por la ima- ginación del paje. El doctor había dicho que aquel día era el defini- tivo para saber los resultados de su curación ó de su desgracia. ¿Qué significaba una hora más ó menos para le- vantar el aposito? En cambio aquellos sesenta minutos eran un siglo para el que aguardaba con la impaciencia que él. Había sentido entre los suyos los labios de la he- brea, cuyo roce fué tan sutil como el de la brisa pri- maveral que apenas columpia las flores, la había es- DE DOS HÉROES. 901 trechado entre sus brazos y no podía contemplarla. En una palabra, Garcés sentía la felicidad, pero sin verla. Rechazó levemente á la joven, y sin cuidarse de quitar el nudo del lienzo que cubría sus ojos, se lo arrancó con mano trémula. Esther lanzó un grito.
Tan rápido había sido el movimiento, que no pudo evitarlo. El paje palideció. Torrentes de luz se esparcían á su alrededor ahu- yentando las densas tinieblas que durante tanto tiem- po le habían envuelto. Tan brusca fué la sensación, que tuvo necesidad de cerrar los ojos. — Esther, amada mía — le dijo—bendito sea Dios que me permite gozar de nuevo del don más hermo- so que poseemos los hombres. Un momento después abrió de nuevo los ojos y los clavó en la hebrea. — ¡Ah! — exclamó sonriéndose, no sé lo que me produce más daño, si los resplandores del sol ó los destellos de tu hermosura. Esther se arrojó en los brazos del paje. — ¿De verdad me encuentras bella? —Tanto como deben serlo los ángeles. No era posible otra cosa. Un alma como la tuya tenía que reflejarse en tu rostro. — Pero oye, amado mío— dijo la hebrea, cautiva 902 EL JURAMENTO con la expresión que habían adquirido las pupilas del joven — convendría que te cubrieses de nuevo con esa venda. — ¿Para qué? — Temo que la luz te perjudique. — No, Esther, no me prives de la felicidad de verte. — ¿Y si el doctor se enojase? — No lo creas, el doctor es hombre de talento, y disculpará mi impaciencia. — Ahora voy á llamar á mis padres y á Ezequiel. ¡Ah! Ya verás cuan inmensa va á ser su alegría! ¡Han llegado á quererte como si fueses hijo suyo! — Dios los bendiga. Disponíase la hebrea á salir de la estancia con ob- jeto de ser la primera que comunicase la noticia, cuando el paje la detuvo. — Ven, no te marches. — ¿No quieres que haga lo que te he dicho? Mis padres van á volverse locos de alegría. — Antes déjame que te contemple á solas. Esther se aproximó.
Cuan felices se sentían! ¡Ambos eran jóvenes y hermosos! Parecían haber nacido el uno para el otro. Un instante después escucháronse en la estancia contigua rumores de voces y de pasos.
sábado, 21 de enero de 2017
LA INQUISICIÓN- EL JURAMENTO DE DOS HEROES
EL JURAMENTO DE DOS HEROES
JULIAN CASTELLANOS Y VELASCO
ESPAÑA
1889
— Desde que faltáis de esta ciudad, la herejía va tomando unas proporciones fabulosas. Los hebreos, esa raza nómada que vendió al Re- dentor del mundo, ha buscado en Sevilla su alber- gue, y no satisfechos con observar sus ritos, tratan de convertir á muchos cristianos. Como estos judíos poseen medios de riqueza y de inteligencia, no les cuesta mucho trabajo trastornar DE DOS HÉROES. 957 los cerebros de nuestros fieles, y tan grande va sien- do su número y su prestigio, que el clero ve con es- panto que, si no se aplica un severo correctivo, los hijos de Israel serán más poderosos que los siervos del verdadero Dios. ¿Y cómo podríamos evitar esa desgracia? preguntó la reina. — Muy fácilmente, señora, respondió fray Alfon- so de Ojeda, y con este propósito hemos venido á la cámara de V. M. — Hablad, padre, dijo doña Isabel fijando sus ojos en el dominico. — En Francia y en Italia la herejía tomó tanto in- cremento y la inmoralidad era tan espantosa, que se creó en ambas naciones un Santo Tribunal enco- mendado al clero para que éste castigase á los após- tatas de la fe. — ¿Os referís á la Inquisición? — Precisamente, señora. — ¿Y creéis que en España sería posible estable- cerla. — No sólo lo creo posible, sino necesario. — Tened en cuenta, fray Alonso, que hay, particu- larmente en Aragón, fueros que se oponen á las bases establecidas por Eymerich en el manual de las antiguas cláusulas inquisitoriales. — Comprendo que V. M. alude á la confiscación de bienes por delitos en contra de la fe. — Y á la ocultación de los nombres de las personas que deponen contra los acusados, añadió la reina. 958 EL JURAMENTO — Es cierto, ¿pero acaso esas dos condiciones han de ser suficientes? Tenga en cuenta V. M. que el Santo Oficio es ne- cesario, y que sin sus severas medidas es muy po- sible que los herejes socaven los cimientos de vues- tro trono. — Francamente, no me determino á adoptar medi- das tan duras por ahora. Los únicos que en mi territorio se apartan de la fe del cristianismo son los hebreos, de quienes he reci- bido señalados favores. Prescindiendo de que ellos, con su laboriosidad y su constancia, han sido los únicos sostenedores de nuestras ciencias y nuestra industria, ya sabéis que contribuyeron á proporcionarnos crecidas sumas, sin las cuales hubiera sido imposible emprender la cam- paña contra los moros. — ¿De modo que V. M. no cree oportuno solicitar del Papa la correspondiente autorización para esta- blecer el Santo Oficio? — Por ahora no lo creo oportuno — respondió la reina. Comprendo que tienen gran peso las razones que aducís, pero quiero apelar antes á otros recursos menos duros. El venerable cardenal Mendoza me habló hace poco de su proyecto de publicar un catecismo, reco- mendando á los párrocos que predicaran con más frecuencia las bellezas del cristianismo. Yo le hablaré para que active su publicación, y DE DOS HÉROES. 959 quién sabe si conseguiremos que vuelvan al gremio de la Iglesia católica esos desgraciados. Nicolo Franco y fray Alfonso de Ojeda compren- dieron que por entonces sería inútil cuanto hiciesen, y después de saludar á la soberana salieron de pa- lacio. Pocos días después publicábase el catecismo del cardenal Mendoza. Indignado un hebreo con lo mucho que en sus páginas se les apostrofaba, escribió un libro en con- tra del cristianismo, el cual produjo una gran sen- sación en todos los ánimos. Recordaron hechos que se atribuían á los hebreos, como el de haber sometido á un niño á los rudos tor- mentos que sufrió Jesús, en un día de Jueves Santo, y todas las murmuraciones se levantaron contra aquellos infelices, que no pensaban más que en enri- quecerse á costa de sus trabajos. Esto, unido á que Nicolo Franco, fray Alonso de Ojeda y D. Pedro Martínez Camaño, secretario del rey, hicieron á éste una visita para ponderarle las ventajas de establecer en España el Santo Oficio, hi- cieron que el monarca solicitase del papa Sixto IV una bula para el objeto que reclamaban. Quizás esto, y las consecuencias que de ello se des- prendieron, fué el único borrón de aquel reinado. Publicóse inmediatamente un edicto, exhortando á los infieles para que se presentasen en la iglesia de San Pablo, que era donde se habían instalado los in- quisidores. 960 EL JURAMENTO DE DOS HÉROES. Los hebreos, á quienes más directamente atacaba esta severa medida, recordaron que en otros tiempos y en las naciones donde el Santo Oficio se hallaba establecido, obligaban á los apóstatas de la fe á pre- sentarse en las iglesias medio desnudos y llevando el ignominioso sambenitó; que los agobiaban con duras penitencias, y manifestaron al Papa que ellos no ha- bían dado motivos para que semejantes escenas se produjesen. Sixto IV les respondió que era necesario acatar las ordenes de los prelados de Castilla, y que de no ha- cerlo, apelaría á otros medios más enérgicos.
domingo, 15 de enero de 2017
EL JURAMENTO DE DOS HEROES- JULIAN CASTELLANOS- 1880
EL JURAMENTO DE DOS HEROES-
JULIAN CASTELLANOS-
MADRID
ESPAÑA
1880
La tempestad empezó á ceder desde aquel mo-
mento, como si toda la fuerza de su ira se hubiese
agotado en aquella última sacudida.
El agua ceso, y el viento, empujando á las nubes,
las fué alejando de manera, que por momentos se
sentían á mayor distancia los ecos del trueno.
Asi que el temporal cedió, descubriéronse en el
bosque los resplandores de tres antorchas, conduci-
218 EL JURAMENTO
das por tres hombres, que vagaban de un punto para
otro, como buscando algo.
Estas tres personas eran, un anciano de luenga y
blanca barba, pero de aventajada estatura y vigorosa
constitución, y dos jóvenes, uno que no pasaría de
los veinte años, y otro de alguna más edad.
Estos tres personajes eran comerciantes hebreos, á
quienes, acompañados de sus familias, sorprendió la
tormenta en las inmediaciones del bosque, y habían
buscado un refugio contra aquel deshecho temporal
al abrigo de los paredones de la ermita arruinada,,
donde pensaron en un principio guarecerse los ban-
doleros.
Desde aquel albergue habían oido los gritos de
Garcés pidiendo socorro.
Movidos de un sentimiento de caridad, se dispu-
sieron á salir en su auxilio; pero el aire y la lluvia
apagaban las luces que llevaban para no exponerse á
caer en algunas de las grietas de aquel terreno, com-
pletamente desconocido para ellos.
En vista de esta dificultad, se decidieron á esperar
que la tormenta cesase para poner en práctica su ca-
ritativo propósito.
Mientras esto sucedía, hicieron con ramas secas y
paja tres especies de antorchas, y así que el tempo-
ral se lo permitió, se lanzaron al bosque, empezando»
á registrarle de la manera que hemos dicho.
Después de algún tiempo de inútiles pesquisas, el
más joven de los tres descubrió al paje, que conti-
nuaba con el conocimiento perdido.
Entonces, volviéndose á sus dos compañeros, ex-
:lamó:
— Padre mío; aquí hay un hombre atado á un
árbol.
El anciano se acercó á Garcés, levantando en alto
la antorcha para examinarle mejor.
— ¡Desdichado! Y es casi un niño — repuso el viejo
hebreo. — Indudablemente de sus labios salieron aque-
llos lastimosos gritos pidiendo socorro. No permita
el Dios de Israel que hayamos llegado tarde.
Y el anciano, acercándose al paje, le puso la mana
derecha sobre el corazón.
Un destello de alegría brilló entonces en los ojos
del israelita.
Su hijo, que le observaba, se apercibió de aquella
mpresion y exclamó:
— ¿Late acaso su corazón, padre mió?
—Muy débilmente, pero late.
— Entonces, apresurémonos á socorrerle. Quizá
con los auxilios que le prestemos logremos volverle
a la vida. Jehovah te escuche, querido Ezequiel.
El joven hebreo puso mano entonces á un afilado
cuchillo que llevaba pendiente de su cinturon de
cuero, y con una prontitud grande cortó las cuerdas
jue sujetaban á Garcés.
Este hubiera caido desplomado si el anciano, pre-
peyendo el caso, no le hubiera recibido en sus brazos.
— Ayudadme, y le llevaremos á nuestro refugio.
Allí, al calor de la lumbre, le haremos volver á la
rida.
— No es necesario para eso que os molestéis, señor.
Yo sólo me basto para conducirle — añadió el otro
hebreo, que era un criado del anciano.
Y diciendo y haciendo, se apoderó de Garcés y se
lo cargó sobre su hombro izquierdo, con una facili-
dad grande.
En seguida se pusieron en marcha, y algunos mi-
nutos más tarde penetraban en las ruinas de la er-
mita.
En una estancia cuyos muros veíanse agrietados,
pero cuya bóveda se conservaba casi intacta, encon-
trábanse al rededor de una gran hoguera dos muje-
res y un hombre.
Las dos mujeres eran de una espléndida hermo-
sura y de un parecido grande.
La de mayor edad era la mujer del anciano co-
merciante, y la más joven su hija.
El hombre que las acompañaba era criado de su
casa, lo mismo que el que conducía á Garcés.
Al sentir llegar á los tres expedicionarios salieron
á su encuentro, y al apercibirse que conducían al jo-
ven, la esposa del mercader exclamó:
— ¡Ah! Vuestra salida no ha sido inútil, á lo que
veo.
— El Dios de nuestros padres te oiga, querida Sa-
hara — repuso el anciano.
— ¿Acaso es un cadáver lo que conducís?
— No, pero es un desdichado á quien el frío y los
DE DOS HÉROES. 221
sufrimientos tienen casi á las puertas de la muerte, y
á quien es preciso procurar volver á la vida á toda
costa. El pobre encontrábase bárbaramente atado de
pies y manos al tronco de un árbol.
— ¡Qué horror! ¿Y el pobrecito habrá tenido que
sufrir de ese modo todo el furor de la tormenta? — ex-
clamó, estremeciéndose de espanto, la más joven de
las mujeres.
— Sí, Ester, hija mia; por eso el pobre pedía so-
corro de una manera tan desgarradora.
— Y es casi un niño — repuso Sahara, examinando
á Garcés, á quien su conductor depositó en el suelo,
todo lo más cerca posible de la lumbre.
— Sí que es muy joven, madre mía — añadió Ester
fijándose en el rostro imberbe y simpático del man-
cebo.
— Y á juzgar por las ropas que viste, parece una
persona de distinción — añadió Ezequiel.
— Lo que más parece es un paje de una casa prin-
cipal—repuso su padre.
— Y á lo que presumo, debía viajar á caballo, pues
aun conserva calzadas las espuelas.
— Efectivamente.
— Este pobre mozo debe haber caido en manos de
algunos bandoleros.
— Es posible, padre.
— Pero todo cuanto hablemos referente á este asun-
to no puede pasar de mera suposición. Hasta que
recobre los sentidos y hable, es inútil todo lo que nos
afanemos por conocer lo que le ha sucedido.
222 EL JURAMENTO
— Es verdad.
— Por lo tanto, veamos la manera de hacer que
vuelva en sí lo antes posible. Despojadle de sus ropas
exteriores y envolvedle en una manta. De este modo,
su traje se secará con más facilidad. Entre tanto, Sa-
hara, sería bueno que pusieras al fuego un poco de
vino bien azucarado, y en cuanto se encuentre bien
caliente, veremos la manera de hacérselo tomar. Eso
ie sentará bien y reanimará sus fuerzas; pues una
gran parte de su mal, debe ser producido por el frío
de la mojadura que ha tomado.
— Bien puede ser así.
Las órdenes del mercader fueron en seguida pues-
tas en ejecución.
Sus criados despojaron á Garcés de sus ropas ex-
teriores, y las pusieron á secar.
El cuerpo yerto del joven lo envolvieron en una
buena manta.
Mientras tanto Sahara, con una solicitud grande,
puso al fuego una vasija llena de vino con azúcar.
Guando este líquido se encontró casi en estado de
ebullición, el anciano y su hijo incorporaron al man-
cebo, con el fin de hacerle tragar algunos sorbos de
aquella bebida.
Pero esto les fué imposible.
Los dientes del paje encontrábanse tan hermética-
mente cerrados, que no permitían que los caritativos
hebreos realizasen su pensamiento.
—Si pudiéramos abrirle la boca, aunque fuera á la
fuerza— exclamó Ezequiel.
DE DOS HÉROES. 223
— Lo intentaremos — respondió su padre; y ponien-
do mano á su cuchillo consiguió, aunque con gran
trabajo, lo que pretendía.
— Entonces el joven hebreo empezó á verter poco
á poco el vino caliente en la boca de Garcés.
Cuando el anciano lo creyó oportuno, exclamó:
— No le des más, hijo mió.
— Se ha vertido una gran parte, señor.
— Es cierto, pero algo habrá llegado á su estóma-
go, y le producirá el efecto que apetecemos.
Ahora vamos á darle en las sienes y en los pies
unos buenos frotes con ese mismo líquido.
Los criados descalzaron al joven, y mientras el
mercader y su hijo le frotaban las sienes, ellos, va-
liéndose de las puntas de la manta, le propinaron
unas vigorosas friegas en las piernas.
El cuerpo de Garcés empezó á entrar en reacción
y de sus labios brotó un leve suspiro.
— ¡Ya tenemos hombre! — exclamó el anciano lleno
de gozo. — Dentro de muy poco estoy seguro que re-
cobrará el conocimiento. ¿Están secas sus ropas?
— Sí, señor — repuso uno de los criados.
— Pues ponérselas en seguida, á fin de que su calor
aumente.
Los criados obedecieron.
Garcés se encontró nuevamente vestido.
Un instante después un suspiro prolongado volvió
á salir de su pecho, y sus ojos, abriéndose pausada-
mente, se quedaron fijos durante un instante, empe-
zando luego á pestañear con una celeridad suma.
224 EL JURAMENTO
— ¿Dónde estoy? — preguntó con voz débil.
— Estáis entre personas que os aprecian— repuso
el anciano con acento cariñoso.
Garcés volvió maquinalmente la cabeza hacia el
sitio donde el mercader se encontraba, y con pausa-
da voz repuso:
— ¿Decís que me encuentro al lado de personas que
me aprecian?
lunes, 23 de enero de 2017
EL JURAMENTO DE DOS HEROES -979
EL JURAMENTO DE DOS HEROES
JULIAN CASTELLANOS
ESPAÑA
1889
El amigo de mi padre no puede, sin embargo, mi- rar con calma la ingratitud que con nosotros tienen los cristianos. ¿Acaso no fuimos los que desinteresadamente faci- litamos recursos para el mantenimiento de las tropas que tratan de apoderarse del territorio sarraceno? ¿No fuimos los que engrandecimos la agricultura y el comercio? En una palabra, ¿no hemos sido el manantial de la riqueza á cambio de que nos dejasen permanecer en este país? El viejo Samuel, indignado por la conducta de los ingratos, opina, como mis padres, que debemos emi- grar. También nos acompaña el médico que te restitu- yó la vista. El debe pretextar un viaje temporal, y será porta- dor de nuestras riquezas. En cuanto á nosotros, saldremos difrazados, apro- vechando las sombras de la noche. Todavía ignoro hacia qué parte del mundo nos dirigiremos, aunque mis padres demuestran inclina- ción hacia la parte septentrional de África. ¿Vendrás con nosotros? Hace algún tiempo que el autor de mis días re- clamaba de ti lo que hoy no puede exigirte. Entonces nos hallábamos en un período de tran- quilidad, y nuestra situación era próspera. Hoy somos unos pobres desterrados, en quien se cumple la profecía. 978 EL JURAMENTO Raza nómada, pueblo infeliz que vivirá errante por los siglos de los siglos. La pobre hebrea que tanto te ama, te suplica que vengas con nosotros. Garcés quedó pensativo. — ¿Qué piensas? — preguntó Esther. — ¿Acaso vaci- las en aceptar mis proposiciones? — Sí, vacilo, ¿por qué he de negártelo? — -¿Tan poco me amas? — preguntó la joven, mien- tras dos gruesas lágrimas rodaban por sus mejillas. — No es eso. Yo te amo con toda mi alma, pero existen podero- sas razones para que me niegue á hacer lo que me pides. — Dímelas. — Tu padre deseaba que yo no volviese á vivir bajo vuestro mismo techo hasta que hubiera adqui- rido medios de fortuna que me hicieran acreedor A poseer tu mano. Hoy la desgracia os obliga á salir de esta ciudad, pero como acabas de decirme, no pobres, no arrui- nados, sino tan poderosos como pudierais serlo antes. Ese viejo Samuel se encarga de salvar vuestra for-^ tuna. Sólo necesitáis desprenderos de la casa donde tan dichosos vivimos una breve temporada. Si conseguís llegar á África, allí seréis bien recibi- dos, y podéis entrar de nuevo en posesión de vuestra industria y vuestros trabajos. Esto es, volvéis á ser, no la raza que despiertan DOS HÉROES. 979 odio, sino los honrados mercaderes á quien todos respetan. ¿Qué hago yo entonces? Hallaríame en un país desconocido, donde había de tener necesariamente menos medios, no ya de al- canzar riquezas, sino de procurarme un pedazo de pan. —No, Garcés, yo te aseguro que mi padre no se negará á que nos unamos; serás mi esposo y corre- rás nuestra misma suerte. — Nunca: yo le he prometido que volveré á su casa cuando haya mejorado mi posición, y quiero cum- plirle mi ofrecimiento. — ¿De modo que prefieres separarte de mí? — Esa idea me desgarra el alma, pero no hay más remedio. — En ese caso, tú serás responsable de las desven- turas que puedan sobrevenirme. — ¿Por qué? — Porque sin ti no consentiré en alejarme de Se- villa. — Eso es una locura. — Será lo que quieras, pero me quedo á tu lado. Entre las torturas de la ausencia, ó las que puedan darme los inquisidores, opto por las segundas. ¡Ah! E los no pueden más que destrozar mi carne y arrojar mi cuerpo á la hoguera! ¡Ellos me arrancarían la vida; pero tú, ingrato, me arrancabas el alma, dejándome la existencia para llorar y para sufrir! 980 EL JURAMENTO DE DOS HÉROES. — Cálmate, Esther, lo que me propones merece que se recapacite con calma. — Yo la tendría si me prometieses darme una res- puesta definitiva. — Te lo prometo. En los labios de la hebrea se dibujo una sonrisa. Creía haber triunfado de la obstinación de Garcés.
martes, 31 de enero de 2017
EL JURAMENTO- 1028
EL JURAMENTO DE DOS HEROES
JULIAN CASTELLANOS
ESPAÑA 1889
Entre estos pensamientos y otros análogos, Esther
permaneció el resto del día en su habitación.
Cuando llegó la noche hizo un esfuerzo supremo
para dominar la tristeza que la apenaba, y dirigióse
á la estancia en que se hallaban sus padres.
Jacob no había querido decir nada de lo ocurrido
á Sara y Ezequiel por no aumentar sus preocupa-
ciones.
— Yo sabré la verdad — se dijo — y si Garcés ha si-
do el miserable delator, partiré á África llevándome
á mi hija.
Más la quiero muerta que esposa de un infame.
Guando fueron las nueve, el hebreo dijo en voz
alta unas oraciones, que fueron repetidas por su es-
posa é hijos.
Luego se retiraron á sus respectivos aposentos
para consagrarse al sueño, aunque poco habían de go-
zar de este benefició seres que se hallaban inquie-
tos y preocupados.
CAPITULO CÍV.
LUCHAS DE AMOR Y DEBER
Esther no se acostó.
Aguardaba con verdadera impaciencia la llegada
de su amante.
Este no se hizo esperar.
Cuando subió la escalera vio que la puerta de la
morada de los hebreos permanecía entornada.
La joven le impuso silencio, llevándose el índice á
sus labios; y tomando entre las suyas una de sus
manos le condujo por aquellos oscuros pasadizos
hasta su estancia.
Esta se hallaba alumbrada por una lámpara.
Esther cerró la puerta, y después de correr el pes-
tillo sentóse junto á su amante.
Garcés pudo observar que sus ojos estaban enro-
jecidos por el llanto.
Rodeó con su brazo el esbelto talle de la joven, y
le preguntó las causas de su aflicción.
— Garcés, deseo hacerte una pregunta.
— Cuantas quieras.
1026 EL JURAMENTO
Ya sabes que esta noche he venido para que tra-
temos despacio de muchos asuntos.
— Desde que las circunstancias nos obligaron á
dejar nuestra casa, ¿has vuelto á la de Pedro Torri-
giano?
Las mejillas del joven se enrojecieron.
A pesar de la ingenuidad con que parecía haber
hecho la hebrea aquella pregunta, el paje comprendió
que algo grave le impulsaba á dirigírsela.
— ¿Por qué deseas saberlo? — preguntó Garcés.
— Por una curiosidad.
— No, Esther, no es la curiosidad la que te impul-
sa á hacerme semejante pregunta.
— Pues bien, como yo no puedo mentir, y mucho
menos tratándose de ti, voy á serte franca.
— Eso es lo que deseo.
— ¿Sabes la calumnia que sobre ti pesa?
— La ignoro.
— Afirman que D. Juan Manrique, aquel joven á
quien conocimos en la casa del escultor, ha podido
penetrar en ella cuantas veces lo deseó, porque tú...
— Acaba.
— Porque tú eras su cómplice.
— ¿Y quién ha podido asegurar semejante cosa? —
preguntó el paje sin perder su inalterable sangre
fría.
— El mismo D. Juan lo ha referido á algunos ami-
gos, haciendo vergonzoso alarde de sus infamias.
— ¡Ah! ¿luego D. Juan se entretiene en comentar
esos hechos?
DB DOS HÉROES. 1027
— La persona que me lo ha asegurado es incapaz
de mentir.
— Pues bien, Esther, nada me sería tan fácil como
destruir todos esos argumentos; pues me consta que
con una pequeña negativa volverías á recuperar la
confianza, pero no quiero hacerlo.
— ¿Por qué?
— Porque, en mi opinión, cuando un hombre co-
mete un crimen, por grande que sea, debe tener el
valor de confesarlo.
— No te comprendo, Garcés: ó por mejor decir, no
quiero comprenderte.
¿Luego confiesas que has sido cómplice de ese mi-
serable?
— ¿Por qué no he de hacerlo, si de lo contrario fal-
taría á la verdad?
— ¡Ah, calla, calla por Dios!
¿No ves que tus palabras me dan la muerte?
— ¿Luego vas á olvidar mi amor por semejante
cosa?
La joven titubeó un instante.
Después, arrojándose en los brazos de Garcés:
— ¡Eso nunca! — exclamó deshecha en uu mar de
lágrimas, yo te amo, y mientras posea un átomo de
vida te amaré siempre.
El paje la estrechó contra su pecho.
— Oye, Esther— le dijo después de un instante —
comprendo que he cometido una infamia sin nom-
bre, pero voy á decirte las causas que me indujeron
á ello.
1028 EL JURAMENTO
Cuando las cosas se miran completamente descar-
nadas, adquieren caracteres más horribles.
La joven clavó sus negras pupilas en Garcés.
Deseaba oirle.
Deseaba una justificación que volviera á ennoble-
cerle.
— Ya recordarás — prosiguió el paje — las adverten-
cias que me hiciste para que abandonase tu casa el
propio día en que obtuve mi curación.
Tu padre, tanto por conocer mi aptitud para el trabajo, como para poner á salvo tu honra, dispuso que me alejase de tu lado. Yo no sabía qué partido elegir. Deseaba probarle que no era inepto para ganar algunas monedas de oro, y esto es más difícil de lo que parece. Ni siquiera había querido aceptar el dinero que tan generosamente me ofreció. Vagaba por las calles de Sevilla sin saber adonde dirigirme, cuando me dio la idea de entrar en una hostería. En las hosterías se juega, y aunque yo no era po- seedor ni de una dobla, pensé tirar los dados. Si ganaba, ya poseía algo para proseguir la par- tida. Si la suerte me era adversa, todo se reducía á no pagar y disputarse el corazón con el contrario. — ¡Qué locura! — murmuró Esther. — No te negaré que lo era, pero con esto queda demostrado que me hallaba dispuesto á todo. DE DOS HÉROES. 1029 En esta actitud penetré en la hostería. Mis esperanzas quedaron disipadas. No había jugadores. Sin embargo, como estaba fatigado, tomé asiento un instante. Disponíame á salir de nuevo, cuando la puerta del establecimiento se abrió, dando paso á un gallardo joven que se colocó junto á mí. Sus ojos se fijaron en los míos, y pude observar que hizo un movimiento de sorpresa. Aquel hidalgo era D. Juan Manrique, el sobrino del arzobispo de esta ciudad, á quien conociste en la casa del escultor. Yo no le hubiera conocido seguramente á no de- cirme su nombre. La terrible enfermedad que padecía cuando te acompañaba al taller, me incapacitaba de poder apreciar sus facciones. Me preguntó por ti, y le dije que ya no estaba en tu casa. En una palabra, le referí mis cuitas. El hidalgo, por toda respuesta arrojó sobre la me- sa un bolsillo lleno de oro, diciéndome que aquella cantidad me pertenecería si me obligaba á prestarle un favor. Esther, tú no comprendes el poderoso ascendien- te del oro sobre el corazón humano. Nunca has tenido necesidades, porque siempre las has visto satisfechas, y porque tu alma es demasiado pura para dejarse arrastrar por lo mezquino. 1030 JURAMENTO Mi situación era desesperada, como puedes imagi- narte. Empezaba á sentir las exigencias imperiosas del hambre. Vi en perspectiva la base de mi fortuna, y por lo tanto la satisfacción de mi amor propio. Hasta me pareció aquello una recompensa provi- dencial por no haber querido aceptar la oferta que tu padre me había hecho. Le pregunté lo que solicitaba de mí, y me respon- dió que sus deseos eran que me presentase en la mo- rada de Torrigiano llevándole conmigo ai palacio de un caballero que deseaba encargarle una escultura. Aunque desde luego comprendí que su deseo era alejar de su casa al artista, me pareció pequeña la exigencia, y me obligué á complacerle. — Hiciste mal, Garcés. — No lo ignoro ni trato de disculpar mi conducta,, pero yo pensaba en ti. Tal vez aquella cantidad era, como te he dicho, la> base de mi fortuna, y por lo tanto la que me hacía tu dueño. Desde entonces visité á D. Juan con alguna fre- cuencia y tuve ocasión de prestarle nuevos servicios,, que siempre me recompensó con esplendidez. En cuanto á lo que dices que me atribuyen de ha- ber tenido una intervención directa en la denuncia, contra Torrigiano, eso no es cierto.
Verdad es que fui portador de la carta en que el.
hidalgo reclamaba del inquisidor general el asunto
DE DOS HÉROES. 1031
de Pedro Torrigiano, pero ignoraba su contenido y
los propósitos del que la había trazado.
Esta es la verdad de los hechos.
El paje guardó silencio.
Esther inclinó la cabeza sobre el pecho.
No sabía qué responder.
Sin embargo, ¿quien puede dudar que el verdadero
amor nos dispone á la transigencia?
Garcés había referido el suceso dulcificándolo.
Podía pasar por ambicioso, pero no por criminal.
Ella le amaba con esa intensidad del primer amor,
tal vez el que más profundas huellas deja en nuestra
alma.
Creía que sus ambiciosas aspiraciones habían sido
despertadas por el deseo de llegar á ella.
¿Cómo no perdonarle?
Las mujeres lo perdonan todo menos los despre-
cios que se infieren á su amor propio.
— ¡Ah! Dios mío — exclamó, grave ha sido tu falta ?
pero todavía estás en condiciones de repararla.
— Dime cómo y pondré los medios.
— ¿Me lo prometes?
— Te lo juro.
— Nadie mejor que tú sabe cuáles fueron los infa-
mes propósitos de D. Juan.
— Es verdad.
— Torrigiano y su esposa no han muerto todavía.
Preséntate mañana al Santo Oficio, declara ante
el tribunal los móviles bastardos que impulsaron al
joven á obrar de la manera que lo hizo, arráncale la
1032 EL JURAMENTO
máscara con que cubre sus liviandades, y libra de
una muerte ignominiosa á esos desgraciados.
— Eso no es posible — respondió el paje.
— ¿Por qué?
- — Por varias razones.
En primer lugar has de saber, que el Santo Oficio
ha condenado al artista por haber hecho pedazos la
imagen sagrada de la Concepción.
Este es un hecho que ni él se ha atrevido á negar.
Su esposa, desesperada por el infortunio de Torri-
giano, consignó ante el familiar y los alguaciles que
era judaizante.
¿Cómo quieres que yo trate de arrancarlos del pa-
tíbulo?
Conseguiría tal vez la ruina de D. Juan, pero no la
salvación de sus víctimas.
Aparte de esto, debes recapacitar que Manrique
está emparentado con la nobleza de Sevilla.
¿Sabes lo que conseguiría con tu consejo?
Tal vez que me declarasen impostor y sufriera ios
tormentos más horribles en una mazmorra inquisi-
torial.
sábado, 4 de febrero de 2017
EL JURAMENTO- 1062
EL JURAMENTO DE DOS HEROES
JULIAN CASTELLANOS
ESPAÑA
1889
Multitud de gente se agolpaba en la calle. Al propio tiempo llegaron hasta Jacob los fúnebres ecos de los rezos de los inquisidores. María, la desventurada esposa de Torrigiano, ca- minaba entre dos sayones. El dolor había dejado sus indelebles huellas en su rostro. Iba vestida de negro, llevando sobre sus hombros el ignominioso sambenito. ¡Muera la judía! — exclamaron más de mil voces, sin que les detuviera el natural espíritu de com- pasión. En los labios de la veneciana se bosquejó una amarga sonrisa. Era inocente, y no la espantaba morir. Jacob la contempló con lástima y admiración. Buscaron después sus ojos al escultor. Este no iba entre los sentenciados. — ¿Y Torrigiano? — preguntó á uno de los curiosos, 1058 EL JURAMENTO — Torrigiano ha muerto. — ¿Ha muerto? — Sí, señor. — Un suicidio quizás... — Ese miserable se ha dejado morir de hambre en su calabozo. Entonces comprendió Jacob la tranquilidad que se advertía en las facciones de la veneciana. Muerto su esposo, deseaba el descanso en brazos de la muerte. Habían sido dos corazones que nacieron para amarse, ó para morir juntos. El hebreo vio alejarse la lúgubre comitiva. Los ecos de los rezos se extinguieron, como iba á extinguirse la existencia de la infeliz italiana. La muchedumbre, ávida de contemplar el suplicio de los reos, dirigióse en confuso tropel hacia el cam- po de la Tablada. Entonces Jacob siguió su camino hacia la casa del seductor de su hija. — He aquí otra de sus obras — exclamó; — segura- mente que sin su infame cooperación, no hubiera conseguido el sobrino del arzobispo penetrar en la casa de Torrigiano durante su ausencia. Un instante después, Jacob se hallaba junto á la puerta de la hostería. Preguntó al dueño por el paje. — Ese joven vive aquí, pero debe estar descan- sando. Necesito verle á pesar de eso. DE DOS HÉROES. 1059 Decidle que un antiguo amigo suyo pide autoriza- ción para entrar en su estancia. Iba el hostelero á cumplir las órdenes del anciano, cuando Jacob le llamó de nuevo. — Antes que le despertéis, deseo haceros una pre- gunta. — Cuantas queráis. — ¿Ese joven está solo? — Absolutamente, la única condición que puso al instalarse en mi casa fué que necesitaba una estancia para él. — ¿Esta noche se ha retirado tarde? — Eso no es nuevo. Por lo general viene á casa cuando brillan los pri- meros rayos del sol. — ¿No le acompañaba nadie? — Nadie absolutamente. Jacob, comprendiendo que aquel hombre había si- do advertido por Garcés, no quiso dirigirle ninguna nueva pregunta. El hostelero se dirigió á la estancia del paje. Este habíase echado en el lecho, aunque sin des- pojarse de la ropa. Cuando- sintió el rumor que produjo la puerta de la estancia, incorporóse. — Buenos días, señor Garcés. — Buenos te los dé Dios. ¿Qué te ocurre? — Un anciano desea veros. Yo me oponía á molestaros tan temprano, pero 1060 EL JURAMENTO DE DOS HÉROES.' me ha dicho que era un antiguo amigo vuestro, y que le traen á esta casa asuntos de interés. — ¿Es anciano? — Sí, señor. — Hazle pasar. — Me ha preguntado si estabais solo en la estancia,, y si os habíais retirado anoche muy tarde. — ¿Qué le respondiste? — Que nadie os acompaña, y que respecto á vues- tra tardanza, no acostumbrabais á venir nunca á casa hasta la aurora. — Bueno, ahora cumple mis órdenes. Garcés comprendió desde luego que el que por él preguntaba era Jacob, ó por lo menos un enviado suyo. Acercóse á una mesa, tomó una daga, y después de guardársela cuidadosamente, salió al encuentra del hebreo. CAPITULO CVIU. Donde se dice cómo pagó un un infame
los beneficios recibidos. Jacob y Garcés cambiaron una mirada antes de que ninguno de los dos pronunciase una sola palabra. — Supongo, dijo el anciano con acento trémulo por la emoción, que adivinarás el objeto que me obliga á venir aquí. — Os confieso que no. El hebreo había resuelto apelar á la persuasión. Era su alma tan noble y tan generosa, que creía que por estos medios conseguiría llegar á mejores acuerdos. — Os confieso que ignoro cuál es el objeto de vues- tra visita, respondió el paje, si bien me congratulo de ella. — ¿Vas á negarme que tu has sido el raptor de mi hija? — Mucho puedo responderos sobre ese particular. No os niego que Esther se halla en mi casa; mai podría hacerlo, cuando en la misma carta en que 1062 EL JURAMENTO ella se despedía de vosotros, he puesto unos cuantos renglones rogándoos que no os molestaseis por recu- perarla. En cuanto á lo que me decís, no es cierto. Yo no he sido su raptor. Vuestra hija ha venido á mi casa por su voluntad. — Mientes — exclamó el hebreo poniéndose lívido; — por su voluntad, no; tú fuiste quien, abusando de la confianza que te concedí, has perturbado su razón. — Absteneos de pronunciar palabras inconvenien- tes, y recordad que os halláis en mi casa. — ¿Osas amenazarme? — No, sólo os hago una advertencia. — Pues bien, Garcés, á pesar de lo que en tu carta me decías, vengo dispuesto á salir de aquí acompa- ñado de Esther. — Eso es imposible. — ¿Por qué? — Porque ya comprendéis que la amo y no puedo renunciar á ella. Vos os oponíais á nuestras relaciones, y ni el uno ni el otro estábamos dispuestos á sufrir vuestras exi- gencias. — ¿De modo que me niegas á Esther? — Desde luego. — ¿No sabes que el rapto es castigado severamente por nuestros tribunales de justicia? — Lo sé, ¿pero vos no apelaréis á ellos? — ¿En qué te fundas para creerlo? — Me fundo— respondió tranquilamente el paje — DR DOS HÉROES. 1063 en que la raza hebrea sufre las persecuciones de la Santa Inquisición, y si reclamaseis, no sólo os espo- níais á sus rigores, sino que decretabais la muerte de vuestra hija. — Más la quiero muerta que deshonrada. — Eso no deja de ser una frase que no cumpliríais. Un padre no puede prescindir del amor que le ins- piran sus hijos.
lunes, 6 de febrero de 2017
EL JURAMENTO -1070
EL JURAMENTO DE DOS HEROES
JULIAN CASTELLANOS
ESPAÑA 1889
Y apoyándose en el alféizar, gritó con toda la fuerza de sus pulmones: — ¡Vecinos, vecinos! ¡Aquí! ¡Un judío acaba de pe- netrar en esta casa! Jacob se quedó inmóvil. Comprendió la infamia del paje, y dejóse caer abatido en un sillón. Pocos instantes después, algunos alguaciles, segui- dos de un pelotón de curiosos, penetraban en la es- tancia de Garcés y se apoderaban del infeliz hebreo,, gritando como una manada de hambrientos lobos. CAPITULO CIX. Donde se ve que algunas veces, sembrando beneficios
se recogen ingratitudes.
El viejo Jacob fué conducido á las mazmorras de la Inquisición. entificada su persona, supieron que era uno de los hebreos que había permanecido fiel á su dogma, oponiéndose á la presentación que el edicto publica- do exigía, así es que su proceso sería fallado pronta- mente. No cabía la menor duda de que el desventurado padre de Esther sería pasto de las llamas en el cam- po de la Tablada. Garcés cuidó mucho de que su nuevo crimen no llegase á oídos de Esther, lo que no le fué difícil, pues la joven permanecía oculta en el palacio de don Juan Manrique, no teniendo la menor comunicación con ninguno de los criados. No sucedió lo propio á la esposa de Jacob y su hijo, los cuales supieron, algunas horas después de ocurrir la desgracia, lo que le había pasado al an- ciano. 1070 EL JURAMENTO Excusado es que digamos á nuestros lectores la de- sesperación experimentada por la madre y el hijo. Éste quería abandonar la casa de Samuel y salir en busca del paje, pero Sara se opuso temiendo una nueva desgracia. — Todo es inútil — exclamó con lágrimas en los ojos, tu desventurado padre ha caído en manos de ese terrible tribunal y su muerte está decretada. ¿Qué podemos hacer nosotros contra ellos, que gozan de la impunidad que les conceden las leyes y hasta el Pontífice? — Pero al menos, replicaba Ezequiel, conseguiré quitar la vida á ese miserable y traerá mi hermana. — No, tu hermana no es digna de venir á mis brazos. Ella, ofuscada por su amor, ha sido el origen de todo. Aunque mi corazón se haga pedazos, no quiero verla jamás. — ¿Entonces qué debemos hacer, madre mía? — Partir á África en compañía de Samuel. Esta ciudad me es odiosa. Yo no quiero permanecer en ella un solo instante. Si llegasen á mis "oídos los ecos fúnebres de la co- mitiva que acompañe á Jacob, me moriría de dolor. Poco me importa por mí; pero tú eres muy joven y todavía necesitas mis consejos. Sara manifestó á Samuel su resolución de salir aquella misma noche de Sevilla. El anciano aprobó su conducta. DE DOS HÉROES. 1071 Sabía que cuantas gestiones se hiciesen por salvar á Jacob serían infructuosas. Procuró, pues, tranquilizar el ánimo de Ezequiel, que no se avenía á salir de la ciudad sin vengarse del paje. La partida quedó dispuesta para aquella noche. No satisfecho Garcés con las infamias llevadas á cabo, y dejándose arrastrar del injusto odio que le inspiraban sus protectores, pensó completar su mala obra. — ¿No es una lastima, se decía, que las riquezas de ese viejo marrullero vayan á ser heredadas por una vieja imbécil y un joven cuya bondad raya en ton- tería? Parte de estos tesoros pertenecen legítimamente á Esther. Además, no puede ocultárseme que su hermano no ha de perdonarme jamás las ofensas que les he inferido. Hoy no puede vengarse; ¿pero quién me asegura que el día de mañana no vuelvan los hebreos á Se- villa, al convencerse los reyes y los nobles que esta raza era el manantial de su riqueza? Entonces Ezequiel sería mi enemigo más irrecon- ciliable. Yo me hallo en aptitud, no sólo de evitar este peli- gro, sino de enriquecerme. Así pensaba Garcés mientras tomó su capa y su birrete, saliendo del palacio de D. Juan. Maquinalmente dirigióse á la fortaleza de Triana. 1072 EL JURAMENTO Algunos soldados y alguaciles hallábanse á la puerta, como de costumbre. Garcés dudó un instante en llevar á cabo sus viles propósitos. Vio, sin embargo, en lontananza un porvenir de riqueza, y aproximándose á uno de los corchetes, le preguntó si se hallaba en la fortaleza el inquisidor fray Tomás de Torquemada.
El interpelado respondió afirmativamente. — En ese caso, tened la bondad de decirle que un amigo de D. Juan Manrique desea hablarle un mo- mento. El alguacil se apresuró á cumplir sus órdenes. Un instante después volvió á presentarse en el za- guán, manifestando al paje que el inquisidor le aguardaba en su estancia. Garcés cruzó aquellos largos y oscuros pasillos acompañado del alguacil, que abrió la mampara de la habitación de Torquemada. Este hallábase sentado junto á su mesa de escri- torio. Al sentir el ruido que la mampara produjo al abrirse, dejó la pluma con que escribía sobre el tin- tero y dirigió una mirada. — ¿Qué queréis? — preguntó al paje. — Señor, dispensad si os interrumpo un instante en vuestras muchas y serias ocupaciones, pero vengo á haceros una proposición conveniente para ambos. — Hablad — respondió el inquisidor con un laconis- mo que raras veces abandonaba. DE DOS HÉROES. 1073- — Vengo á manifestaros que conozco el paradero de la esposa y el hijo de ese anciano hebreo, á quien hace pocas horas sorprendieron los alguaciles en la hostería de Martínez. El inquisidor clavó sus ojos en el paje, y después de examinarle de pies á cabeza le dijo. — ¿Hace mucho tiempo que teníais noticia del lu- gar en que se ocultan? — Sí, señor.
— ¿En ese caso, cómo no lo habéis hecho presente al Tribunal? ¿Ignorabais que este es el deber de todo buen cris- tiano? — Señor, lo sabía; pero no me he determinado á decíroslo antes, porque esa familia me había hecho algunos beneficios. — Mal hicisteis en aceptarlos. Los beneficios de los herejes no pueden merecer este nombre. — Por haberlo comprendido así, vengo á manifes- taros dónde se hallan. — Perfectamente; sólo de este modo os libraréis de comparecer en el pórtico de San Pablo, considerán- doos como apóstata ó contaminado por los judai- zantes. Garcés comprendió que había dado un paso en falso, y que si le decía á Torquemada las interesadas ideas que le habían impulsado á delatar á los he- breos, exponíase á que el inquisidor le encerrase en un calabozo.
lunes, 23 de enero de 2017
EL JURAMENTO DE DOS HEROES 984
EL JURAMENTO DE DOS HEROES
JULIANCASTELLANOS
ESPAÑA
1889
CAPITULO C. Un golpe en vago.
Pocos momentos después el paje salía de aquella casa. Veamos ahora cuáles eran los móviles que le in- ducían á negarse á las pretensiones de la hebrea. Garcés no podía dominar sus malos instintos. Hemos visto desde la presentación de este perso- naje, que era susceptible de cualquier infamia, y que únicamente la breve temporada que estuvo ciego fué cuando sus ideas malévolas se modificaron por el infortunio. Sin embargo, cuando la luz volvió á brillar en sus ojos, no parecía sino que las sombras que antes le rodeaban se habían concentrado en su alma de hielo. El paje, además de las malas cualidades que le do- minaban, era veleidoso. La posesión de Esther, lejos de aumentar su amor hacia ella empezaba á debilitarse, y en más de una ocasión había pensado que, si algún día lograba en- 982 EL JURAMENTO riquecerse, admitiría á la joven como manceba, pero jamás como esposa. Lo que la hija de Jacob le exigía era verdadera- mente comprometido. Garcés no ignoraba que los hebreos eran objeto de, una espantosa persecución, y que todos aquellos que se contaminasen con sus ideas sufrirían los mismos castigos y las mismas vejaciones. Tal vez lo único que le causaba espanto era la In- quisición. — Esther — pensaba el joven — imagina que porque salgan de la ciudad amparados por la sombra de la noche, no van á ser sorprendidos por los cuadri- lleros. Yo creo, por el contrario, que se encuentra en un gravísimo error. Lo conveniente es que me separe de ellos, puesta que sólo pueden originarme compromisos. Si fray Tomás Torquemada supiese que yo asisto diariamente á la casa de unos hebreos, es posible que me llevase al Quemadero, ó me escomulgase como ha hecho con otros. Procuraré convencer á mi amada, para que desis- ta de sus propósitos y se marche con sus padres al África septentrional. Tiempo me queda de buscarlos allí si algún día la suerte se presenta adversa. Mientras Garcés hacía estas consideraciones, había llegado á la hostería donde acostumbraba á ver á don Juan Manrique. Este se hallaba ya en el establecimiento. —Buenas tardes, D. Juan — le dijo el paje. — Mucho celebro que hayas venido. — ¿Me necesitáis para alguna cosa? —Sí. — Pues en ese caso hablad, pues ya sabéis que estoy á vuestras órdenes. — ¿Has vuelto á la casa de Torrigiano? — No, señor, desde la noche que me enviasteis no he vuelto. — Pues deseo que hoy lo verifiques. — ¿Con qué pretexto? — Para visitarlo no creo que necesitas ninguno; pero como lo esencial es que obligues al escultor á que salga, es necesario buscar alguno. — A eso se refería mi pregunta. En fin, dejadlo á mi encargo. Yo le haré salir. — ¿Esta misma noche? — Cuando gustéis. —Perfectamente. — Debo advertiros que ahora no debéis tener el menor reparo en penetrar por la ventana que cae sobre el jardín de los hebreos. — Es natural. Estos habrán emigrado. — Por lo menos no permanecen allí. — Y á propósito de esa familia, ¿estarás muy tris- te con las desgracias que afligen á Esther? El paje se encogió de hombros. 984 EL JURAMENTO Manrique le miró atentamente. — Eres una gran adquisición para poner en prácti- ca cualquier empresa, por comprometida y criminal que sea. — Señor — respondió el paje — estoy convencido de que en este mundo no existe más que una verdad, y esa es el oro. — ¡Ah, perillán, me parece que esa frase la dices para recordarme que todavía no te he hablado de la recompensa que mereces por el servicio de esta noche. — No lo creáis, cuando tengo seguridad en que han de pagarme no me inquieto. — Sin embargo, toma un bolsillo con igual canti- dad al que te entregué, y aunque afirman que paga adelantada es paga viciosa, yo quiero demostrarte también la confianza que me inspiras. El paje guardó el bolsillo. — Respecto á la advertencia que me has hecho, debo decirte que no puedo utilizar en esta ocasión la ventana de la casa de Torrigiano aunque se encuen- tre desierta la casa de los judíos. — ¿Por qué? ¿No comprendes que la esposa del escultor tendrá mucho cuidado en que permanezca cerrada durante las ausencias de su marido? — Tenéis más razón que un párroco cuando predi- ca, señor de Manrique. — Ahora apelaré á cualquier nuevo ardid. — Que con seguridad no os faltará. DB DOS HÉROES. 985 — Es necesario que esta noche consiga la realiza- ción de mis deseos. Tal vez es María la única mujer que se ha resisti- tido á mis proposiciones, y esto contribuye á aumen- tar mi pasión. — No lo dudo — respondió el paje; — de seguro que si Esther hubiese observado conmigo igual conducta, no sería yo quien estuviese tan en el uso de mi razón. Nada nos estimula al deseo como las dificultades. Media hora después, Manrique y el paje se sepa- raban. Cuando llegó la de la cita, Garcés dirigióse á la morada del escultor.
lunes, 6 de febrero de 2017
EL JURAMENTO-1081
EL JURAMENTO DE DOS HEROES
JULIAN CASTELLANOS
ESPAÑA
1889
Perfectamente; sólo de este modo os libraréis de comparecer en el pórtico de San Pablo, considerán- doos como apóstata ó contaminado por los judai- zantes. Garcés comprendió que había dado un paso en falso, y que si le decía á Torquemada las interesadas ideas que le habían impulsado á delatar á los he- breos, exponíase á que el inquisidor le encerrase en un calabozo. 1074 EL JURAMENTO No atrevióse, por lo tanto, á reclamar la más in- significante parte de la riqueza de los hebreos. orquemada hizo sonar el timbre que tenía sobre la mesa. Un fraile dominico se presentó inmediatamente en la habitación. Acompañad á este joven á la estancia del familiar Pedro, y decidle que se ponga de acuerdo con él respecto al asunto que aquí le ha conducido. Deseos tuvo Garcés de apelar á la fuga, pero com- prendiendo que de este modo se exponía al enojo del inflexible inquisidor, no tuvo más remedio que se- guir al fraile. El familiar, tan pronto como supo, que se trataba de apoderarse de unos judíos que poseían riquezas, tomó su vara, y dando orden á varios alguaciles para que le siguiesen, encaminóse con Garcés á la morada de la esposa de Jacob. — Por lo menos — se decía el paje —habré consegui- do librarme de mis enemigos. La desdichada Sara y el joven Ezequiel fueron presos. Sus bienes pasaron al fisco. Este fué el desastroso fin de aquella caritativa fa- milia que, con tanta honradez y laboriosidad, habíase enriquecido con el sudor de su frente. Ocho días después, eran conducidos al Quemade- ro, entre otros, cuarenta israelitas que fueron ha- llados, y que no habían querido obedecer las cláusu- las del edicto de expatriación. DE DOS HÉROES. 1075 De todas maneras hubieran tenido una muerte desastrosa. Aquellos que huyeron de España para acogerse en las costas de África, fueron degollados por sus bár- baros y feroces moradores. Como había llegado á sus oídos que algunos he- breos, con objeto de salvar parte de sus riquezas, ha- bíanse tragado monedas de oro ó piedras preciosas •de gran valor, diéronles la muerte abriéndoles el abdomen para buscar lo que en él ocultaran. La mortandad fué horrible. Parecía que todas las naciones habíanse puesto de acuerdo para extirpar de la tierra aquella desventu- rada raza. Sin embargo, en aquellos pueblos donde se con- tentaron con imponerles crecidas contribuciones, no tardaron en comprender que aquella raza, que tan ignominiosamente había sido expulsada por los re- yes de Castilla, era la base de la riqueza. Por donde pasaron prosperó la industria, se fo- mentó la agricultura y resplandecieron las artes. De la desventurada familia de Jacob sólo había quedado Esther. La pobre joven era la única á quien el paje no trató de arrojar á la hoguera, siempre humeante y siempre preparada para los infelices hebreos. CAPITULO CX. ¡Pobre Esther»! ¿Quién dudará que el amor en sus primeras im- presiones es el sentimiento que más contribuye á perturbar nuestras facultades intelectuales? De otro modo no se comprendería que bajo su im- pulso haya cometido la humanidad tantas locuras, algunas de las cuales han tomado caracteres de crí- menes. Si bien es cierto que muchas veces contribuye á ennoblecernos, elevándonos á grandes empresas, no lo es menos que en otras ocasiones ha dado origen á todo lo contrario. Esther, pasado algún tiempo, comprendió sus errores. De su mente no se apartaba el recuerdo de sus desgraciados padres, y aunque ignoraba el desastro- so fin que éstos tuvieron, figurábase verlos transidos de dolor deplorando su deshonra y sus desgracias en el septentrión de África. 1078 EL JURAMENTO Dice un poeta, que el amor es la esencia que antes se evapora. Sus ilusiones pueden compararse con los brillan- tes colores del arco-iris. Son muy hermosos, pero se desvanecen con una rapidez incomprensible. La hebrea amaba á Garcés, pero sin ocultársele que el joven no era digno de que hubiese hecho tan- tos sacrificios por él. ¡Ah! ese dulce período de miradas y de sonrisas,, en que con dos pronombres personales y un verbo pueden dos amantes conversar todo un día, es tan efí- mero como la tenue luz del crepúsculo. Tai vez, porque la felicidad absoluta no puede subsistir en el mundo, es por lo que tan poco tiempo duran las gratas ilusiones de que hablamos. Esther, pobre flor que había sido marchitada por el huracán de las pasiones apenas se columpió en su esbelto talle, no podía ser dichosa. Ella había sido arrebatada por un instante de de- mencia, que de otro modo no se explica que dejase abandonados á sus ancianos padres y á su querido hermano. En cuanto á Garcés, más que amor, siempre había sentido hacia ella un deseo. Éste fué satisfecho; ¿qué tiene de extraño que á un hombre de sus malas inclinaciones no le detuviera el respeto que debía inspirarle aquella pobre mujer y que la despreciara como desprecia el niño el ju- guete que labró su felicidad al verlo tras los vidrios DE DOS HÉROES. 1079 del escaparate, y que después de poseerlo lo arroja ó lo relega al olvido? Los primeros días para Garcés hubo sin embargo un incentivo. El apuesto D. Juan Manrique pensó que añadi- ría una nueva hoja á su corona de conquistador, si conseguía hacerse dueño del corazón de la he- brea. No alcanzó, sin embargo, su objeto.
Esta hallábase entonces vivamente impresionada con su amante. Recordando la joven los funestos resultados que tuvo la esposa del escultor florentino, por guardar silencio respecto á la conducta del hidalgo, no dudó en descubrirle las pretensiones de D. Juan. El paje llevóse en seguida á la joven lejos de aque- lla magnífica vivienda; se hospedó en una modesta casa de Triana, censurando agriamente la conducía de su desleal amigo. Esto dio origen á que ambos rompieran para siem- pre los vínculos de amistad que entre ellos habían existido. No contribuyó poco á las desgracias de Esther la situación en que se encontraron algún tiempo des- pués. El paje, que todavía conservaba alguna cantidad de las que le entregó D. Juan como recompensa de sus infamias, hubiera podido servirle de base para emprender cualquier negocio; pero el aturdido jo- ven pasábase las horas del día jugando y bebiendo, 1080 EL JURAMENTO y con este motivo perdió la escasa aptitud que para el trabajo tenía. Cuando sé agotó su pequeño capital, su carácter se hizo más irascible que de costumbre. No se ocupaba de sostener las obligaciones que ha- bía contraído, y frecuentemente echaba en cara á la joven hebrea que hubiese abandonado la casa pater- na sin apoderarse de las riquezas de Jacob. La pobre Esther oía estas acriminaciones con lá- grimas en los ojos, pero sin proferir una sola queja. Más de una vez pasó por su imaginación la terri- ble idea del suicidio. Detúvose sin embargo, comprendiendo que llevaba en su pecho el germen de la muerte, y que sus días serían contados sin necesidad de apelar á medios ex- tremos. Con efecto, las afecciones morales que sentía, uni- das á la pobreza en que se hallaba, la condujeron á la tisis. Tal vez la tranquilidad, tan esencial á esta horri- ble dolencia, como pueden serlo los mismos recons- tituyentes que contra ella se emplean, hubiese con- tribuido á prolongar su vida; pero Garcés, aquel hombre egoísta y malvado, comprendiendo que la infeliz enferma era una traba para cualquiera de sus proyectos, apenas se ocupaba de la joven. Esta entregó su alma á Dios algunos meses des- pués de hallarse junto al paje. Con los últimos recursos que había en la casa se la enterró en una humilde sepultura. DE DOS HÉROES. 1081 Así terminó el último individuo de la desgraciada familia del viejo mercader que, á cambio de sus be- neficios, no obtuvo más que la negra ingratitud del antiguo paje de D. Beltrán de Meneses. Dejemos por ahora á Garcés haciendo una vida li- cenciosa en la ciudad, á expensas del juego y de otros recursos todavía menos dignos, y digamos á nuestros lectores lo que había hecho entretanto Cristóbal Co- lón.
viernes, 3 de febrero de 2017
EL JUDIO DE HERVAS- ESPAÑA- Wolly Solodarsky
EL JUDIO DE HERVAS
WOLLY SOLODARSKY
CAPITULO 1
Contemplo por ultima vez el doblon de oro. Era, segun su padre,
uno de los pocos «excelentes» espanoles del siglo XV que aUN no habfan sido
fundidos y reutilizados. No debfa desprenderse de el, salvo en situacion extrema en peligro de
perder la vida o la de alguno de la familia; uno de los tres ultimos
entregados a su cuidado en Recife. Nunca, hasta ese momento, le habfa dado gran valor a esas
piezas de dorados brillos. No pasaban de ser parecidos a los adornos que llevaban
los indfgenas de los Matos. Algunas veces se los habfa visto lucir cuando salfan de las espesuras
para cambiar esos abalorios por cuchillos con los soldados de la guarnicion
holandesa de Pernambuco. En verdad no representaban mucho para el pero, segun parecfa,
tenfan gran merito para los demas hasta el punto que esa moneda significaba
el precio para dejar el «Saint Charles» y los autorizaran a
desembarcar en New Amsterdam a
todos los miembros de la familia, hermanos, madre, primos que estaban bajo su
responsabilidad
desde que salieron de Pernambuco. La travesfa en los diversos navfos, largos meses de idas y venidas por
los mares, las penurias sufridas y la posibilidad de acabar con ellas mediante
la entrega de uno de los doblones dados por su padre, lo convencieron de que las
circunstancias lo autorizaban a disponer de la moneda. Se la dio, como lo se lo habfa ordenado el mayor de los varones del
grupo, adon Asser Levy, a ese extraho judio germano, Solomon Pietersen,
que no hablaba portugues ni castellano, un ser insolito que solo farfullaba
palabras en flamenco o en una jerga parecida al aleman o algo semejante. La habfa oido en boca de los marineros de Hamburgo en puerto de Recife cuando los barcos del Norte de Europa cargaban azucar o «palo de Brasil". Su padre solia llevarlo a los muelles. A don Diogo Senior le gustaba comprobar la correcta carga de los sacos en las bodegas al reparo de humedades y goteras. Cuidaba cada detalle y se sentfa responsable de la buena calidad de los productos de su ingenio azucarero. La marca «Senior» en las bolsas garantizaba a los importadores la pureza de la mercancfa en origen. Desconfiaba del tal «hermano de fe» perteneciente a una grey hebrea desconocida. A pesar de sus reservas, Salomon Pietersen resulto hombre de palabra, un correligionario de fiar. Al comparecer ante la Corte de Burgomaestres de New Amsterdam ese 7 de septiembre de 1654, David Senior solo tenia 13 anos -estaba considerado mayor de edad por la ley mosaica y asi aceptado por los dignatarios de la colonia holandesa-, se entero que el «ashkenazi», como denominaban a Solomon Pietersen, habfa depositado los 900 florines reunidos entre los infortunados pasajeros del «Saint Charles» en la tesorerfa del Tribunal a cuenta de los 2.500 que reclamaba el capitan Jacques de la Motthe por los pasajes y los fletes adeudados por el transporte de sus personas y bienes en el «Saint Charles» desde una isla del Caribe al puerto de la colonia holandesa, segun afirmaba el marino, desviado por una tormenta. El remanente lo liquidarfan con la subasta de las pertenencias, o de sus personas como esclavos, si no llegaba antes ayuda de familiares y congregaciones hebreas de los Países Bajos como habfan solicitado los llegados a la remota colonia a traves de la Compahfa de las Indias Occidentales. Al desembarcr el único patrimonio de David Senior estaba constituido por el par de doblones «excelentes» bien ocultos en una dura galleta marinera. Con ellos debfa enfrentarse a su existencia futura, sostener al resto de la familia en ese desconocido pais, si sus compatriotas los dejaban habitarlo. No pocos pobladores de New Amsterdam, encabezados por el gobernador Peter Stuyvesant, rechazaban la idea de tener vecinos judfos. Pero la direccion de la Compahfa de las Indias Occidentales en la metropolis pesaba mas en las decisiones del soberano holandes que la opinion de un distante funcionario territorial. El jovencisimo David resolvio emplear otro doblon en sobrevivir y que del ultimo jamas se separarfa ni el, ni ninguno de sus descendientes cuando los tuviera. Era el testimonio de la estirpe, de las raíces de los Senior. Esa moneda de oro «excelente», con palabras en latín y figuras desconocidas, la postrera de las 20 que le entregara su padre, don Diogo, antes de morir en una batalla contra los lusitanos en Recife. Era la prueba de que El Todopoderoso protegfa a los Senior y a los Alvarado desde la salida de sus antepasados de Hervas, ese magico nombre, escrito en hebreo y grabado a punta de cuchillo en la cara de los doblones. ...Nunca saldras de manos de los Senior. (Falta escribir Hervas en Hebreo) -«Hervas», leyo en un susurro David... -«...Lo juro».
jueves, 26 de enero de 2017
JULIO POPPER, SEÑOR DE TIERRA DEL FUEGO -JUDIOS EN AMERICA
sábado, 7 de enero de 2017
LA HIJA DEL ADELANTADO- 26-30
lunes, 30 de enero de 2017
EL JURAMENTO DE DOS HEROES- CASTELLANOS-
sábado, 21 de enero de 2017
LA INQUISICIÓN- EL JURAMENTO DE DOS HEROES
JULIAN CASTELLANOS Y VELASCO
MADRID
ESPAÑA
EDICION DE 1889
CAPITULO XCVIIL LA EXPULSION DE LOS JUDIOS Muchos eran los motivos en que la cristiandad fundaba sus injustos odios contra los judíos. Ellos habían monopolizado el comercio, y cuantos hicieron tentativas para enriquecerse apelando á este campo vastísimo no pudieron competir con ellos. Creían además sus adversarios, que con la confis- cación de sus bienes cesarían los gravámenes de las contribuciones, y sobre todo, que la fe católica se po- dría considerar más robusta desde el instante en que saliesen de España aquellos apóstatas, que celebraban sus ritos en las sinagogas haciendo público alarde de sus ideas. Cuantos crímenes se cometieron desde entonces fueron atribuidos á los hijos de Israel. Por benigna que fuera la actitud de doña Isabel, no tuvo más remedio que acatar las disposiciones de su querido esposo, y mientras los infelices hebreos acudían á miles á la iglesia de San Pablo para ex- presar su sumisión y arrepentimiento, se levantaba 121 962 EL JURAMENTO en el Campo de Tablada un cadalso de piedra á cuyos cuatro ángulos se elevaban otras tantas escul- turas llamadas los cuatro profetas. Este cadalso recibió el nombre de Quemadero, y estaba designado á aquellos que no renegasen de sus doctrinas en presencia de los sacerdotes católicos. El terror se apoderó de la raza hebrea. Muchos de ellos emigraron á otros países lleván- dose sus riquezas, y comprendiendo él rey y sus ministros que ésto podría acarrear la más desastrosa de las ruinas, tomáronse serias medidas para evi- tarlo. Los mayores enemigos de los hebreos eran aque- llos que habían soñado con empresas mercantiles y que vieron defraudadas sus esperanzas. Muchos de ellos no sólo denunciaron á los anti- guos mercaderes, sino que ofrecieron crecidas can- tidades á las personas que les indicaran dónde se ocultaban los individuos de la raza judía que, fieles á su dogma, no habían querido presentarse en San Pablo con el vergonzoso sambenito. En este estado se hallaban las cosas cuando Six- to IV nombró inquisidor general de la corona de Castilla á fray Tomás de Torquemada, prior del convento de dominicos en Segovia. Este nombramiento se hizo extensivo poco des- pués al reino de Aragón. Torquemada era un hombre inflexible. Hacía mucho tiempo que deseaba que el Santo Oficio se estableciese en España, y era el más encar- DE DOS HÉROES. 963 1 NIizado enemigo, no sólo de la herejía, sino de todos aquellos que en su concepto trataban de menospre- ciar los derechos de la Iglesia católica. : Púsose inmediatamente en camino hacia Sevilla é Instalóse en la fortaleza de Triana, considerando que este paraje era más seguro para ponerse al abrigo de las enemistades que necesariamente tenía que crearse. La Inquisición quedó por lo tanto instalada en aquel recinto. Inmediatamente procedió á la creación de cuatro tribunales. Uno en Sevilla. Otro en Córdoba. Otro en Jaén. Y otro en Ciudad-Real. Redactó las leyes orgánicas de éstos, teniendo pre- sente el manual de Eymerich, y se dispuso á ponerlo en práctica con la mayor energía y actividad. . El Papa, satisfecho de la buena elección que había tenido, le amplió los poderes, nombrándole Inquisi- dor del reino aragonés, y Torquemada designó como delegados suyos á fray Gaspar Inglar y al canónigo Pedro Arbués, que era uno de los que más directa- mente habían trabajado para la instalación del Santo Oficio. Los aragoneses, tanto por su carácter indepen- diente como por oponerse sus fueros á muchas de las cláusulas de las leyes dictadas por el inquisidor general, pensaron desde luego evitar á toda costa que el Santo Oficio prevaleciese en sus dominios. 964 EL JURAMENTO Del propio modo que habían hecho los hebreos de- Sevilla, apelaron á Sixto IV, sin obtener una respues- ta más satisfactoria que aquéllos. Convencidos de la inutilidad de sus justas recla- maciones, formaron su pian, y con objeto de verse libres de la tiránica presión de los dominicos, re- uniéronse en una hostería algunos espíritus desiden- tes dispuestos á conseguir lo que la Santa Sede les negaba. Entre ellos hallábanse Juan de la Abadía, Vidal Durando y Juan de Speraindeo. Su objeto era arrebatar la existencia á cuantos frailes dominicos aceptasen el cargo de inquisidores, y dirigieron primero sus miras hacia el asesor Mar- tín de la Raga, que indudablemente hubiera muerto en las aguas del Ebro á no haberse detenido sus ad- versarios en presencia de los soldados de la Santa Hermandad, que por allí pasaban.
No desistieron, sin embargo, porque hubiera sali- do frustrado su primer propósito, y una noche se ocultaron en las naves de la iglesia, donde vivía fray Pedro Arbués. Este penetró en el sagrado recinto. Comprendiendo, sin duda alguna, que no podía considerarse seguro ni en aquel lugar, llevaba una pequeña lanza en la diestra, mientras con la zurda S2 alumbraba con una linterna. El inquisidor colocó junto á una columna el arma r y postróse delante del altar mayor. Entonces se acercaron sus enemigos cautelosamen— DB DOS HÉROES. 9G5 te, y mientras Durando le descargó un vigoroso gol- pe en el cuello, Speraindeo le dio dos estocadas. Este asesinato tuvo lugar mientras los frailes reza- ban los maitines. Arbués tuvo tiempo de declarar. Presintiendo el astuto inquisidor los peligros que le amenazaban, habíase colocado debajo de la sota- na clerical una cota de malla y un casquete de hierro oculto por el gorro. Sin embargo, aquellas precauciones no le sirvieron más que para retrasar su muerte, y á las veinticua- tro horas dejó de existir. Aquella noticia causó en todos los ánimos las im- presiones más desagradables. El pueblo lo atribuyó, desde luego, á la raza ju- daica, recordó los horrores que se suponían cometi- dos con un inocente niño un día de cuaresma, y re- clamó la voz pública que se hiciese con los malhe- chores un ejemplar escarmiento. Abadía, Durando y Speraindeo sufrieron las tor- turas del fuego. En cambio al inquisidor fray Pedro Arbués se le consagró un magnífico mausoleo, y fue incluido en el número de los santos mártires por nuestra Iglesia católica. La noticia de la muerte del inquisidor, no sólo produjo mal efecto en Aragón, sino que se hizo ex- tensiva en Castilla. Fray Tomás Torquemada comprendió que pu- diera reservarle el destino igual suerte, y decidióse á 966 ¡el juramento aprovechar la primera ocasión para condenar al fue- go á algunos herejes como escarmiento de los demás. No tuvo necesidad de esperar mucho tiempo, y los primeros hebreos que cayeron en su poder después de haberse resistido á presentarse del modo vergon- zoso que reclamaban, fueron pasto de las llamas. El pánico se había extendido por toda Sevilla. Más de diez y seis mil judíos se presentaron á la conversión. Éstos eran condenados á severas penitencias casi imposibles de cumplir. La mayor parte se veían obligados á entregar sus bienes de fortuna en favor del clero, después de re- comendarles constantes ayunos y de ponerles distin- tivos infamantes. No faltó quien aconsejara al rey Fernando qué él- único fifíedio que existía para desterrar de la ciudad aquellas repugnantes escenas, era qué obligase á los hebreos á salir de Sevilla en un breve plazo, con lá condición de que no pudiesen llevarse en metálico sus riquezas. ' De este modo elÉrario no se resentía. El Rey accedió á estas proposiciones, más que por LUCro por sus ideas cristianas, que se veían-menos- cabar en presencia de los enemigos de la fe, y publi- cóse un edicto disponiendo que los hebreos saliesen del reino. Como no les permitían llevar monedas, hubo fa- milia dé aquellos infelices qué vendió su casa
por un asno.
Otros cosíanse á las ropas el dinero que podían, y
las mujeres lo ocultaban en el seno creyéndolo se-
guro de las profanas manos que habían de regis-
trarlas.
Verdaderamente horrible era el aspecto de la ciu-
dad.
Aquellos que por temor del castigo ó vergüenza
de exhibirse ante los tribunales del Santo Oficio,
se ocultaban, eran denunciados por los cristianos,
que creían enriquecerse con el comercio cuando ellos
faltaran.
Estos desdichados sufrían los rigores del tormento, y si no abjuraban de sus ideas, el inflexible inquisi- dor Torquemada los enviaba al Quemadero. Es incalculable el número de las víctimas que hubo. Los clericales estaban dispuestos á hacer que des- apareciese aquella raza. Mandaron también sacar de sus sepulturas los huesos de aquellos que habían perecido en opinión de herejes y fueron arrojados á las llamas, lo propia que las estatuas de los pocos que consiguieron esca- par de las iras de aquel implacable tribunal. Una mera sospecha era suficiente para que los in- quisidores reclamasen la presencia de aquel en quien había recaído. En una palabra, Sevilla se hallaba bajo la presión del clero, que gozaba entonces de todo su prestigio,, pudiendo por lo tanto poner én práctica su tiranía.
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