jueves, 31 de mayo de 2018
HISPANOAMERICANOS DE LA VILLA DE HUEHUETENANGO-1871
GUATEMALA
AMERICA DEL CENTRO
Investigado por AbrahamdeArim
566
VIRGINIA DEL SOCORRO LOPEZ LOPEZ
570
INDICE
AÑO DE 1871
573
575
576
INDICE
578
JUANA MONZON
579
PETRONILIA CARDONA MONZON
MARCELINI HERRERA CASTILLO
PETRONILIO MERIDA CALDERON HIJO DE FRANCISCO MERIDA Y SOLEDAD CALDERON, MADRINA PIA HERRERA
580
LUZ DE JESUS HIDALGO MARTIN
FERNANDO CASTILLO
581
MAXIMO LOPEZ LOPEZ
FELICIANO MOLINA CALDERON HIO DE RAFAEL MOLINA Y DE FELICITA CLADERON PADRINO MARIANO CASTILLO
BASILIA MORALES
BASILIO VASQUEZ HERNANDEZ
ELICEA MERIDA PADRINO ANTONIO HERRERA
582
MANUEL MORALES SAMAYOA LADINO DE SAN LORENZO
LUISA MORALES SAMAYOA
GUILLERMO LOPEZ MORALES
583
JUANA BAUTISTA GUTIERREZ LOPEZ
GUILLERMO MORALES LOPEZ
LADISLAO LOPEZ MARTIN
LADISLAO SAMAYOA VILLATORO JOAQUIN MONT
584
EMILIANA PALACIOS CASTILLO MADRINA SATURNINA PALACIOS
LUIS HERRERA
DIMINGO DE JESUS ARGUETA ARGUETA PADRINO JOSE ANTONIO ARGUETA
YSABEL CASTILLO PADRINO DON MARIANO FERNANDEZ DURAN
PABLO SAMAYOA
FRANCISCA LOPEZ BARILLAS DE MALACATAN
585
martes, 12 de junio de 2018
601-605 ALGUNOS LADINOS VILLA HUEHUETENANGO
AÑO DE 1871
601
MIGUEL VILLATORO
602
MARCOS LOPEZ GOMEZ, PADRINOS DON BELISARIO CIFUENTES Y DOÑA SALOMÉ ARGUETA
603
CARLOTA AVILA
CALIXTO MORALES
604
EDUBIGES LOPEZ HERRERA
665
CRISANTA RIVAS LOPEZ
RAFAEL ARGUETA ALFARO
LORENZA DE JESUS LOPEZ SAMAYOA
ANA GALINDO RIOS
VICENTE PALACIOS GUTIERREZ
miércoles, 13 de junio de 2018
606-613 ALGUNOS LADINOS VILLA HUEHUETENANGO 1871
ALGUNOS LADINOS VILLA HUEHUETENANGO 1871
GUATEMALA
AMERICA DEL CENTRO
606
SIMON ARGUETA HERRERA
ADELINA CHAVES CASTAÑEDA
SALOME ARGUETA JUAREZ
607
NARZZIZO VILLATORO MATIAS
MARIA SALAZAR PALACIOS
PORFIRIO DE JESUS MONZON
608
MARTIN DE LEON ARGUETA
MODESTO HERNANDEZ LOPEZ
609
CARLOS MARIA CASTILLO
MAXIMA CASTILLO RECINOS, MADRINA LUCIANA MAURICIO
610
YSABEL D ELEON MORALES
JUANA DE JESUS PALACIOS
CLEMENTE HERNANDEZ SAMAYOA
JUAN JOSE DE LA CRUZ HERRERA CIFUENTES PADRINO VICENTE CASTAÑEDA
FELICITO MONZON MONZON HIJO DE MARCELO MONZON Y DE MARIA MONZON
DOMINGA DE JESUS ANDRES CASTILLO HIJA DE GORDIANO ANDRÉS Y DE APOLINARIA CASTILLO
ANDREA MARIA DE JESUS AGUIRRE PANAMA MADRINA ROSA PORRES
612
613
BALTAZAR CASTILLO HERRERA PADRINO EXEQUIEL AGUIRRE
PETRONA RECINOS GOMEZ
lunes, 4 de junio de 2018
43-50 777 CIENTIFICOS CREYENTES EN DIOS
43 . René DESCARTES (1596 -1650) “Padre de la geometría analítica” Pionero del método deductivo Geometría analítica Óptica Epistemología Filosofía de la ciencia Sus obras filosóficas; especialmente “Meditaciones Metafísicas”, “Principios de Filosofía” y “Discurso del método” Su correspondencia profesional y personal. 44. Rev. William DERHAN (1657-1735) Miembro de la Royal Society Trinity College, Oxford Aerodinámicay óptica Metereología Acústica (calculó la velocidad exacta del sonido) Aerodinámica Horología Su actividad religiosa como clérigo y sus escritos con argumentos científicos teleológicos y filosóficos: “Físico-teología, o Demostración del Ser v Atributos de Dios de sus obras en la Creación”, “Astro- teología”, “Cristo-teología, o Demostración de la Autoridad divina de la Religión cristiana” , “Artificial Clockmaker”, y “A Defence of the Church’s Right in Dinámica de fluidos Teología Teología Natural Leasehold Estates. ” 45. Olaf DEVIK (1886-1987) Miembro de la Academia Noruega de las Ciencias y Letras Física Geofísica Metereología Como cristiano, fue delegado del Ministerio Noruego de Iglesia v Educación, presidió la Asociación de Estudiantes Cristianos Noruegos. 46. Rev. Thomas DICK (1774 -1857) Astronomía Filosofía práctica Teología Como ministro cristiano, publicó su obra “Philosophy of a Future State” y “The Christian Philosopher, or the Connection of Science with Religión” donde defendía la armonía entre la ciencia y el cristianismo. 47. Paul DIRAC (1902-1984) Premio Nobel de la Física (1933) Física cuántica Electrodinámica cuántica Mecánica cuántica Física teórica Teoría atómica Relatividad general Magnetismo En 1927 se mostró ateo, sin embargo, hacia 1963, en un artículo de Scientific American describió a Dios como un gran matemático que usó ciencia avanzada para crear el universo. En una conferencia en 1971 se mostró escéptico de que la vida haya resultado por casualidad y dijo que “sería necesario asumir la existencia de un Dios” |1_) en relación a las leyes de la física cuántica. 48. Humphry DITTON (1675-1715) Matemáticas Teología Su actividad como ministro religioso disidente en Tonbridge, v su obra “Discourse on the Resurrection of Jesús Christ” donde habla de la “las pruebas del hecho de la resurrección de nuestro Salvador. 49. Charles M. DUKE (1935-) Miembro de la Misión Apolo 16 de la N.A.S.A. Astronáutica Ingeniería física Aeronáutica Duke se convirtió al cristanismo y desde entonces ha estado activo en la evangelización dentro de las cárceles (Ver 1). Escribió un artículo titulado “The Moon Is Not Enough” 50. Freeman DYSON (1923-) Medalla Max Planck (1969) Premio Harvey (1977) Premio Templeton (2000) Física teórica Electrodinámica cuántica Física del estado sólido Física nuclear En su discurso de aceptación del Premio Templeton, se define como cristiano no-denominacional. Sus declaraciones sobre la relación de la ciencia y la religión, y sus conferencias Gifford.
jueves, 31 de mayo de 2018
SIGNIFICADO NOMBRES BIBLICOS. 1-
jueves, 17 de mayo de 2018
MARIA -JORGE ISAACS kl
MARIA
POR JORGE ISAACS
En la tarde del mismo dia se despedía de nosotros el doctor después de haber restablecido casi comple- taáiente á María y de haberla prescrito un régimen para evitar la repetición del acceso, aunque prometió visitar á la enferma con frecuencia. Yo sentia un alivió indeci- ble al oirle asegurar que no habia peligro alguno, y por el doble cariño del que hasta entonces le habia profe- sado, solamente porque tan pronta reposición pronosti- caba á María. Entré á la habitación de ésta, luego que el médico y mi padre, que iba á acompañarle en una legua de camino, se pusieron en marcha. Estaba aca- bando de trenzarse los cabellos, viéndose en un espejo que mi hermana sostenía sobre los almohadones. Apar- tando ruborizada el mueble, me dijo : — Estas no son ocupaciones de enferma, ¿ no es ver- dad? pero yo ya estoy buena. Espero no volver á oca- sionarte un viaje tan peligroso como el de anoche. — En este viaje no ha habido peligros, la respondí. — El rio, sí, el rio ! yo pensé en eso y en tantas cosas que podian sucederte por causa mia : ^¿Un viaje de tres leguas ? Eso llamas....? — Ese viaje en que has podido ahogarte, según refirió aquí el doctor, tan sorprendido que aun no me habia pulsado y ya hablaba de eso. Tú' y él al regreso ha- béis tenido que aguardar dos horas para que bajase el rio. — El doctor á caballo es una maula ; y su muía pa- cienzuda no es lo mismo que un buen caballo. — El hombre que vive en la casita del paso, me inter- rumpió María, al reconocer esta mañana tu caballo ne- gro, se admiró no se hubiese ahogado el jinete que anoche se botó al rio á tiempo que él le gritaba que no habia vado. ¡ Ay ! nó, nó ; yo no quiero volver á enfer- marme. y sola- mente pasados dos mas podráel señor A*** emprender su viaje á Europa, y es con él con quien debes tú irte. Esa demora, hasta cierto punto, nada significa, tanto porque es justo, y muy grato para nosotros tenerte á nuestro lado después de seis años de ausencia á que han de seguir otros, como por que observo con placer que aun aquí, es el estudio uno de tus goces predilectos. No puedo ocultarte, ni debo hacerlo, que he concebido grandes esperanzas por tu carácter y aptitudes, de que coronarás lucidamente la carrera que vas á seguir. No ignoras que pronto la familia necesitará de tu apoyo, con mayor razón después de la muerte de tu hermano. Luego, haciendo una pausa, prosiguió : ---Hay algo en tu conducta que es preciso decirte no está bien: tú tienes solo veinte años, y á esa edad un amor fomentado inconsideradamente podria hacer ilu- sorias todas las esperanzas de que acabo de hablarte. Tú amas á María, y hace muchos dias que lo sé, como es natural. María es casi mi hija, y yo no tendría nada que observar, si tu edad y posición nos permitieran pensar en un matrimonio; pero no lo permiten, y María es muy joven. No solamente son estos los obstáculos que se presentan ; hay uno quizás insuperable, y es de mi deber hablarte de él. María puede arrastrarte y arras- trarnos contigo á una desgracia lamentable dfe que está amenazada. El doctor Mayn se atreve casi á asegurar que ella morirá joven del mismo mal á que sucumbió su madre : lo que sufrió ayer es un síncope epiléptico, que tomando incremento en cada acceso, terminará por una epilepsia del peor carácter conocido: eso dice el doc- tor. Responde tú ahora, meditando mucho lo que vas á decir, á una sola pregunta; responde como hombre racio- nal y caballero que eres; y que no sea lo que vas á decir dictado por una exaltación estraña á tu carácter, tratán- dose de tu porvenir y el de los tuyos. Sabes la opinión del médico, opinión que merece respeto por ser Mayn quien la dá; te es conocida la suerte de la esposa de Sa- lomón : — ¿si nosotros consintiéramos en ello, te casarlas hoy con María? — Sí, señor, le respondí. — ¿ Lo arrostrarías todo ? — Todo, todo.
viernes, 4 de mayo de 2018
MARIA CAPÍTULO XIII.
MARIA
JORGE ISAACS
CAPÍTULO XIII.
Las pajinas de Chateaubriand iban lentamente dando tintas
ala imajinaoion de María. Ella, tan cristiana y tan llena de
fé, se regocijaba al encontrar bellezas por ella presentidas en
el culto católico. Su alma tomaba de la paleta que yo la
ofrecía, los mas preciosos colores para hermosearlo todo ; y el
fuego poético, don del cielo que hace admirables á los hombres
que lo poseen y diviniza a las mujeres que á su pesar lo revelan,
daba á su semblante encantes desconocidos para mí hasta
entonces en el rostro humano. Los pensamientos del poeta,
acojidos en el alma de aquella mujer tan seductora en medio
de su inocencia, volvian á mí como eco de una armonía le-
jana y conocida cuyas notas apaga la distancia y se pierden en
la soledad.
Una tarde, tarde como las de mi pais, engalanada con nubes
de color de violeta y lampos de oro pálido, bella como María,
bella y transitoria como fué esta para mi, ella, mi hermana y
yo, sentados sobre la ancha piedra de la pendiente, desde
donde velamos á la derecha en la honda vega rodar las cor-
rientes bulliciosas del rio, y teniendo á nuestros pies el valle
majestuoso y callado, leia yo el episodio de Átala, y las dos,
admirables en su inmovilidad y abandono, oian brotar de mis
labios toda aquella melancolía aglomerada por el poeta para
«hacer llorar al mundo». Mi hermana, apoyado el brazo
37
derecho en uno de mis hombros, la cabeza casi unida á la
mia, seguía con los ojos las líneas que yo iba leyendo. Ma-
ría, medio arrodillada, cerca de nií, no separaba sus miradas
de mi rostro, miradas húmedas ya.
El sol se había ocultado cuando con voz alterada leí las
últimas pajinas del poema. La cabeza pálida de Emma des-
cansaba sobre mí hombro. María se ocultaba el rostro con
entrambas manos. Luego que leí aquella desgarradora des-
pedida de Chatas sobre el sepulcro de su amada, despedida
que tantas veces ha arrancado un sollozo á mi pecho : Duer-
me en paz en extranjera tierra, hija desventurada! En recom-
pensa de tu amor, de tus sacrificios y de tu muerte, quedas
abandonada basta del mismo Chatas,» María, dejando de oír mí
voz, se descubrió la faz, y por ella rodaban gruesas lágrimas.
Era tan bella como la creación del poeta, y yo la amaba con
el amor que él imajinó. Nos dirijimos en silencio y lenta-
mente hacia la casa. Ay ! mi alma y la de María no solo esta-
ban conmovidas por esa lectura, estaban abrumadas por el
presentimiento.
CAPÍTULO XIV.
Pasados tres días, una tarde que bajaba yo de la montaña,
me pareció notar alguna alarma en los semblantes de los cria-
dos con quienes tropecé en los corredores interiores. Mi her-
mana me refirió luego que Maria había sufrido un ataque
nervioso ; y al agregar que estaba aun sin sentido, procuró
calmar cuanto le fué posible mi dolorosa ansiedad.
Olvidado de toda precaución, entré á la alcoba donde es-
taba Maria, y dominando el frenesí que me hubiera hecho
estrecharla contra mi corazón para volverla á la vida, me
acerqué desconcertado á su lecho. A los pies de éste se ha-
llaba sentado mi padre : fijó en mí una de sus miradas in-
38 MABIA.
tensas, y volviéndola después sobre María, parecía quererme
hacer una reconvención al moslrárarmela. Mi madre estaba
allí; pero no levantó la vista para buscarme, porque, sabe-
dora de mi amor, me compadecía, como sabe compadecer
una buena madre en la mujer amada por su hijo, á su hijo
mismo.
Permanecí inmóvil contemplando á María, sin atreverme á
averiguar cuál era su mal. Estaba como dormida: su rostro,
cubierto de una palidez mortal, se veia medio oculto por la
cabellera descompuesta, en la cual se descubrían estrujadas
las flores que yo la habia dado en la mañana: la frente con-
traída revelaba un sufrimiento insoportable, y un lijero sudor
le humedecía las sienes: de los ojos cerrados habían tratado
do brotar lágrimas que brillaban detenidas en las pestañas.
Comprendiendo mi padre todo mi sufrimiento, se puso en
pié para retirarsé ; mas amtes de salir, se acerco al lecho, y
tomando el pulso á María, dijo :
— Todo ha pasado. Pobre niña! Es exactamente el mismo
mal que sufría su madre.
El pecho de María se elevó lentamente como para formar
un sollozo, pero al volver á su natural estado exhaló solo un
suspiro. Salido que hubo mi padre, coloquéme á la cabecera
del lecho, y olvidado de mi madre y de Emma, que permane-
cían silenciosas, tomé de sobre el almohadón una de las ma
nos de María, y la bañé en el torrente do mis lágrimas hasta
entonces contenido. Habia yo medido toda mi desgracia:
era el mismo mal de su madre, y su madre habia muerto
muy joven atacada de una epilepsia incurable. Esta idea se
adueñó de todo mi ser, para quebrantarlo.
Sentí algún movimiento en esa mano yerta á la que mí
aliento no podía volver el calor. María empezaba ya á res-
pirar con mas libertad, y sus labios parecían esforzarse en
pronunciar alguna palabra. Movió la cabeza de un lado á
otro cual si tratara de deshacerse de un peso abrumador.
MARÍA. 39
Pasado ud momento de reposo, exhaló palabras inintelijíbles,
pero al ñn se percibió entre eilas claramente mi nombre. En
pié yo, devorándola mis miradas, lal vez oprimí demasiado
entre mis manos las suyas, quizá mis labios la llamaron.
Abrió lentamente los ojos como heridos por una luz intensa
y los fijó en mí haciendo un esfuerzo para reconocerme. Me-
dio incorporándose un instante después, ¿ « qué es » ? me dijo
apartándome; ¿«que me ha sucedido»? continuó dirijiéndose
á mi madre. Traítmos de tranquilizarla, y con un acento en
que habia algo de reconvención que por entonces no pude
explicarme, agregó : «ya ves? yo lo temia ».
Quedó después del acceso adolorida y profundamente triste.
Volví por la noche a verla, cuando y como la etiqueta esta-
blecida en tales casos por mi padre lo permitió. Al despe-
dirme de ella, reteniéndome un instante la mano, «hasta
mañana, » me dijo, y acentuó esta última palabra como solia
hacerlo siempre que interrumpida nuestra conversación en
alguna velada, quedaba deseando el dia siguiente para que la
concluyésemos.
martes, 1 de mayo de 2018
CORAZON DE POETA- ADAPTACIÓN
la voz de un pájaro y
el alma como luna llena
de un mes de abril
calor y frío de invierno
Mi Fortaleza es dura como el
árbol que azota el viento
de niño grande, de hombre-niño
capaz de amar con delirio
capaz de hundirme en la tristeza
pues tengo el corazón de poeta,
Mi piel de nieve se hará fuego
cerca de ELLA.
Soy amigo y amante fiel
de las estrellas
soñando con cosas bellas.
de niño grande, de hombre-niño
capaz de amar con delirio
capaz de hundirme en la tristeza
y así me gusta a mí que sea ELLA
y así me gusta a mí que sea ELLA
que tenga el corazón de Soñadora
miércoles, 30 de mayo de 2018
CLÁSICO MUNDIALÇ EL PEREGRINO-JUAN BUNYAN-CAP-1
EL PEREGRINO
JUAN BUNYAN
VIAJE DE CRISTIANO A LA CIUDAD CELESTIAL
CAPÍTULO PRIMERO Principia el sueño del autor. Cristiano, convencido de pecado, huye de la ira venidera, y es dirigido por Evangelista a Cristo. Caminando iba yo por el desierto de este mundo, cuando me encontré en un paraje donde había una cueva; busqué refugio en ella fatigado, y habiéndome quedado dormido, tuve el siguiente sueño: Vi un hombre en pie, cubierto de andrajos, vuelto de espaldas a su casa, con una pesada carga sobre sus hombros y un libro en sus manos. Fijando en él mi atención, vi que abrió el libro y leía en él y según iba leyendo, lloraba y se estremecía, hasta que, no pudiendo ya contenerse más, lanzó un doloroso quejido y exclamó: — ¿Qué es lo que debo hacer? En este estado regresó a su casa, procurando reprimirse todo lo posible para que su mujer y sus hijos no se apercibiesen de su dolor. Mas no pudiendo por más tiempo disimularlo, porque su mal iba en aumento, se descubrió a ellos y les dijo: — Queridísima esposa mía, y vosotros, hijos de mi corazón; yo, vuestro amante amigo, me veo perdido por razón de esta carga que me abruma. Además, sé ciertamente que nuestra ciudad va a ser abrasada por el fuego del cielo, y todos seremos envueltos en catástrofe tan terrible si no hallamos un remedio para escapar, lo que hasta ahora no he encontrado. Grande fue la sorpresa que estas palabras produjeron en todos sus parientes, no porque las creyesen verdaderas, sino porque las miraban como resultado de algún delirio. Y como 1 la noche estaba ya muy próxima, se apresuraron a llevarle a su cama, en la esperanza de que el sueño y el reposo calmarán su cerebro. Pero la noche le era tan molesta como el día.; sus párpados no se cerraron para el descanso, y la pasó en lágrimas y suspiros. Interrogado por la mañana de cómo se encontraba, — Me siento peor — contestó — y mi mal crece a cada instante. — Y como principiase de nuevo a repetir las lamentaciones de la tarde anterior, se endurecieron contra él, en lugar de compadecerle. Intentaron entonces recabar con aspereza lo que los medios de la dulzura no habían conseguido; se burlaban unas veces, le reñían otras, y otras le dejaban completamente abandonado. No le quedaba, pues, otro recurso que encerrarse en su cuarto para orar y llorar, tanto, por ellos como por su propia desventura, o salirse al campo y desahogar en su espaciosa soledad la pena de su corazón. En una de estas salidas le vi muy decaído de ánimo y sobremanera desconsolado, leyendo en su libro, según su costumbre; y según leía le oí de nuevo exclamar: — ¿Qué he de hacer para ser salvo? — Sus miradas inquietas se dirigían a una y otra parte, como buscando un camino por donde huir; mas permanecía inmóvil, porque no le hallaba, a tiempo que vi venir hacia él un hombre llamado Evangelista, y oí el siguiente diálogo: EVANGELISTA. —¿Por qué lloras? CRISTIANO (tal era su nombre). — Este libro me dice que estoy condenado a morir; y que después he de ser juzgado, y yo no quiero morir ni estoy dispuesto para el juicio. EVANG. — ¿Por qué no has de querer morir, cuando tu vida está llena de tantos males? CRIST. — Porque temo que esta carga que sobre mí llevo me ha de sumir más hondo que el sepulcro, y que he de caer en Tofet (lugar de fuego). Y si no estoy dispuesto para ir 2 a la cárcel, lo estoy menos para el juicio, y muchísimo menos para el suplicio. ¿No quieres, pues, que llore y que me estremezca? EVANG. — Entonces, ¿por qué no tomas una resolución? Toma, lee. CRIST. (Recibiendo un rollo de pergamino y leyendo.) — "¡Huye de la ira venidera!". ¿Adonde y por dónde he de huir? EVANG. (Señalando a un campo muy espacioso.) — ¿Ves esa puerta angosta? CRIST. —No. EVANG. — ¿Ves allá, lejos, el resplandor de una luz? CRIST — ¡Ah!, sí EVANG. — No la pierdas de vista; ve derecho hacia ella, y hallarás la puerta; llama, y allí te dirán lo que has de hacer.
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