miércoles, 13 de enero de 2021

MALVINA- EL JURAMENTO -

 

domingo, 26 de febrero de 2017

MALVINA- NOVELA ORIGINAL DE JOHN P. MARQUAND Resumen de H. M. PULHAM, ESQUIRE

 MALVINA
NOVELA ORIGINAL DE JOHN P. MARQUAND
Resumen de H. M. PULHAM, ESQUIRE
Seleccines del Reader´s Digest
Enero de 1942
Volví de la anterior guerra mundial a mi patria con una medalla que no había merecido. En realidad, el anciano general Roefax me la había dado por salvar su propia responsabilidad, puesto que debieron someterle a juicio sumarísimo, tanto por haber encomendado a mi compañía la defensa de una posición insostenible, como por haberse olvidado de ordenar su retirada a tiempo. Pero la citación decía:    -
Enrique Pulliam, Subteniente de Infantería: único oficial superviviente de su compañía, después de un reconocimiento en la ciudad de U... Aunque se encontraba cercado por el enemigo, el subteniente Pulham se negó a rendirse, rechazó tres ataques y se retiró con las fuerzas a su mando, amparado en las sombras de la noche, volviendo a cruzar el río Vesle y uniéndose a su regimiento.
Lo más gracioso de todo es que aquello era en su mayor parte la pura verdad, aunque al presente yo no acertara a imaginarme como protagonista de semejante hazaña. Cuando mataron a los demás oficiales nuestra situación parecía bastante desesperada y nos brindaron la rendición. La oferta nos fué hecha, tras de enarbolar un pañuelo blanco atado a un fusil, por un oficial, vestido con sucio uniforme gris, que saltó de la trinchera y se encaró con nosotros.
Cuando el hombre se puso en pie, yo hice lo mismo, gateando por los escombros para salir a su encuentro. Procuré recordar el poco alemán aprendido en el colegio para hablarle. Era un capitán, poco más o menos de mi edad. Me dijo que estábamos cercados y que lo mejor era rendirnos. Repuse que si alguno de mis hombres se quería rendir, se lo enviaría inmediatamente.
«Que tengan la bondad de alzar las manos» dijo el capitán.
Saqué del bolsillo un paquete de cigarrillos, encendimos uno cada uno y le ofrecí el resto. Era un día cálido, extenuante; el sudor nos corría por la cara. Permanecimos allí como un minuto, dando chupadas a los cigarrillos, pues no parecía tener prisa.
«Muchas gracias por los cigarrillos», dijo. «Les daré cinco minutos. Si usted o cualquiera de sus hombres quiere venir les recibiremos complacidos». Sonrió e hizo el saludo. «Si los norteamericanos se parecen a usted », añadió, «me marcharé a los Estados Unidos».
No vino a los Estados Unidos, ni siquiera se fumó los cigarrillos porque lo matamos un cuarto de hora después, cuando nos atacaron.
A distancia, toda aquella escena se me aparece como una mezcla confusa de agotamiento y de miedo físicos. Por otra parte, siempre he oído con escepticismo los relatos claros y precisos de un combate de infantería. Hubo un momento en que estuvimos a ocho metros de distancia, tirándonos granadas, como los chicos se tiran bolas de nieve. Retrocedieron después para volver a la carga a la media hora, pero nunca nos acometieron seriamente porque debían creer que nos tenían seguros sin necesidad de experimentar por su parte pérdidas inútiles. Así y todo, aquel combate nos costó cincuenta hombres; y si no acabaron con todos, cosa que pudieron haber logrado de una buena arremetida, creo que fué porque tenían tan pocas ganas de morir como nosotros. Durante la noche, encontramos un paso libre de guardianes y nos deslizamos por él.
 La guerra había pulverizado muchas de las cosas en que antes creía. No era tanto por la guerra en si como por los nuevos contactos humanos. Odiaba y odio todavía cada minuto de guerra. Nunca pude entender la charlatanería sentimental de la semana de licencia en París, donde solían explotarnos cocheros de aspecto paternal perseguirnos mujeres de la llamada vida alegre. Pero jamás olvidaré a los muchachos de mi compañía; eran chicos del campo, italianos de los barrios bajos neoyorquinos, obreros fabriles, hijos de pequeños tenderos pueblerinos. . pero todos teníamos entonces un punto de vista común, difícil de analizar, que se expresaba en canciones y bromas indecentes y que, por increíble que pueda parecer, había que llamar decoro. Los miembros de una compañía eran, hasta cuando se entregagan a la borrachera y la disolución, muchachos excelentes,  una vez que se llegaba a conocerlos. No fué pequeña mi sorpresa cuando me di cuenta de que en su gran mayoría eran más valientes y generosos que mis condiscípulos de colegio y universidad.
Esto era lo que hacía tan dura mi acomodación a la antigua rutina después de la guerra. Era como tratar de reunir los diseminados trozos de un plato roto.
El DÍA que me licenciaron en Nueva  York, fuí al Hotel Waldorf con 400 dólares de pagas atrasadas y lo que aún restaba de mis pertenencias liado en el petate. Mi baúl se había extraviado y sólo me quedaba el ajado uniformeque llevaba puesto. El empleado lanzó una ojeada a mi equipaje desde el lujo marmóreo del mostrador.
—Tengo que rogarle el pago adelantado—me dijo.
Le alargué un billete de 100 dólares.
—No se inquiete—le advertí—. Ya me compraré otra ropa mañana.
—Supongo que acaba usted de llegar, teniente. Parece que ha sido toda una guerra.
—Sí, ha sido toda una guerra—asentí.
Ya en mi habitación del octavo piso comprendí que aunque no me sentía con ganas de telefonear a la familia, era indudable que debía hacerlo; así que llamé a conferencia con Boston.
El teléfono me trajo la voz de Hugo, nuestro mayordomo. La oí con una especie de extrañeza de que estuviera vivo todavía.
— ¿Está papá en casa, Hugo?—pregunté después de haberme dado a conocer. Oí que Hugo llamaba con toda la fuerza de su voz y luego a mi padre que preguntaba:
—¿Dónde estás, Enrique? ¿Estás bien ?
Me pareció increíble que no comprendiera que me encontraba bien, estando en el Hotel Waldorf. Traté de imaginármelo junto al teléfono, en la biblioteca.
— ¿Cómo está mamá ? ¿Cómo está María ?
—Oye, escúchame. Toma el tren de la medianoche—decía mi padre.
 —No puedo—contesté—. Tengo que comprarme alguna ropa. Mañana iré.
No te preocupes por la ropa—gritaba—. ¡Toma el tren!
No puedo—volví .acontestar—. Tengo que hacer algunas cosas.
Si le hubiera explicado que necesitaba algún tiempo para mí, que estaba tratando de atar cabos, no me hubiera entendido. Cuando terminó la conferencia, me acordé de Guillermo Ming, antiguo amigo de colegio que trabajaba en un periódico de Nueva York cuando se alistó en el Ejército. Sí, tenía que ver a Guillermo, si estaba de vuelta. Contestó personalmente al teléfono. Su voz era cortante, impaciente.
—Guillermo, soy Enrique. —¡Vamos! Ya es hora de que estés de vuelta. ¿Dónde estás?
Le pedí que viniese a pasar la noche en el lecho contiguo. Le dije que necesitaba hablarle de muchas cosas, y vino.
Cuando llegó y lo vi tan parecido a las gentes con quienes me había cruzado en la calle, tan brillante y próspero, dudé un momento si acertaríamos a reanudar el hilo de nuestra antigua intimidad. Hubo un instante de reserva. Pero en seguida me cercioré de que se alegraba de verme.
—Pero, chico, ¿qué haces ahí sentado, la primera noche de tu regreso? Vámonos a correr la ciudad.
—Es raro, Guillermo, pero todavía no tengo la menor gana de ver nada.
Pareció comprender lo que yo sentía. Sentóse, encendió un cigarrillo. Un minuto después éramos los de antes.
—Apostaría—dijo—que has adquirido una porción de malas costumbres. Anda, cuéntame como habéis ganado la guerra.
—No, no hablemos de eso.
—Bueno, como tú quieras. Es curioso ver el efecto que produce en algunos el regreso. Ya te recobrarás en un par de semanas.
—Eso espero. ¿Sabes, Guillermo, que no tengo gana de volver a casa?
—Algo extraordinario ha tenido que ocurrirte; pero, si no quieres volver a casa, ¿por qué has de hacerlo?
—¿Y qué otro recurso me queda?
—¡Hombre, no me hagas reír! Puedes encontrar un empleo. Yo te encontraré mañana uno, aquí en Nueva York.
Estuve considerando la cosa unos instantes. Evidentemente, era muy sencilla para él, pero no para mí.
— ¿ Dónde puedes encontrarme uno ?le pregunté.
—Donde yo trabajo. En el negocio de publicidad. Veré a Bullard. Tengo influencia con Bullard.
—¡Pero, si yo no sé nada de eso!—repliqué.
—Mira, Enrique, tampoco hay allí nadie que sepa nada. Lee esto. Sacó la cartera y de ella un recorte de periódico que me alargó. Decía:
Preferimos que nunca haya escrito publicidad el hombre que buscamos; pero es necesario que haya recibido instrucción en un buen colegio y que tenga una personalidad seria y agradable, combinada con cierto sentido del gusto y de la forma. Ofrecemos una verdadera oportunidad al hombre que reúna tales condiciones.
—Bullard mismo me lo hizo escribir—continuó Guillermo—. Tú lo harás tan bien como cualquiera otro. ¿Lo quieres o no?
Un año antes, aquello me hubiera parecido imposible.
 —Muy bien—dije a la postre—. Voy a probar. Pero tiene que consistir en algo el que yo no quiera volver a casa.
—Procura actuar de acuerdo con la época—contestó Guillermo—. Esta guerra ha enseñado a mucha gente que no vale la pena de vivir si no se puede hacer lo que uno quiere. ¿Cómo vas alograr que los muchachos vuelvan a cavar la tierra .después de haber visto a París ?
—Pero yo no tenía que cavar. Yo lo tenía todo.
Guillermo señaló la ventana con la mano.
Escúchame, Enrique. No sabes lo que pasa ahí fuera. Conflictos de trabajo, malestar económico. Nadie sabe lo que va a ocurrir, pero puedes estar absolutamente seguro de una cosa. —Hizo una pausa, me señaló con el dedo y prosiguió—. Tú has venido al mundo dentro de un pequeño sector superfluo que está condenado a desaparecer. Dices que lo has tenido todo. Mira, muchacho; hoy en día todo eso es agua de borrajas.
Me molestaba pero continuó sin que pudiera atajarlo.
—Míralo de este modo. Tú y tu pequeña pandilla habéis sido como abejas de una colmena; lo hacíais todo por instinto, sin preocuparon un ápice por el esto del mundo.
—Pues a ti bien te gustaba nuestra colmena— interrumpí.
—¡Claro está que me gustaba! Era una colmena linda y cómoda pero van a ahumarla. Me gustan tu padre, tu madre y las demás abejas, pero vais a tener que largaros, Enrique.
—Hablemos de otra cosa, Guillermo.
Algo Básico
CUANDo a la mañana siguiente me encontraba a medio camino del gran edificio comercial, cercano a la calle Cuarenta y dos, me hubiera seguramente vuelto atrás sin el temor de dejar en situación poco airosa a Guillermo, que me había arreglado una entrevista con su jefe. Yo continuaba vestido de uniforme.
El ascensor me dejó en una gran antesala con una magnífica alfombra persa y unas cuantas sillas de cuero rojo. Tras la muchacha, sentada a una mesa de estilo, cubría el muro una biblioteca de libros ricamente encuadernados y había una chimenea con encendidos carbones artificiales. En el remate de la biblioteca, una placa de bronce rezaba «Biblioteca de Referencia, J. T. Bullard Inc.» Hasta que reparé en la chica de la mesa casi había olvidado lo bonitas que son las norteamericanas. Ella me miró, sonriente.
—Sí, el señor King me ha advertido de su visita. Voy a llamarle—respondió a mi pregunta, y alcanzó el teléfono.
—Hola, Enrique—dijo Guillermo, apareciendo por una puerta lateral—. ¿Mirando los libros? En realidad, había estado mirando a la muchacha, pensando en decirle algo oportuno y alegre. Me hubiera gustado ser como Guillermo que siempre tenía una frase a punto.
Me hizo atravesar una gran habitación, llena de mesas y máquinas de escribir, hasta llegar a una partición al fondo.
—Ahora, por lo que más quieras, sé natural. Bullard te está esperando—me dijo.
El señor Bullard estaba sentado a una mesa de estilo italiano. Cuando entramos, echó hacia atrás su silla y se levantó. Tenía un aire de profesor a punto de pronunciar una conferencia, pero parecía más próspero. Su traje gris de saco cruzado era de corte impecable.
—Alcance una silla para el señor Pulham, Guillermo—dijo—. ¿Quiere usted un cigarrillo, señor Pulham?
—No, señor, muchas gracias—repuse. —No quiere decir eso—interrumpió Guillermo—. Fumará con mucho gusto un cigarrillo.
El señor Bullard abrió una caja de plata que había encima de la mesa-.

lunes, 27 de febrero de 2017

MALVINA- 092-093

MALVINA
NOVELA ORIGINAL DE JOHN P. MARQUAND
Resumen de H. M. PULHAM, ESQUIREMALVINA-
Selecciones del Reader´s Digest
Enero de 1942 
Guillermo se sentó al borde de su mesa con las manos en los bolsillos. Parecía haberme olvidado por completo.
—¿Qué es lo que hace ?—pregunté.
 —¿Quién?—me contestó.
—La señorita Myles.
—Redacción para mujeres. Estudió en la Universidad de Chicago. Espera un minuto. Tengo que dictar un memorándum—. Y salió, corriendo, del despacho.
Siempre había pensado que la instrucción universitaria era perjudicial para las muchachas. La señorita Myles, como todo lo demás de la oficina, me ponía nervioso. Eché una ojeada al dibujo de una chica a medio vestir que se miraba las medias y me puse a leer lo que mi nueva amiga había escrito debajo.
Una sacudida y un estregón. Es el sisternaCoza. Haga esa prueba de dos minutos esta misma noche. Lave un par de medias con un jabón cualquiera en copos; luego deje caer en un recipiente con agua clara y tibia una pulgarada de Coza. Observe la nevada blancura disolverse en espumosas burbujas.
Todo aquello parecía barato, insignificante. No pude seguir leyendo porque Guillermo volvió con una tira de papel en la mano.
— «Asunto del Reloj Mercurio », leyó en alta voz. «El reloj es una fábrica que regula la más preciosa de las mercancías... el Tiempo. Sugerid que ese pensamiento puede ampliarse con una ilustración de las fábricas y del reloj Mercurio como fondo. Titular. Una pequeña rueda enjoyada hace funcionar ocho millones de dólares de maquinaria ».
Abrió el armarito metálico verde y sacó el sombrero.
— ¿Vas a continuar leyendo eso? —No, vámonos.
—Muy bien. Vámonos ya. Voy a acompañarte al tren.
Ya en la Quinta Avenida, Guillermo me tomó del brazo.
Guillermo—le dije—. Creo que no voy a servir para ese negocio.
—No te preocupes—me contestó—. Descansa en mí. Yo te ayudaré a descubrirte a ti mismo.
Sentí que me invadía una gratitud tan profunda como repentina.
—No sé como darte las, gracias, Guillermo. ¿Estás seguro de que no voy a estorbarte demasiado?
—No, por todos los demonios, no, Enrique. Recuerda que el lunes has de estar de vuelta. No dejes que la familia tuerza tu voluntad.
Ove, Guillermo. ¿Qué es Coza? 
—Jabón, sencillamente jabón—contestó él.
 
CUANDO ENTRÉ, EN CASA, las primeras palabras de mi madre fueron: ¡Hijo, qué delgado estás y qué uniforme tan sucio llevas!
Recuerdo que mi padre estaba como avergonzado. me miraba con curiosidad  mezclada de respeto, cual si yo fuese unextraño. Parecía muy interesado en saber si había tomado parte en algún combate..No acerté a comprender qué importancia podía tener para él semejante cosa hasta que vi a otros padres contando anécdotas de sus hijos. Mis padres parecían mas viejos y más pequeños, pero mi hermana María se había hecho una mujer... alta, morena Y muy bonita.
—Enrique — me preguntó ella —, ¿has matado algún alemán ?
—Sí. A propósito, me han dado la Medalla Militar.
No había acabado de decirlo y ya me sentía como avergonzado, pero continué, por complacerles. Subí al piso superior, tomé de entre mis efectos medalla y citación y se las di a mi madre.
—Tened en cuenta que, en realidad, esto no significa nada extraordinario—dije. Pero había comenzado y no me quedaba otro remedio que seguir—. Dadme un papel y un lápiz. Voy a contaros como fué. Nosotros estábamos aquí... —Sentía un íntimo rubor.
Si no es por la medalla creo que no hubiera vuelto a Nueva York, ni a ver a Malvina Myles. 
 Me gano las estrellas
DURANT mis primeras semanas de empleado en la Agencia J. T. Bullard, estuve como sumido en una niebla mental. Mi espíritu no alcanzaba a ver cosa alguna en las proporciones justas y a Guillermo le faltaba tiempo para venir en mi auxilio porque estaba en conferencia casi constante sobre la campaña publicitaria de los productos Coza, que consistían en los Copos Coza para lavar la ropa y en una serie de jabones de tocador. Guillermo y el señor Kaufman se ocupaban a la sazón en dotar a uno de estos jabones de cualidades que lo hicieran especialmente atractivo para caballeros.
—No hay ninguna razón para que entiendas todo esto—me dijo mi amigo—. Andando el tiempo, sentirás cualquier día que te baña el torrente deslumbrador de la revelación. Ahora, vas a dedicar tu esfuerzo a esta tarea—continuó—. Aquí tienes un informe que abarca las salas de aseo de todos los hoteles y clubes masculinos de cinco ciudades iniportantes; los tipos de jabón que usan, líquido, en polvo o en pastillas, y las marcas que prefieren. Tú tienes que hacer, en esta gran hoja, la tabla estadistica del conjunto. De modo que, siéntate ahí y empieza. Emprendí cuidadoso y diligente aquella labor oficinesca y me fuí interesando en las salas de aseo de hoteles y clubes y en los tipos de jaboneras anexas a lavabos y baños. Al cabo de dos semanas el interés se hizo obsesión y mi cabeza rezumaba datos estadísticos sobre el jabón que preferían íos esforzados cazadores del Norte frío y los viajantes dicharacheros del soleado Sur.
Todas las mañanas me ponía a mi trabajo estadístico junto a la mesa de Malvina. Apenas pasábamos de cambiar un cortés saludo. Pero allá en el mes de mayo, como tres semanas después de mi llegada a Nueva York, un día me enviaron a hacer gestiones callejeras en su compañía. Acababa de colgar mi sombrero cuando Guillermo me llamó.
—Kaufman quiere verte—me dijo—. Desde que me lo habían presentado, casi no había tenido ocasión de echar una mirada al señor Kaufman. Y otro tanto me ocurría con el señor Bullard.
¿Es que va a ponerme de patitas en la calle, Guillermo?
—Sólo quiere verte. Haz como si tuvieses mucha prisa.
Sentado, tras su mesa vacía y reluciente, el señor Kaufman discutía con un artista. Malvina escuchaba desde una silla cercana a la pared. En la mesa frontera a la del señor Kaufman habían colocado un dibujo a pluma que representaba a un joven envuelto en un gran abrigo de pieles y portador de unos gemelos de campaña y de la bandera de un équipo atlético. Al entrar yo, el señor Kaufman miraba ceñudamente el dibujo, y el artista clavaba sus ojos recelosos en el señor Kaufman.
—No sé qué es lo que tiene, señor Elsmere,—decía el señor Kaufman—
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miércoles, 8 de marzo de 2017

MALVINA-Cuando os ama la muchacha que amáis

    MALVINA
NOVELA ORIGINAL DE JOHN P. MARQUAND
Resumen de H. M. PULHAM, ESQUIREMALVINA-
Selecciones del Reader´s Digest
Enero de 1942

Cuando os ama la muchacha que amáis
VOLVí A LÁ OFICINA de Bullard ellunes a las nueve de la mañana. Tanpronto oí el ruido de las máquinas deescribir y vi trabajando a todo el mundo,el recuerdo de mi fin de semana en North Harbor se desvaneció como unmal sueño, cuando uno se despierta del todo. Las mesas de Guillermo y de Malvina aun estaban vacías; yo que había esperado encontrarla a ella, me di cuenta de la gran falta que me hacía verla. Al fin apareció.
—Hola, Malvina—saludé.
—Oh, hola—. Ambos nos reímos—. Bueno, ya está aquí...
—Sí. Así parece.
—Y no ha venido nada diferente. He estado pensando que parecería diferente. ¿Lo ha pasado bien?
No sé por qué todo el mundo seguía haciéndome la misma pregunta.
—¿Dónde está Guillermo?—dije.
—Lo han mandado a Chicago. No se preocupe por Guillermo. Tenemos que ver a Kaufman a las nueve y cuarto. ¿Qué le hicieron en casa?,
—    ¿Quién ?
—Todos. El mayordomo y todos los demás. ¿Deshizo las maletas? ¿Dijo algo? —No. ¿Por qué ?
—Ah, no dijo nada. Pudo haber dicho que yo había hecho muy bien su maleta.
—No le importe.
—Me importa. Alguna vez tendré un mayordomo y quiero conocer sus obligaciones. ¿Me ha echado de menos, Enrique ?
—Sí—contesté.
—Muy bien. Ahora vamos a ver a Kaufman y recuerde que los lunes por la mañana siempre está de mal humor. Hágase con lápices y unas hojas de papel.
—Malvina—inicié— tengo algo que decirle. 
—Pues dígamelo pronto—contestó. Estaba inclinada sobre, su mesa, recogiendo unos lápices y papeles, y todo parecía absolutamente natural y sencillo. Por una vez en la vida yo lo sabía todo. Era como si tuviera ante mí un programa de exámenes y supiera las respuestas a todas las preguntas. Era como dar el golpe a la bola de golf en el punto preciso,
Malviva...—empecé.
—¿Qué le ocurre?—me preguntó—. ¿Es el calor?
—Sí, aquí hace mucho calor, pero en North Harbor hacían falta mantas. Es extraño. Nada ocurre en la vida como uno espera...
—¿Qué está diciendo ?—interrumpió Malvina.
—No sé—repuse—Malvina, te quiero.
Se volvió rápida y al principio creí que estaba enojada porque arrugó la frente.
—Vaya—dijo—, ¿qué le ha hecho. pensar semejante cosa ?
—No lo sé, Malvina. Pero al verte ahora he sentido necesidad de decírtelo.
—Mira, querido...—comenzó a decir y se detuvo un instante—. Bueno, está muy, bien. También yo te quiero, pero en este momento nos sirve de bien poca cosa. Ven. Kaufman nos espera.
Trabajamos con Kaufman toda aquella mañana y toda aquella tarde, pasando revista a infinitos croquis que Kaufman iba rasgando y tirando al cesto de los papeles mientras le corría por la cara un sudor copioso.
—La idea básica es muy buena—acabó diciendo Kaufman—pero la dificultad estriba en que carece de sexo.
—¿Sexo?—repetí interrogante. —Sexo—insistió Kaufman dando una palmada en la mesa—. No se puede hacer una campaña anunciadora de un jabón sin atracción sexual. Usted capta mi idea, señorita Myles, ¿no es así?
—Sí—contestó Malvina—. Sé muy bien lo que quiere usted decir. —Muy bien. Para eso están ustedes aquí. He estado'observando a mi esposa en relación con el jabón. Es algo íntimo. Malvina me lanzó una ojeada a travésdel cuarto y miró después por la ventana. Era la primera vez que yo oía hablar de la señora de Kaufman y se me antojaba que no podía amar a semejante hombre. Si me casara alguna vez, yo no mezclaría el nombre de mi mujer en una conversación sobre jabones. Si me casara algún día... Era la primera vez que se me ocurría este pensamiento. Si yo amaba a Malvina y Malvina me amaba a mí, deberíamos casarnos.
—Exquisitez—oí decir a Malvina¿es lo que quiere usted decir?
Exquisitez—repitió Kaufman—. Ahora estamos llegando a algo. Esperen un minuto. Voy a ver si el señor Bullard no está en conferencia.
Kaufman salió de la habitación, apresurado. Malvina y yo nos quedamos solos durante unos instantes.
—Malvina, tal vez no he entendido bien cuando has dicho...
—Por supuesto entendiste muy bien. Pero aquí viene Kaufman. ¿No es esto terrible ?
—Bueno—dijo Kaufman—. Vámonos a ver al señor Bullard.
El señor Bullard estaba sentado a su mesa. Tenía apiñadas las puntas de los dedos.
—Señorita Myles—dijo—sé que ha hallado usted una palabra. Deseo oírsela a usted misma. No quiero que el señor Kaufman la estropee.
—¿Qué quiere usted decir con eso? —preguntó Kaufman.
, —Mire, Gualterio—contestó BullardYa sabe lo que ocurrió con aquel aceite de lubrificar. A veces, destroza usted las palabras.
—Vamos, J. T., ¿no puede dejarse de tonierías? No está hablando con un cliente. Estamos tratando de producir un buen original—dijo Kaufman.
—Bien, Gualterio, bien—repuso Bu-

lunes, 27 de febrero de 2017

MALVINA- 94-95

MALVINA
NOVELA ORIGINAL DE JOHN P. MARQUAND
Resumen de H. M. PULHAM, ESQUIREMALVINA-
Selecciones del Reader´s Digest
Enero de 1942
Creo, sencillamente que no expresa la idea. En primer término, no se ven los pespuntes ni los botones.
Al señor Elsmere pareció molestarle la observación.
¿Me permite usted preguntarle—inquirió—, si ha podido usted ver en su vida los pespuntes de un abrigo a semejante distancia?
—¿Qué me importa la distancia?—arguyó el señor Kaulman—. Yo no le pago a usted por la distancia.
Al decir esto se fijó en mí y me hizo partícipe de su irritación.
—¿Qué quiere usted?—, gruñó.
—Me han dicho que me ha mandado usted llamar, señor Kaufman—, repuse.
—Ah, sí. Usted es Pulham, ¿no?. Bien. Siéntese ahí, junto a la señorita Myles. No, no se siente usted ahí. Venga aquí y mire ese dibujo. He aquí una impresión completamente nueva, señor Elsmere. ¿Qué se le ocurre al mirar ese dibujo, Pulham?
—No sé, señor, no sé lo que quiere usted decir—le contesté.
El señor Kaufman aporreó la mesa con el puño, al tiempo que barbotaba:
—¡Ahí lo tiene usted! ¡Esto lo contesta todo! Ve el dibujo de usted, el dibujo por el cual me cobra usted mil dólares, y no sabe lo que quiere decir.
El señor Elsmere enrojeció hasta la cúspide de la calva y me miró.
—Tal vez sea hombre de escasas luces,—murmuró.
Kaufman apuntó con el dedo a Elsmere, como si fuese a disparar.
—¿Ha pensado usted un solo minuto que el término medio de persona que ve el dibujo va a ser inteligente? ¡Por Dio Santo, señor Elsmere, no nos pongamos a hacer el intelectual! Vuelva a mirar ese dibujo, Pulham, ¿Qué es lo que má llama su atención, el hombre o el abrigo
Los dos parecían pendientes de mi respuesta.
—El hombre—, repliqué.
—Eso es—comentó el señor Kaufman—. Esto lo resuelve todo. El hombre ahoga al abrigo. Señor Elsmere, tiene usted que poner más alma en ese dibujo. Pinte usted una muchacha junto a ese mozo. Hágale que mire al abrigo. Haga que el viento vuelva su faldón para que se vean los forros. Quítele esa bandera de la mano. Hágale meter la mano en el amplio bolsillo. Súbale el magnífico cuello alrededor de las orejas. Haga que nieve. Es el abrigo lo que interesa, no el hombre. La chica querría que Dios le diera ese abrigo. Se adivina envuelta en el lujoso forro afelpado. Si quiere usted hacer negocios con nosotros, señor Elsmere, tendrá que devanarse los sesos. Ahora, lléveselo.
El señor Kaufnian se volvió hacia mí, adustamente.
Ahora, alcance una silla. Señorita Myles, usted ya ha entendido lo que quiero: una serie rápida de impresiones; algo cálido, humano; algo que pueda leerse en alta voz. Explíqueselo al señor Pulham. Así sabré si ha captado usted la idea.
El señor Kaufman cruzó las manos. La muchacha se volvió hacia mí, me miró y dijo:
—Se trata de la campaña sobre los Copos Cota. El señor Kaufinan cree que debe usted acompañarme.
—Eso influirá para hacerles hablar—, dijo el señor Kaufman—. Veamos ahora, señorita: ¿qué hará usted al llegar a una casa ?
—Empezaré por llamar... —comenzó Malvina.
—Y apenas abran la puerta, el señor Pulham colocará la maleta de manera que sea difícil volverla a cerrar—interrumpió el señor Kaufman—. Ahora, señorita, explíqueme cómo va a abordar la cuestión.
—Pues, verá usted. Diré, sencillamente: «Buenos días. No venimos a venderle nada. Le agradeceríamos nos concediese unos momento-, para hablar de su problema de lavar la ropa. Tenemos un nuevo jabón, insuperable. Deseamos darle una muestra para que lo ensaye ».
—Y en ese preciso momento—, volvió a Interrumpir el señor Kaufman—usted, Pulham, saca del bolsillo una caja de muestra y se la da a la señora de la casa. Continúe usted,señorita Myles.
Entonces, le pregunto: «¿tendría usted inconveniente en darme alguna pieza sucia para que yo la lave?» ¿Convendrá que haga eso, señor Kaufman?
—Será un gran experimento para usted. ¿Tiene el cuestionarlo, verdad?
—Sí.
—Bien, Procure hacerlo todo de una manera suelta, divertida, chistosa. Pero esté ojo avizor para sorprender cómo reacciona el consumidor. ¿Sigue usted mi razonamiento, Pullham?
Usted quiere que vayamos llamando a las puertas y pidamos que nos permitan lavar alguna ropa sucia, ¿no es eso?—respondí.
Ya se lo he explicado todo—intervino Malvina—.Vámonos ahora mismo.
—Procure conseguir veinticinco impresiones—dijo el señor Kaufman—y escriba el informe esta noche. Yo estaré aquí trabajando sobre artículos de calzado.
—Muy bien,—contestó la muchacha y, volviéndose a mí, añadió—: Hágase cargo de la maleta. Nos encontraremos en el ascensor.
Una vez en la calle, me dió la impresión de estar enfadada.
—Vamos—me dijo—vamos.

Echamos a andar hacia el tren subterráneo. Caminaba de prisa, mirando hacia adelante, el mentón en quilla y la espalda enhiesta.
—¡De modo que he de preguntar por la cosa más percudida que tengan en la casa para lavarla!—iba diciendo.

—¿Adónde vamos?—le   pregunté.
—Usted y yo vamos al barrio del Bronx. No vamos a hacer otra cosa que darle gusto al señor Kaufman. Él ha creído que yo no iba a querer hacer esto, pero lo voy a hacer estupendamente.
— ¿Quiere decir que vamos a las casas de vecindad para lavar ropa sucia?
—Me asombra la pregunta—replicó, volviendo a mirarme—. ¿Sabe usted o no sabe usted por qué viene conmigo?
—No—le dije—. Todo esto me parece extravagante.
—Perfectamente. Viene usted para vigilar lo que hago. Él piensa que yo podría salir del paso inventándolo todo.
Cuando salimos del tren subterráneo, nos encaminamos al deslustrado vestíbulo de una casa de vecindad de ladrillo amarillento y miramos la fila de timbres orlados con los nombres de los inquilinos.
—Cualquiera sirve—dijo Malvina—. Vamos a ensayar con la señora Frenkel—, añadió fijándose en uno de los nombres.
Tocó el timbre. La puerta, movida por un contacto eléctrico interior, se abrió dándonos acceso al principal pasillo interior, cuya atmósfera era una densa mezcla de olores confinados. Al fondo vi una mujer gorda, de oscura cabellera y vestida con una vieja bata de franela, que atisbaba desde su puerta.
—Buenos días—dijo Malvina—. Celebraría no causarle molestias.
—¿Qué quieren ustedes?—preguntó la mujer—l\Ii marido no está.
—No se inquiete, señora Frenkel-

miércoles, 1 de febrero de 2017

EL JURAMENTO- 1036

 EL JURAMENTO DE DOS HEROES
JULIAN CASTELLANOS
ESPAÑA
1889 
Su esposa, desesperada por el infortunio de Torri- 
giano, consignó ante el familiar y los alguaciles que 
era judaizante. 
¿Cómo quieres que yo trate de arrancarlos del pa- 
tíbulo? 
Conseguiría tal vez la ruina de D. Juan, pero no la 
salvación de sus víctimas. 
Aparte de esto, debes recapacitar que Manrique 
está emparentado con la nobleza de Sevilla. 
¿Sabes lo que conseguiría con tu consejo? 
Tal vez que me declarasen impostor y sufriera ios 
tormentos más horribles en una mazmorra inquisi- 
torial. 
— ¿De modo que no hay remedio para ellos? 
Garcés movió la cabeza negativamente. 
— Creo que no pueden esperar más que en el am- 
paro de Dios. 
Esther quedó pensativa. 
Luego prosiguió: 
— Ahora voy á hacerte una súplica, aunque creo 
que no es necesaria. 
DE DOS HÉBOBS. 1033 
— ¿Qué deseas? 
— He tenido estas noticias por el viejo Samuel, que 
inconscientemente pronunció tu nombre en presen- 
cia de mi padre. 
— ¿Luego tu padre sabe que estoy complicado en 
la perdición del artista? 
— Sí. 
Garcés se mordió los labios. 
— Se lo han dicho, pero no ha dado crédito á estas 
palabras. 
Deseo sin embargo que nada le digas. 
El no te ama como yo, y esto pudiera ser una tra- 
ba para nuestras relaciones. 
— No lo creas, si accedes á lo que voy á proponer- 
te, no lo será. 
¿Cuándo piensa salir de Sevilla el viejo Jacob? 
— Pasado mañana, como esta tarde te dije. 
— Perfectamente. 
— ¿Tú vendrás con nosotros? 
— No — respondió el paje con firmeza. 
Esther clavó sus negros ojos en el joven. 
— Ha llegado el momento crítico de hablar con 
franqueza y de que me demuestres tu cariño, añadió 
Garcés. 
— ¿Acaso no has recibido de él suficientes pruebas? 
— Necesito una más. 
Como comprendes, tu padre es hombre de expe- 
riencia, y ha de informarse si son ciertas las sospe- 
chas que hoy recaen sobre mí. 
Nada más fácil que convencerse de la verdad, su- 
puesto que ese hidalgo tiene á gala narrar su aven- 
tura. 
Una vez que haya adquirido la certidumbre de 
que contribuí más ó menos directamente á la dela- 
ción de Torrigiano, no consentirá en nuestra boda. 
—¿Y qué piensas hacer para contrarrestar esta des- 
gracia? 
— Deseo quedarme en Sevilla. 
—¿Y yo? 
—Tú permanecerás á mi lado. 
— Garcés, eso sería decretar la muerte de mis pa- 
dres. 
— No lo creas. 
— Y tal vez la mía. 
— ¿Por qué? 
—Porque no ignoras los peligros que aquí me ro- 
dean. 
—Esos peligros desaparecerán desde el momento 
en que cambies tu característico traje de hebrea. 
Cuento además con las influencias de D. Juan. 
— No, eso no puede ser. 
No quiero ser el verdugo de mis padres. 
 —En ese caso, parte con ellos. 
— ¡Ingrato!— respondió la joven entre sollozos; — tú 
ya no me amas, de otro modo no me tratarías con 
tanta crueldad.
 —Te propongo los medios de no separarnos, y no 
los aceptas. 
—¿Cómo aceptarlos, si en ellos va envuelta la 
muerte de aquellos á quienes debola vida? 
Rídeme el mayor de los sacrificios, pero no me 
exijas que sea ingrata con esos infelices ancianos que 
me dieron el ser. 
— ¿No me exiges tú que por seguirte vaya á sufrir 
los desprecios y las vejaciones de una familia que ha 
de echarme en cara mis crímenes? 
Esther lanzó un prolongado suspiro. 
No sabía qué partido tomar. 
Fluctuaba entre sus deberes y su amor. 
Vio, sin embargo, en su imaginación el rostro ma- 
cilento del viejo Jacob, y desasiéndose de los brazos- 
del paje: 
— Nunca, nunca — le dijo; — prefiero morir deses- 
perada. 
— ¿De modo que has formado la firme resolución 
de partir? 
— Sí, yo no sería dichosa pensando en su desgracia. 
— Sea como quieras —respondió el paje. 
Y poniéndose en pie embozóse en su capa, y se 
caló la gorra disponiéndose á salir de la estancia. 
— ¡Ingrato! ¡Ingrato! — exclamaba la hebrea, sin- 
tiendo que las lágrimas la ahogaban. 
Y cayó desvanecida. 
Garcés la contempló. 
— ¡Cuánto me ama! — se dijo: — me cuesta trabajo 
no acceder á sus pretensiones, pero esto sería la base 
de mi ruina. 
Ellos no conseguirán sus propósitos. 
De seguro que los sorprenden en el camino y no 
realizarán su fuga. 
1036 EL JURAMENTO DE DOS HÉROES. 
Entonces, pobres de ellos, y desgraciado de mí si 
los acompañase. 
 Torquemada es un hombre inflexible, y no me 
bastarían las influencias que interpusiese D. Juan. 
Si Esther me ama, ella variará de resolución. 
Y el paje, después de dirigir á la joven una com- 
pasiva mirada, salió de la estancia. 

viernes, 10 de febrero de 2017

EL JURAMENTO- La Niña, La Niña, la Pinta y la Santa María

 EL JURAMENTO DE DOS HEROES JULIAN CASTELLANOS ESPAÑA 1889 CAPITULO XXVIII. Una averia. Transcurrieron algunos días. La tripulación de las carabelas, á medida que se alejaban del país natal, advertía que la desconfianza aumentaba en sus corazones. Sólo el Almirante, los hermanos Pinzón y Garcés conservaban su inalterable sangre fría. Tampoco dudaba D. Diego Enríquez de las supo- siciones de Colón al creer en la existencia de un nuevo mundo, pero sí que aquellos desconfiados ma- rineros sufriesen resignadamente tan larga travesía. Pocos días debieran faltar para que los buques descubriesen las islas Canarias. Gómez Rascón y Cristóbal Quintero disponíanse á poner en práctica su estratagema. Una mañana advirtió Garcés en el horizonte al- ft gunas pequeñas nubes rojas. Hernando las contemplaba con mirada siniestra. — ¿Qué ocurre? — preguntó el paje. — Ocurre — respondióle el interpelado — que no han 272 EL JURAMENTO de pasar muchas horas sin que el huracán azote nuestras velas con sus poderosas alas. — Bien, casi estoy por decirte que lo celebro, em- pezaba á cansarme de la monotonía del mar. — Claro se advierte que no has presenciado nin- guna borrasca, de otro modo no dirías eso. — ¡Quién sabe! He sabido vencer obstáculos que se oponían á mi paso, y éstos eran tan poderosos como puedan serlo las ondas irritadas. — Mira, mira al almirante cómo dirige su anteojo hacia aquel punto del horizonte. Con efecto, empezaban á advertirse á largos inter- valos algunas rachas huracanadas procedentes del Norte. Colón cambió algunas palabras con el piloto Ruiz y luego dio ordenes para que se tomasen algunos ri- zos en las velas. Las nubéculas rojas fueron adquiriendo un color ceniciento, y se aproximaban extendiéndose por la inmensidad. El mar, que momentos antes se hallaba tranquilo, agitó su seno, y las ondas se precipitaron sobre las carabelas como titanes. Al estrellarse contra aquellos diques flotantes arrojaban montañas de hirviente es- puma. Un momento después casi todas las velas estaban amainadas. El viento gemía en las jarcias. El movimiento de las naves era horrible. DE DOS HÉROES. 273 Ilumináronse los palos por el fuego de Santelmo, lo que el lego Fabricio consideró como un aviso de Dios, y oyóse el eco del trueno repercutido por aque- llas vastas soledades. Los marineros trepaban por las cuerdas y los mástiles con esa agilidad propia de su profesión, que sólo es comparable á la que tienen los cuadrumanos. El cielo, completamente cubierto por densos nuba- rrones, abríase á cortos intervalos y brillaba el rayo^ esa firma con que Dios rubricó la gran obra del uni- verso, como dice uno de nuestros poetas contem- poráneos. Todos los marineros estaban sombríos. No hay valor que no se sienta avasallado en pre- sencia de la Naturaleza irritada. La Santa María, que era la que bogaba delante, alzábase á veces hasta las nubes, hundíase otras en los profundos remolinos de agua. Crujía su quilla, estremecíase la obra muerta, pero siempre lograba vencer los obstáculos, gracias á los rápidos movimientos que imprimía al timón su go-. bernante el impávido piloto Sancho Ruiz. La Pinta habíase separado á una buena distancia. No era posible evitarlo. Cada capitán procuraba cuidarse de su buque y no de caminar juntos. Verdad es que tanto Martín Alonso como su her- mano Vicente Yañez, sabían el punto adonde ha- bían de dirigirse, y encontrarse por lo tanto cuando se restableciese la calma.  Nada tan imponente como la tempestad en las lí- quidas regiones de un mar tan indómito como el Océano. Es el titán que pugna por romper su dilatada cárcel. El monstro que, no satisfecho de las vastas exten- siones que ocupa, parece estar codicioso de la tierra. Hasta el mismo |Garcés sentíase impresionado en presencia de aquel espectáculo, que tenía una gran- diosidad incomparable. De pronto los tripulantes de la Santa María pali- decieron. La carabela Pinta hacía inequívocas señales recla- mando socorro. Habíase desencajado y roto su timón. ¿Fué este accidente debido á la fuerza del tem- poral? ¿Lo habrían preparado sus propietarios Gómez y Quintero? Esto quedó envuelto en el más profundo misterio. Nunca se supo el origen de aquella importante ro- tura. Soplaba en aquellos instantes el viento de un modo tan poderoso, que era completamente imposible acer- carse á la Pinta, Colón comprendió que exponía su carabela á cho- car con la que mandaba el capitán Alonso. En cuanto á la Niña, además de estos peligros que igualmente la hubiesen amagado, hallábase á una distancia considerable. DE DOS HÉROES. 275 Decidióse pues el genovés á hacer señas á la nave para que el capitán hiciera esfuerzos y reparase pro- visionalmente la rotura. No era necesario este consejo; pues Martín Alonso, que era un bravo marino, apresuróse á asegurar con cuerdas el timón. Sus esfuerzos fueron inútiles al principio, pero con tanta fe trabajaba la gente, que consiguieron su objeto. por fortuna el huracán fué cesando gradualmente y la mar quedóse tranquila.
 

miércoles, 25 de enero de 2017

EL JURAMENTO DE DOS HEROES- 991

 EL JURAMENTO DE DOS HEROES JULIAN CASTELLANOS ÉSPAÑA 1889 Indescriptible fué la sorpresa que experimentó la veneciana al encontrarse en presencia de Manrique. Apeló á los recursos de la energía y de la súplica para que saliese de allí, pero todos sus esfuerzos fue- ron vanos. Don Juan, fiel á sus palabra, le dijo que disponía- se á llamar con objeto de ver al artista, pero que ha- biendo sentido rumor de pasos esperó. — Mi alegría no tuvo límites, cuando vi que era el paje Garcés. Aunque éste no había podido contemplar mi ros- tro por la dolencia que le afligía, conocióme por el el acento, y cuando supe que vuestro esposo no se ha- 990 EL JURAMENTO liaba en la casa, me apresuré á entrar para haceros mi última súplica. — Vuestra insistencia es inútil. Sois un miserable y jamás cederé á las torpes pro- posiciones que osáis hacerme. — Tened en cuenta que estamos solos, y que sois una débil mujer. — Antes consentiría arrancarme la existencia. — ¿Pero tanto le amáis? — Con toda mi alma. Salid pues, yo os lo ruego. Torrigiario no puede tardar en volver. ¿Qué diría si os encontrase aquí? Tal vez imaginase que le era perjura. — María, no me marcho. Ya comprenderéis que vengo decidido á que con- cluyan vuestros desdenes. —¡Pero si no es posible! Partid, partid, os lo suplico. Y la veneciana tomó la lámpara que ardía sobre la mesa, indicándole la salida. — Os repito que todo es inútil. — ¡Ah! ¿luego sois tan villano que queréis mi per- dición y tal vez la vuestra? — No, yo nada temo. — Parece imposible que os atreváis á blasonar de noble. — Compadeced al que os ama. — No, lo que sentís no merece ese sagrado nom- bre. DE DOS HÉROES. 991 No confundáis el amor que respeta y purifica, con los bastardos deseos del vicio. Por última vez os ruego que salgáis de mi casa. Don Juan, por toda respuesta, se aproximó á la veneciana. Esta retrocedió. Los ojos del hidalgo centelleaban por el deseo. En aquel instante llegó á sus oídos el crujido de varias espadas al chocarse. Manrique se estremeció. María, sospechando que á su esposo le ocurriese alguna desgracia, cayó desplomada sobre el pavi- mento. El joven le dirigió una mirada codiciosa, pero comprendiendo que no era ocasión ni de auxiliarla, abrió rápidamente la vidriera de la ventana y des- cendió por ella ai jardín. El choque que producían los aceros había cesado. Manrique asióse á la tapia, y escalando por los desconchados de ella logró encontrarse en la calle. Esta se hallaba desierta. No sabiendo qué partido tomar ni darse una ex- plicación de lo que había pasado, aventuróse por una de las callejas vecinas. — Don Juan, le dijo Garcés, que permanecía oculto entre las sombras de la noche. — ¿Qué ocurre, muchacho? — Estaba inquieto por vos. Afortunadamente veo que habéis podido huir. — ¿Y mi escudero? 992 EL JURAMENTO DE DOS HÉROES. — Vuestro escudero ha recibido una herida en la diestra, é ignoro por dónde habrá apelado á la fuga. — Dime, dime cuanto ha ocurrido. El paje manifestó al hidalgo la conveniencia de que dejasen aquellos lugares, temiendo que la ronda hubiese advertido la refriega. Un instante después ambos entraban en una hos- tería. CAPITULO CI La estatua rota. Un tanto serenado Garcés de las emociones que acababa de experimentar durante la lucha, se dispu- so á referir á D. Juan cuanto había ocurrido. — Fiel á lo que me mandasteis — comenzó — me in- corporé al escudero, á quien no tuve necesidad de manifestar vuestros propósitos, supuesto que ya se los habíais comunicado. Apenas había trascurrido un cuarto de hora cuando apareció en la calleja un encubierto. Le examiné y comprendí que era el escultor. Entonces vuestro escudero y yo desnudamos las espadas y Torrigiano hizo lo propio, pidiendo con acento varonil que le dejáramos el paso libre. Excuso deciros que nos hallábamos dispuestos á lo contrario.  Entonces el artista, que se conoce que maneja el acero tan bien como los cinceles, cayó sobre nosotros como un rayo. Del primer cintarazo desarmó á vuestro escudero 994 EL JURAMENTO infiriéndole una herida en la diestra, como os he di- cho. Luego arremetió conmigo, y os confieso ingenua- mente que si no apelo á la fuga á estas horas sería cadáver. Ese hombre es una fiera. Bien se advierte que antes de consagrarse á una existencia tranquila ha andado á cintarazos en su país con todo el que lo reclamaba. — Afortunadamente, cuando él haya entrado ya estaba yo fuera del hogar. — Pero eso no os excluye de graves digustos. — ¿Por qué? — ¿Imagináis que María no le referirá cuanto ha ocurrido? — Creo que no. Conoce el carácter impetuoso de Torrigiano, y no querrá proporcionarle compromisos que de seguro había de tener tratándose de mí. Dejemos por ahora á D. Juan y al paje, y veamos lo que había ocurrido en la casa de Torrigiano. Este, apenas consiguió ahuyentar á Garcés y al escudero del hidalgo, abriéndose paso hasta su casa, subió rápidamente las escaleras , temiendo que la ronda le sorprendiese, lo que hubiera sido muy gra- ve en las críticas circunstancias por que atravesaba la ciudad. Inmediatamente llamó á la puerta. Nadie le respondió. Palidecieron las mejillas de Torrigiano al advertir DE DOS HÉROES 995 aquel silencio, y ya se disponía á apelar á la ayuda del escaso vecindario, cuando recordó que no era di- fícil penetrar por la ventana que caía sobre el jardín de los hebreos. En seguida puso en práctica su plan.   Un secreto presentimiento agobiaba su alma. El artista saltó la tapia, y aferrándose al marco de madera que guarnecía la ventana hizo una flexión y penetró en su casa. Un ronco gemido se escapó de su pecho al ver á su esposa tendida en el pavimento. Acercóse á ella creyéndola herida ó muerta y la sentó sobre sus rodillas. Después de un detenido examen comprendió que la joven estaba desmayada. Torrigiano no podía explicarse los motivos que habían producido aquel letargo. No dejaba de sorprenderle que coincidiese con el extraño suceso que le acababa de ocurrir en la calle. Pocos momentos después la veneciana recuperó el sentido, y desasiéndose bruscamente de los brazos de su esposo, exclamó: — Salid, D. Juan, yo os lo mando. — ¿Qué dices, esposa mía? — preguntó el escultor. La joven conoció su acento, y arrojándose á su cuello prorrumpió en sollozos. — Habla, dime lo que te ocurre. — Ni aun ese recurso me deja la desgracia. — ¿Qué dices? «¿Desde cuándo tienes secretos para mí? 996 EL JURAMENTO — Desde que te amo. No me preguntes, Pedro mío, lo que me aflige. — Pues yo te exijo que me indiques las causas de tu sentimiento. La veneciana comprendió que de seguir callando no sólo se exponía al enojo de Torrigiano, sino que tampoco podría impedir las oportunas asechanzas de D. Juan. Decidióse, por lo tanto, á decirle la verdad, como había pensado hacerlo en otras ocasiones.

jueves, 9 de febrero de 2017

EL JURAMENTO 2-102

 EL JURAMENTO 
DE DOS HEROES
JULIAN CASTELLANOS
ESPAÑ
1889
Horrible fué la lucha. 
Gonzalo vibraba su lanza en todas direcciones. 
Mas de un muslim mordió el polvo por su destreza. 
Sin embargo, todos sus esfuerzos fueron inútiles. 
En sustitución de cada adversario derrotado, pre- 
sentábase un nuevo grupo que parecía surgir de la 
tierra. 
Fatigado el noble cordobés, rota su lanza contra 
los arneses enemigos y dispersos ó muertos casi to- 
dos sus soldados, vióse en la triste necesidad de ape- 
lar á la fuga. 
DE DOS HÓROES. 95 
Entonces, confiando en el poder y ligereza de su 
potro, corrió las espuelas, lo animó con el acento, é 
inclinándose sobre las crines para evitar los golpes 
que trataban de asestarle, partió con la rapidez del 
rayo cuando desciende á la tierra desde las nubes. 
Varios sarracenos lanzáronse en su persecución, 
resueltos á darle alcance. 
Las sombras de la noche, el choque de las armas 
y los selváticos gritos de los abencerrajes, hicieron 
que el negro corcel de Gonzalo se desbocase. 
Ya no era el impetuoso jinete que huía, sino el re- 
molino del viento, la centella asoladora, la flecha 
que se escapa del arco. 
Fugitivo y perseguidores, más que corrían volaban. 
El caballo del paladín con las crines esparcidas, la 
nariz dilatada y cubierta la boca de torrentes de es- 
puma, lanzaba espantosos resoplidos, arrancando 
las chispas de los pedernales, ó levantando nubes de 
polvo al pasar sobre la movible arena. 
Una gran ventaja había conseguido sobre la pe- 
queña falange que le perseguía, cuando á su caballo 
le faltó terreno, cayendo en una acequia. 
El cordobés se consideró perdido. 
El pobre animal recibió graves lesiones que le in- 
capacitaban para levantarse. 
El peso del casco y la armadura impedían al pa- 
ladín hacer la menor tentativa de evasión. 
Sin embargo. Dios, que siempre es justo y bueno, 
no quiso que Gonzalo de Córdoba muriese á manos 
de sus perseguidores. 
Oíanse muy próximos los feroces gritos de los 
muslimes, y preparábase el paladín á vender cara su 
existencia, cuando advirtió que la puerta del cercano 
castillo se abría pausadamente. 
Una mujer vestida de blanco, que más parecía un 
hada misteriosa de las que nos describen las leyendas, 
que una criatura humana, apareció en el dintel. 
Sus cabellos rubios como el oro hallábanse espar- 
cidos por su espalda. 
Sus ojos eran azules como el cielo. 
Aquella mujer, ó mejor dicho, aquel ángel, hizo 
una seña al cordobés para que se aproximase. 
Este obedeció. 
Entonces la joven le atrajo dulcemente hacia ella, 
y obligándole á entrar en el castillo cerró la puerta. 
Ya era tiempo de hacerlo así. 
No habían transcurrido dos minutos cuando los 
jinetes sarracenos ayudaron con la rienda á sus cor- 
celes para que saltasen la acequia. 
Dos de ellos que encontraron tendido al potro que 
montaba el paladín, se detuvieron. 
Tras un detenido examen de aquellos sitios, com- 
prendieron que Gonzalo de Córdoba se había ocul- 
tado en el castillo, y después de una breve vacilación 
decidiéronse á llamar. 
El paladín cordobés quería abrir y habérselas con 
ellos, pero la joven le detuvo. 
Al llamamiento presentóse en el zaguán tm robus- 
to moro que, á pesar de hallarse encanecido, descu- 
bríase en sus facciones el valor y la energía. 
DE DOS HÉROES. 97 
Al ver á Gonzalo con la joven hizo ademán de 
desnudar su cimitarra, pero ésta le contuvo dicién- 
dole: 
— No le infiráis el menor daño; este mancebo me 
salvó en una ocasión de la deshonra, y quizás de la 
muerte. 
Es el valeroso Gonzalo de Córdoba. 
Al oir esto Gonzalo clavó sus ojos en la joven. 
Ésta, como habrán comprendido nuestros lectores, 
era Zoraya, el Lucero de la mañana como la llamaba 
Muley-Hacén. 
 El musulmán que acudió al llamamiento de los 
abencerrajes, no era otro que su tío Abul-Cazín Ve- 
negas, que habíase retirado á vivir con su sobrina y 
don Pedro de Solís, su hermano, después de las des- 
gracias del Zagal. 
El caballero dirigió á la jovenuna mirada de agra- 
decimiento. 
— Ahora — dijo ésta— venid conmigo, mientras rni 
tío se encarga de disuadir á los que llaman, para que 
no crean que habéis entrado aquí. 
Gonzalo siguió á Zoraya. 
Entonces el antiguo vazzir abrió la puerta de par 
en par. 
— ¿Qué queréis? — preguntó á los dos muslimes, 
clavando en ellos sus rasgados ojos negros, que con- 
servaban el fuego de la juventud. 
— Buscamos á Gonzalo de Córdoba, al alcaide 
de los Donceles, que ha debido ampararse en tu 
casa. 
 98 EL JURAMENTO DB DOS HÉROBS. 
— Os engañáis; en mi castillo no se amparan los 
cristianos. 
— Entonces, ¿dónde se halla? 
— Aunque no sois dignos de que os preste mi ayu- 
da, pues sabéis que pertenezco á la hueste del Zagal, 
á quien tan ignominiosamente negasteis la entrada 
en la corte mora, voy á ayudaros á buscar á ese pa- 
ladín. 
Y esto dicho, salió del castillo cerrando tras sí la 
puerta. 
De este modo consiguió Venegas alejar á los obs- 
tinados sarracenos. 
 CAPITULO XII. 
Donde se ve la alegría con que fue recibido Gonzalo de Cordova
en el campamento cristiano.
Gonzalo de Córdoba siguió á Zoraya. 
Esta cruzó una larga galería, penetrando después 
en una estancia adornada con todo ese espléndido 
lujo de los árabes. 
Ricos pebeteros esparcían deliciosos aromas com- 
pitiendo con los de las flores más delicadas. 
Zoraya sentóse en un diván é invitó al cordobés 
para que hiciese lo propio. 
Este obedeció. 
AI ver la hermosura de la hija de Solís aumentada 
por el sello melancólico que sus facciones habían 
adquirido desde la muerte de Mulcy, dudó si todo lo 
que le sucedía era real, ó si se hallaba bajo la fan- 
tástica influencia de un sueño. 
— Gracias, Zoraya — dijo al ñn. 
— Es en vano que me las deis, yo no he hecho más 
que devolveros un servicio que en otro tiempo me 
prestasteis. 
loo EL JURAMENTO 
— Pero no es posible que me hubieseis conocido» 
Confesad que vuestros instintos generosos os han 
impulsado á esta obra. 
— Con efecto, no os había conocido. 
¿Pero cómo queréis que no sea humana y caritati- 
va con aquellos que profesan las propias ideas que 
me inculcaron desde la cuna? 
Como cordobés, debéis mejor que ninguno estar 
enterado de que pasé mi infancia y mi juventud en 
la sierra que limita la antigua corte de los califas. 
— Con efecto, Zoraya. 
¿Y ahora qué hacéis? 
— Desde que murió mi esposo, permanezco en 
estos alijares, que tienen para mí gratos recuerdos. 
En este castillo pasé los primeros días de mi 
amor. 
Y la joven inclinó la cabeza como si se sintiese 
agobiada por sus recuerdos. 
— ¿No habéis vuelto á ver al infame que os con- 
dujo al castillo en vez de llevaros á Mondújar? 
— No, afortunadamente no he vuelto á verle. 
Vivo muy retirada. 
Llegan hasta aquí los fragores del combate, pera 
ignoro sus resultados. 
— ¿Qué me importa? 
Lo que yo amaba ha desaparecido para siempre 
de la tierra. 
Mi padre, que el pobre se encuentra muy achaco- 
so, y mi tío Abul, que me profesa un atecto paternal, 
son los únicos á quienes amo. 
DE DOS HÉROES. 101 
Ya comprenderéis que la sultana Aixa ha sido 
conmigo demasiado cruel para que me preocupe áu 
situación. 
Mi único deseo es que el hermano de Muley acep- 
te nuestros consejos, supuesto que tan mal se han 
portado con él los granadinos. 
— ¿Y qué le aconsejáis? 
— Que se presente á los reyes de Castilla y le per- 
mitan considerarse dueño de esta fortaleza, donde vi- 
viremos todos tranquilos sin otras aspiraciones. 
¡Ah Zoraya! Poco he de poder si no consigo de los 
monarcas lo que solicitáis. 
Ellos me aprecian. 
Particularmente la reina me ha dado mil pruebas 
de estimación, y estoy dispuesto á suplicarle que ac- 
ceda á lo que deseáis. 
— Gracias, Gonzalo, Dios os premiará vuestra bue- 
na obra. 
— ¿Acaso no es acreedora á este beneficio la mu- 
jer, ó mejor dicho, el ángel que me ha salvado? 
— No hablemos más de este asunto, ya os he dicho 
que no he hecho más que devolveros el favor que 
hace algunos años me prestasteis. 
Y á propósito de aquella época, ¿qué ha sido de
 vuestro amigo? 
— ¿Hernán Pérez del Pulgar? 
— Sí, he oído referir sus proezas. 
— Pues mi amigo, respondió Gonzalo con orgullo, 
cada día aumenta una nueva hoja á su corona de 
guerrero. 
102 EL JURAMENTO 
Hace poco que entró al asalto en Salobreña, donde 
se había fortificado Boabdil con sus abencerrajes. 
No satisfecho con este alarde de valor, llegó pocos 
días después á los muros de la mezquita mayor de 
Granada, en cuyas puertas dejó clavado su puñal con 
un sagrado lema. 
— ;Eso fué una temeridad! — exclamó la hermosa 
hija de D. Pedro Solís. 
— No os lo niego pero Hernán Pérez quería de- 
mostrar á los valerosos caudillos sarracenos, que si 
hay entre ellos quien se atreve á clavar su lanza en 
el pabellón de la reina cristiana, hay entre nosotros 
quien se determine á llegar á sus mezquitas clavan- 
do en ellas el testimonio de nuestra fe. 
En aquel momento empezaron á advertirse en 
los vidrios de la ojiva los primeros albores de la au- 
rora. 
Gonzalo dirigió una mirada á la verde campiña. 
Divisábase á lo lejos Granada, esa perla de Anda- 
lucía. 
Zoraya lanzó un prolongado suspiro. 
Tal vez evocaba dulces recuerdos que no habían 
de brillar más que á su imaginación. 
Los pájaros levantaron su vuelo. 
Oíanse en el monte los cantos de las aves y en la 
ciudad las agudas notas del gallo, que saludaba al sol 
sacudiendo su roja escarapela. 
Gonzalo se puso en pie. 
— ¿Os vais? preguntó la joven. 
— Sí, ya es de día. 
DB DOS HÉROES. 103 
A estas horas no puedo abrigar el más pequeño 
recelo. 
Zoraya acompañó hasta la puerta al paladín, dando 
orden á un esclavo para que ensillase el mejor corcel 
de los que poseían. 
Agradecióle Gonzalo este favor, pues hubiese te- 
nido necesidad de desembarazarse de su pesada ar- 
madura. 
El joven estrechó entre sus manos las de Zoraya, 
y montando en el bruto emprendió el camino hacia 
el campamento cristiano después de repetirle las gra- 
cias. 

miércoles, 8 de febrero de 2017

EL JURAMENTO 2-66

 EL JURAMENTO DE DOS HEROERS JULIAN CASTELLANOS Y VELASCO TOMO SEGUNDO MADRID ESTABLECIMIENTO TIPOGRAFICO DE ALVAREZ HERMANOS ESPAÑA 1889   Apenas penetraron en la angosta vereda, cayó so- bre ellos un diluvio de piedras y saetas, mientras los cañones vomitaban desde el castillo sus enormes pro- yectiles de roca y de hierro. Los castellanos no retrocedían sin embargo, y ca- minaban impávidos hacia las alturas que ocupaban las huestes sarracenas. Llegó un momento en que los enemigos se jun- taron. ntonces el combate fué espantoso. Los hombres luchaban cuerpo á cuerpo y brazo á brazo. Tan rudas eran las embestidas de la hueste del marqués de Cádiz, que los sarracenos, á pesar de sus buenos propósitos, se vieron en la necesidad de ampararse en el castillo. Entonces empezaron á funcionar las gruesas lom- bardas de los cristianos, que consiguieron abrir una brecha en uno de los muros del arrabal. Arrojáronse á ella algunos valerosos caudillos, pe- ro con tan desgraciada suerte, que no sólo fueron rechazados, sino que saliendo tras ellos una pequeña 62 EL JURAMENTO taifa de montañeses, dieron fin con sus vidas, dego- llándolos sin piedad. Otros cuantos cristianos, que se decidieron á asal- tar uno de los torreones, fueron víctimas por la ex- plosión de una mina que con este objeto había pre- parado el astuto Zegrí. El rey y el marqués de Cádiz comprendieron que no se habían equivocado al suponer que Málaga había de ofrecerles grandes dificultades para su ren- dición. Las tropas cristianas empezaban á desalentarse, y hubo algunos soldados que se pasaron al ejército del islamismo. A este estado llegaban las cosas y ya pensaba el monarca en desistir de aquella conquista, cuando vieron que unos cuantos jinetes se aproximaban. Los recién venidos pertenecían á la más elevada nobleza de Córdoba, y habíanse quedado junto á la reina en el campamento de Modín. Supieron todos con sorpresa y satisfacción, que doña Isabel, abandonando aquellos tranquilos para- jes, llegaría dentro de algunos momentos al teatro de la guerra. Con efecto, una hora después estrechaba la mano de su esposo y saludaba á los valientes paladines que se hallaban junto á los muros de Málaga. — ¡Viva la reina! — exclamaron los soldados al des- cubrirla. Colón fué indudablemente uno de los que más ce- lebró la llegada de la noble señora. DE DOS HÉROES. 63 Desde luego pensó hablarle de su asunto si se conseguía la victoria. La presencia de la magnánima señora hizo que volviese el brío á aquellos corazones, angustiados por las dificultades que ofrecía el asalto. Mientras esto acontecía en el campamento de los cristianos, un santón, lleno de entusiasmo por la bravura con que se había obstinado Hamet en no aceptar la capitulación que le ofrecían, comprome- tióse seriamente, no sólo á decidir la victoria en fa- vor de los moros, sino á terminar la guerra. Los fanáticos aplaudieron sus propósitos, no te- niendo inconveniente en asociarse á su idea. Salieron tras él unos cuatrocientos muslimes en dirección al campo enemigo. Una de las numerosas avanzadas del marqués de Cádiz hizo la señal de alarma, é inmediatamente pusiéronse todos sobre las armas. La noche había tendido sobre la tierra sus negros crespones. Gonzalo de Córdoba y y su hueste se encargaron de contener á los acometedores. De tal manera lo hicieron, que les obligaron á apelar á la fuga. Sin embargo detuviéronse en presencia del santón, que permanecía arrodillado junto á una roca, con las manos cruzadas y los ojos fijos en el cielo. —¿Qué haces ahí, perro?— le preguntó Gonzalo. 04 EL JURAMENTO Respondióle el moro que acababa de tener revela- ciones de Alá, y que antes de morir deseaba hablar un momento con los augustos monarcas cristianos. El caudillo cordobés, cuya imaginación ardiente y fantástica no dejaba de ser un tanto supersticiosa, dio órdenes á sus tropas para que le respetaran la vida, y le condujo al campamento. Grande fué la sorpresa de todos al ver al joven en compañía de aquel anciano, cuyas barbas sucias y desgreñadas le llegaban hasta la cintura. Gonzalo refirió al marqués de Cádiz lo que le ha- bía impulsado á respetar la existencia del muslim. Este dirigió una mirada á su alrededor, llamando desde luego su atención una de las tiendas más lu- josas donde doña Beatriz de Bobadilla jugaba á las damas con D. Alvaro de Portugal, hijo del duque de Braganza, que estaba emparentado con los reyes de Castilla. El santón creyó que aquel ilustre caballero era el rey y que doña Beatriz era la reina. Como si el juego le inspirase curiosidad, se fué aproximando poco á poco, y sacando de repente un puñal, infirió á D. Alvaro una herida en la ca- beza. Doña Beatriz de Bobadilla lanzó un grito, que fué ahogado por el terror que le produjo verse también acometida por el sarraceno.   Afortunadamente los bordados de su traje impi- dieron que el puñal del asesino la hiriera. Su muerte hubiese sido segura á no acudir á la exclamación de la dama varios nobles, que arrebata- ron la existencia de aquel miserable. Al siguiente día emprendióse nuevamente el asalto. El Zegrí no dejaba de comprender que la resisten- cia se hacía muy difícil. Los vívers iban escaseando, hasta el punto que las madres se veían obligadas á mantener á sus tier- nos hijos con hojas de parra y aceite.   Sin embargo, aun persistía Hamet en no rendirse. Sabedor el Zagal, que vagaba á la ventura, de la triste situación en que se encontraban los malague- ños, acudió en su auxilo, pero con tan mala fortuna, que su hueste fué destrozada por las tropas de Boab- dil, que no perdonaban medio de desprestigiarle, sin comprender que de este modo iba á pasos agiganta- dos hacia su propia ruina. Hamet, no pudiendo soportar las reclamaciones de sus vasallos, que llegaban al extremo de caerse muer- tos de hambre por las calles, vióse obligado á refu- giarse en el castillo de la Alcazaba. Entonces las huestes cristianas penetraron en aque- lla ciudad que parecía inexpugnable, pero que tuvo que ceder al valor de sus escaladores. Los reyes no quisieron penetrar en Málaga hasta que se hubiese bendecido la mezquita principal, donde se cantó un Te-Deum en loor de la victoria obtenida. — Ha llegado el momento oportuno de tratar de 66 BL JURAMBNTO DB DOS HBROBS. vuestro asunto — dijo el cardenal Mendoza al ge- noves. — Con efecto — respondió Colón; — no puede encon- trarse un día más propicio. El ánimo de los reyes debe hallarse satisfecho. Han conquistado una de las plazas más fuertes del territorio del islamismo. Mendoza y Colón quedaron conformes en que aquella noche hablarían á doña Isabel del asunto que tanto les preocupaba.

jueves, 9 de febrero de 2017

EL JURAMENTO 2-105

 EL JURAMENTO DE DOS HEROES
JULIAN CASTELLANOS
ESPAÑA
1889 
Grande era la tristeza que se había esparcido en 
el ejército de Castilla, suponiendo que el más bra- 
vo de los caudillos había muerto en la pasada con- 
tienda. 
Así es que cuando le vieron llegar, todos prorrum- 
pieron en exclamaciones de alegría. 
— No era posible que yo sucumbiese — exclamó — 
aun es necesario mi brazo para pelear en favor de la 
causa que representan mis magnánimos reyes. 
Doña Isabel y D. Fernando manifestaron al joven 
su deseo de que aquella noche los visitase en su tien- 
da para referirles cuanto les hubiese acontecido. 
Gonzalo se consideró muy honrado con aquella 
invitación. 
Hernán Pérez del Pulgar abrazó á su compañero' 
hasta el punto de hacer crujir el arnés que llevaba. 
— ¡Hombres como nosotros — exclamó — no mueren 
aunque se empeñen todos los muslimes de la tierra! 
104 EL JURAMENTO 
— De otro modo, ¿cómo se comprenderían tus he- 
roicidades? 
— ¿Y eres tú quien las celebra? 
¿Acaso las tuyas no valen por lo menos tanto como 
las mías? 
Ambos amigos cambiaron otro estrecho abrazo. 
— Y á propósito — dijo Gonzalo — ¿á que no adivi- 
nas á quién he visto y me ha hablado de ti? 
— No es fácil. 
— ¿Te acuerdas de la joven que salvamos de las 
asechanzas del renegado Meneses, cuando nos diri- 
gíamos á Alhama en busca de las tropas del marqués 
de Cádiz? 
— ¿Que resultó ser la esposa de Muley-Hacén? 
— La misma. 
— ¿No he de acordarme? 
— Pues es la joven que me ha salvado. 
— Mira si es conveniente practicar el bien. 
¡Quién había de decirnos entonces...! 
— La infeliz está desesperada con la muerte del 
emir. 
Yo la he hecho una promesa, á la que espero que 
me ayudes. 
— ¿Cuál? 
— Su tío el Zagal desea rendir vasallaje á los reyes 
de Castilla. 
— Ciertamente que no han de negárselo nuestros 
augustos monarcas. 
—Es uno de los asuntos que esta noche he de tra- 
tar cuando me halle en la tienda de la reina. 
E DOS HÉROES. 105 
— No dudes que ha de servirles de satisfacción que 
un guerrero tan esforzado se acoja á la sombra de 
nuestros estandartes. 
— ¿Lo hará por despecho de la conducta que con 
é\ han observado los suyos? 
— El fin es el mismo. 
¿Y qué pretende? 
— Tan sólo permanecer en su castillo junto á Zo- 
raya y Abul-Cazín. 
— Bien limitadas son sus aspiraciones. 
No creo que te ofrezca dificultades conseguirlo. 
— Es que yo deseo más. 
— ¿Qué solicitas? 
— Solicito que le concedan una de las posesiones 
conquistadas. 
— Si alguno lo logra has de ser tú. 
Bien sabes que eres el caudillo á quien más distin- 
guen nuestros soberanos. - 
— ¿Supongo que esta noche asistirás á la regia 
tienda? 
— ¿Cómo no? 
Quiero conocer tus aventuras hasta en sus meno- 
res detalles. 
Pocos momentos después Gonzalo y Pulgar se se- 
pararon. 
El marqués de Cádiz estrechó también entre sus 
manos las del primero. 
— ¿Os habéis convencido de que muchas veces no 
basta el valor? 
Si hubieseis tomado anoche mis consejos, los in- 
felices no hubieran muerto, ni nosotros hubiésemos, 
estado con tanta inquietud, haciendo tristes interpre- 
taciones sobre vuestra tardanza. 
— Qué queréis, marqués, soy tan avaro de la san- 
gre musulmana, pue por mucha que se vierta siem- 
pre me parece poca. 
— Es necesario, sin embargo, que reprimáis vues- 
tros ímpetus — dijo el anciano. 
Gonzalo se sonrió. 
En los próximos capítulos verán nuestros lectores 
cuan pronto se olvidó el cordobés de sus prudentes, 
consejos. 


jueves, 9 de febrero de 2017

EL JURAMENTO 2-94

 EL JURAMENTO DE DOS HEROES JULIAN CASTELLANOS ESPAÑA 1889 Moro hubo que, haciendo inaudito alarde de valor y de buen jinete, salió de Granada, y cruzando las- filas del ejército adversario, clavó su lanza junto á la tienda de la reina, sin que le hirieran los dardos nr el plomo de sus enemigos; pero cansado Hernán Pé- rez de estas demostraciones que acusaban un cora- zón mejor templado que el acero, dirigióse una no- che favorecido por las sombras á los muros de la ciudad, y asaltándolos con unos cuantos valientes^ llegó hasta la mezquita mayor, en una de cuyas puer- tas dejó clavado un pergamino con su puñal, en eí que se leía escrito con gruesos caracteres la siguiente enseña: ¡Ave María! Algunos caudillos sarracenos medíanse con los ca- balleros cristianos en lucha personal, pero la verdad es que todavía no se habían roto las hostilidades de- finitivamente. Sólo algunos exaltados lanzábanse fuera de los muros, no pudiendo tolerar la proximidad de sus enemigos en la vega, ó éstos decidíanse á acercarse para ver las risueñas perspectivas de aquella ciu- dad de jardines, cuyas flores embalsamaban el am- biente. La reina, que había oído ponderar sus encantos, sintió deseos de apreciarlos por sí misma, y los ma- nifestó al marqués de Cádiz. Este apresuróse á complacerla, pues si bien no ig- noraba que el deseo de la noble señora podía dar origen á que las hostilidades se rompiesen de un modo franco, no era esto lo que menos deseaba. Púsose en movimiento una parte del ejército para acompañarla á la Zubia, pueblo que se hallaba si- tuado sobre una colina. Los abencerrajes ya no pudieron contener por más tiempo el rencor que devoraba sus corazones, y sa- lieron de la ciudad con algunas pequeñas piezas de artillería. Sus disparos fueron certeros, ocasionando algunas bajas en los cristianos. Entonces el marqués de Cádiz, no pudiendo con- tener su indignación, lanzóse al valle seguido de los suyos y de la valerosa hueste de Gonzalo de Cór- doba. Por pronto que quisieron huir los muslimes, las armas cristianas se cebaron en ellos, y quedaron en aquellos verdes valles multitud de cadáveres. Los que pudieron escapar acogiéronse nuevamente en Granada. Entonces el de Cádiz dio orden á las tropas para volver al campamento, pero Gonzalo de Córdoba se aproximó y le dijo: — Tengo que pediros un señalado favor. — ¿Qué puedo negarle al más bravo de mis capi- tanes? TOMO 11 12 90 EL JWRAMENTO DB DOS HÉROES. — Esta noche volverán esos perros á este sitio con objeto de recoger los cadáveres de sus compañeros y darles sepultura. — Seguramente. — Deseo quedarme en emboscada para completar su derrota. — Gonzalo, no seáis loco, ¿No os halláis satisfecho con la victoria obtenida? — Esas cosas no satisfacen nunca hasta el punto de llenar el alma. — Sea como queráis, pero... — No temáis por mí. — ¿Y si los enemigos os superan en número? — Poco importa si no exceden en valor. El marqués estrechó la mano del joven paladín, y transcurrido un instante volvióse hacia el campamen- to, adonde los reyes habían regresado. CAPITULO XI. Favor con favor se paga. Dos horas después ocultábase el sol tras los eleva- dos picos de la sierra. Después de una breve lucha de la luz y la sombra combinadas en un misterioso crepúsculo, extendió la noche sus negras alas. Nad tan imponente como su fatídico capuz. Los árboles perdieron sus contornos semejando misteriosos espectros, y las montañas, ennegrecidas fpor las sombras, parecían gigantes que amenazaban al mundo con sus empinadas crestas. A la tibia claridad de algunas estrellas que se aso- maron en las nubes, descubríanse en la llanura los cadáveres de los moros. No tardaron en cernerse sobre ellos las negras aves de rapiña, mientras oíase en la serranía el estridente aullido dú lobo que venteaba el olor de la carne muerta. En lo más recóndito del bosque permanecía Gon- 92 BL JURAMENTO zalo de Córdoba y un centenar de sus valerosos sol- dados. El paladín había cubierto la cabeza de su corcel pa- ra que no relinchara al descubrir los caballos de los enemigos. Extrañas ideas pasaban por su mente en medio de aquellas pavorosas soledades, y ya empezaba á arre- pentirse de no haber seguido los prudentes consejos- del marqués de Cádiz. Confiaba, sin embargo, en su valor y en los efectos de la sorpresa que preparaba á los sarracenos. Cien veces peor hubiese sido dirigirse al campa- mento á semejantes horas, pues entonces lo probable era que tropezaran con la hueste enemiga, que nece- sariamente tenía que dirigirse á los alrededores de la Zubia por la vasta extensión de la vega. Gonzalo calóse la visera de su casco, preparó su lanza y, acariciando las crines de su bruto cordobés decidióse á aguardar á sus adversarios. El más pequeño rumor hacíales presentir la lle- gada de éstos. Verdad es que durante el silencio de la noche toda tomó proporciones gigantescas. La más ligera proyección adquiere la figura de un espectro, el tenue rumor que produce en el aire el ala de un insecto, parécenos el de un águila. Es la hora de los trasgos y los vestiglos, en que recordamos esas misteriosas consejas con que nues- tras madres entretenían nuestras infantiles imagina- ciones.- DB DOS HÉROES. 93 Sin embargo, de pronto llegaron á sus oídos ecos que no podían confundirse. Eran ocasionados por la proximidad de la hueste muslímica. El ruido de los cascos, el crujido de los arneses y el eco de las voces que llegaban confusamente hasta el bosque, les anunciaron que el momento de obrar era llegado. En un castillo que se hallaba próximo brilló una luz, y á través de la celosía de la ojiva dibujóse el vago contorno de una mujer. Acosada indudablemente por la curiosidad, había querido ver desde su mansión la hueste sarrace- na que iba en busca de los cadáveres de sus her- manos. Gonzalo de Córdoba la contempló un instante, aunque el espeso enrejado y la distancia le impedían apreciar las facciones de la joven. Muchos debían ser los que se aproximaban, á juz- gar por el ruido que hacían. Un momento después pudieron convencerse de que no se engañaron en esta apreciación.   Aparecieron unos cien jinetes que semejaban otros tantos fantasmas, dando pábulo á este efecto los blancos alquiceles que flotaban al viento. Todos dirigieron sus siniestras miradas hacia los cadáveres que se hallaban sobre la verde extensión de los valles. Estos parecían un ejército dormido que iba á le- vantarse á la llegada de aquellos caritativos abence- 94 BL JURAMENTO rrajes que, aventurándose entre las sombras, trata- ban de darles honrosa sepultura. Gonzalo de Córdoba, aunque comprendía la su- perioridad del número de sus enemigos, no vaciló en acometerlos. Era demasiado pundonoroso para no preferir la muerte á la mofa que de él harían sus compañeros cuando supieran que había estado muy próximo á los moros sin atacarlos. Aseguróse en la silla, aflojó las riendas, y clavando las espuelas en los ijares del corcel, salió al llano se- guido de los suyos. Confiaba, como ya hemos dicho, en sorprender á sus enemigos, pero esto no se verificó. Don Beltrán de Meneses, que acaudillaba á aquella hueste mora, sospechando que los cristianos pudie- ran haberle preparado una emboscada, dispuso que una parte de su fuerza quedase como de reserva para acudir en su socorro en caso necesario. Horrible fué la lucha.
 

viernes, 3 de febrero de 2017

EL JURAMENTO- 1050

 EL JURAMENTO DE DOS HEROES JULIAN CASTELLANOS ESPAÑA  1889 — Ahora es necesario que cambies tu traje por el de cualquiera de las criadas de Samuel. De otro modo nos comprometeríamos ambos. Esther salió de la habitación caminando sobre la punta de los pies, con objeto de hacer el menor rui- do posible. Entró en la estancia de la joven que había sido portadora de la carta dirigida al paje, y tomó su ves- tido, que ésta había colocado junto á su lecho. DE DOS HÉROES. 1043 Pocos momentos después, Esther se hallaba dis- puesta para la fuga. La hebrea habíase convertido en una hija del pue- blo de Sevilla. Garcés, al verla le dirigió una cariñosa sonrisa. — Vamos, no se puede perder un solo minuto. — Todavía es muy temprano. — Ten en cuenta que necesito arreglar muchas co- sas antes del amanecer. Tu padre sabe que estoy hospedado en la hostería, y es seguro que vaya á buscarnos. — ¡Ah, santo Dios, me moriría de vergüenza si volviese á verle! — No le verás. Por el pronto te llevaré allí, pero antes de dos horas te habré instalado en donde seguramente no ha de encontrarte. La hebrea salió de la estancia con paso temblo- roso. Al pasar por delante de la habitación en que sus padres dormían, se detuvo, pero Garcés, rodeando su talle dulcemente, la obligó á seguir. El astuto gavilán había vencido á la casta palo- ma. CAPITULO CVI. Remordimientos Esther, apoyada en el brazo de su amante, dejá- base conducir por las desiertas calles de Sevilla. Este detúvose delante de la hostería, y penetró después de decir á la joven que le aguardase un mo- mento. Su objeto era que el hostelero abriese la pequeña puerta que conducía al patio, evitando de este modo que la hebrea pasase por el establecimiento, donde algunos trasnochadores jugaban ó bebían. Esta operación fué realizada inmediatamente. Garcés pagaba su hospedaje con largueza, y ei dueño de la hostería imaginábase que el antiguo pa- je de D. Beltrán de Meneses era algún príncipe dis- frazado, ó por lo menos un magnate perteneciente á la más altiva nobleza. Esther penetró en la hostería, sin que ninguno de los parroquianos pudiese advertirlo. Cuando estuvo instalada en la habitación de Gar- cés, éste le dijo. 1046 EL JURAMENTO — Ahora es preciso que yo te deje sola un mo- mento. — ¿Adonde vas? — Ya te he dicho que no conviene que permanez- cas aquí. Tu padre no se determinará á salir de su casa, porque esa imprudencia pudiera costarle muy cara; pero es seguro que me envíe al viejo Samuel. Yo no me negaré. Mi deseo es que comprenda lo inútiles que serán sus esfuerzos, y mi resolución de que no te hallen. De esta manera, tus padres partirán á África. — ¿Y dónde piensas ocultarme? — Ya lo sabrás. El paje cambió un beso con su amada y salió de la habitación. Antes de abandonar la hostería, quiso recomendar al dueño del establecimiento que negara en absoluto que ninguna mujer hubiese entrado allí. De este modo evitaba cualquier eventualidad, aun- que no era probable á semejantes horas que los he- breos hubiesen advertido la ausencia de su hija. Garcés se aventuró por las oscuras callejas de la ciudad, encaminándose al palacio de D. Juan Man- rique. En el zaguán esperaban, como de costumbre, algu- nos criados. — ¿Ha venido vuestro amo? — preguntó el paje, — No, señor. — En ese caso le aguardaré. DE DOS HÉROES. 1047 Y el joven se sentó en uno de los bancos del za- guán. Media hora después, el sobrino del arzobispo en- traba por las puertas de su palacio. Garcés se aproximó. — ¿Qué te trae por aquí á semejantes horas? — Deseo hablaros reservadamente. — Pasemos, pues, á mi estancia. Uno de los criados alumbró con su linterna para que su señor y el paje se orientasen por la magnífica escalera que conducía á la planta principal del edi- ficio. Don Juan quitóse la capa y, desciñéndose la tizona, sentóse en un sillón brindando á su joven amigo pa- ra que le imitase. — Puedes decirme lo que quieras. Ya sabes que estoy dispuesto á corresponder á los servicios que me has prestado. — No pensaba recordaros semejante cosa, pero ya que vos los evocáis, quiero pediros un favor que no ha de originaros muchas molestias. — Dilo, pues. — Noches pasadas, hablando vos con algunos ami- gos , les referisteis la singular aventura de Pedro Torrigiano. — Es verdad. — Precisamente uno de los jóvenes que se halla- ban allí era conocido del viejo Samuel, hebreo que en apariencia abjuró de sus doctrinas, aunque en el fondo de su alma respeta las exigencias de su rito. 1048 EL JURAMENTO Lo cierto es, que el padre de Esther ha sabido que yo había cooperado á la denuncia, lo cual ha hecho que me profese la más acendrada de las antipatías. — ¡Es posible! ¿Luego ese viejo hebreo se atreve á tratar des- consideradamente á un cristiano? — Yo, que amo todavía á Esther, la he hecho salir de su casa. — ¡Bravo, Garcés! Te admiro, porque siempre te hallas á la altura que tu reputación merece. Eso es lo que deben hacer los hombres. Y D. Juan lanzó una ruidosa carcajada. El paje continuó : — Como comprenderéis, el viejo Jacob ha de hacer cuanto sea posible para recuperar á su hija, y esto es lo que necesito que no llegue á vías de realización. — Es lógico. — Vengo por lo tanto á pediros una estancia en vuestro palacio. — Perfectamente. Puedes disponer de ella. — Me guían dos móviles al reclamar este favor. El primero, que nadie ha de atreverse á sospechar que se halle aquí la hija del hebreo, y aunque lo sospecharan no se determinarán á buscarla. Y además... — Prosigue.  — Que como Esther es hebrea, no sufrirá las per- secuciones del Santo Tribunal hallándose bajo el DE DOS HÉROES. 1049 mismo techo del sobrino del arzobispo de la ciudad. — ¿Cuándo quieres traerla? — En cuanto me concedáis vuestra autorización. — En ese caso, no te detengas. Conviene que la joven entre sin ser vista, y esto puede verificarse á estas horas. Puedes utilizar mi silla de manos. — Aprecio vuestros favores. — Es la justa devolución de los que me has pres- tado tú. Garcés dio de nuevo las gracias á D. Juan, y salió de la estancia. El hidalgo encargó á uno de sus servidores que respetase las ordenes del paje. Éste dispuso que le preparasen la silla de manos y que le siguiesen. Media hora después llegaban junto á la puerta de la hostería. Garcés subió á la habitación de la hebrea. La joven se hallaba bajo los efectos más anorma- les que puedan describirse. No se daba cuenta de su situación. Parecíale que todo lo que á su alrededor ocurría era un sueño, del que iba á despertar de un momento á otro. Dejóse conducir por su amante hasta la puerta de la calle. Garcés la ayudó á subir á la silla de manos. — ¿Dónde me llevas? le preguntó en voz baja. — Ya lo sabrás, ahora no es ocasión de detenerse. 1050 EL JURAMENTO Guando llegaron al palacio de D. Juan, empezaban á advertirse en el cielo los primeros destellos de la aurora. Esther subió la escalera y cruzó algunos de aque- llos magníficos salones sin darse cuenta de las belle- zas de aquel paraje. No podía alejar de su memoria el recuerdo de sus padres. — Ahora, mi querida Esther — le dijo el joven — es preciso que descanses. Acuéstate. Yo entretanto voy á terminar mis negocios y vol- veré lo antes posible. — No te marches. Tengo miedo. Me parece que me falta aire para respirar. — ¿Por qué, amada mía? — Mira, ya empiezan á advertirse en los vidrios de las ventanas los albores del día; pronto despertarán mis padres. ¡Ay Garcés! ¿no es verdad que mi conducta ha sido infame? Yo no debí abandonarlos. — Hubieras tenido que renunciar á mi amor. — Eso me hubiese costado la existencia; ¿pero aca- so no la he recibido de ellos? Es imposible que seamos dichosos. La hija que deshonra á los que le dieron el ser, y no satisfecha con esto los abandona, tiene que su- frir los más espantosos castigos. DE DOS HÉROES. 1051 — No lo creas, el tiempo se encargará de cicatrizar sus heridas. — ¡Pobres ancianos! Ambos no hemos recibido de ellos más que favo- res, que hoy les pagamos con la más negra ingratitud. — Duerme, mi querida Esther, los sufrimientos y la lobreguez de la noche te infunden pavor; yo te aseguro que algunos momentos de descanso te serán provechosos. — Pero si no puedo. ¿Cómo quieres que goce del beneficio del sueño, que es el patrimonio de las almas tranquilas? No, Garcés, yo he cometido un crimen horrible, y el sueño huye de mis párpados como huye la felicidad de mi corazón. El paje, depositando un beso en la pálida frente de la hebrea, salió de la estancia. Cuando hubo cerrado la puerta, echó la llave guar- dándola en su escarcela. — Conveniente es tomar estas precauciones, se dijo. Don Juan Manrique pudiera querer jugarme una mala partida, bajo el pretexto de hacerme un favor como el que me ha prestado. Y Garcés salió del palacio.

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