domingo, 26 de febrero de 2017
MALVINA- NOVELA ORIGINAL DE JOHN P. MARQUAND Resumen de H. M. PULHAM, ESQUIRE
MALVINA
NOVELA ORIGINAL DE JOHN P. MARQUAND
Resumen de H. M. PULHAM, ESQUIRE
Seleccines del Reader´s Digest
Enero de 1942
Volví de la anterior guerra mundial a mi patria con una medalla que no había merecido. En realidad, el anciano general Roefax me la había dado por salvar su propia responsabilidad, puesto que debieron someterle a juicio sumarísimo, tanto por haber encomendado a mi compañía la defensa de una posición insostenible, como por haberse olvidado de ordenar su retirada a tiempo. Pero la citación decía: -
Cuando el hombre se puso en pie, yo hice lo mismo, gateando por los escombros para salir a su encuentro. Procuré recordar el poco alemán aprendido en el colegio para hablarle. Era un capitán, poco más o menos de mi edad. Me dijo que estábamos cercados y que lo mejor era rendirnos. Repuse que si alguno de mis hombres se quería rendir, se lo enviaría inmediatamente.
«Que tengan la bondad de alzar las manos» dijo el capitán.
Saqué del bolsillo un paquete de cigarrillos, encendimos uno cada uno y le ofrecí el resto. Era un día cálido, extenuante; el sudor nos corría por la cara. Permanecimos allí como un minuto, dando chupadas a los cigarrillos, pues no parecía tener prisa.
«Muchas gracias por los cigarrillos», dijo. «Les daré cinco minutos. Si usted o cualquiera de sus hombres quiere venir les recibiremos complacidos». Sonrió e hizo el saludo. «Si los norteamericanos se parecen a usted », añadió, «me marcharé a los Estados Unidos».
No vino a los Estados Unidos, ni siquiera se fumó los cigarrillos porque lo matamos un cuarto de hora después, cuando nos atacaron.
A distancia, toda aquella escena se me aparece como una mezcla confusa de agotamiento y de miedo físicos. Por otra parte, siempre he oído con escepticismo los relatos claros y precisos de un combate de infantería. Hubo un momento en que estuvimos a ocho metros de distancia, tirándonos granadas, como los chicos se tiran bolas de nieve. Retrocedieron después para volver a la carga a la media hora, pero nunca nos acometieron seriamente porque debían creer que nos tenían seguros sin necesidad de experimentar por su parte pérdidas inútiles. Así y todo, aquel combate nos costó cincuenta hombres; y si no acabaron con todos, cosa que pudieron haber logrado de una buena arremetida, creo que fué porque tenían tan pocas ganas de morir como nosotros. Durante la noche, encontramos un paso libre de guardianes y nos deslizamos por él.
NOVELA ORIGINAL DE JOHN P. MARQUAND
Resumen de H. M. PULHAM, ESQUIRE
Seleccines del Reader´s Digest
Enero de 1942
Volví de la anterior guerra mundial a mi patria con una medalla que no había merecido. En realidad, el anciano general Roefax me la había dado por salvar su propia responsabilidad, puesto que debieron someterle a juicio sumarísimo, tanto por haber encomendado a mi compañía la defensa de una posición insostenible, como por haberse olvidado de ordenar su retirada a tiempo. Pero la citación decía: -
Enrique
Pulliam, Subteniente de Infantería: único oficial superviviente de su
compañía, después de un reconocimiento en la ciudad de U... Aunque se
encontraba cercado por el enemigo, el subteniente Pulham se negó a
rendirse, rechazó tres ataques y se retiró con las fuerzas a su mando,
amparado en las sombras de la noche, volviendo a cruzar el río Vesle y
uniéndose a su regimiento.
Lo más gracioso de todo es que aquello era en su mayor parte la pura
verdad, aunque al presente yo no acertara a imaginarme como protagonista
de semejante hazaña. Cuando mataron a los demás oficiales nuestra
situación parecía bastante desesperada y nos brindaron la rendición. La
oferta nos fué hecha, tras de enarbolar un pañuelo blanco atado a un
fusil, por un oficial, vestido con sucio uniforme gris, que saltó de la
trinchera y se encaró con nosotros.Cuando el hombre se puso en pie, yo hice lo mismo, gateando por los escombros para salir a su encuentro. Procuré recordar el poco alemán aprendido en el colegio para hablarle. Era un capitán, poco más o menos de mi edad. Me dijo que estábamos cercados y que lo mejor era rendirnos. Repuse que si alguno de mis hombres se quería rendir, se lo enviaría inmediatamente.
«Que tengan la bondad de alzar las manos» dijo el capitán.
Saqué del bolsillo un paquete de cigarrillos, encendimos uno cada uno y le ofrecí el resto. Era un día cálido, extenuante; el sudor nos corría por la cara. Permanecimos allí como un minuto, dando chupadas a los cigarrillos, pues no parecía tener prisa.
«Muchas gracias por los cigarrillos», dijo. «Les daré cinco minutos. Si usted o cualquiera de sus hombres quiere venir les recibiremos complacidos». Sonrió e hizo el saludo. «Si los norteamericanos se parecen a usted », añadió, «me marcharé a los Estados Unidos».
No vino a los Estados Unidos, ni siquiera se fumó los cigarrillos porque lo matamos un cuarto de hora después, cuando nos atacaron.
A distancia, toda aquella escena se me aparece como una mezcla confusa de agotamiento y de miedo físicos. Por otra parte, siempre he oído con escepticismo los relatos claros y precisos de un combate de infantería. Hubo un momento en que estuvimos a ocho metros de distancia, tirándonos granadas, como los chicos se tiran bolas de nieve. Retrocedieron después para volver a la carga a la media hora, pero nunca nos acometieron seriamente porque debían creer que nos tenían seguros sin necesidad de experimentar por su parte pérdidas inútiles. Así y todo, aquel combate nos costó cincuenta hombres; y si no acabaron con todos, cosa que pudieron haber logrado de una buena arremetida, creo que fué porque tenían tan pocas ganas de morir como nosotros. Durante la noche, encontramos un paso libre de guardianes y nos deslizamos por él.
La guerra había pulverizado muchas de las cosas en que antes creía. No
era tanto por la guerra en si como por los nuevos contactos humanos. Odiaba y odio todavía cada minuto de guerra.
Nunca pude entender la charlatanería sentimental de la semana de
licencia en París, donde solían explotarnos cocheros de aspecto paternal
perseguirnos mujeres de la llamada vida alegre. Pero jamás olvidaré a los muchachos de mi compañía; eran chicos del campo, italianos de los barrios bajos neoyorquinos, obreros fabriles, hijos de pequeños tenderos pueblerinos. .
pero todos teníamos entonces un punto de vista común, difícil de
analizar, que se expresaba en canciones y bromas indecentes y que, por
increíble que pueda parecer, había que llamar decoro. Los miembros de
una compañía eran, hasta cuando se entregagan a la borrachera y la
disolución, muchachos excelentes, una vez que se llegaba a conocerlos.
No fué pequeña mi sorpresa cuando me di cuenta de que en su gran mayoría eran más valientes y generosos que mis condiscípulos de colegio y universidad.
Esto era lo que hacía tan dura mi acomodación a la antigua rutina después de la guerra. Era como tratar de reunir los diseminados trozos de un plato roto.
El DÍA que me licenciaron en Nueva York, fuí al Hotel Waldorf con 400 dólares de pagas atrasadas y lo que aún restaba de mis pertenencias liado en el petate. Mi baúl se había extraviado y sólo me quedaba el ajado uniformeque llevaba puesto. El empleado lanzó una ojeada a mi equipaje desde el lujo marmóreo del mostrador.
—Tengo que rogarle el pago adelantado—me dijo.
Le alargué un billete de 100 dólares.
—No se inquiete—le advertí—. Ya me compraré otra ropa mañana.
—Supongo que acaba usted de llegar, teniente. Parece que ha sido toda una guerra.
—Sí, ha sido toda una guerra—asentí.
Ya en mi habitación del octavo piso comprendí que aunque no me sentía con ganas de telefonear a la familia, era indudable que debía hacerlo; así que llamé a conferencia con Boston.
El teléfono me trajo la voz de Hugo, nuestro mayordomo. La oí con una especie de extrañeza de que estuviera vivo todavía.
— ¿Está papá en casa, Hugo?—pregunté después de haberme dado a conocer. Oí que Hugo llamaba con toda la fuerza de su voz y luego a mi padre que preguntaba:
—¿Dónde estás, Enrique? ¿Estás bien ?
Me pareció increíble que no comprendiera que me encontraba bien, estando en el Hotel Waldorf. Traté de imaginármelo junto al teléfono, en la biblioteca.
— ¿Cómo está mamá ? ¿Cómo está María ?
—Oye, escúchame. Toma el tren de la medianoche—decía mi padre.
—No puedo—contesté—. Tengo que comprarme alguna ropa. Mañana iré.
Esto era lo que hacía tan dura mi acomodación a la antigua rutina después de la guerra. Era como tratar de reunir los diseminados trozos de un plato roto.
El DÍA que me licenciaron en Nueva York, fuí al Hotel Waldorf con 400 dólares de pagas atrasadas y lo que aún restaba de mis pertenencias liado en el petate. Mi baúl se había extraviado y sólo me quedaba el ajado uniformeque llevaba puesto. El empleado lanzó una ojeada a mi equipaje desde el lujo marmóreo del mostrador.
—Tengo que rogarle el pago adelantado—me dijo.
Le alargué un billete de 100 dólares.
—No se inquiete—le advertí—. Ya me compraré otra ropa mañana.
—Supongo que acaba usted de llegar, teniente. Parece que ha sido toda una guerra.
—Sí, ha sido toda una guerra—asentí.
Ya en mi habitación del octavo piso comprendí que aunque no me sentía con ganas de telefonear a la familia, era indudable que debía hacerlo; así que llamé a conferencia con Boston.
El teléfono me trajo la voz de Hugo, nuestro mayordomo. La oí con una especie de extrañeza de que estuviera vivo todavía.
— ¿Está papá en casa, Hugo?—pregunté después de haberme dado a conocer. Oí que Hugo llamaba con toda la fuerza de su voz y luego a mi padre que preguntaba:
—¿Dónde estás, Enrique? ¿Estás bien ?
Me pareció increíble que no comprendiera que me encontraba bien, estando en el Hotel Waldorf. Traté de imaginármelo junto al teléfono, en la biblioteca.
— ¿Cómo está mamá ? ¿Cómo está María ?
—Oye, escúchame. Toma el tren de la medianoche—decía mi padre.
—No puedo—contesté—. Tengo que comprarme alguna ropa. Mañana iré.
—No te preocupes por la ropa—gritaba—. ¡Toma el tren!
—No puedo—volví .acontestar—. Tengo que hacer algunas cosas.
Si le hubiera explicado que necesitaba algún tiempo para mí, que estaba tratando de atar cabos, no me hubiera entendido. Cuando terminó la conferencia, me acordé de Guillermo Ming, antiguo amigo de colegio que trabajaba en un periódico de Nueva York cuando se alistó en el Ejército. Sí, tenía que ver a Guillermo, si estaba de vuelta. Contestó personalmente al teléfono. Su voz era cortante, impaciente.
—Guillermo, soy Enrique. —¡Vamos! Ya es hora de que estés de vuelta. ¿Dónde estás?
Le pedí que viniese a pasar la noche en el lecho contiguo. Le dije que necesitaba hablarle de muchas cosas, y vino.
Cuando llegó y lo vi tan parecido a las gentes con quienes me había cruzado en la calle, tan brillante y próspero, dudé un momento si acertaríamos a reanudar el hilo de nuestra antigua intimidad. Hubo un instante de reserva. Pero en seguida me cercioré de que se alegraba de verme.
—Pero, chico, ¿qué haces ahí sentado, la primera noche de tu regreso? Vámonos a correr la ciudad.
—Es raro, Guillermo, pero todavía no tengo la menor gana de ver nada.
Pareció comprender lo que yo sentía. Sentóse, encendió un cigarrillo. Un minuto después éramos los de antes.
—Apostaría—dijo—que has adquirido una porción de malas costumbres. Anda, cuéntame como habéis ganado la guerra.
—No, no hablemos de eso.
—Bueno, como tú quieras. Es curioso ver el efecto que produce en algunos el regreso. Ya te recobrarás en un par de semanas.
—Eso espero. ¿Sabes, Guillermo, que no tengo gana de volver a casa?
—Algo extraordinario ha tenido que ocurrirte; pero, si no quieres volver a casa, ¿por qué has de hacerlo?
—¿Y qué otro recurso me queda?
—¡Hombre, no me hagas reír! Puedes encontrar un empleo. Yo te encontraré mañana uno, aquí en Nueva York.
Estuve considerando la cosa unos instantes. Evidentemente, era muy sencilla para él, pero no para mí.
— ¿ Dónde puedes encontrarme uno ?le pregunté.
—Donde yo trabajo. En el negocio de publicidad. Veré a Bullard. Tengo influencia con Bullard.
—¡Pero, si yo no sé nada de eso!—repliqué.
—Mira, Enrique, tampoco hay allí nadie que sepa nada. Lee esto. Sacó la cartera y de ella un recorte de periódico que me alargó. Decía:
Preferimos que nunca haya escrito publicidad el hombre que buscamos; pero es necesario que haya recibido instrucción en un buen colegio y que tenga una personalidad seria y agradable, combinada con cierto sentido del gusto y de la forma. Ofrecemos una verdadera oportunidad al hombre que reúna tales condiciones.
—Bullard mismo me lo hizo escribir—continuó Guillermo—. Tú lo harás tan bien como cualquiera otro. ¿Lo quieres o no?
Un año antes, aquello me hubiera parecido imposible.
—Muy bien—dije a la postre—. Voy a probar. Pero tiene que consistir en algo el que yo no quiera volver a casa.
—Procura actuar de acuerdo con la época—contestó Guillermo—. Esta guerra ha enseñado a mucha gente que no vale la pena de vivir si no se puede hacer lo que uno quiere. ¿Cómo vas alograr que los muchachos vuelvan a cavar la tierra .después de haber visto a París ?
—No puedo—volví .acontestar—. Tengo que hacer algunas cosas.
Si le hubiera explicado que necesitaba algún tiempo para mí, que estaba tratando de atar cabos, no me hubiera entendido. Cuando terminó la conferencia, me acordé de Guillermo Ming, antiguo amigo de colegio que trabajaba en un periódico de Nueva York cuando se alistó en el Ejército. Sí, tenía que ver a Guillermo, si estaba de vuelta. Contestó personalmente al teléfono. Su voz era cortante, impaciente.
—Guillermo, soy Enrique. —¡Vamos! Ya es hora de que estés de vuelta. ¿Dónde estás?
Le pedí que viniese a pasar la noche en el lecho contiguo. Le dije que necesitaba hablarle de muchas cosas, y vino.
Cuando llegó y lo vi tan parecido a las gentes con quienes me había cruzado en la calle, tan brillante y próspero, dudé un momento si acertaríamos a reanudar el hilo de nuestra antigua intimidad. Hubo un instante de reserva. Pero en seguida me cercioré de que se alegraba de verme.
—Pero, chico, ¿qué haces ahí sentado, la primera noche de tu regreso? Vámonos a correr la ciudad.
—Es raro, Guillermo, pero todavía no tengo la menor gana de ver nada.
Pareció comprender lo que yo sentía. Sentóse, encendió un cigarrillo. Un minuto después éramos los de antes.
—Apostaría—dijo—que has adquirido una porción de malas costumbres. Anda, cuéntame como habéis ganado la guerra.
—No, no hablemos de eso.
—Bueno, como tú quieras. Es curioso ver el efecto que produce en algunos el regreso. Ya te recobrarás en un par de semanas.
—Eso espero. ¿Sabes, Guillermo, que no tengo gana de volver a casa?
—Algo extraordinario ha tenido que ocurrirte; pero, si no quieres volver a casa, ¿por qué has de hacerlo?
—¿Y qué otro recurso me queda?
—¡Hombre, no me hagas reír! Puedes encontrar un empleo. Yo te encontraré mañana uno, aquí en Nueva York.
Estuve considerando la cosa unos instantes. Evidentemente, era muy sencilla para él, pero no para mí.
— ¿ Dónde puedes encontrarme uno ?le pregunté.
—Donde yo trabajo. En el negocio de publicidad. Veré a Bullard. Tengo influencia con Bullard.
—¡Pero, si yo no sé nada de eso!—repliqué.
—Mira, Enrique, tampoco hay allí nadie que sepa nada. Lee esto. Sacó la cartera y de ella un recorte de periódico que me alargó. Decía:
Preferimos que nunca haya escrito publicidad el hombre que buscamos; pero es necesario que haya recibido instrucción en un buen colegio y que tenga una personalidad seria y agradable, combinada con cierto sentido del gusto y de la forma. Ofrecemos una verdadera oportunidad al hombre que reúna tales condiciones.
—Bullard mismo me lo hizo escribir—continuó Guillermo—. Tú lo harás tan bien como cualquiera otro. ¿Lo quieres o no?
Un año antes, aquello me hubiera parecido imposible.
—Muy bien—dije a la postre—. Voy a probar. Pero tiene que consistir en algo el que yo no quiera volver a casa.
—Procura actuar de acuerdo con la época—contestó Guillermo—. Esta guerra ha enseñado a mucha gente que no vale la pena de vivir si no se puede hacer lo que uno quiere. ¿Cómo vas alograr que los muchachos vuelvan a cavar la tierra .después de haber visto a París ?
—Pero yo no tenía que cavar. Yo lo tenía todo.
Guillermo señaló la ventana con la mano.
—Escúchame, Enrique. No sabes lo que pasa ahí fuera. Conflictos de trabajo, malestar económico. Nadie sabe lo que va a ocurrir, pero puedes estar absolutamente seguro de una cosa. —Hizo una pausa, me señaló con el dedo y prosiguió—. Tú has venido al mundo dentro de un pequeño sector superfluo que está condenado a desaparecer. Dices que lo has tenido todo. Mira, muchacho; hoy en día todo eso es agua de borrajas.
Me molestaba pero continuó sin que pudiera atajarlo.
—Míralo de este modo. Tú y tu pequeña pandilla habéis sido como abejas de una colmena; lo hacíais todo por instinto, sin preocuparon un ápice por el esto del mundo.
—Pues a ti bien te gustaba nuestra colmena— interrumpí.
—¡Claro está que me gustaba! Era una colmena linda y cómoda pero van a ahumarla. Me gustan tu padre, tu madre y las demás abejas, pero vais a tener que largaros, Enrique.
—Hablemos de otra cosa, Guillermo.
Algo Básico
CUANDo a la mañana siguiente me encontraba a medio camino del gran edificio comercial, cercano a la calle Cuarenta y dos, me hubiera seguramente vuelto atrás sin el temor de dejar en situación poco airosa a Guillermo, que me había arreglado una entrevista con su jefe. Yo continuaba vestido de uniforme.
El ascensor me dejó en una gran antesala con una magnífica alfombra persa y unas cuantas sillas de cuero rojo. Tras la muchacha, sentada a una mesa de estilo, cubría el muro una biblioteca de libros ricamente encuadernados y había una chimenea con encendidos carbones artificiales. En el remate de la biblioteca, una placa de bronce rezaba «Biblioteca de Referencia, J. T. Bullard Inc.» Hasta que reparé en la chica de la mesa casi había olvidado lo bonitas que son las norteamericanas. Ella me miró, sonriente.
—Sí, el señor King me ha advertido de su visita. Voy a llamarle—respondió a mi pregunta, y alcanzó el teléfono.
—Hola, Enrique—dijo Guillermo, apareciendo por una puerta lateral—. ¿Mirando los libros? En realidad, había estado mirando a la muchacha, pensando en decirle algo oportuno y alegre. Me hubiera gustado ser como Guillermo que siempre tenía una frase a punto.
Me hizo atravesar una gran habitación, llena de mesas y máquinas de escribir, hasta llegar a una partición al fondo.
—Ahora, por lo que más quieras, sé natural. Bullard te está esperando—me dijo.
El señor Bullard estaba sentado a una mesa de estilo italiano. Cuando entramos, echó hacia atrás su silla y se levantó. Tenía un aire de profesor a punto de pronunciar una conferencia, pero parecía más próspero. Su traje gris de saco cruzado era de corte impecable.
—Alcance una silla para el señor Pulham, Guillermo—dijo—. ¿Quiere usted un cigarrillo, señor Pulham?
—No, señor, muchas gracias—repuse. —No quiere decir eso—interrumpió Guillermo—. Fumará con mucho gusto un cigarrillo.
El señor Bullard abrió una caja de plata que había encima de la mesa-.
MALVINA
NOVELA ORIGINAL DE JOHN P. MARQUAND
Resumen de H. M. PULHAM, ESQUIREMALVINA-
Selecciones del Reader´s Digest
Enero de 1942
DURANTE mis primeras semanas de empleado en la Agencia J. T. Bullard, estuve como sumido en una niebla mental. Mi espíritu no alcanzaba a ver cosa alguna en las proporciones justas y a Guillermo le faltaba tiempo para venir en mi auxilio porque estaba en conferencia casi constante sobre la campaña publicitaria de los productos Coza, que consistían en los Copos Coza para lavar la ropa y en una serie de jabones de tocador. Guillermo y el señor Kaufman se ocupaban a la sazón en dotar a uno de estos jabones de cualidades que lo hicieran especialmente atractivo para caballeros.
—No hay ninguna razón para que entiendas todo esto—me dijo mi amigo—. Andando el tiempo, sentirás cualquier día que te baña el torrente deslumbrador de la revelación. Ahora, vas a dedicar tu esfuerzo a esta tarea—continuó—. Aquí tienes un informe que abarca las salas de aseo de todos los hoteles y clubes masculinos de cinco ciudades iniportantes; los tipos de jabón que usan, líquido, en polvo o en pastillas, y las marcas que prefieren. Tú tienes que hacer, en esta gran hoja, la tabla estadistica del conjunto. De modo que, siéntate ahí y empieza. Emprendí cuidadoso y diligente aquella labor oficinesca y me fuí interesando en las salas de aseo de hoteles y clubes y en los tipos de jaboneras anexas a lavabos y baños. Al cabo de dos semanas el interés se hizo obsesión y mi cabeza rezumaba datos estadísticos sobre el jabón que preferían íos esforzados cazadores del Norte frío y los viajantes dicharacheros del soleado Sur.
Todas las mañanas me ponía a mi trabajo estadístico junto a la mesa de Malvina. Apenas pasábamos de cambiar un cortés saludo. Pero allá en el mes de mayo, como tres semanas después de mi llegada a Nueva York, un día me enviaron a hacer gestiones callejeras en su compañía. Acababa de colgar mi sombrero cuando Guillermo me llamó.
—Kaufman quiere verte—me dijo—. Desde que me lo habían presentado, casi no había tenido ocasión de echar una mirada al señor Kaufman. Y otro tanto me ocurría con el señor Bullard.
—¿Es que va a ponerme de patitas en la calle, Guillermo?
—Sólo quiere verte. Haz como si tuvieses mucha prisa.
Sentado, tras su mesa vacía y reluciente, el señor Kaufman discutía con un artista. Malvina escuchaba desde una silla cercana a la pared. En la mesa frontera a la del señor Kaufman habían colocado un dibujo a pluma que representaba a un joven envuelto en un gran abrigo de pieles y portador de unos gemelos de campaña y de la bandera de un équipo atlético. Al entrar yo, el señor Kaufman miraba ceñudamente el dibujo, y el artista clavaba sus ojos recelosos en el señor Kaufman.
—No sé qué es lo que tiene, señor Elsmere,—decía el señor Kaufman—.
Guillermo señaló la ventana con la mano.
—Escúchame, Enrique. No sabes lo que pasa ahí fuera. Conflictos de trabajo, malestar económico. Nadie sabe lo que va a ocurrir, pero puedes estar absolutamente seguro de una cosa. —Hizo una pausa, me señaló con el dedo y prosiguió—. Tú has venido al mundo dentro de un pequeño sector superfluo que está condenado a desaparecer. Dices que lo has tenido todo. Mira, muchacho; hoy en día todo eso es agua de borrajas.
Me molestaba pero continuó sin que pudiera atajarlo.
—Míralo de este modo. Tú y tu pequeña pandilla habéis sido como abejas de una colmena; lo hacíais todo por instinto, sin preocuparon un ápice por el esto del mundo.
—Pues a ti bien te gustaba nuestra colmena— interrumpí.
—¡Claro está que me gustaba! Era una colmena linda y cómoda pero van a ahumarla. Me gustan tu padre, tu madre y las demás abejas, pero vais a tener que largaros, Enrique.
—Hablemos de otra cosa, Guillermo.
Algo Básico
CUANDo a la mañana siguiente me encontraba a medio camino del gran edificio comercial, cercano a la calle Cuarenta y dos, me hubiera seguramente vuelto atrás sin el temor de dejar en situación poco airosa a Guillermo, que me había arreglado una entrevista con su jefe. Yo continuaba vestido de uniforme.
El ascensor me dejó en una gran antesala con una magnífica alfombra persa y unas cuantas sillas de cuero rojo. Tras la muchacha, sentada a una mesa de estilo, cubría el muro una biblioteca de libros ricamente encuadernados y había una chimenea con encendidos carbones artificiales. En el remate de la biblioteca, una placa de bronce rezaba «Biblioteca de Referencia, J. T. Bullard Inc.» Hasta que reparé en la chica de la mesa casi había olvidado lo bonitas que son las norteamericanas. Ella me miró, sonriente.
—Sí, el señor King me ha advertido de su visita. Voy a llamarle—respondió a mi pregunta, y alcanzó el teléfono.
—Hola, Enrique—dijo Guillermo, apareciendo por una puerta lateral—. ¿Mirando los libros? En realidad, había estado mirando a la muchacha, pensando en decirle algo oportuno y alegre. Me hubiera gustado ser como Guillermo que siempre tenía una frase a punto.
Me hizo atravesar una gran habitación, llena de mesas y máquinas de escribir, hasta llegar a una partición al fondo.
—Ahora, por lo que más quieras, sé natural. Bullard te está esperando—me dijo.
El señor Bullard estaba sentado a una mesa de estilo italiano. Cuando entramos, echó hacia atrás su silla y se levantó. Tenía un aire de profesor a punto de pronunciar una conferencia, pero parecía más próspero. Su traje gris de saco cruzado era de corte impecable.
—Alcance una silla para el señor Pulham, Guillermo—dijo—. ¿Quiere usted un cigarrillo, señor Pulham?
—No, señor, muchas gracias—repuse. —No quiere decir eso—interrumpió Guillermo—. Fumará con mucho gusto un cigarrillo.
El señor Bullard abrió una caja de plata que había encima de la mesa-.
lunes, 27 de febrero de 2017
MALVINA- 092-093
NOVELA ORIGINAL DE JOHN P. MARQUAND
Resumen de H. M. PULHAM, ESQUIREMALVINA-
Selecciones del Reader´s Digest
Enero de 1942
Guillermo se sentó al borde de su mesa con las manos en los bolsillos. Parecía haberme olvidado por completo.
—¿Qué es lo que hace ?—pregunté.
—¿Qué es lo que hace ?—pregunté.
—¿Quién?—me contestó.
—La señorita Myles.
—Redacción para mujeres. Estudió en la Universidad de Chicago. Espera un minuto. Tengo que dictar un memorándum—. Y salió, corriendo, del despacho.
Siempre había pensado que la instrucción universitaria era perjudicial para las muchachas. La señorita Myles, como todo lo demás de la oficina, me ponía nervioso. Eché una ojeada al dibujo de una chica a medio vestir que se miraba las medias y me puse a leer lo que mi nueva amiga había escrito debajo.
Una sacudida y un estregón. Es el sisternaCoza. Haga esa prueba de dos minutos esta misma noche. Lave un par de medias con un jabón cualquiera en copos; luego deje caer en un recipiente con agua clara y tibia una pulgarada de Coza. Observe la nevada blancura disolverse en espumosas burbujas.
Todo aquello parecía barato, insignificante. No pude seguir leyendo porque Guillermo volvió con una tira de papel en la mano.
— «Asunto del Reloj Mercurio », leyó en alta voz. «El reloj es una fábrica que regula la más preciosa de las mercancías... el Tiempo. Sugerid que ese pensamiento puede ampliarse con una ilustración de las fábricas y del reloj Mercurio como fondo. Titular. Una pequeña rueda enjoyada hace funcionar ocho millones de dólares de maquinaria ».
Abrió el armarito metálico verde y sacó el sombrero.
— ¿Vas a continuar leyendo eso? —No, vámonos.
—Muy bien. Vámonos ya. Voy a acompañarte al tren.
Ya en la Quinta Avenida, Guillermo me tomó del brazo.
—Guillermo—le dije—. Creo que no voy a servir para ese negocio.
—No te preocupes—me contestó—. Descansa en mí. Yo te ayudaré a descubrirte a ti mismo.
Sentí que me invadía una gratitud tan profunda como repentina.
—No sé como darte las, gracias, Guillermo. ¿Estás seguro de que no voy a estorbarte demasiado?
—No, por todos los demonios, no, Enrique. Recuerda que el lunes has de estar de vuelta. No dejes que la familia tuerza tu voluntad.
—Ove, Guillermo. ¿Qué es Coza?
—La señorita Myles.
—Redacción para mujeres. Estudió en la Universidad de Chicago. Espera un minuto. Tengo que dictar un memorándum—. Y salió, corriendo, del despacho.
Siempre había pensado que la instrucción universitaria era perjudicial para las muchachas. La señorita Myles, como todo lo demás de la oficina, me ponía nervioso. Eché una ojeada al dibujo de una chica a medio vestir que se miraba las medias y me puse a leer lo que mi nueva amiga había escrito debajo.
Una sacudida y un estregón. Es el sisternaCoza. Haga esa prueba de dos minutos esta misma noche. Lave un par de medias con un jabón cualquiera en copos; luego deje caer en un recipiente con agua clara y tibia una pulgarada de Coza. Observe la nevada blancura disolverse en espumosas burbujas.
Todo aquello parecía barato, insignificante. No pude seguir leyendo porque Guillermo volvió con una tira de papel en la mano.
— «Asunto del Reloj Mercurio », leyó en alta voz. «El reloj es una fábrica que regula la más preciosa de las mercancías... el Tiempo. Sugerid que ese pensamiento puede ampliarse con una ilustración de las fábricas y del reloj Mercurio como fondo. Titular. Una pequeña rueda enjoyada hace funcionar ocho millones de dólares de maquinaria ».
Abrió el armarito metálico verde y sacó el sombrero.
— ¿Vas a continuar leyendo eso? —No, vámonos.
—Muy bien. Vámonos ya. Voy a acompañarte al tren.
Ya en la Quinta Avenida, Guillermo me tomó del brazo.
—Guillermo—le dije—. Creo que no voy a servir para ese negocio.
—No te preocupes—me contestó—. Descansa en mí. Yo te ayudaré a descubrirte a ti mismo.
Sentí que me invadía una gratitud tan profunda como repentina.
—No sé como darte las, gracias, Guillermo. ¿Estás seguro de que no voy a estorbarte demasiado?
—No, por todos los demonios, no, Enrique. Recuerda que el lunes has de estar de vuelta. No dejes que la familia tuerza tu voluntad.
—Ove, Guillermo. ¿Qué es Coza?
—Jabón, sencillamente jabón—contestó él.
CUANDO ENTRÉ, EN CASA, las primeras palabras de mi madre fueron: ¡Hijo, qué delgado estás y qué uniforme tan sucio llevas!
Recuerdo que mi padre estaba como avergonzado. me miraba con curiosidad mezclada de respeto, cual si yo fuese unextraño. Parecía muy interesado en saber si había tomado parte en algún combate..No acerté a comprender qué importancia podía tener para él semejante cosa hasta que vi a otros padres contando anécdotas de sus hijos. Mis padres parecían mas viejos y más pequeños, pero mi hermana María se había hecho una mujer... alta, morena Y muy bonita.
—Enrique — me preguntó ella —, ¿has matado algún alemán ?
—Sí. A propósito, me han dado la Medalla Militar.
No había acabado de decirlo y ya me sentía como avergonzado, pero continué, por complacerles. Subí al piso superior, tomé de entre mis efectos medalla y citación y se las di a mi madre.
—Tened en cuenta que, en realidad, esto no significa nada extraordinario—dije. Pero había comenzado y no me quedaba otro remedio que seguir—. Dadme un papel y un lápiz. Voy a contaros como fué. Nosotros estábamos aquí... —Sentía un íntimo rubor.
Si no es por la medalla creo que no hubiera vuelto a Nueva York, ni a ver a Malvina Myles.
Me gano las estrellasRecuerdo que mi padre estaba como avergonzado. me miraba con curiosidad mezclada de respeto, cual si yo fuese unextraño. Parecía muy interesado en saber si había tomado parte en algún combate..No acerté a comprender qué importancia podía tener para él semejante cosa hasta que vi a otros padres contando anécdotas de sus hijos. Mis padres parecían mas viejos y más pequeños, pero mi hermana María se había hecho una mujer... alta, morena Y muy bonita.
—Enrique — me preguntó ella —, ¿has matado algún alemán ?
—Sí. A propósito, me han dado la Medalla Militar.
No había acabado de decirlo y ya me sentía como avergonzado, pero continué, por complacerles. Subí al piso superior, tomé de entre mis efectos medalla y citación y se las di a mi madre.
—Tened en cuenta que, en realidad, esto no significa nada extraordinario—dije. Pero había comenzado y no me quedaba otro remedio que seguir—. Dadme un papel y un lápiz. Voy a contaros como fué. Nosotros estábamos aquí... —Sentía un íntimo rubor.
Si no es por la medalla creo que no hubiera vuelto a Nueva York, ni a ver a Malvina Myles.
DURANTE mis primeras semanas de empleado en la Agencia J. T. Bullard, estuve como sumido en una niebla mental. Mi espíritu no alcanzaba a ver cosa alguna en las proporciones justas y a Guillermo le faltaba tiempo para venir en mi auxilio porque estaba en conferencia casi constante sobre la campaña publicitaria de los productos Coza, que consistían en los Copos Coza para lavar la ropa y en una serie de jabones de tocador. Guillermo y el señor Kaufman se ocupaban a la sazón en dotar a uno de estos jabones de cualidades que lo hicieran especialmente atractivo para caballeros.
—No hay ninguna razón para que entiendas todo esto—me dijo mi amigo—. Andando el tiempo, sentirás cualquier día que te baña el torrente deslumbrador de la revelación. Ahora, vas a dedicar tu esfuerzo a esta tarea—continuó—. Aquí tienes un informe que abarca las salas de aseo de todos los hoteles y clubes masculinos de cinco ciudades iniportantes; los tipos de jabón que usan, líquido, en polvo o en pastillas, y las marcas que prefieren. Tú tienes que hacer, en esta gran hoja, la tabla estadistica del conjunto. De modo que, siéntate ahí y empieza. Emprendí cuidadoso y diligente aquella labor oficinesca y me fuí interesando en las salas de aseo de hoteles y clubes y en los tipos de jaboneras anexas a lavabos y baños. Al cabo de dos semanas el interés se hizo obsesión y mi cabeza rezumaba datos estadísticos sobre el jabón que preferían íos esforzados cazadores del Norte frío y los viajantes dicharacheros del soleado Sur.
Todas las mañanas me ponía a mi trabajo estadístico junto a la mesa de Malvina. Apenas pasábamos de cambiar un cortés saludo. Pero allá en el mes de mayo, como tres semanas después de mi llegada a Nueva York, un día me enviaron a hacer gestiones callejeras en su compañía. Acababa de colgar mi sombrero cuando Guillermo me llamó.
—Kaufman quiere verte—me dijo—. Desde que me lo habían presentado, casi no había tenido ocasión de echar una mirada al señor Kaufman. Y otro tanto me ocurría con el señor Bullard.
—¿Es que va a ponerme de patitas en la calle, Guillermo?
—Sólo quiere verte. Haz como si tuvieses mucha prisa.
Sentado, tras su mesa vacía y reluciente, el señor Kaufman discutía con un artista. Malvina escuchaba desde una silla cercana a la pared. En la mesa frontera a la del señor Kaufman habían colocado un dibujo a pluma que representaba a un joven envuelto en un gran abrigo de pieles y portador de unos gemelos de campaña y de la bandera de un équipo atlético. Al entrar yo, el señor Kaufman miraba ceñudamente el dibujo, y el artista clavaba sus ojos recelosos en el señor Kaufman.
—No sé qué es lo que tiene, señor Elsmere,—decía el señor Kaufman—.
miércoles, 8 de marzo de 2017
MALVINA-Cuando os ama la muchacha que amáis
NOVELA ORIGINAL DE JOHN P. MARQUAND
Resumen de H. M. PULHAM, ESQUIREMALVINA-
Selecciones del Reader´s Digest
Enero de 1942
Cuando os ama la muchacha que amáis
VOLVí A LÁ OFICINA de Bullard ellunes a las nueve de la mañana.
Tanpronto oí el ruido de las máquinas deescribir y vi trabajando a todo
el mundo,el recuerdo de mi fin de semana en North Harbor se desvaneció
como unmal sueño, cuando uno se despierta del todo. Las mesas de
Guillermo y de Malvina aun estaban vacías; yo que había esperado encontrarla a ella, me di cuenta de la gran falta que me hacía verla. Al fin apareció.
—Hola, Malvina—saludé.
—Oh, hola—. Ambos nos reímos—. Bueno, ya está aquí...
—Sí. Así parece.
—Y no ha venido nada diferente. He estado pensando que parecería diferente. ¿Lo ha pasado bien?
No sé por qué todo el mundo seguía haciéndome la misma pregunta.
—¿Dónde está Guillermo?—dije.
—Lo han mandado a Chicago. No se preocupe por Guillermo. Tenemos que ver
a Kaufman a las nueve y cuarto. ¿Qué le hicieron en casa?,
— ¿Quién ?
—Todos. El mayordomo y todos los demás. ¿Deshizo las maletas? ¿Dijo algo? —No. ¿Por qué ?
—Ah, no dijo nada. Pudo haber dicho que yo había hecho muy bien su maleta.
—No le importe.
—Me importa. Alguna vez tendré un mayordomo y quiero conocer sus obligaciones. ¿Me ha echado de menos, Enrique ?
—Sí—contesté.
—Muy bien. Ahora vamos a ver a Kaufman y recuerde que los lunes por la
mañana siempre está de mal humor. Hágase con lápices y unas hojas de
papel.
—Malvina—inicié— tengo algo que decirle.
—Pues dígamelo pronto—contestó. Estaba inclinada sobre, su mesa,
recogiendo unos lápices y papeles, y todo parecía absolutamente natural y
sencillo. Por una vez en la vida yo lo sabía todo. Era como si tuviera
ante mí un programa de exámenes y supiera las respuestas a todas las
preguntas. Era como dar el golpe a la bola de golf en el punto preciso,
Malviva...—empecé.
—¿Qué le ocurre?—me preguntó—. ¿Es el calor?
—Sí, aquí hace mucho calor, pero en North Harbor hacían falta mantas. Es extraño. Nada ocurre en la vida como uno espera...
—¿Qué está diciendo ?—interrumpió Malvina.
—No sé—repuse—Malvina, te quiero.
Se volvió rápida y al principio creí que estaba enojada porque arrugó la frente.
—Vaya—dijo—, ¿qué le ha hecho. pensar semejante cosa ?
—No lo sé, Malvina. Pero al verte ahora he sentido necesidad de decírtelo.
—Mira, querido...—comenzó a decir y se detuvo un instante—. Bueno, está muy, bien. También yo te quiero, pero en este momento nos sirve de bien poca cosa. Ven. Kaufman nos espera.
Trabajamos con Kaufman toda aquella mañana y toda aquella tarde, pasando revista a infinitos croquis que Kaufman iba rasgando y tirando al cesto de los papeles mientras le corría por la cara un sudor copioso.
—La idea básica es muy buena—acabó diciendo Kaufman—pero la dificultad estriba en que carece de sexo.
—¿Sexo?—repetí interrogante. —Sexo—insistió Kaufman dando una palmada en la mesa—. No se puede hacer una campaña anunciadora de un jabón sin atracción sexual. Usted capta mi idea, señorita Myles, ¿no es así?
—Sí—contestó Malvina—. Sé muy bien lo que quiere usted decir. —Muy bien. Para eso están ustedes aquí. He estado'observando a mi esposa en relación con el jabón. Es algo íntimo. Malvina me lanzó una ojeada a travésdel cuarto y miró después por la ventana. Era la primera vez que yo oía hablar de la señora de Kaufman y se me antojaba que no podía amar a semejante hombre. Si me casara alguna vez, yo no mezclaría el nombre de mi mujer en una conversación sobre jabones. Si me casara algún día... Era la primera vez que se me ocurría este pensamiento. Si yo amaba a Malvina y Malvina me amaba a mí, deberíamos casarnos.
—Exquisitez—oí decir a Malvina¿es lo que quiere usted decir?
Exquisitez—repitió Kaufman—. Ahora estamos llegando a algo. Esperen un minuto. Voy a ver si el señor Bullard no está en conferencia.
Kaufman salió de la habitación, apresurado. Malvina y yo nos quedamos solos durante unos instantes.
—Malvina, tal vez no he entendido bien cuando has dicho...
—Por supuesto entendiste muy bien. Pero aquí viene Kaufman. ¿No es esto terrible ?
—Bueno—dijo Kaufman—. Vámonos a ver al señor Bullard.
El señor Bullard estaba sentado a su mesa. Tenía apiñadas las puntas de los dedos.
—Señorita Myles—dijo—sé que ha hallado usted una palabra. Deseo oírsela a usted misma. No quiero que el señor Kaufman la estropee.
—¿Qué quiere usted decir con eso? —preguntó Kaufman.
, —Mire, Gualterio—contestó BullardYa sabe lo que ocurrió con aquel aceite de lubrificar. A veces, destroza usted las palabras.
—Vamos, J. T., ¿no puede dejarse de tonierías? No está hablando con un cliente. Estamos tratando de producir un buen original—dijo Kaufman.
—Bien, Gualterio, bien—repuso Bu-
MALVINA
NOVELA ORIGINAL DE JOHN P. MARQUAND
Resumen de H. M. PULHAM, ESQUIREMALVINA-
Selecciones del Reader´s Digest
Enero de 1942
Malviva...—empecé.
—¿Qué le ocurre?—me preguntó—. ¿Es el calor?
—Sí, aquí hace mucho calor, pero en North Harbor hacían falta mantas. Es extraño. Nada ocurre en la vida como uno espera...
—¿Qué está diciendo ?—interrumpió Malvina.
—No sé—repuse—Malvina, te quiero.
Se volvió rápida y al principio creí que estaba enojada porque arrugó la frente.
—Vaya—dijo—, ¿qué le ha hecho. pensar semejante cosa ?
—No lo sé, Malvina. Pero al verte ahora he sentido necesidad de decírtelo.
—Mira, querido...—comenzó a decir y se detuvo un instante—. Bueno, está muy, bien. También yo te quiero, pero en este momento nos sirve de bien poca cosa. Ven. Kaufman nos espera.
Trabajamos con Kaufman toda aquella mañana y toda aquella tarde, pasando revista a infinitos croquis que Kaufman iba rasgando y tirando al cesto de los papeles mientras le corría por la cara un sudor copioso.
—La idea básica es muy buena—acabó diciendo Kaufman—pero la dificultad estriba en que carece de sexo.
—¿Sexo?—repetí interrogante. —Sexo—insistió Kaufman dando una palmada en la mesa—. No se puede hacer una campaña anunciadora de un jabón sin atracción sexual. Usted capta mi idea, señorita Myles, ¿no es así?
—Sí—contestó Malvina—. Sé muy bien lo que quiere usted decir. —Muy bien. Para eso están ustedes aquí. He estado'observando a mi esposa en relación con el jabón. Es algo íntimo. Malvina me lanzó una ojeada a travésdel cuarto y miró después por la ventana. Era la primera vez que yo oía hablar de la señora de Kaufman y se me antojaba que no podía amar a semejante hombre. Si me casara alguna vez, yo no mezclaría el nombre de mi mujer en una conversación sobre jabones. Si me casara algún día... Era la primera vez que se me ocurría este pensamiento. Si yo amaba a Malvina y Malvina me amaba a mí, deberíamos casarnos.
—Exquisitez—oí decir a Malvina¿es lo que quiere usted decir?
Exquisitez—repitió Kaufman—. Ahora estamos llegando a algo. Esperen un minuto. Voy a ver si el señor Bullard no está en conferencia.
Kaufman salió de la habitación, apresurado. Malvina y yo nos quedamos solos durante unos instantes.
—Malvina, tal vez no he entendido bien cuando has dicho...
—Por supuesto entendiste muy bien. Pero aquí viene Kaufman. ¿No es esto terrible ?
—Bueno—dijo Kaufman—. Vámonos a ver al señor Bullard.
El señor Bullard estaba sentado a su mesa. Tenía apiñadas las puntas de los dedos.
—Señorita Myles—dijo—sé que ha hallado usted una palabra. Deseo oírsela a usted misma. No quiero que el señor Kaufman la estropee.
—¿Qué quiere usted decir con eso? —preguntó Kaufman.
, —Mire, Gualterio—contestó BullardYa sabe lo que ocurrió con aquel aceite de lubrificar. A veces, destroza usted las palabras.
—Vamos, J. T., ¿no puede dejarse de tonierías? No está hablando con un cliente. Estamos tratando de producir un buen original—dijo Kaufman.
—Bien, Gualterio, bien—repuso Bu-
lunes, 27 de febrero de 2017
MALVINA- 94-95
NOVELA ORIGINAL DE JOHN P. MARQUAND
Resumen de H. M. PULHAM, ESQUIREMALVINA-
Selecciones del Reader´s Digest
Enero de 1942
Creo, sencillamente que no expresa la idea. En primer término, no se ven los pespuntes ni los botones.
Al señor Elsmere pareció molestarle la observación.
—¿Me permite usted preguntarle—inquirió—, si ha podido usted ver en su vida los pespuntes de un abrigo a semejante distancia?
—¿Qué me importa la distancia?—arguyó el señor Kaulman—. Yo no le pago a usted por la distancia.
Al decir esto se fijó en mí y me hizo partícipe de su irritación.
—¿Qué quiere usted?—, gruñó.
—Me han dicho que me ha mandado usted llamar, señor Kaufman—, repuse.
—Ah, sí. Usted es Pulham, ¿no?. Bien. Siéntese ahí, junto a la señorita Myles. No, no se siente usted ahí. Venga aquí y mire ese dibujo. He aquí una impresión completamente nueva, señor Elsmere. ¿Qué se le ocurre al mirar ese dibujo, Pulham?
—No sé, señor, no sé lo que quiere usted decir—le contesté.
El señor Kaufman aporreó la mesa con el puño, al tiempo que barbotaba:
—¡Ahí lo tiene usted! ¡Esto lo contesta todo! Ve el dibujo de usted, el dibujo por el cual me cobra usted mil dólares, y no sabe lo que quiere decir.
El señor Elsmere enrojeció hasta la cúspide de la calva y me miró.
—Tal vez sea hombre de escasas luces,—murmuró.
Kaufman apuntó con el dedo a Elsmere, como si fuese a disparar.
—¿Ha pensado usted un solo minuto que el término medio de persona que ve el dibujo va a ser inteligente? ¡Por Dio Santo, señor Elsmere, no nos pongamos a hacer el intelectual! Vuelva a mirar ese dibujo, Pulham, ¿Qué es lo que má llama su atención, el hombre o el abrigo
Al señor Elsmere pareció molestarle la observación.
—¿Me permite usted preguntarle—inquirió—, si ha podido usted ver en su vida los pespuntes de un abrigo a semejante distancia?
—¿Qué me importa la distancia?—arguyó el señor Kaulman—. Yo no le pago a usted por la distancia.
Al decir esto se fijó en mí y me hizo partícipe de su irritación.
—¿Qué quiere usted?—, gruñó.
—Me han dicho que me ha mandado usted llamar, señor Kaufman—, repuse.
—Ah, sí. Usted es Pulham, ¿no?. Bien. Siéntese ahí, junto a la señorita Myles. No, no se siente usted ahí. Venga aquí y mire ese dibujo. He aquí una impresión completamente nueva, señor Elsmere. ¿Qué se le ocurre al mirar ese dibujo, Pulham?
—No sé, señor, no sé lo que quiere usted decir—le contesté.
El señor Kaufman aporreó la mesa con el puño, al tiempo que barbotaba:
—¡Ahí lo tiene usted! ¡Esto lo contesta todo! Ve el dibujo de usted, el dibujo por el cual me cobra usted mil dólares, y no sabe lo que quiere decir.
El señor Elsmere enrojeció hasta la cúspide de la calva y me miró.
—Tal vez sea hombre de escasas luces,—murmuró.
Kaufman apuntó con el dedo a Elsmere, como si fuese a disparar.
—¿Ha pensado usted un solo minuto que el término medio de persona que ve el dibujo va a ser inteligente? ¡Por Dio Santo, señor Elsmere, no nos pongamos a hacer el intelectual! Vuelva a mirar ese dibujo, Pulham, ¿Qué es lo que má llama su atención, el hombre o el abrigo
Los dos parecían pendientes de mi respuesta.
—El hombre—, repliqué.
—Eso es—comentó el señor Kaufman—. Esto lo resuelve todo. El hombre ahoga al abrigo. Señor Elsmere, tiene usted que poner más alma en ese dibujo. Pinte usted una muchacha junto a ese mozo. Hágale que mire al abrigo. Haga que el viento vuelva su faldón para que se vean los forros. Quítele esa bandera de la mano. Hágale meter la mano en el amplio bolsillo. Súbale el magnífico cuello alrededor de las orejas. Haga que nieve. Es el abrigo lo que interesa, no el hombre. La chica querría que Dios le diera ese abrigo. Se adivina envuelta en el lujoso forro afelpado. Si quiere usted hacer negocios con nosotros, señor Elsmere, tendrá que devanarse los sesos. Ahora, lléveselo.
El señor Kaufnian se volvió hacia mí, adustamente.
—Ahora, alcance una silla. Señorita Myles, usted ya ha entendido lo que quiero: una serie rápida de impresiones; algo cálido, humano; algo que pueda leerse en alta voz. Explíqueselo al señor Pulham. Así sabré si ha captado usted la idea.
El señor Kaufman cruzó las manos. La muchacha se volvió hacia mí, me miró y dijo:
—Se trata de la campaña sobre los Copos Cota. El señor Kaufinan cree que debe usted acompañarme.
—Eso influirá para hacerles hablar—, dijo el señor Kaufman—. Veamos ahora, señorita: ¿qué hará usted al llegar a una casa ?
—Empezaré por llamar... —comenzó Malvina.
—Y apenas abran la puerta, el señor Pulham colocará la maleta de manera que sea difícil volverla a cerrar—interrumpió el señor Kaufman—. Ahora, señorita, explíqueme cómo va a abordar la cuestión.
—Pues, verá usted. Diré, sencillamente: «Buenos días. No venimos a venderle nada. Le agradeceríamos nos concediese unos momento-, para hablar de su problema de lavar la ropa. Tenemos un nuevo jabón, insuperable. Deseamos darle una muestra para que lo ensaye ».
—Y en ese preciso momento—, volvió a Interrumpir el señor Kaufman—usted, Pulham, saca del bolsillo una caja de muestra y se la da a la señora de la casa. Continúe usted,señorita Myles.
—Entonces, le pregunto: «¿tendría usted inconveniente en darme alguna pieza sucia para que yo la lave?» ¿Convendrá que haga eso, señor Kaufman?
—Será un gran experimento para usted. ¿Tiene el cuestionarlo, verdad?
—Sí.
—Bien, Procure hacerlo todo de una manera suelta, divertida, chistosa. Pero esté ojo avizor para sorprender cómo reacciona el consumidor. ¿Sigue usted mi razonamiento, Pullham?
—Usted quiere que vayamos llamando a las puertas y pidamos que nos permitan lavar alguna ropa sucia, ¿no es eso?—respondí.
—Ya se lo he explicado todo—intervino Malvina—.Vámonos ahora mismo.
—Procure conseguir veinticinco impresiones—dijo el señor Kaufman—y escriba el informe esta noche. Yo estaré aquí trabajando sobre artículos de calzado.
—Muy bien,—contestó la muchacha y, volviéndose a mí, añadió—: Hágase cargo de la maleta. Nos encontraremos en el ascensor.
Una vez en la calle, me dió la impresión de estar enfadada.
—Vamos—me dijo—vamos.
Echamos a andar hacia el tren subterráneo. Caminaba de prisa, mirando hacia adelante, el mentón en quilla y la espalda enhiesta.
—¡De modo que he de preguntar por la cosa más percudida que tengan en la casa para lavarla!—iba diciendo.
—¿Adónde vamos?—le pregunté.
—Usted y yo vamos al barrio del Bronx. No vamos a hacer otra cosa que darle gusto al señor Kaufman. Él ha creído que yo no iba a querer hacer esto, pero lo voy a hacer estupendamente.
— ¿Quiere decir que vamos a las casas de vecindad para lavar ropa sucia?
—Me asombra la pregunta—replicó, volviendo a mirarme—. ¿Sabe usted o no sabe usted por qué viene conmigo?
—No—le dije—. Todo esto me parece extravagante.
—Perfectamente. Viene usted para vigilar lo que hago. Él piensa que yo podría salir del paso inventándolo todo.
Cuando salimos del tren subterráneo, nos encaminamos al deslustrado vestíbulo de una casa de vecindad de ladrillo amarillento y miramos la fila de timbres orlados con los nombres de los inquilinos.
—Cualquiera sirve—dijo Malvina—. Vamos a ensayar con la señora Frenkel—, añadió fijándose en uno de los nombres.
Tocó el timbre. La puerta, movida por un contacto eléctrico interior, se abrió dándonos acceso al principal pasillo interior, cuya atmósfera era una densa mezcla de olores confinados. Al fondo vi una mujer gorda, de oscura cabellera y vestida con una vieja bata de franela, que atisbaba desde su puerta.
—Buenos días—dijo Malvina—. Celebraría no causarle molestias.
—¿Qué quieren ustedes?—preguntó la mujer—l\Ii marido no está.
—No se inquiete, señora Frenkel-
—El hombre—, repliqué.
—Eso es—comentó el señor Kaufman—. Esto lo resuelve todo. El hombre ahoga al abrigo. Señor Elsmere, tiene usted que poner más alma en ese dibujo. Pinte usted una muchacha junto a ese mozo. Hágale que mire al abrigo. Haga que el viento vuelva su faldón para que se vean los forros. Quítele esa bandera de la mano. Hágale meter la mano en el amplio bolsillo. Súbale el magnífico cuello alrededor de las orejas. Haga que nieve. Es el abrigo lo que interesa, no el hombre. La chica querría que Dios le diera ese abrigo. Se adivina envuelta en el lujoso forro afelpado. Si quiere usted hacer negocios con nosotros, señor Elsmere, tendrá que devanarse los sesos. Ahora, lléveselo.
El señor Kaufnian se volvió hacia mí, adustamente.
—Ahora, alcance una silla. Señorita Myles, usted ya ha entendido lo que quiero: una serie rápida de impresiones; algo cálido, humano; algo que pueda leerse en alta voz. Explíqueselo al señor Pulham. Así sabré si ha captado usted la idea.
El señor Kaufman cruzó las manos. La muchacha se volvió hacia mí, me miró y dijo:
—Se trata de la campaña sobre los Copos Cota. El señor Kaufinan cree que debe usted acompañarme.
—Eso influirá para hacerles hablar—, dijo el señor Kaufman—. Veamos ahora, señorita: ¿qué hará usted al llegar a una casa ?
—Empezaré por llamar... —comenzó Malvina.
—Y apenas abran la puerta, el señor Pulham colocará la maleta de manera que sea difícil volverla a cerrar—interrumpió el señor Kaufman—. Ahora, señorita, explíqueme cómo va a abordar la cuestión.
—Pues, verá usted. Diré, sencillamente: «Buenos días. No venimos a venderle nada. Le agradeceríamos nos concediese unos momento-, para hablar de su problema de lavar la ropa. Tenemos un nuevo jabón, insuperable. Deseamos darle una muestra para que lo ensaye ».
—Y en ese preciso momento—, volvió a Interrumpir el señor Kaufman—usted, Pulham, saca del bolsillo una caja de muestra y se la da a la señora de la casa. Continúe usted,señorita Myles.
—Entonces, le pregunto: «¿tendría usted inconveniente en darme alguna pieza sucia para que yo la lave?» ¿Convendrá que haga eso, señor Kaufman?
—Será un gran experimento para usted. ¿Tiene el cuestionarlo, verdad?
—Sí.
—Bien, Procure hacerlo todo de una manera suelta, divertida, chistosa. Pero esté ojo avizor para sorprender cómo reacciona el consumidor. ¿Sigue usted mi razonamiento, Pullham?
—Usted quiere que vayamos llamando a las puertas y pidamos que nos permitan lavar alguna ropa sucia, ¿no es eso?—respondí.
—Ya se lo he explicado todo—intervino Malvina—.Vámonos ahora mismo.
—Procure conseguir veinticinco impresiones—dijo el señor Kaufman—y escriba el informe esta noche. Yo estaré aquí trabajando sobre artículos de calzado.
—Muy bien,—contestó la muchacha y, volviéndose a mí, añadió—: Hágase cargo de la maleta. Nos encontraremos en el ascensor.
Una vez en la calle, me dió la impresión de estar enfadada.
—Vamos—me dijo—vamos.
Echamos a andar hacia el tren subterráneo. Caminaba de prisa, mirando hacia adelante, el mentón en quilla y la espalda enhiesta.
—¡De modo que he de preguntar por la cosa más percudida que tengan en la casa para lavarla!—iba diciendo.
—¿Adónde vamos?—le pregunté.
—Usted y yo vamos al barrio del Bronx. No vamos a hacer otra cosa que darle gusto al señor Kaufman. Él ha creído que yo no iba a querer hacer esto, pero lo voy a hacer estupendamente.
— ¿Quiere decir que vamos a las casas de vecindad para lavar ropa sucia?
—Me asombra la pregunta—replicó, volviendo a mirarme—. ¿Sabe usted o no sabe usted por qué viene conmigo?
—No—le dije—. Todo esto me parece extravagante.
—Perfectamente. Viene usted para vigilar lo que hago. Él piensa que yo podría salir del paso inventándolo todo.
Cuando salimos del tren subterráneo, nos encaminamos al deslustrado vestíbulo de una casa de vecindad de ladrillo amarillento y miramos la fila de timbres orlados con los nombres de los inquilinos.
—Cualquiera sirve—dijo Malvina—. Vamos a ensayar con la señora Frenkel—, añadió fijándose en uno de los nombres.
Tocó el timbre. La puerta, movida por un contacto eléctrico interior, se abrió dándonos acceso al principal pasillo interior, cuya atmósfera era una densa mezcla de olores confinados. Al fondo vi una mujer gorda, de oscura cabellera y vestida con una vieja bata de franela, que atisbaba desde su puerta.
—Buenos días—dijo Malvina—. Celebraría no causarle molestias.
—¿Qué quieren ustedes?—preguntó la mujer—l\Ii marido no está.
—No se inquiete, señora Frenkel-
miércoles, 1 de febrero de 2017
EL JURAMENTO- 1036
EL JURAMENTO DE DOS HEROES
JULIAN CASTELLANOS
ESPAÑA
1889
Su esposa, desesperada por el infortunio de Torri- giano, consignó ante el familiar y los alguaciles que era judaizante. ¿Cómo quieres que yo trate de arrancarlos del pa- tíbulo? Conseguiría tal vez la ruina de D. Juan, pero no la salvación de sus víctimas. Aparte de esto, debes recapacitar que Manrique está emparentado con la nobleza de Sevilla. ¿Sabes lo que conseguiría con tu consejo? Tal vez que me declarasen impostor y sufriera ios tormentos más horribles en una mazmorra inquisi- torial. — ¿De modo que no hay remedio para ellos? Garcés movió la cabeza negativamente. — Creo que no pueden esperar más que en el am- paro de Dios. Esther quedó pensativa. Luego prosiguió: — Ahora voy á hacerte una súplica, aunque creo que no es necesaria. DE DOS HÉBOBS. 1033 — ¿Qué deseas? — He tenido estas noticias por el viejo Samuel, que inconscientemente pronunció tu nombre en presen- cia de mi padre. — ¿Luego tu padre sabe que estoy complicado en la perdición del artista? — Sí. Garcés se mordió los labios. — Se lo han dicho, pero no ha dado crédito á estas palabras. Deseo sin embargo que nada le digas. El no te ama como yo, y esto pudiera ser una tra- ba para nuestras relaciones. — No lo creas, si accedes á lo que voy á proponer- te, no lo será. ¿Cuándo piensa salir de Sevilla el viejo Jacob? — Pasado mañana, como esta tarde te dije. — Perfectamente. — ¿Tú vendrás con nosotros? — No — respondió el paje con firmeza. Esther clavó sus negros ojos en el joven. — Ha llegado el momento crítico de hablar con franqueza y de que me demuestres tu cariño, añadió Garcés. — ¿Acaso no has recibido de él suficientes pruebas? — Necesito una más. Como comprendes, tu padre es hombre de expe- riencia, y ha de informarse si son ciertas las sospe- chas que hoy recaen sobre mí. Nada más fácil que convencerse de la verdad, su- puesto que ese hidalgo tiene á gala narrar su aven- tura. Una vez que haya adquirido la certidumbre de que contribuí más ó menos directamente á la dela- ción de Torrigiano, no consentirá en nuestra boda. —¿Y qué piensas hacer para contrarrestar esta des- gracia? — Deseo quedarme en Sevilla. —¿Y yo? —Tú permanecerás á mi lado. — Garcés, eso sería decretar la muerte de mis pa- dres. — No lo creas. — Y tal vez la mía. — ¿Por qué? —Porque no ignoras los peligros que aquí me ro- dean. —Esos peligros desaparecerán desde el momento en que cambies tu característico traje de hebrea. Cuento además con las influencias de D. Juan. — No, eso no puede ser. No quiero ser el verdugo de mis padres. —En ese caso, parte con ellos. — ¡Ingrato!— respondió la joven entre sollozos; — tú ya no me amas, de otro modo no me tratarías con tanta crueldad.
—Te propongo los medios de no separarnos, y no los aceptas. —¿Cómo aceptarlos, si en ellos va envuelta la muerte de aquellos á quienes debola vida? Rídeme el mayor de los sacrificios, pero no me exijas que sea ingrata con esos infelices ancianos que me dieron el ser. — ¿No me exiges tú que por seguirte vaya á sufrir los desprecios y las vejaciones de una familia que ha de echarme en cara mis crímenes? Esther lanzó un prolongado suspiro. No sabía qué partido tomar. Fluctuaba entre sus deberes y su amor. Vio, sin embargo, en su imaginación el rostro ma- cilento del viejo Jacob, y desasiéndose de los brazos- del paje: — Nunca, nunca — le dijo; — prefiero morir deses- perada. — ¿De modo que has formado la firme resolución de partir? — Sí, yo no sería dichosa pensando en su desgracia. — Sea como quieras —respondió el paje. Y poniéndose en pie embozóse en su capa, y se caló la gorra disponiéndose á salir de la estancia. — ¡Ingrato! ¡Ingrato! — exclamaba la hebrea, sin- tiendo que las lágrimas la ahogaban. Y cayó desvanecida. Garcés la contempló. — ¡Cuánto me ama! — se dijo: — me cuesta trabajo no acceder á sus pretensiones, pero esto sería la base de mi ruina. Ellos no conseguirán sus propósitos. De seguro que los sorprenden en el camino y no realizarán su fuga. 1036 EL JURAMENTO DE DOS HÉROES. Entonces, pobres de ellos, y desgraciado de mí si los acompañase.
Torquemada es un hombre inflexible, y no me bastarían las influencias que interpusiese D. Juan. Si Esther me ama, ella variará de resolución. Y el paje, después de dirigir á la joven una com- pasiva mirada, salió de la estancia.
viernes, 10 de febrero de 2017
EL JURAMENTO- La Niña, La Niña, la Pinta y la Santa María
miércoles, 25 de enero de 2017
EL JURAMENTO DE DOS HEROES- 991
jueves, 9 de febrero de 2017
EL JURAMENTO 2-102
EL JURAMENTO
DE DOS HEROES
JULIAN CASTELLANOS
ESPAÑ
1889
Horrible fué la lucha. Gonzalo vibraba su lanza en todas direcciones. Mas de un muslim mordió el polvo por su destreza. Sin embargo, todos sus esfuerzos fueron inútiles. En sustitución de cada adversario derrotado, pre- sentábase un nuevo grupo que parecía surgir de la tierra. Fatigado el noble cordobés, rota su lanza contra los arneses enemigos y dispersos ó muertos casi to- dos sus soldados, vióse en la triste necesidad de ape- lar á la fuga. DE DOS HÓROES. 95 Entonces, confiando en el poder y ligereza de su potro, corrió las espuelas, lo animó con el acento, é inclinándose sobre las crines para evitar los golpes que trataban de asestarle, partió con la rapidez del rayo cuando desciende á la tierra desde las nubes. Varios sarracenos lanzáronse en su persecución, resueltos á darle alcance. Las sombras de la noche, el choque de las armas y los selváticos gritos de los abencerrajes, hicieron que el negro corcel de Gonzalo se desbocase. Ya no era el impetuoso jinete que huía, sino el re- molino del viento, la centella asoladora, la flecha que se escapa del arco. Fugitivo y perseguidores, más que corrían volaban. El caballo del paladín con las crines esparcidas, la nariz dilatada y cubierta la boca de torrentes de es- puma, lanzaba espantosos resoplidos, arrancando las chispas de los pedernales, ó levantando nubes de polvo al pasar sobre la movible arena. Una gran ventaja había conseguido sobre la pe- queña falange que le perseguía, cuando á su caballo le faltó terreno, cayendo en una acequia. El cordobés se consideró perdido. El pobre animal recibió graves lesiones que le in- capacitaban para levantarse. El peso del casco y la armadura impedían al pa- ladín hacer la menor tentativa de evasión. Sin embargo. Dios, que siempre es justo y bueno, no quiso que Gonzalo de Córdoba muriese á manos de sus perseguidores. Oíanse muy próximos los feroces gritos de los muslimes, y preparábase el paladín á vender cara su existencia, cuando advirtió que la puerta del cercano castillo se abría pausadamente. Una mujer vestida de blanco, que más parecía un hada misteriosa de las que nos describen las leyendas, que una criatura humana, apareció en el dintel. Sus cabellos rubios como el oro hallábanse espar- cidos por su espalda. Sus ojos eran azules como el cielo. Aquella mujer, ó mejor dicho, aquel ángel, hizo una seña al cordobés para que se aproximase. Este obedeció. Entonces la joven le atrajo dulcemente hacia ella, y obligándole á entrar en el castillo cerró la puerta. Ya era tiempo de hacerlo así. No habían transcurrido dos minutos cuando los jinetes sarracenos ayudaron con la rienda á sus cor- celes para que saltasen la acequia. Dos de ellos que encontraron tendido al potro que montaba el paladín, se detuvieron. Tras un detenido examen de aquellos sitios, com- prendieron que Gonzalo de Córdoba se había ocul- tado en el castillo, y después de una breve vacilación decidiéronse á llamar. El paladín cordobés quería abrir y habérselas con ellos, pero la joven le detuvo. Al llamamiento presentóse en el zaguán tm robus- to moro que, á pesar de hallarse encanecido, descu- bríase en sus facciones el valor y la energía. DE DOS HÉROES. 97 Al ver á Gonzalo con la joven hizo ademán de desnudar su cimitarra, pero ésta le contuvo dicién- dole: — No le infiráis el menor daño; este mancebo me salvó en una ocasión de la deshonra, y quizás de la muerte. Es el valeroso Gonzalo de Córdoba. Al oir esto Gonzalo clavó sus ojos en la joven. Ésta, como habrán comprendido nuestros lectores, era Zoraya, el Lucero de la mañana como la llamaba Muley-Hacén.
El musulmán que acudió al llamamiento de los
abencerrajes, no era otro que su tío Abul-Cazín Ve-
negas, que habíase retirado á vivir con su sobrina y
don Pedro de Solís, su hermano, después de las des-
gracias del Zagal.
El caballero dirigió á la jovenuna mirada de agra-
decimiento.
— Ahora — dijo ésta— venid conmigo, mientras rni
tío se encarga de disuadir á los que llaman, para que
no crean que habéis entrado aquí.
Gonzalo siguió á Zoraya.
Entonces el antiguo vazzir abrió la puerta de par
en par.
— ¿Qué queréis? — preguntó á los dos muslimes,
clavando en ellos sus rasgados ojos negros, que con-
servaban el fuego de la juventud.
— Buscamos á Gonzalo de Córdoba, al alcaide
de los Donceles, que ha debido ampararse en tu
casa.
98 EL JURAMENTO DB DOS HÉROBS.
— Os engañáis; en mi castillo no se amparan los
cristianos.
— Entonces, ¿dónde se halla?
— Aunque no sois dignos de que os preste mi ayu-
da, pues sabéis que pertenezco á la hueste del Zagal,
á quien tan ignominiosamente negasteis la entrada
en la corte mora, voy á ayudaros á buscar á ese pa-
ladín.
Y esto dicho, salió del castillo cerrando tras sí la
puerta.
De este modo consiguió Venegas alejar á los obs-
tinados sarracenos.
CAPITULO XII. Donde se ve la alegría con que fue recibido Gonzalo de Cordova
en el campamento cristiano. Gonzalo de Córdoba siguió á Zoraya. Esta cruzó una larga galería, penetrando después en una estancia adornada con todo ese espléndido lujo de los árabes. Ricos pebeteros esparcían deliciosos aromas com- pitiendo con los de las flores más delicadas. Zoraya sentóse en un diván é invitó al cordobés para que hiciese lo propio. Este obedeció. AI ver la hermosura de la hija de Solís aumentada por el sello melancólico que sus facciones habían adquirido desde la muerte de Mulcy, dudó si todo lo que le sucedía era real, ó si se hallaba bajo la fan- tástica influencia de un sueño. — Gracias, Zoraya — dijo al ñn. — Es en vano que me las deis, yo no he hecho más que devolveros un servicio que en otro tiempo me prestasteis. loo EL JURAMENTO — Pero no es posible que me hubieseis conocido» Confesad que vuestros instintos generosos os han impulsado á esta obra. — Con efecto, no os había conocido. ¿Pero cómo queréis que no sea humana y caritati- va con aquellos que profesan las propias ideas que me inculcaron desde la cuna? Como cordobés, debéis mejor que ninguno estar enterado de que pasé mi infancia y mi juventud en la sierra que limita la antigua corte de los califas. — Con efecto, Zoraya. ¿Y ahora qué hacéis? — Desde que murió mi esposo, permanezco en estos alijares, que tienen para mí gratos recuerdos. En este castillo pasé los primeros días de mi amor. Y la joven inclinó la cabeza como si se sintiese agobiada por sus recuerdos. — ¿No habéis vuelto á ver al infame que os con- dujo al castillo en vez de llevaros á Mondújar? — No, afortunadamente no he vuelto á verle. Vivo muy retirada. Llegan hasta aquí los fragores del combate, pera ignoro sus resultados. — ¿Qué me importa? Lo que yo amaba ha desaparecido para siempre de la tierra. Mi padre, que el pobre se encuentra muy achaco- so, y mi tío Abul, que me profesa un atecto paternal, son los únicos á quienes amo. DE DOS HÉROES. 101 Ya comprenderéis que la sultana Aixa ha sido conmigo demasiado cruel para que me preocupe áu situación. Mi único deseo es que el hermano de Muley acep- te nuestros consejos, supuesto que tan mal se han portado con él los granadinos. — ¿Y qué le aconsejáis? — Que se presente á los reyes de Castilla y le per- mitan considerarse dueño de esta fortaleza, donde vi- viremos todos tranquilos sin otras aspiraciones. ¡Ah Zoraya! Poco he de poder si no consigo de los monarcas lo que solicitáis. Ellos me aprecian. Particularmente la reina me ha dado mil pruebas de estimación, y estoy dispuesto á suplicarle que ac- ceda á lo que deseáis. — Gracias, Gonzalo, Dios os premiará vuestra bue- na obra. — ¿Acaso no es acreedora á este beneficio la mu- jer, ó mejor dicho, el ángel que me ha salvado? — No hablemos más de este asunto, ya os he dicho que no he hecho más que devolveros el favor que hace algunos años me prestasteis. Y á propósito de aquella época, ¿qué ha sido de
vuestro amigo? — ¿Hernán Pérez del Pulgar? — Sí, he oído referir sus proezas. — Pues mi amigo, respondió Gonzalo con orgullo, cada día aumenta una nueva hoja á su corona de guerrero. 102 EL JURAMENTO Hace poco que entró al asalto en Salobreña, donde se había fortificado Boabdil con sus abencerrajes. No satisfecho con este alarde de valor, llegó pocos días después á los muros de la mezquita mayor de Granada, en cuyas puertas dejó clavado su puñal con un sagrado lema. — ;Eso fué una temeridad! — exclamó la hermosa hija de D. Pedro Solís. — No os lo niego pero Hernán Pérez quería de- mostrar á los valerosos caudillos sarracenos, que si hay entre ellos quien se atreve á clavar su lanza en el pabellón de la reina cristiana, hay entre nosotros quien se determine á llegar á sus mezquitas clavan- do en ellas el testimonio de nuestra fe. En aquel momento empezaron á advertirse en los vidrios de la ojiva los primeros albores de la au- rora. Gonzalo dirigió una mirada á la verde campiña. Divisábase á lo lejos Granada, esa perla de Anda- lucía. Zoraya lanzó un prolongado suspiro. Tal vez evocaba dulces recuerdos que no habían de brillar más que á su imaginación. Los pájaros levantaron su vuelo. Oíanse en el monte los cantos de las aves y en la ciudad las agudas notas del gallo, que saludaba al sol sacudiendo su roja escarapela. Gonzalo se puso en pie. — ¿Os vais? preguntó la joven. — Sí, ya es de día. DB DOS HÉROES. 103 A estas horas no puedo abrigar el más pequeño recelo. Zoraya acompañó hasta la puerta al paladín, dando orden á un esclavo para que ensillase el mejor corcel de los que poseían. Agradecióle Gonzalo este favor, pues hubiese te- nido necesidad de desembarazarse de su pesada ar- madura. El joven estrechó entre sus manos las de Zoraya, y montando en el bruto emprendió el camino hacia el campamento cristiano después de repetirle las gra- cias.
miércoles, 8 de febrero de 2017
EL JURAMENTO 2-66
jueves, 9 de febrero de 2017
EL JURAMENTO 2-105
EL JURAMENTO DE DOS HEROES
JULIAN CASTELLANOS
ESPAÑA
1889
Grande era la tristeza que se había esparcido en el ejército de Castilla, suponiendo que el más bra- vo de los caudillos había muerto en la pasada con- tienda. Así es que cuando le vieron llegar, todos prorrum- pieron en exclamaciones de alegría. — No era posible que yo sucumbiese — exclamó — aun es necesario mi brazo para pelear en favor de la causa que representan mis magnánimos reyes. Doña Isabel y D. Fernando manifestaron al joven su deseo de que aquella noche los visitase en su tien- da para referirles cuanto les hubiese acontecido. Gonzalo se consideró muy honrado con aquella invitación. Hernán Pérez del Pulgar abrazó á su compañero' hasta el punto de hacer crujir el arnés que llevaba. — ¡Hombres como nosotros — exclamó — no mueren aunque se empeñen todos los muslimes de la tierra! 104 EL JURAMENTO — De otro modo, ¿cómo se comprenderían tus he- roicidades? — ¿Y eres tú quien las celebra? ¿Acaso las tuyas no valen por lo menos tanto como las mías? Ambos amigos cambiaron otro estrecho abrazo. — Y á propósito — dijo Gonzalo — ¿á que no adivi- nas á quién he visto y me ha hablado de ti? — No es fácil. — ¿Te acuerdas de la joven que salvamos de las asechanzas del renegado Meneses, cuando nos diri- gíamos á Alhama en busca de las tropas del marqués de Cádiz? — ¿Que resultó ser la esposa de Muley-Hacén? — La misma. — ¿No he de acordarme? — Pues es la joven que me ha salvado. — Mira si es conveniente practicar el bien. ¡Quién había de decirnos entonces...! — La infeliz está desesperada con la muerte del emir. Yo la he hecho una promesa, á la que espero que me ayudes. — ¿Cuál? — Su tío el Zagal desea rendir vasallaje á los reyes de Castilla. — Ciertamente que no han de negárselo nuestros augustos monarcas. —Es uno de los asuntos que esta noche he de tra- tar cuando me halle en la tienda de la reina. E DOS HÉROES. 105 — No dudes que ha de servirles de satisfacción que un guerrero tan esforzado se acoja á la sombra de nuestros estandartes. — ¿Lo hará por despecho de la conducta que con é\ han observado los suyos? — El fin es el mismo. ¿Y qué pretende? — Tan sólo permanecer en su castillo junto á Zo- raya y Abul-Cazín. — Bien limitadas son sus aspiraciones. No creo que te ofrezca dificultades conseguirlo. — Es que yo deseo más. — ¿Qué solicitas? — Solicito que le concedan una de las posesiones conquistadas. — Si alguno lo logra has de ser tú. Bien sabes que eres el caudillo á quien más distin- guen nuestros soberanos. - — ¿Supongo que esta noche asistirás á la regia tienda? — ¿Cómo no? Quiero conocer tus aventuras hasta en sus meno- res detalles. Pocos momentos después Gonzalo y Pulgar se se- pararon. El marqués de Cádiz estrechó también entre sus manos las del primero. — ¿Os habéis convencido de que muchas veces no basta el valor? Si hubieseis tomado anoche mis consejos, los in- felices no hubieran muerto, ni nosotros hubiésemos, estado con tanta inquietud, haciendo tristes interpre- taciones sobre vuestra tardanza. — Qué queréis, marqués, soy tan avaro de la san- gre musulmana, pue por mucha que se vierta siem- pre me parece poca. — Es necesario, sin embargo, que reprimáis vues- tros ímpetus — dijo el anciano. Gonzalo se sonrió. En los próximos capítulos verán nuestros lectores cuan pronto se olvidó el cordobés de sus prudentes, consejos.
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