Martes, 7 de junio de 2016
1887 -CORONEL VICENTE CASTAÑEDA ATACA CABECERA DE HUEHUETENANG0
MONOGRAFIA
DEL DEPARTAMENTO
DE HUEHUETENANGO
Lic.. ADRIAN RECINOS AVILA
La plaza no volvió a sufrir ataque de enemigos hasta
la disparatada juerga del Coronel don Vicente Castañeda en 1887. Otros
infortunios de que antes hemos hablado extensamente, llenan el doloroso
período de los años anteriores a aquel.
El 27 de octubre de 1887 celebraba el coronel don Vicente Castañeda en "Los Regadillos", su día de días, en unión de su familia y de alegres camaradas. El coronel era persona de ciertos prestigios y en la capital, siendo Vicepresidente de la República, se había captado numerosas simpatías. El Presidente General Barillas acababa de dar el golpe de estado y Castañeda rodó de la Vicepresidencia y se retiró a su tierra. Frescos estos sucesos y trastornado por los vapores del vino, combinó Castañeda en "Los Regadillos" con sus partidarios un ataque a la plaza de Huehuetenango. Con tal fin regresa a Chiantla, donde tenía su residencia, acompañado del comandante Manuel Castellanos y el teniente Francisco Alanzo; nulifica al comandante local Manuel Herrera y asume el mando de la plaza; incorpora a sus fuerzas a los individuos de la banda militar y a los milicianos que apresuradamente puede reunir y después de haberlos armado y equipado convenientemente con Remigton calibre 43, se dirige con tales elementos sobre Huehuetenango, cuya escasa guarnición sólo contaba con veinticinco hombres. La fuerza del coronel Castañeda podía llegar a ochenta plazas.
Huehuetenango se entregaba tranquilamente al reposo nocturno cuando se oyeron las primeras descargas, y sin saber a qué atribuirlas los habitantes se posesionaron de verdadero pánico. Nadie estaba prevenido ni acertaba a discernir quienes eran los asaltantes. Tan sólo el entonces teniente coronel don J. Joaquín Mont, Mayor de Plaza, pudo ser avisado momentos antes del ataque, de que una fuerza de Chiantla, al mando del coronel Castañeda, recibía rápidamente en el Calvario órdenes para atacar a la guarnición. El aviso lo dio una mujer Augustina Sosa. El Mayor de Plaza dio parte inmediatamente al Comandante de Armas don Francisco Fuentes, pero no pudo volver a su puesto sino confundido con sus mismos enemigos. Entre tanto la guarnición se parapetaba en el cuartel al mando de los tenientes Mariano Morales y Guadalupe Reyes.
El ataque comenzó próximamente a las 7 1/2 de la noche, con mucho vigor por parte de las fuerzas de Chiantla. A las primeras descargas cayó muerto en su puesto el malogrado teniente Morales, algunos pasos frente a la puerta del cuartel, en donde se batían los individuos de la guarnición. Durante la refriega hubo entre las fuerzas de Chiantla doce bajas y cinco en la guarnición de la cabecera, entre muertos y heridos. Varios oficiales y personas sin grado militar, del vecindario de Huehuetenango, ingresaron al cuartel apenas comenzado el fuego; cuando éste estaba a punto de cesar acudió la fuerza del Resguardo de Hacienda que fue inmediatamente confiada al capitán Aurelio E Recinos, (que más tarde alcanzó el grado de General de División). Este jefe persiguió al enemigo que hizo todavía, reforzado por auxilios de Chiantla, una breve resistencia en el Calvario.
El 27 de octubre de 1887 celebraba el coronel don Vicente Castañeda en "Los Regadillos", su día de días, en unión de su familia y de alegres camaradas. El coronel era persona de ciertos prestigios y en la capital, siendo Vicepresidente de la República, se había captado numerosas simpatías. El Presidente General Barillas acababa de dar el golpe de estado y Castañeda rodó de la Vicepresidencia y se retiró a su tierra. Frescos estos sucesos y trastornado por los vapores del vino, combinó Castañeda en "Los Regadillos" con sus partidarios un ataque a la plaza de Huehuetenango. Con tal fin regresa a Chiantla, donde tenía su residencia, acompañado del comandante Manuel Castellanos y el teniente Francisco Alanzo; nulifica al comandante local Manuel Herrera y asume el mando de la plaza; incorpora a sus fuerzas a los individuos de la banda militar y a los milicianos que apresuradamente puede reunir y después de haberlos armado y equipado convenientemente con Remigton calibre 43, se dirige con tales elementos sobre Huehuetenango, cuya escasa guarnición sólo contaba con veinticinco hombres. La fuerza del coronel Castañeda podía llegar a ochenta plazas.
Huehuetenango se entregaba tranquilamente al reposo nocturno cuando se oyeron las primeras descargas, y sin saber a qué atribuirlas los habitantes se posesionaron de verdadero pánico. Nadie estaba prevenido ni acertaba a discernir quienes eran los asaltantes. Tan sólo el entonces teniente coronel don J. Joaquín Mont, Mayor de Plaza, pudo ser avisado momentos antes del ataque, de que una fuerza de Chiantla, al mando del coronel Castañeda, recibía rápidamente en el Calvario órdenes para atacar a la guarnición. El aviso lo dio una mujer Augustina Sosa. El Mayor de Plaza dio parte inmediatamente al Comandante de Armas don Francisco Fuentes, pero no pudo volver a su puesto sino confundido con sus mismos enemigos. Entre tanto la guarnición se parapetaba en el cuartel al mando de los tenientes Mariano Morales y Guadalupe Reyes.
El ataque comenzó próximamente a las 7 1/2 de la noche, con mucho vigor por parte de las fuerzas de Chiantla. A las primeras descargas cayó muerto en su puesto el malogrado teniente Morales, algunos pasos frente a la puerta del cuartel, en donde se batían los individuos de la guarnición. Durante la refriega hubo entre las fuerzas de Chiantla doce bajas y cinco en la guarnición de la cabecera, entre muertos y heridos. Varios oficiales y personas sin grado militar, del vecindario de Huehuetenango, ingresaron al cuartel apenas comenzado el fuego; cuando éste estaba a punto de cesar acudió la fuerza del Resguardo de Hacienda que fue inmediatamente confiada al capitán Aurelio E Recinos, (que más tarde alcanzó el grado de General de División). Este jefe persiguió al enemigo que hizo todavía, reforzado por auxilios de Chiantla, una breve resistencia en el Calvario.
Terminado el ataque y
rechazado el enemigo fue destacado el comandante Juan Ochoa con una
fuerza de doscientos hombres aproximadamente para ocupar la plaza de
Chiantla. La fuerza fue organizada con los milicianos que de todas las aldeas de Huehuetenango se habían ido haciendo presentes. Al llegar el comandante Ochoa a Chiantla encontró preso al coronel Castañeda con otros jefes y oficiales más, pues no estando de acuerdo toda la población con la descabellada intentona de don Vicente, se había organizado una
fuerza, a cuyo frente se puso el comandante Pedro Granados para
contrarrestar a aquel jefe. La fuerza de Granados se había encaminado
hacia Huehuetenango y capturó a poca distancia al coronel Castañeda y su
Estado Mayor. Dos días después llegaban a Huehuetenango tropas de San Marcos y Quezaltenango para prestar auxilio.
La desgraciada empresa que en un rapto de locura acometió el infortunado coronel Castañeda tuvo un fin trágico. El proceso instruido terminó por sentencia de muerte que se ejecutó en las personas de don Vicente y de los tenientes José Muñoz y Francisco Alonzo, quienes fueron pasados por las armas, previa degradación, en la plaza de Chiantla.
Sin plan, sin justos móviles, sin bandera, la asonada de Castañeda hubiera sido para Huehuetenango, en caso de triunfar, de funestos resultados, la ciudad habría pasado de nuevo por los horrores del pillaje, el asesinato, la violencia y el incendio, y el rencor entre la cabecera y Chiantla, que dichosamente ya ha desaparecido, habría sido ahondado para mal de sus habitantes.
La desgraciada empresa que en un rapto de locura acometió el infortunado coronel Castañeda tuvo un fin trágico. El proceso instruido terminó por sentencia de muerte que se ejecutó en las personas de don Vicente y de los tenientes José Muñoz y Francisco Alonzo, quienes fueron pasados por las armas, previa degradación, en la plaza de Chiantla.
Sin plan, sin justos móviles, sin bandera, la asonada de Castañeda hubiera sido para Huehuetenango, en caso de triunfar, de funestos resultados, la ciudad habría pasado de nuevo por los horrores del pillaje, el asesinato, la violencia y el incendio, y el rencor entre la cabecera y Chiantla, que dichosamente ya ha desaparecido, habría sido ahondado para mal de sus habitantes.
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