WASHINGTON. D. C.
De cómo un relato íntimo
trajo consuelo á mucha
gente.
EL ANGEL DE LOS PADRES
AFLIGIDOS
Por BARBARA SANDE DIMMITT
Evans quería que su libro
fuese un mensaje de amor para sus hijas y de consuelo
para su madreEN 1993 APARECIÓ
en varias librerías de Salt Lake City, Utah, The Christmas Box ("La
caja de Navidad"), delgado volumen de un escritor primerizo, acerca de un
padre obsesionado por el trabajo, que descuida a su familia, sobre todo a su
hija. Sin embargo, una Navidad se transforma al conocer a una anciana cuya
única hija había muerto de pequeña.
En el curso de los años, la mujer se había consolado escribiéndole cartas a su pequeña, las cuales guardaba en una caja de madera que tenía tallada una escena de la Natividad. Conmovido por la pena y el amor inagotable de la anciana, el hombre comprende lo ciego que ha estado ante la bendición que representa su familia, y promete volverse el padre amoroso que ésta merece.
En el curso de los años, la mujer se había consolado escribiéndole cartas a su pequeña, las cuales guardaba en una caja de madera que tenía tallada una escena de la Natividad. Conmovido por la pena y el amor inagotable de la anciana, el hombre comprende lo ciego que ha estado ante la bendición que representa su familia, y promete volverse el padre amoroso que ésta merece.
Cuando el autor, Richard Paul
Evans, escribió el último párrafo, Pensó que estaba poniendo punto final a un
relato íntimo a través del cual quería expresar el profundo cariño que les
tenía a sus hijas. No sospechaba todas las consecuencias que su publicación iba
a tener.
Cuando el autor, Richard Paul
Evans, escribió el último párrafo, pensó que estaba poniendo punto final a un
relato íntimo a través del cual quería expresar el profundo cariño que les
tenía a sus hijas. No sospechaba todas las
consecuencias que su publicación iba a tener.
Mensaje de amor
RICHARD PAUL EVANS estaba rendido
física y moralmente. Era noviembre de 1992, y este publicista, radicado en Salt
Lake City, llevaba varios meses trabajando jornadas de 18 horas, lo que había
afectado su vida familiar. Era un esposo y padre afectuoso, y lamentaba el
tiempo que les había robado a sus hijas, Jenna, de seis años, y Allyson, de
cuatro.
La Navidad estaba cerca y Richard
ansiaba expresarles cuánto las quería. A ellas les encantaba que papá les
leyera cuentos, así que un libro escrito por él sería el regalo perfecto.
Richard esbozó la historia de un
padre que se dedica en cuerpo y alma al trabajo, quitándole atención a su
familia, pero mientras lo hacía le venían a la mente inquietantes imágenes de
una mujer que lloraba a una hija muerta. ¿Qué tenía que ver eso con su relato?
Una noche, al evocar un borroso recuerdo de su niñez, halló la respuesta.
Cuando tenía cuatro
años, vio a su madre, June, llorando en silencio en su cuarto, y le preguntó
qué tenía.
—Es que hoy habría
sido el cumpleaños de Sue —le contestó ella.
El pequeño sabía que
hacía dos años su madre había dado a luz a una niña muerta. Con la comprensión propia de su
edad, Richard le dio un abrazo a su madre.
En adelante, el tema de Sue casi
no volvió a tocarse. El padre de Richard tenía una gran familia que mantener y
se enfrascó en el negocio de construcción que tenía; si le pesaba la pérdida de
su hija, no lo demostraba. En cambio, el penar de su madre era evidente para
Richard.
Aunque habían pasado más de 25
años desde entonces, Richard no podía dejar de pensar en la hermana a la que no
había conocido, y comprendió cómo encajaría ella en el libro. Escribiría una
historia sobre las dos tragedias de la paternidad: la pérdida repentina de un
hijo debida a la muerte, y la otra pérdida, paulatina, debida al descuido.
Era un tema lúgubre, pero Richard
estaba inspirado, y escribió lo que quería que fuese un testimonio de amor para
sus hijas y un mensaje de consuelo para su madre.
Para terminar el libro buscó una
imagen que representara vívidamente el dolor que siente un padre ante la
pérdida de un hijo, y se acordó de algo que le había contado una vecina anciana:
que cuando era niña iba a jugar al cementerio de la ciudad, y todos los días veía llegar a una mujer y llorar al
pie de la estatua de un ángel, que señalaba la tumba de un niño.
La fidelidad de esa madre y el
tierno simbolismo del ángel dejaron una honda huella en Richard, que, luego de
hacer algunas correcciones, agregó la imagen al relato.
El pequeño manuscrito superó las
expectativas del autor durante la celebración familiar de Nochebuena. Richard
tomó una copia y se la mostró a su madre señalando la dedicatoria: "A Sue".
—Mamá, creo que ella me inspiró
esta historia para ti —le dijo.
June Evans estrechó a su hijo
entre sus brazos y le dio las gracias, emocionada, mientras su esposo, David,
los miraba en silencio.
Más tarde, Jenna y Allyson escucharon
la historia, embelesadas, de boca de su padre. Satisfecho con la acogida que
tuvo el relato en la familia, Richard puso el manuscrito en una repisa para
tenerlo a la mano si las niñas querían que se lo volviera a leer.
Con todo, hubo más repercusiones:
las fotocopias encuadernadas que Evans dio a la familia circularon también
entre los amigos, y al poco tiempo el autor empezó a recibir llamadas de
desconocidos que querían decirle lo mucho que había significado para ellos leer
el texto. Más tarde, las librerías de la ciudad le pidieron ejemplares para
vender.
A instancias de los lectores,
Richard envió copias del manuscrito a las editoriales de la ciudad, pero éstas
lo rechazaron, así que, en agosto de 1993, él y su mujer, Keri,destinaron sus
ahorros a publicar 8000 ejemplares por su cuenta. No imaginaban que el libro
iba a ser un éxito de ventas y les atraería ofertas de las mayores editoriales
neoyorquinas.
Liberación
AL LLEGAR noviembre, las ventas
en Salt Lake City iban en aumento, y Richard asistía con regularidad a
presentaciones en las las librerías para autografiar ejemplares. En uno
de esos actos se le acercó una señora de mirada triste.
—e Quiere que le autografíe el
libro? preguntó Richard
—Ya lo leí, y me parece que usted
no es tan mayor para ser el protagonista —repuso ella—. Esta historia no es
verdadera.
—Tiene razón: es una
ficción literaria.
—¡Cuánto me habría
gustado llevarle una flor al ángel! —dijo el voz baja, y se marchó.
Richard se quedó sin habla. Había
sabido al instante lo que afligia a esa mujer. En casi todas las presentaciones
veía personas con la misma expresión, que le
hablaban de la muerte de un hijo, y del profundo consuelo que les había
traído el libro. Para la mayoría, el pasaje del
ángel de piedra era particularmente liberador. A Richard no se le había ocurrido que la falta de la estatua pudiera
resultarles dolorosa a esos lectores.
Preocupado, le contó al
distribuidor del libro la conversación que había tenido con la mujer, y un
vendedor que alcanzó a oírlo le dijo que recibían
muchas llamadas de gente que preguntaba por el ángel.
Ante tanta insistencia, el propio
Richard quiso saber dónde estaba la estatua, y le pidió a su vecina que le
mostrara el lugar, pero al llegar a la parte del cementerio que ella recordaba,
no encontraron más que lápidas. Si 70 años atrás había habido allí una estatua,
hacía mucho que había desaparecido.
Lo que al principio no fue para
Richard más que un bonito recurso literario, había resultado demasiado
atractivo. Conforme aumentaba el público del libro, más personas de todo
Estados Unidos acudían a Salt Lake City en busca de consuelo, y no lo
encontraban. Richard comprendió que no le quedaba más remedio que erigir la
estatua de un ángel para que los dolientes pudieran ir a visitarlo y hallar
consuelo.
—¡Es una magnífica idea! —le dijo
su madre cuando él le contó su plan—. Yo nunca
he tenido un sitio donde llorar a Sue. No la enterraron. Así era
antes. Tal vez pensaban que de ese modo sería más fácil que tu padre y yo la
olvidáramos.
Richard no sabía cómo
reaccionaría él ante semejante pérdida, pero se daba cuenta de que, hacía 30
años, su padre debía de haber sido un espectador más que un participante en el
parto, y habría tenido que ser fuerte ante la muerte de su hija.
En ese entonces David Evans, que
tenía siete hijos y estaba en deuda con sus padres, estudiaba la carrera de
trabajo social para tener ingresos más constantes que los que percibía en la
construcción. Quizá estaba tan preocupado por la salud de su esposa y las
necesidades de su familia, que reprimió el impulso de llorar la muerte de su
hija.
La herida de June,
en cambio, seguía
abierta.
El silencio y el aislamiento preservaban y hasta aumentaban el sentimiento
de pérdida.
Símbolo de consuelo
CONVENCIDo de que su madre y
muchas otras personas necesitaban un lugar donde consolarse, Richard se puso a
buscar la estatua apropiada, y en septiembre de 1994 recurrió al escultor Ortho
Fairbanks. Resultó que él y su esposa tenían un
motivo para colaborar en el proyecto: ellos
también habían perdido un hijo.
Richard les describió la estatua
que tenía pensada —una figura de niño con alas de ángel— y les dijo que quería
celebrar una ceremonia de dedicación a principios de diciembre. El escultor le
explicó que si era de piedra podía llevarle años; que la mejor opción era
hacerla de bronce con una pátina que imitara la piedra. Aunque incluso ese
trabajo podía tardar de seis meses a un año, prometió acabar a tiempo.
Fairbanks cumplió su palabra. Le
pidió ayuda a su hijo, también escultor, y ambos trabajaron día y noche.
Mientras tanto, Richard y el cuidador del cementerio encontraron el terreno
donde pondrían la estatua. El ángel estuvo listo dos días antes del plazo
convenido.
La tarde del 6 de diciembre de
'41994, a pesar de la lluvia y la nieve, Una procesión demás de 400 personas
subió la cuesta que lleva al monumento, con pequeñas velas encendidas en las
manos. Mientras algunos dignatarios de la ciudad pronuciaban discursos, ningun
asistentes podía apartar la vista del ángel.
Era un poco mayor que diseño
natural y descansaba sobre un pedestal de granito. Dos reflelctores
le iluminaban desde abajo los brazos extendidos hacia delante y el rostro
dirigido al cielo. Quienes se encontraban más cerca alcanzabana ver la palabra
"Esperanza" grabada en el ala derecha.
"Los ángeles te guardan,
hijo mío", cantó un coro de niños. "Te librarán de todo daño y
despertarás en mis brazos".
Luego llegó el momento que
Richard esperaba desde hacía meses. Su madre se acercó al ángel llevando una
rosa blanca en la mano, se arrodilló y depositó la flor a sus pies. A Richard
se le humedecieron los ojos. Al cabo de unos instantes, June se levantó con
expresión de alivio, y su hijo le dio un abrazo.
—¡Al fin tenemos un lugar
para Sue! —exclamó ella.
A continuación la gente empezó a
desfilar ante el ángel depositando flores blancas sobre el pedestal y sobre los
brazos, hasta colmarlos. Al pie del monumento también
dejaban juguetes, fotografías y otros recuerdos de sus hijos difuntos.
Bajo la llovizna, Richard se
quedó mirando al ángel obrar el milagro. Le había pedido al escultor que la
figura tuviera los brazos extendidos, como un niño que quisiera que lo
levantaran, pero, a juzgar por las expresiones de paz en los rostros iluminados
por las velas, este ángel, más que pedir consuelo, lo daba. Parecía estar diciendo: "Ven y deja aquí tus
aflicciones". Y uno por uno, sus visitantes así lo hicieron.
Richard volvió a mirar a su
madre. El regalo que había querido hacerle estaba completo, y sentía que era el
momento más feliz de su vida. Entonces miró a su
padre y vio que le corrían lágrimas por las mejillas. En su expresión se
adivinaba toda una vida de sufrimiento contenido. Así, rodeados de
desconocidos a los que reunía un dolor común, David y June Evans se fundieron
en un abrazo. Sobre ellos se cernía el ángel, lustroso por el agua que lo
cubría_
Se han vendido más de 7 millones
de ejemplares emplares de The Christmas Box en 17 idiomas. Richard Paul Evans
ha escrito otras cuatro novelas de éxito, entre ellas The Looking Glass
("El espejo"). June Evans ahora habla abiertamente de la muerte de su
hija, para consolar a otros padres que han sufrido la misma pérdida. David
Evans dirige una institución para niños maltratados y abandonados que su hijo
fundó con las regalías que le han dejado sus libros. El ángel de bronce recibe
más de 1200 visitas al año.
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