viernes, 9 de octubre de 2020

ASI NACIO ISRAEL JORGE GARCIA GRANADOS

ASI NACIO ISRAEL
JORGE GARCIA GRANADOS                    
   BIBLIOTECA ORIENTE
BUENOS AIRES
ARGENTINA
1949    
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 PREFACIO
ESTE LIBRO narra la historia de una experiencia personal, experiencia memorable y espiritualmente fructífera, que empezó el 13 de mayo de 1947, cuando fui designado para integrar la Comisión Especial de las Naciones Unidas para Palestina.
Tras largos análisis y el estudio más meticuloso, nuestra Comisión recomendó unánimemente la terminación del Mandato Británico sobre Palestina y la independencia del país. La mayoría de nosotros se decidió en favor de la división de Palestina entre árabes y judíos, para que cada uno de los contendientes gozara de independencia en una parte del territorio. Las Naciones Unidas aceptaron este proyecto, que fue así la base para el establecimiento del estado judío de Israel.
Pero aunque la partición llegó a ser una realidad, no advino precisamente del modo que hablamos esperado. El estado de Israel no nació a la vida mediante la acción ordenada y regular del mecanismo internacional. El mecanismo internacional falló. Las páginas que siguen revelarán muchas de las razones de este fracaso, razones nacidas principalmente de la política por el poder, de los celos y de la intriga. Como consecuencia de todo ello los judíos se vieron forzados a erigir su estado valiéndose de sus propios medios, con el solo respaldo de la autoridad moral que les prestaba la resolución aprobada por las Naciones Unidas, pero sin ninguna ayuda contra la invasión armada. Lamento, por las Naciones Unidas, que esto ocurriera como ocurrió. Habría sido un presagio maravilloso de la futura eficacia de la comunidad internacional que las Naciones Unidas empezaran su carrera con una acción tan constructiva. Sin embargo, en cierto sentido me alegro por los judíos. Tal como resultaron las cosas, su estado no les fue dado como regalo; ellos mismos lo crearon a costa de una gran lucha, llegando a la libertad por el mismo camino que han empleado todos los pueblos en la historia.
Tales son mis ideas ahora que pienso en la Tierra Santa y en la historia que allí se escribe, en la cual ha colaborado nuestra Comisión. Estoy convencido de que en la lucha de los judíos han de encontrarse lecciones para toda la estirpe humana. Ellos han probado que, aun contra todas las adversidades posibles, la fe en una causa y el espíritu de sacrificio por un ideal acaban por triunfar. Esa es la lección duradera para todos nosotros: la fe es más poderosa que la fuerza material, y en la batalla final triunfa quien lucha por lo que sabe justo y recto.
Termino expresando la deuda que tiene este libro para con muchas personas. No puedo enumerar a todos estos amigos admirables, pero deseo hacer patente mi gratitud en particular a Emilio Zea González, mi suplente en la Comisión Especial; al doctor Alfonso García Robles, de la Secretaría de las Naciones Unidas; a Gerold Frank, uno de los más capaces corresponsales extranjeros norteamericanos, y a mi mujer, por su comprensión y aliento constantes.
Chalet "Alcalá", Ciudad de Guatemala.
CAPITULO I
ENTRADA POR LA PUERTA DE ATRÁS
PEDRO ZULOAGA, venezolano de espíritu liberal y miembro de la delegación permanente de su país ante las Naciones Unidas, alzó su copa.
—García Granados, usted debería estar en esta Comisióndijo con énfasis—. Necesitamos un luchador.
Hernán Santa Cruz, jefe de la delegación de Chile, me miró sonriente por encima de la mesa.
Sí —dijo—. Usted debe ir a Palestina.
Era a principios de mayo, en 1947. Un grupo de latinoamericanos estábamos terminando de almorzar en el comedor para delegados del cuartel general de las Naciones Unidas situado en Lake Success. El tema de nuestra conversación era la Asamblea Especial de las Naciones Unidas, ante la cual todos éramos delegados. Pocos días antes, el 23 de abril, se había abierto la Asamblea y habíamos iniciado nuestro examen preliminar del complicada problema de Palestina. Ahora, después de haber oído los argumentos de los portavoces judíos y árabes, las cincuenta y cinco naciones miembros iban a elegir un comité especial que fuera a Palestina, estudiara la situación. y volviera con una solución definitiva. Era un momento que la historia pintaba trágicamente. Veinticinco años de gobierno británico culminaban en el caos; en aguas palestinas los ingleses detenían barcos de refugiados judíos, cuyos pasajeros eran internados en campamentos británicos, en Chipre; miembros del movimiento clandestino judío perecían en la horca; los rebeldes tiroteaban a soldados británícos y hacían volar trenes; los árabes peleaban contra los árabes extremistas. . . La tarea confiada a esta comisión investigadora tendría proporciones hercúleas. evidentemente.
Debo decir que la sugestión de mía colegas me tomó de sorpresa. Apenas un mes antes, estando en Washington, mi mujer y yo habíamos  proyectado ir a Guatemala el  primero de Julio, de Vacaciones, acompañados por dos huéspedes: M. Henri Bonnet, el embajador francés, y Mme. Bonnet. Les había hablado de los encantos  de mi tierra, d ela temperatura moderada y el clima deleitoso de nuestras mesetas; y ellos habían aceptado nuestra invitación. Esperabamos  unas vacaciones  de tranquilidad y descanso.
A la sazón recibí un telegrama de mi gobierno, con instrucciones de ir inmediatamente a Nueva York para participar como jefe de la delegación guatemalteca, en la Asamblea Especial para Palestinaque había sido convocada a pedido de la Gran Bretaña.-.Yo no tenía muchas ganas de cambiar mis planes a último momento.: Pero, corno optimista incorregible que soy, le dije a mi mujer-
-Bien, no será por mucho tiempo. Estas sesiones acabarán en bocas semanas, y entoncer, podremos seguir adelante con nuestros
¿Cómo iba yo a saber que este pedido cambiaría el curso de mi vida en el año  siguiente y me introduciría de lleno en un problema que entonces tenía poco o ningún significado para mí? Al cabo de pocos meses no era ya embajador de mi país en Washington y estaba enredado, como tantas otras, veces en mi vida, en la lucha de un pueblo por la libertad.
No fue ningún conocimiento especial de mi parte lo que llevó a mis colegas a pensar en mi como miembro de la comisión investigadora.  Yo sabía muy poco sobre Palestina. Pero estaban seguros de que no bien entendiera a punto fijo dónde estaba la justicía, pelearía por ella con todas las fuerzas a mí alcance. Un año antes, en estos mismos salones, los latinoamericanos liberales nos habíamos unido en la lucha por conseguir que las Naciones Unidas denunciaran a la España franquista por su política antidemocrática  y dictatorial. Habíamos dejado ver Claramente dónde estábamos situados. El problema palestino sería una prueba mucho más crítica para saber si nuestra organización mundial podía aplicar  el gobierno de la ley y la razón en zonas de agudo conflicto político. La Única esperanza para la paz mundial está en la seguridad colectiva, y nosotros, corno ciudadanos y dirigentes de países pequeños, nos adherimos fervorosamente a esta fe. La Liga de las Naciones había zozobrado en la roca trágica de la política por el poder. Nosotros sabíamos que no osaríamos permitir a las grandes potencias que convirtieran también a las Naciones Unidas en liza  poder hacer alardes de sus fuerzas.
I.a eficacia de la acción internacional en Palestina dependía, sobre todo, de la imparcialidad del comité investigador que se enviara. Por ello todos nosotros estábamos alerta para ver por qué medios tratarían de influir las grandes potencias en la composición del comité. En la r.ntesala de los delegados, ese centro fascinante de murmuraciones e intrigas internacionales, ya se sabía la noticia: los Estados Unidos, en una rápida maniobra tendiente a impedir que el bloque soviético presentara su propia lista, y apoyados por Reino Unido, propondrían un comité de siete naciones: Canadá, Checoeslovaquia, Irán, Holanda, Perú, Suecia y Uruguay.
Me sentí desilusionado. No era una lista fuerte. Si bien mucho dependía de las personas elegidas y de las instrucciones que recibieran de sus respectivos gobiernos, en caso de haberlas, ciertos hechos eran muy claros. Canadá, Holanda y Suecia estaban en el bloque occidental, y favorecían a Gran Bretaña, la potencia mandataria en Palestina. Perú era notablemente conservador, e Irán un estado musulmán cuya opinión no constituiría ningún secreto. Si esta comisión, como parecía probable, iba a redactar sus recomendaciones con el ojo puesto en la Gran Bretaña y los Estados Unidos, no ayudaría mucho a encontrar la verdadera solución que ellos propusieran.
No bien se hizo pública la lista de los Estados Unidos, Polonia presentó una contrapropuesta, firmemente apoyada por Andrei Gromyko,delegado soviético. Quería quo los cinco miembros permanetnes del Consejo de Seguridad —Estados Unidos, Gran Bretaña, La URSS, Fraacia y China— formaran el núcleo del comité; con lo cual, dijo, se aseguraría la aplicación indudable de cualquier solución que ellos propusieran.
Esto no gustó a los Estados Unidos. Washington prefería que Moscú no tuviera un papel importante en Palestina, y tampoco deseaba verse tan directamente implicado en el problema. El senador Warren Austin, delegado norteamericano, hizo una declaración más importante por lo que dejó de decir que por lo que dijo: sin duda, observó, cualquier organismo que incluya a los cinco grandes no puede pretender "ser imparcial". Alexander Parodi, de Francia, le apoyó; y Asa£ Alí de la India, hablando como defensor de las potencias pequeñas, señaló con cierto fastidio que, con la sola excepción de China, cada uno de los cinco grandes tenía intereses políticos o económicos en el Medio Oriente, y por lo tanto no deberían ser elegidos para formar el Comité.
Yo había observado anteriormente que los Estados Unidos seguían una técnica de globo de ensayo en las :Naciones Unidas. Si una proposición suya no obtenía el apoyo general, no la retiraban, sino que sugerían una enmienda para resolver las objeciones, asegurándose así de que, saliera al fin lo que saliera, su idea básica no se habría perdido. Por consiguiente esperábamos que el senador Austin sacara a relucir tarde o temprano una enmienda a su propuesta original de los siete países.
La composición del Comité llegó al voto el 13 de mayo: fué un día de discusiones vigorosas, en que el bloque soviético defendió ardientemente su punto de vista. Primero votamos la proposición rusa de que el Comité estuviera compuesto solamente por estados del Consejo de Seguridad_ Fue derrotada rápidamente. También se perdió la proposición polasa de que el Comité constara de 11 naciones inclusive los Cinco Grandes.  Finalmente votamos una moción australiana para que el Comité estuviera compuesto por 11 países, excluyendo a los Cinco Grandes. aquí, aunque las Naciones Unidas trataban uno de los problemas más de su histeria, treinta y una  naciones se abstuvieron de votar o figuraron como ausentes, y la moción australiana fue aprobada por dos votos, 13 a 11. No pude menos de pensar lo siguiente:  Nos estamos acercando al problema como si fuera a estallarnos en la  cara. Es complicado, sí, ¿pero acaso no estamos aquí para tratar asuntos complicados?
Inspirado por pensamientos semejantes. Jan Papenek, entonces delegado checoeslovaco, tomó la palabraa para decir, tristemente
—Considero esta votación como resultado directo del deseo de las grandes potencias de evitar toda responsabilidad en este importantísimo problema. Otros, más de la mitad de los estados miembros, también rehuyen su responsabilidad. Pienso que eso debe decirse claramente en este recinto._
Yo no me engañaba con respecto a las razones de todo ello: cada una de las grandes potencias buscaba una ventaja, y la mayoría de los países pequeños, con excepción del bloque musulmán, temían contrariar a los países más influyentes. Los delegados musulmanes encaraban la cuestión abierta y francamente, como partes en la disputa: sus posiciones y sus simpatías estaban establecidas de antemano. No era sorprendente, pues, que en este clima no se prestase atención a los méritos del caso.
Luego debimos ampliar la Comisión. Santa Cruz, de Chile, propuso a Guatemala y Yugoeslavia como los miembros octavo y noveno. El senador Austin propuso después que, como Chile ya había nombrado a un latinoamericano y a un eslavo, debíamos aprobar los nueve ya designados y elegir dos más, preferiblemente de países que representaran al Asia y a la zona del Pacífico meridional, lo cual daría al comité una vasta representación geográfica. No hubo objeciones en la sala; se llevó adelante la moción y en pocos momentos la India y Australia habían sido elegidas y la Comisión de Investigación estaba completa.
De esta manera, como idea tardía y por la puerta de atrás, gracias a la iniciativa de los delegados latinoamericanos liberales y el consentimiento de los Estados Lnidos y la Unión Soviética, Guatemala (y yo con ella) ingresó a la Comisión Especial de las Naciones Unidas para Palestina, que la prensa mundial bautizaría más tarde con la sigla UNSCOP .
Como comité estábamos en una posición excepcional. Eramos el Tribunal supremo y el primer organismonacional que investigaría el problema de Palestina. Los comités investigadores que nos precedieran habían sido británicos o anglonorteamericanos. Eran responsables tan sólo ante sus propios gobiernos. Nosotros éramos responsables ante las naciones del mundo entero. Y yo sentía que esto era eminentemente justo,pues habían sido las naciones del mundo, la Liga de la de las Naciones, quienes habían dado a Gran Bretaña el Mandato para Palestina, y le habían confiado en su nombre el gobierneo de Tierra 'Santa. Ahora que la tarea le resultaba, demasiado grande era justo que devolviera el gobierno a la comunidad de naciones para que éstas juzgaran y resolvieran.
Las condiciones que nos habían puesto eran claras. Tendríamos "todo el poder necesario para averiguar y registarar hechos, y para investigar todos los puntos y cuestiones relativos al problema de Palestina". Dirigiríamos y efectuaríamos investigaciones en Palestina y dondequiera estimáramos útil; y prepararíamos un informe con nuestras recomendaciones "para la solución del problema de Palestina", que debíamos entregar el 1 de septiembre de 1947, para someterlo a la Asamblea General de las Naciones Unidas, convocada para reunirse en sesión ordinaria a fines de ese mes en Flushing Meadows.
ASI NACIO ISRAEL
JORGE GARCIA GRANADOS
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1949
 CAPÍTULO II
LA MESA REDONDA INTERNACIONAL
DESDE LOS LEJANOS rincones del mundo llegaban a Nueva York los once miembros designados para la UNSCOP. Un jueves por la mañana, a fines de mayo, alcé el tubo de mi teléfono y oí una voz impaciente, balbuceante y aguda que me invitaba a comer esa noche en el hotel Ambassador. Era sir Abdur Rahman, el representante de la India en la UNSCOP.
Sir Abdur resultó ser un caballero sumamente excitable, que frisaba en los sesenta años, de talla mediana, rollizo, de cara redonda y poseedor de un temperamento explosivo. Acababa de llegar de Bombay y había tenido una experiencia desgraciada al detenerse en Londres. Aparentemente, el Ministerio de Relaciones Exteriores de la India había olvidado obtenerle la visación inglesa, y cuando las dificultades de transporte lo retuvieron tres días, se encontró virtualmente prisionero en su hotel de Londres, sin poder salir de su recinto.
—Le digo que fue algo imposible —afirmaba, colérico--.  Me trataron como si fuera un salvaje peligroso!
Pronto observé que sir Abdur tenía por costumbre expresarse con fuerza y vehemencia; y cuando estaba exitado, loocurría a menudo, tartamudeaba y soltaba bruscamente las palabras. No era un tartamudeo por timidez, sino algo semejante a un automóvil con el escape abierto, que lanza dos o tres broncos resoplidos a fin de tomar mayor velocidad    para su viaje.
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Ahora tartamudeaba y resoplaba airadamente contra todo. Veía mal que no estuvieran presentes todos los delegados para discutir reglas de procedimiento; estaba fastidiado porque no podía hallar las direcciones de los otros delegados (parecía que yo era el primer y único colega con quien había podido dar) ; se quejaba de que la oficina de las Naciones Unidas a cargo de ese servicio no lo hubiera satisfecho, y se sentía irritado por todos y por todo.
Nuestra conversación reveló que era mahometano devoto, uno de los dos miembros de esa fe que había en nuestra Comisión, siendo el otro Nasrollah Entezam, ex Ministro de Relaciones Exteriores del Irán. Sir Abdur no bebía ni fumaba. Era juez de la Suprema Corte en Lahore, zona donde los musulmanes eran mucho menos numerosos que los indostánicos. Era miembro del Partido del Congreso Hindú, y uno de los pocos musulmanes que obedecían a Nehru. En los días que siguieron, hasta cuando por fin llegamos a discutir las ventajas e inconvenientes de dividir a Palestina, sir Abdur trabajó bajo una gran tensión, preocupado por la seguridad de su familia en los disturbios que seguirían a la partición de la India. Aun ahora, en el comienzo, no me ocultó su disgusto por la partición, que había sido recomendada como solución para Palestina ya en 1937 por la Comisión Inglesa de Peel, uno de los muchos organismos investigadores que nos habían precedido en la búsqueda de soluciones al problema.
Sir Abdur me pareció encantador, y, bajo su irritación permanente, agradable; pero tuve la certeza de que nos haría pasar muchos malos ratos en la Comisión.
En las antesalas de Lake Success me presentaron al doctor José Brilej, director del Departamento Político del Ministerio de Relaciones Exteriores de Yugoslavia, y representante suplente de su país en la UNSCOP. Hombre de treinta y siete años, parecía más joven aún. Había sido periodista y abogado; se mantenía erguido militarmente , la espalda tiesa como baqueta, durante la segunda guerra mundial luchó con los guerrilleros yugoslavos, alcanzando el grado de coronel. Me explicó que representaría a Yugoslavia hasta que llegáramos a Palestina, adonde iría para hacerse cargo como delegado titular Vladimir Simic, presidente del Senado yugoslavo, a la sazón en Belgrado. Aunque cada país enviaba un delegado y un substituto a nuestro Comité, ya en Palestina descubrimos que la delegación yugoslava constaba de casi diez personas: el doctor Simic, el doctor Brilej, media docena de secretarios, y hasta un agregado de prensa.
En Washington yo me había encontrado frecuentemente con el hermano de Simic, Stanoje, Ministro de Relaciones Exteriores yugoslavo, cuando era embajador ante los Estados Unidos. Mientras Brilej me contaba sobre sus experiencias con los guerrilleros, le pregunté, sonriente:
—¿Y el señor Simic es comunista?
Los ojos de Brilej destellaron alegremente tras los anteojos de armazón de oro, mientras reía.
—No, no, en absoluto —me dijo—. Es un demócrata, presidente de la Asociación de Abogados de Yugoslavia.
Después supe que el propio Brilej había sido miembro de la Asociación de Trabajadores Católicos en Yugoslavia, que no era comunista.
También conocí al doctor Karel Lisicky, de Checoslovaquia, hombre corpulento, trabajador, con un dejo sardónico en sus palabras y algo así como una corriente subterránea de amargura en su actitud hacia el mundo. El doctor Lisicky era Ministro Plenipotenciario del servicio diplomático checo, y había tenido una larga experiencia diplomática en París, Varsovia, Lausana y Londres. Era un funcionario checoslovaco de la escuela Masaryk-Benes: lento en la acción, conservador en política, exacto en sus trabajos.
Muy parecido a él resultó ser el doctor Nicolaas Blom, de Holanda, ex Vicegobernador General en ejercicio de las Indias Orientales Holandesas. Hombre sonriente, de pelo rubio y ojos azules, de poco menos de cincuenta años,
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era el típico funcionario colonial holandés, a más de abogado y legislador apasionado por el detalle. En este sentido era casi un genio: al presentar una cuestión en nuestras discusiones la iba despellejando lentamente, pesadamente, por así decirlo, revelándola con afanosa precisión, cada vez más. hasta dejarla expuesta con una claridad absoluta (y, debo decirlo, exhaustiva).
Trygve Lie, secretario general de las Naciones Unidas, inició nuestra primera reunión con unas breves palabras sobre el. alcance e importancia de nuestra labor:
"La Asamblea General ha dado a vuestra Comisión los más amplios poderes —señaló— Podéis recibir y examinar testimonios de la potencia en ejercicio del Mandato, de representantes de la población de Palestina, de gobiernos y de las organizaciones e individuos que estiméis necesario...
"Venís de diversas partes del mundo, caballeros, y gozáis de la confianza de vuestros respectivos gobiernos. Deseo agradeceros, así como a vuestros gobiernos, por vuestra disposición a servir en este vital Comité, que representa la esperanza y la fe de millones de hombres. Los resultados de vuestra labor influirán grandemente en su confianza en la capacidad de las Naciones Unidas para llenar su trascendental misión."
Y recalcó, sobriamente, que tendríamos que hacer frente a un problema desafiante, un problema "cargado de tanta emoción y pasión, rodeado por tantas exhortaciones de humanidad y de justicia. . ."
En la mesa de conferencias tuve ocasión de examinar a los otros hombres elegidos para participar en esta acción. Dos estaban ausentes y con ellos nos reuniríamos en Palestina: el profesor Enrique Rodríguez Fabregat, ex Ministro de Instrucción Pública del Uruguay, que acababa de ser llamado por su gobierno a Montevideo. y el doctor Arturo García Salazar, del Perú, embajador de su país ante el Vaticano.
junto al señor Lie estaba sentado el doctor Víctor Hoo, subsecretario general y representante de Lie en nuestro Comité. El doctor Hoo, una autoridad en fideicomisos, había sido ministro chino en Suiza. Iba a encabezar una secretaría de casi cincuenta personas, verdadero ejército de ayudantes, dactilógrafos, traductores, funcionarios administrativos, de viaje, de finanzas, y de prensa, que vendría con nosotros. Era la primera vez que un microcosmo de las Naciones Unidas, casi perfecto, partía en un viaje que abarcaba medio mundo.
Vi a mi amigo Nasrollah Entezam frente a mí, del otro lado de la mesa. Moreno, delgado, de facciones finas, Entezam combina en su persona la cortesía y sutileza del oriental con las costumbres y la, expresión de Occidente. Si vistiera blancas sedas, ropajes de ribetes dorados y se tocara con un enorme turbante de seda adornado con plumachos y piedras preciosas, parecería salido de una de esas miniaturas que caracterizan a su Persia natal. Sin embargo, es un hombre moderno que habla francés elegante y conoce cabalmente a Europa, habiendo servido a su gobierno en París, Varsovia, Londres y Berna.
junto a él estaba sentado john D.L. Hood, consejero principal del Departamento de Relaciones Exteriores de Australia. Era discreto, de voz suave y de figura atlética. Había sido titular de la beca Rhodes, miembro de la redacción del Times de Londres, y, muy recientemente, representante de Australia en la Comisión Investigadora de las Naciones Unidas en los Balcanes que examinara los incidentes fronterizos de Grecia. Su vecino era el juez Ivan Rand, de la Corte Suprema de Canadá, hombre corpulento, de más de sesenta años, calvo y con ojos de un azul infantil semiocultos detrás de gruesos lentes. De aire
1 Universidad de Oxford.
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casi melancólico, algo encorvado, parecía meditar constantemente en algún abstruso problema jurídico.
Frente a mí estaba sentado un hombre que desempeñaría un papel importantísimo en nuestra Comisión, y que, con el curso de los acontecimientos, vendría a ser en cierto sentido mi adversario. Su figura era delgada, enjuta, canosa; su rostro pequeño, de ojos grises y facciones regulares y agradables; entonces, y casi siempre, lucía la camisa blanca y la corbata marrón por las cuales podía reconocérsele dondequiera que estuviese. Era Emil Sandstrom, ex juez de la Suprema Corte de Suecia, ex miembro del Tribunal Internacional Mixto en Egipto, y representante de su país en el Tribunal de Arbitraje Internacional en La Haya.
Desgraciadamente para ambos, durante estos primeros días en Nueva York ocurrió un incidente en el cual el juez Sandstrom y yo (no por nuestra culpa) nos encontramos frente a frente.
Algunos amigos habían sugerido mi nombre para presidente de la UNSCOP. iniciando un movimiento en ese sentido. El profesor Fabregat, del Uruguay, dejó encargado a Roberto Fontaina, uno de los delegados uruguayos, que propusiera mi nombre. El doctor Brilej apoyaba este movimiento.
Usted es de un país neutral, el más alejado de Palestina, y por lo tanto el menos indicado para estar bajo la influencia del poder mandatario —me dijo francamente—. Yo votaré por usted.
Pero en la sala de los delegados corrió velozmente la noticia de que los Estados Unidos y la Gran Bretaña tenían otros planes. Querían como presidente al juez Sandstrom, a quien ambos habían propuesto anteriormente como gobernador de Trieste.
Creí comprender su preferencia. Sandstrom era de un país del bloque nordeuropeo; había sido juez en Egipto bajo la benévola mirada británica, y no podía ser totalmente indiferente al punto de vista de los británicos.
Una vez más las grandes potencias estaban intervíniendo.
Estábamos citados para votar un miércoles por la tarde, a las tres. Una hora antes, Emilio Zea González, a quien había escogido como substituto en la UNSCOP, vino a hablarme al comedor. Zea González, que tiene apenas veintinueve años, había sido uno de los miembros más jóvenes del Congreso de Guatemala. Traería a nuestra investigación una mente alerta y una aprehensión ilustrada del problema que teníamos delante.
—¿Sabe que el doctor Hoo dio hoy un almuerzo? —me preguntó—. Estuvieron todos los delegados, salvo el doctor Brilej, el señor Fontaina y usted. Han llegado a un acuerdo: el juez Sandstrom será presidente.
Mientras nos dirigíamos para la reunión, el doctor Brilej se me acercó.
—Sé que hubo un almuerzo. .
—Sí —dije.
No fuimos invitados.
Asentí con la cabeza.
—El doctor Hoo me vio esta mañana —prosiguió Brílej—. Me pidió que votara por Sandstrom. Le dije que va me había comprometido a votar por usted y le expliqué por qué.
Ya en sesión, no bien el doctor Hoo solicitó que propusieran nombres, Fontaina pidió la palabra.
Propongo como presidente de este Comité al representante de Guatemala, el embajador García Granados, Brilej le secundó rápidamente:
—Debemos guardar la mayor imparcialidad posible con respecto al problema de Palestina —dijo—. Las condiciones más objetivas para tal imparcialidad existen precisamente en Guatemala, no sólo porque es uno de los países más alejados geográficamente de Palestina, sino también porque es uno de los menos implicados en el asunto de Palestina. El doctor Granados fue el jefe de la delegación guatemalteca en la Sesión Especial de la Asamblea General. Creo que sería un presidente inmejorable.
Era una rebelión inesperada, y el resultado fue un silencio que reflejaba desconcierto. Pasaban los segundos y nadie pedía la palabra. El doctor Hoo parecía inquieto y fastidiado. Se removía en su asiento y miraba esperanzadamente a un delegado tras otro. Parecía que nadie iba a tener el valor de proponer lo que en secreto ya habían decidido.
Ya que no hay otro candidato que el delegado por Guatemala, tendré que declararlo electo —dijo finalmente el doctor Hoo.
Aquí el juez Rand, de Canadá, se incorporó a medias,
•    se inclinó por encima de la mesa y murmuró ansiosamente al oído de John Hood, de Australia. El doctor Hoo alzó su mano y ya la iba a dejar caer para cerrar la elección cuando el juez Rand alzó la mano.
—Estoy seguro de que necesitamos como presidente a una persona con bastante experiencia en procedimiento judicial —dijo—. Por ello propongo al señor Sandstrom, que ha tenido una larga carrera en la magistratura de su país.
Entezam lo apoyó, agregando abiertamente que se había llegado al acuerdo de proponer a un solo candidato. En seguida comprendí que había perdido. Mi primer impulso fue retirarme para evitar donosamente la derrota. Después decidí que sería mejor seguir en la lucha para mostrarles que no todos nosotros íbamos a participar en decisiones arregladas de antemano.
Se efectuó la votación. Sandstrom fue elegido y ocupó su lugar en la cabecera de la mesa. Fontaina pidió inmediatamente la palabra y habló con un disgusto evidente.
—Deseo decir algo sobre la afirmación del señor Entezani dee que todos nosotros estábamos de acuerdo en querer que• usted, señor Sandstrom, fuera elegido presidente. Quiero asegurarle que nadie me dijo nada con referencia a  la presidencia de esta Comisión. Si hubo algún entendimiento, a mí me pasaron por alto.
No se hizo ningún comentario, y pasamos a otro asunto.
Algunas semanas después supe que la elección de Sandstrom estaba decidida de antemano. Se encontraba en Estocolmo cuando su gobierno lo designó para la UNSCOP. Pensaba volar directamente a Jerusalén, para reunirse allí con nosotros, pero las potencias interesadas en su elección no quisieron arriesgarse. Sin duda el asunto tenía bastante importancia como para que un alto funcionario de las Naciones Unidas le enviara un telegrama pidiéndole que alterara sus planes y viniera de inmediato a Nueva York, para estar presente en la votación y asegurar así su elección.
Puede afirmarse que en la vida política no hay nada accidental.
Así, lentamente, se aclaró la composición de nuestro Comité de once naciones. Supimos entonces quiénes constituirían la mayoría de la UNSCOP, y quiénes la minoría; la mayoría, preponderantemente juristas y diplomáticos, discretos, graves, conservadores; la, minoría, hombres que habían sufrido persecuciones políticas en la batalla por la libertad, quizá indisciplinados, quizá con desdén por las convenciones, pero seguros de que la línea de la justicia está a medio camino entre las verdades del corazón y las de la cabeza.
CAPíTULO III
YO SOY DE UN PAIS DE PESARES
Mis ANTECEDENTES contrastaban en verdad con los de casi todos mis colegas. Así resultó que muchas de las dificultades internas con que tropezaríamos en nuestra labor, en particular las relativas a nuestro derecho de juzgar el papel de Inglaterra en la tragedia de Palestina, derivaron, en sumo grado, de las diferencias entre nuestra formación, nuestras nacionalidades y nuestras mismas personalidades.
En nuestra Comisión de once había hombres de sutiles intelectos orientales, venidos de Persia y la India, hombres con los tradicionales frenos anglosajones, de Canadá y Australia. Teníamos el preciso holandés, los cautos eslavos, los impulsivos e impetuosos latinoamericanos. El de nuestro pensamiento estaba influido por el tipo de hombres que éramos y los ambientes que reflejábamos. Por ejemplo, el juez Sandstrom era un europeo septentrional, de cerebro fríamente ordenado, educado dentro de , una cerrada estructura de tradiciones; poseía un fuerte sentido de las jerarquías y siempre se había movido en un mundo, sistemático de valores. El profesor Fabregat, del Uruguay que me acompañaría firmemente en todas nuestras luchas dentro de la Comisión, y yo mismo, veníamos de un continenente donde todo es movimiento y cambio. Era inevitable  que viéramos con ojos diferentes muchos problemas que iban a presentársenos, desde el ímperialismo y los derechos de los pueblos coloniales hasta las leyes policiales palestinas y el terrorismo judío.
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Mis antecedentes comprendían persecuciones y violen­tas luchas políticas. Había conocido con frecuencia la cárcel y el destierro; había oído pedir para mí la senten­cia de muerte. Mi infancia y mi adolescencia estaban liga­das a acontecimientos políticos de mi país que influyeron extraordinariamente, no sólo en la formación de mis ideas, sino también en el curso de mi vida.
Me esperaban muchas analogías, tanto políticas como sociológicas, entre Palestina y Guatemala, por lejanas que pudieran parecer una de otra. Palestina se había librado del yugo del Imperio Otomano para encontrarse víctima de presiones políticas y sociales tremendas. Guatemala había sido forjada en yunque parecido. Durante siglos, desde los tiempos de los conquistadores, en 1524, Guatemala había sufrido-bajo el absolutismo.
Algunos problemas de Palestina no parecían diferentes de los de Guatemala. Ambos son países esencialmente agrícolas, con grandes masas de campesinos atrasados e ignorantes. En Guatemala este campesinado, explotado por una clase superior terrateniente, reducida y rica, re­presenta los dos tercios de la población total. Vastas extensiones del país permanecen incultas, y existe una necesidad apremiante de utilizar la técnica moderna para elevar el nivel de vida.
Mi abuelo, Miguel García Granados, aunque educado en ambiente conservador y miembro de una conocida fa­milia católica, se había dedicado a la causa del mejoramiento social. Dirigió una revuelta contra la dictadura, y llegó a ser Presidente de Guatemala en 1871. Un profundo clericalismo dominaba entonces el país, y él instituyó am­plias reformas, proclamó la separación de la Iglesia y el Estado y afirmó que el derecho de cuna no hacía que un hombre fuera superior a otro. Pero este programa era demasiado progresista para la época, y pronto tuvo que hacer frente a una encarnizada oposición, dirigida por an­tiguos amigos y hasta parientes que pertenecían a los
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grupos anteriormente privilegiados. Su posición se volvió insostenible. En 1873 renunció. Su sucesor, Justo Rufino Barrios, era un hombre fuerte, que pensaba que sólo la fuerza podría permitirle llevar a cabo un programa liberal, y para ello estableció un gobierno dictatorial. Su empe­dernida voluntad le permitió aplastar la oposición y poner en práctica numerosas medidas progresistas. Su partido permaneció en el poder después de su muerte, pero perdió los principios liberales y se hizo notorio por engendrar una serie de dictadorzuelos que llegaron a presidentes.
Recuerdo que en una ocasión, y no podría tener más de cinco o seis años entonces, estaba ante la estatua de mi abuelo, en el bulevar 30 de Junio, en la ciudad de Guate­mala, tratando de descifrar las palabras grabadas en su pedestal: "Gloria al insigne defensor de la libertad." Mi abuelo murió antes de que yo naciera, pero los principios que él sostuvo, el dominio de la democracia, el odio a los dictadores,  el amor a la libertad, como las palabras del pedestal de su estatua, siempre han permanecido grabados en mi corazón.
Quedé huérfano muy pequeño y fui criado en la ciudad de Guatemala por mi tía abuela, Amelia Soborío de Romaña. Era una mujer enraizada en la gran tradición his­pánica, amiga de todos los que amaban la libertad. A su salón concurrían los literatos, políticos y profesionales que se oponían a Manuel Estrada Cabrera, a la sazón dictador y tirano cruel y despiadado. Fue allí, cuando yo tenía siete años, donde un grupo de conspiradores, de apellidos distinguidos en la historia guatemalteca, planearon matar­a Cabrera minando la calle por donde pasaba su carruaje todas las mañanas.
La bomba que pusieron pocos dias después explotó un instante antes de lo debido. Caballos y cochero murieron, pero Cabrera escapó. Inmediatamente inició un verdadero reinado del terror. Inocentes y culpables eran prendidos en sus oficinas, arrancados de sus hogares, encarcelados,
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torturados condenados a muerte. Dos de mis primos, Felipe y Rafael Prado, fueron encarcelados y luego eje­cutados. Y en medio del terror, un día que entré en un cuarto del piso alto vi ante mí a los cuatro conspiradores principales. ¡Estaban ocultos en nuestra casa!
Tres días después, mientras yo atisbaba, sin respirar, desde mi habitación vi a una de mis tías colocar una esca­lera contra la pared del patio de atrás, y que los cuatro hombres, armados, trepaban y desaparecían del otro lado. Pasaron semanas de afanosa búsqueda y al fin fueron atra­pados en un nuevo escondrijo por un pelotón de soldados. Resistieron hasta que a cada uno no le quedó más que una bala. Con esa bala se suicidaron.
Es fácil imaginar cómo influían estos acontecimientos en la imaginación de un niño de siete años. Me perdía en sueños en los cuales yo solo rescataba a Guatemala de la tiranía. Dos compañeros míos de colegio, uno de trece y otro de quince años, sobrinos de los dirigentes de la cons­piración, habían sido arrestados y azotados por la policía en un esfuerzo por hacerles decir lo que sabían. No lo dije­ron. Yo me encontré poco menos que soñando con soportar el mismo tormento y demostrar que era nieto de Miguel García Granados. Mis deseos de sufrir por la libertad se cumplieron por encima de cuanto pudiera haber esperado en 1920, cuando estuve dos veces en la 'cárcel; en 1922, cuando fui condenado a prisión, y luego indultado, y en 1934, cuando fui nuevamente encarcelado.
Cuando era adolescente todos sentíamos la profunda in­fluencia de Woodrow Wilson. Sus catorce puntos, después de la primera guerra mundial, hicieron una gran impre­sión en nuestro pueblo, más aún porque hasta entonces el gobierno estadounidense había prestado su apoyo tácito a Cabrera, quien a su vez había sido generoso para con los intereses económicos de Estados Unidos. Contando con un posible cambio en la actitud norteamericana bajo el go­bierno de Wilson, en diciembre de 1919, teniendo yo dieci‑
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nueve años y siendo estudiante en la Escuela de Derecho de la Universidad de Guatemala, un grupo de ciudadanos fundamos públicamente un "Partido Unionista", contrario a Cabrera. Nuestro programa era desalojar al dictador y restableces la libertad de palabra, de prensa y de reunión.
No nos hacíamos ilusiones. Cada uno de nosotros hizo su testamento. El día de año nuevo de 1920 lanzamos nuestra proclama al pueblo. Esta osadía, que en cualquier otro momento habría significado nuestro exterminio, resul­tó ser una inspiración. No fuimos fusilados al día siguiente, según supimos más tarde, porque Cabrera creía que Washington apoyaba secretamente nuestro movimiento.
En tres meses todo el país estaba con nosotros. Surgió una prensa libre que sostuvo nuestra causa. Por prime­ra vez desde hacía años, el pueblo realizó manifestacio­nes en las calles de Guatemala. Aunque el mismo Cabrera había designado a todos los miembros de la Asamblea gua­temalteca, algunos de ellos empezaron a trabajar silencio­samente con nosotros. Y en una sesión memorable lo destituyeron de su cargo, por considerarlo mentalmente incapacitado. Cabrera rechazó este veredicto, y desde su casa de campo ordenó a sus soldados abrir fuego sobre la ciudad de Guatemala.
Siete días estuvimos sitiados. Al octavo, Cabrera había perdido todo y a su vez estaba sitiado. El 15 de abril de 1920, Cabrera, prisionero en su palacio y con unos pocos soldados como guardia de corps, se rindió a condición de que le perdonaran la vida.
Por primera vez en mi corta vida supe -lo que era ser un hombre libre y no andar bajo la sombra de la persecución.
Menos de dos años más tarde, el 5 de diciembre de 1921, un golpe militar estableció una nueva dictadura, con el general Orellana como presidente y Jorge Ubico como hombre fuerte del gobierno.
Veintidós años tenía yo entonces. Me había casado ha­cía año y medio, y mi mujer, que era poco más que una una niña, acababa de darme un hijo. Mi vida era dichosa. embargo, sentí que mis amigos y yo teníamos la responsabi­lidad de luchar contra el nuevo régimen. Reorganizamos el Partido Unionista. Fui elegido secretario general y empeza­mos a atacar al gobierno en discursos y desde nuestro perió­dico. El Presidente nos advirtió que cesáramos en nuestras actividades, pero nosotros nos negamos a ello. En julio de 1922 la policía nos detuvo. Todos fuimos acusados de sedi­ción, y el fiscal del gobierno pidió la pena de muerte para mí y varios de mis colegas. Sólo mi juventud y el hecho de ser el nieto de García Granados me libró de la pena capital. Fui condenado a diez años de prisión.
Un incidente melodramático fue causa de que sólo estu­viera once meses en la cárcel. El 30 de junio el pueblo de Guatemala acostumbra honrar a mi abuelo. Es fiesta na­cional, y el Presidente y el Gabinete realizan ceremonias junto a la estatua de mi abuelo y colocan coronas de flores en su base. Al aproximarse este día, mi mujer y algunos amigos planearon un acto espectacular  para obtener mi libertad. Y el día llegó. El Presidente iba a comenzar su discurso, ante gran copia de invitados, cuando algo inquietó al auditorio. Una mujer que llevaba un niñito en sus brazos se abrió paso a través de la multitud hasta llegar a unos pasos del Presidente. Era mi esposa.
—Señor Presidente —resonó su voz—, el nieto de Gar­cía Granados pide una gracia en este día.
—¿Qué sucede? —preguntó el Presidente—. ¿Qué su­cede?
—¿Cómo se pueden celebrar los principios liberales de García Granados y retener a su nieto como un criminal común? Solicito su libertad.
De los presentes partieron exclamaciones y todos em­pezaron a aplaudir. El Presidente miró a mi mujer y al pueblo.
—Concedido —dijo. Y volviéndose a un oficial le orde­nó que fuera a la cárcel y me pusiera en libertad. Des­pués se volvió a mi mujer—. Señora, espero que su marido
no continuará siendo instrumento de quienes conspiran contra el gobierno.
No fue mi último encarcelamiento. En 1931, el general Ubico fue elegido Presidente de Guatemala bajo los aus­picios de Sheldon Whitehouse, Ministro de los Estados Unidos en nuestro país. Fue este uno de los últimos ejem= plos de intervención abierta del Departamento de Estado de los Estados Unidos en los asuntos de Latinoamérica, sistema abandonado cuando Franklin D. Roosevelt inició su política de Buena Vecindad.
Ubico estableció una nueva tiranía, reformando la cons­titución y gobernando por decreto. Yo me opuse a él abiertamente. Con frecuencia me llamó a su despacho y me amenazó por mis artículos de prensa y por mis dis­cursos "incendiarios" en la asamblea.
—Recuerde que soy como Hitler y los japoneses —me advirtió una vez—. A mis enemigos los pongo contra la pared, los fusilo, y después inicio el juicio.
En 1934 descubrió una conspiración y cumplió su pro­mesa. Diecisiete hombres fueron encarcelados, se les siguió una farsa de juicio en el cual ni siquiera se les permitió contar con abogados para su defensa, y al fin los senten‑ciaron a muerte. Aunque yo no intervine en esta conspi-
ración,
aci'n, escribí a Ubico una carta acusándolo de que el juicio fuera una verdadera mofa a la ley, e instándolo a perdonar a los condenados.
Ubico me contestó enviando un pelotón de policías para arrestarme en mi hogar, llevarme al lugar de la ejecución y obligarme a presenciar el fusilamiento de los diecisiete. Luego me arrojaron a la cárcel y me tuvieron en cautive­rio solitario durante varios meses, sin permitirme recibir ni noticias de mi familia.
Gracias a los buenos oficios de varios diplomáticos ex­tranjeros, entre ellos los ministros de Estados Unidos, España y Nicaragua, fui puesto en libertad. Ubico, sin embargo, me tenía bajo una estricta vigilancia. La vida así era imposible, y con ayuda de Gustavo Serrano, embajador de México, a fines de 1934 partí hacia el exilio, a México, llevándome conmigo a mi familia. Allí me gané la vida dando clases y escribiendo.
Después de estallar la Revolución Española, en 1937, fui invitado al Congreso de Intelectuales Republicanos, que tuvo lugar en Madrid. Nuestra tarea consistía en de­nunciar la invasión de España por las tropas de Hitler y Mussolini. Escribí para la prensa española, di conferencias para soldados en los campamentos, y luego ayudé a orga­nizar el Servicio de Información de los Amigos Latino­americanos de la República Española. El duro invierno de 1937-1938, con poco calor y poco alimento, me quebrantó ¡a salud y tuve que regresar a México, donde escribí con­tra la tiranía en Latinoamérica y el fascismo en Europa. Continué viviendo en el destierro en México hasta 1944.
En junio del mismo año un grupo de estudiantes comenzó en Guatemala un movimiento reformista que con­dujo a manifestaciones en masa. Los soldados de Ubico cargaron contra el pueblo. La indignación popular llegó a extremos tales que el Presidente al fin tuvo que entregar su renuncia a un terceto de generales que tomó a su cargo el gobierno y designó a uno de ellos, el general Fe­derico Ponce, como Presidente Provisorio.
Yo estaba muy al tanto de la situación. El día que cayó Ubico regresé inesperadamente a Guatemala, en avión, a fin de ayudar a organizar la oposición popular contra los generales. Era la primera vez que pisaba mi tierra natal después de casi diez años.
El general Ponce adoptó las medidas de represión más extremas. Arévalo, candidato presidencial popular, fue perseguido. A mí me obligaron a ocultarme, a ir de casa en casa noche tras noche, para que no se supiera mi paradero. En la noche del 20 de octubre de 1944 un grupo de ofi­ciales jóvenes, después de apoderarse de un cuartel, abrió las puertas de la armería y distribuyó pistolas y fusiles a la población. Tras una breve y reñida lucha el general Ponce renunció.
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En las elecciones libres que siguieron me eligieron dipu­tado al Congreso y a la Asamblea Constituyente. Redacta­mos una nueva constitución, incorporando a ella reformas sociales de vasto alcance. Esta constitución es, a nuestro entender, una de las más avanzadas del mundo entero.
Fui electo después presidente del Congreso y ejercí ese cargo hasta que, a principios de 1945, el presidente Aré­valo me pidió que fuera a los Estados Unidos en calidad de embajador.
Aunque mi conocimiento del problema de Palestina era apenas elemental, yo esperaba que el estudio del material documentario, las experiencias que pasaría en Palestina y, sobre todo, mi optimismo, me permitirían contribuir de algún modo a resolver este problema que las Naciones Unidas nos habían confiado.
Sentía que cuando ponía fe en una empresa la fortuna siempre estaba de mi lado. La fe debía acompañarme en esta dificilísima tarea. Era imperioso que llegáramos a una solución, a pesar de todos los obstáculos. Por mi parte, me prometí aportar todo el esfuerzo que fuera necesario para lograrla. ¡Debíamos lograrla¡
CAPíTULO IV
SOMBRA DE LA TIERRA
1FALTABAN POCOS Días para nuestra partida hacia Palestina, y dedicamos el ínterin a problemas tales como la distribu­ción del tiempo de que disponíamos, adónde iríamos y qué testimonios tomaríamos, en vista de la gran cantidad de material documentario existente.
Árabes y judíos ya nos habían presentado sus puntos de vista en las sesiones especiales, y para mí, que tenía mi primer contacto íntimo con el problema de Palestina, esta presentación resultaba particularmente interesante. En las Naciones Unidas se discutió con calor para decidir si los judíos, que no representaban a estado alguno, tenían derecho a tomar parte en nuestras deliberaciones, ya que todos éramos delegados de estados soberanos. El hecho de que cinco países miembros del grupo árabe (Egipto, Irak, Líbano, Arabia Saudita y Siria) hablaran enérgi­camente en favor de los árabes palestinos y que los judíos no tuvieran voz, nos llevó finalmente a acordar que la Agencia Judía para Palestina podría presentarse ante nues­tra Comisión Política. Al mismo tiempo se permitió el uso de la palabra al Alto Comité Árabe para Palestina.
Tanto árabes como judíos estuvieron representados por oradores sobresalientes, muchos de los cuales volverían a aparecer ante nosotros en el curso de nuestras investiga­ciones. Lo que entonces me impresionó más vivamente fueron las declaraciones iniciales de ambos lados: por los judíos, el doctor Abba Hillel Silver, presidente de la Sec‑ción Norteamericana de la Agencia Judía; por los árabes, Henry Cattan, miembro del Alto Comité Árabe.
Cattan, abogado de Jerusalén, hombre sólido, compacto, con aspecto de erudito, habló serenamente, con voz con­tenida, y presentó un discurso cuidadosamente preparado y eficacísimo. Insistió en que el Mandato Británico para Palestina carecía de valor legal desde la muerte de la Liga de las Naciones, que había otorgado el Mandato a Gran Bretaña, y que la Declaración Balfour ("raíz y' razón de todos nuestros males") era contraria a otras promesas dadas a los árabes.
"Cuando recordamos que la Declaración Balfour fue hecha sin el consentimiento, por no decir sin el conoci­miento, del pueblo más directamente afectado por ella, cuando consideramos que es contraria a los principios de soberanía nacional y democracia y también a los prin­cipios enunciados en la Carta de las Naciones Unidas, cuando consideramos que era incompatible con promesas hechas a los árabes antes y después de ella, tenemos la seguridad de que el deber de la Comisión Especial será investigar la legalidad, validez y ética de este documento."
Los judíos hablaban siempre de sus lazos históricos con Tierra Santa. Cattan prosiguió así: "Los sionistas recla­man a Palestina en razón de que alguna vez, hace más de dos mil años, los judíos tuvieron un reino en parte de ese territorio. Si este documento se tomara como base para determinar cuestiones internacionales, ocurriría una dislo­cación mundial de enorme magnitud."
Palestina, nos dijo, no tenía nada que ver con los des­plazados judíos que andaban por Europa. Todas las na­ciones eran responsables por ellos, no sólo Palestina. Los judíos no tenían derecho a entrar en Tierra Santa. "El Alto Comité Árabe estima como absolutamente esencial que se recomiende al poder mandatario que tome de inme­diato las medidas necesarias para detener por completo toda inmigración judía a Palestina, ya se denomine legal oilegal. Porque para la población árabe toda inmigración e judíos a Palestina es ilegal."
Ya es tiempo, dijo, "de que el derecho de Palestina a i independencia se reconozca y de que este país atormen­ado goce de las bendiciones de un gobierno democrático. 5s tiempo también de que el supremo organismo del mun­lo ponga fin a una política que ha estado perjudicando a la -structura etnológica y política del país".
El doctor Silver, portavoz judío y jefe de la delegación de la Agencia Judía, era un hombre corpulento, de ojos obscuros y cabeza leonina. Defendió la causa de su pueblo con dignidad y elocuencia. Mientras hablaba daba la im­presión de ser no sólo un orador de talento, sino también una personalidad política poderosa y dominante. Citando a cada paso a estadistas británicos y norteamericanos ín­timamente relacionados con la Declaración Balfour, nos dijo que este compromiso internacional había surgido de "derechos históricos y necesidades presentes". Y añadió: "Hace una generación la comunidad internacional del mundo, de quien las Naciones Unidas son hoy heredero político y espiritual, decretó que se diera al pueblo judío el derecho largo tiempo negado y la oportunidad de re­constituir su hogar nacional en Palestina. El hogar nacio­nal todavía se está formando. Aún no se ha establecido plenamente.. Ninguna comunidad internacional ha revoca­do, ni siquiera puesto en duda, ese derecho..."
"Tratar el problema de Palestina como si sólo fuera el de reconciliar la diferencia entre dos sectores de la pobla­ción que habitan actualmente el país, o el de encontrar un asilo para cierto número de refugiados y personas des­plazadas, sólo contribuiría a la confusión", afirmó. Nues­tra Comisión no sólo debía visitar Palestina, ver qué habían hecho allí los judíos, explorar las riquezas poten­ciales de la tierra y ver cómo cumplía Gran Bretaña con sus obligaciones, sino también visitar los campamentos de desplazados en Europa.
Dejad que la Comisión vea, dijo, "con sus propios ojos,
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la espantosa tragedia que la humanidad permite que con­tinúe sin mengua dos años después del final de una guerra en la cual el pueblo judío fue la víctima mayor. Ellos piden el pan del salvamento y la esperanza; se les da la i medra de investigaciones y más investigaciones. . . "
Sostuvo el derecho de su pueblo a ser incluido en la familia de las naciones y a sentarse a esta mesa donde nosotros estábamos sentados, en vez de obligarlo a luchar y maniobrar para obtener el mero derecho de presentarse a defenderse.
"Seguramente el pueblo judío no es menos merecedor que otros pueblos cuya libertad e independencia nacional han sido establecidas y cuyos representantes se sientan aquí ahora... Nosotros, los portavoces del pueblo y de la tierra que dio a la humanidad valores éticos y espiri­tuales, personalidades humanas inspiradoras y textos sa­grados que son vuestros tesoros, esperamos que ese pue­blo, que reconstruye nuevamente su vida política en su patria antigua, será bien venido por vosotros dentro de poco tiempo a esta noble sociedad de las Naciones Unidas."
Así habían acabado las dos declaraciones opuestas, una del representante de los árabes, la otra del primer vocero judío que aparecía ante un tribunal de las naciones del mundo después de casi 20 siglos. Como presentación ini­cial en la gran controversia, colocaba a nuestras futuras discusiones en un plano elevado.
Sobre esta. base tratamos y discutimos, en el intervalo que mediaba hasta nuestra partida hacia Palestina, si de­bíamos ir a los campamentos de desplazados. Compren­dimos que si decidíamos ir, ello sería interpretado al punto como un paso pro judío; si resolvíamos en contra, los árabes festejarían un triunfo.
Sir Abdur Rahman, de la India, y Nasrollah Entezam, de Irán, se opusieron enfáticamente a que tomáramos cualquier decisión en este momento; y finalmente poster‑40-        JORGE GARCIA GRANADOS
gamos la discusión de este delicado caso hasta nuestra llegada a Palestina.
Aun un asunto tan insignificante como la ruta que se­guiríamos hasta Tierra Santa planteaba un problema. Po­díamos volar directamente, vía París Ginebra, o, como algunos deseaban, interrumpir el cansador vuelo de 44 horas deteniéndonos un día o dos en Londres. Entezam protestó contra esto último: la permanencia en Londres, por breve que fuera, podría tener significado político, nos advirtió. Podría dar pie a la acusación de que tal detención hubiera sido ideada para permitir que los ingleses influ­yeran sobre nosotros con su propaganda. Apenas iniciada su labor la UNSCOP no podía tolerar que la atacaran como instrumento de los ingleses.
Transigimos. Viajaríamos a Palestina como individuos, y no en nuestro carácter oficial de comité, y cada uno iría por donde quisiera. Yo decidí detenerme en Londres, igual que todos los demás, salvo Sandstrom y otros dos, que resolvieron volar directamente a Jerusalén.
Un tercer interrogante era el problema de ponerse en contacto con los dirigentes de las fuerzas clandestinas judías. No podían declarar abiertamente ante nosotros en Palestina, porque los ingleses los prenderían en cuanto los vieran. La mayoría de ellos tenían sus cabezas a precio.
Las noticias del momento no facilitaban esta tarea. Miembros del Irgún Zvai Leumí, uno de los dos grupos extremistas judíos, disfrazados de soldados británicos, habían irrumpido en la prisión del gobierno en Acre, li­berando a más de cien prisioneros políticos árabes y judíos. Cinco irgunistas habían sido capturados. Un día después, judíos enmascarados secuestraron a dos policías ingleses como rehenes y advirtieron al gobierno que serían ejecutados si ahorcaban a los irgunistas. Los dos policías escaparon, y su relato llegó a crear una situación más tensa todavía.
Aparte de lo que pensáramos sobre tales actividades, los terroristas eran habitantes del país, desempeñaban un papel
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definido en la tragedia y tenían derecho a expresar sus puntos de vista ante la UNSCOP. ¿Cómo podríamos hacer que se presentaran ante nosotros sin correr peligro?
Sugerí que nos arreglásemos de antemano con el go­bierno de Palestina para garantizar salvoconductos a todos los testigos, y agregué que John Hood, de Australia, quien, como miembro de la Comisión de los Balcanes, había nego­ciado con el movimiento clandestino griego y con el gene­ral Markos, el jefe guerrillero, podría sugerirnos algo.
Pero Hood fue vago.
—Establecimos nuestro contacto por vías subterráneas —dijo, finalmente—. Creo que podríamos hacer lo mismo aquí, pero quizá deberíamos diferir cualquier decisión has­ta que consultemos al gobierno de Palestina.
A pesar de mi insistencia en que precisaba arreglar en ese mismo momento la cuestión, ya que nos sería más em­barazoso y difícil tomar medidas para ello en la propia Palestina, Sandstrom, si bien estaba de acuerdo conmigo, dispuso que el problema esperaría hasta que llegáramos a Jerusalén.
No creo errado señalar aquí que a causa de esta poca voluntad para enfrentar la situación debió negárseles una audiencia oficial ante nosotros en Palestina, no sólo a re­presentantes de organizaciones secretas sino también a personas políticamente irreprochables, que por casualidad eran parientes de supuestos terroristas. No obstante, el hecho de que el asunto fuera tratado en esta ocasión hizo que algunos nos sintiéramos en libertad, una vez en Pales­tina, de entrevistar a miembros de las fuerzas clandestinas, con carácter puramente privado... y con la conciencia tranquila.
Los despachos de Palestina seguían siendo inquietantes. En Jerusalén varios judíos armados detuvieron un camión y escaparon con una elevada suma de dinero. Dos terrate­nientes árabes, conocidos como moderados, fueron asesina­dos por bandidos árabes, según los informes, por pretender vender tierras a judíos. La violencia iba en aumento; ynadie, al parecer, prestaba atención al llamamiento de la Asamblea General a todos los gobiernos, pueblos, y habi­tantes de Palestina, pidiéndoles que se abstuvieran Me la amenaza o el empleo de la fuerza o cualquier otra acción que pudiera crear una atmósfera de prejuicio para un próximo arreglo del problema de Palestina", pues la ac­ción de las Naciones Unidas estaba pendiente de nuestras recomendaciones.
Nos esperaba trabajo, mucho trabajo.
Y así fue como el 10 de junio, junto con mis colegas, tomé el avión para Londres... y Palestina.
No hacía diez minutos que estábamos en Londres cuan­do supe que habría sido mejor atender a las deplorables ádvertencias que me hiciera sir Abdur en nuestra primera cena. Parecía como que en Londres nadie había oído ha­blar jamás de las Naciones Unidas, ni de cierta Comisión Especial para Palestina de las Naciones Unidas: el per­sonal de las Naciones Unidas en Londres no había podido obtener para nosotros alojamiento decente.
Mientras estábamos ahí, con nuestros equipajes don­de los dejara el automóvil de la compañía de aviación, unos ayudantes de la UN, confundidos, nos explicaron que esa semana se realizaban numerosas convenciones en Lon­dres, que no habían podido lograr nada para nosotros a través de los conductos de las Naciones Unidas, y que por ello tuvieron que solicitar al "Departamento de Hospita­lidad" inglés que nos encontrara alojamiento. Se nos ase­guró que pronto se arreglaría todo.
Poco después nos llevaron a un hotel situado en Picca­dilly. Resultó ser un edificio en ruinas, que un trabajador solitario trataba de remendar con trocitos de tablas de madera. En la ciudad de Nueva York no se le hubiera considerado ni siquiera como hotel de quinta categoría.
Todos nos negamos de plano a permanecer allí. John Hood, generalmente amable y suave en el hablar, dio la media vuelta aun antes de entrar,
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—Pero, señor —le instó uno de los atormentados ayu­dantes—, este es el alojamiento que proporciona a la Co­misión el gobierno británico.
—¡ Al diablo con el gobierno británico! —replicó Hood, en uno de sus raros arrebatos de cólera, y volvió al taxí­metro para buscar cuartos en otra parte.
El doctor Blom telefoneó a unos amigos holandeses y partió en seguida. Poco a poco, cada delegado se fue yendo por su lado y sólo quedamos sir Abdur Rahman, de la India, Brilej, de Yugoslavia, Zea González y yo, temporalmente estancados.
Sir Abdur estaba casi amoratado de ira: sentado en la única silla de una habitación medio celda, medio cama­rote, y tan iracundo que tartamudeaba peor que nunca, repetía con voz aguda:
—¡ Vengan a ver lo que me dieron! ¡Vengan a ver lo que me dieron!
Brilej se paseaba moviendo la cabeza, y diciendo: —¿Cómo podemos recibir a nadie aquí?
Finalmente, sir Abdur y Brilej telefonearon a sus res­pectivas embajadas que les consiguieran alojamiento. Yo estaba por llamar a la legación de Guatemala cuando J.J. McCabe, funcionario de viajes de la UNSCOP, me informó que se me habían encontrado habitaciones en el hotel Mayfair, y allí fuimos llevados al fin Zea Gon­zález y yo
Quizá habíamos estimado en demasía el prestigio de las Naciones Unidas; quizá el espacio que daban a la UN en la prensa americana, y la atmósfera esmerada de proto­colo que rodeaba nuestro trabajo en Lake Success nos habían causado una impresión exagerada de nuestra propia importancia. Pero era deprimente sentir en Londres que por lo visto representábamos a un organismo que pocos conocían y que menos aún importaba. Lo que a mí me interesó particularmente fue reconocer (como debe reco­nocer todo aquel que posee alguna experiencia en proto­colo internacional) esta clara indicación de la actitud que            44 JORGE GARCÍA GRANADOS
adoptaba hacia nuestro Comité el mismo gobierno britá­nico, que era la potencia mandataria en Palestina y que nos había presentado el problema palestinense. Estoy se­guro de que el tratamiento que recibimos, o, que para ser más exactos, dejamos de recibir, no se debió a error ni a descuido. Era evidente que el gobierno británico no con­sideraba que nuestra Comisión tuviera rango internacional ni diplomático. Ya empezábamos a sentir el gusto incon­fundible de la actitud que había de caracterizar al Minis­terio de Relaciones Exteriores inglés en su trato para con nosotros y nuestras recomendaciones finales, actitud que sólo puedo describir como fluctuante entre una completa indiferencia y una fría tolerancia.
Permanecimos tres días en Londres porque nuestra se­cretaría se encontró con nuevas dificultades para obtener pasajes de avión, y por fin, al cuarto día de haber salido de Nueva York, aterrizamos en Malta, nuestra siguiente parada en el camino a Jerusalén. Aquí, por vez primera, el largo brazo de la Administración Palestina se extendió hasta tocarnos, si bien levemente. Aunque estábamos lis­tos para salir a las siete de la tarde, nos obligaron a perma­necer en la isla hasta las 3 de la mañana siguiente.
Pregunté por qué.
—Medidas de seguridad —dijo uno de nuestros emplea­dos—. No quieren que lleguemos a Palestina de noche. Si salimos a las tres llegaremos por la mañana, con la luz del día. De este modo no tendrán ustedes que viajar del aero­puerto de Lydda hasta Jerusalén (poco menos de cua­renta kilómetros) en la obscuridad.
Así fue como a las siete de una mañana de, domingo, en el mes de junio, vimos delinearse sobre las azules aguas del Mediterráneo la sombra obscura de la tierra sagrada para millones de seres humanos.
CAPÍTULO V
LA RUTA SAGRADA
Los AUTOMÓVILES ascendían por la carretera, muy bien pavimentada, que lleva del aeropuerto de Lydda a Jeru­salén. Atravesamos varias aldeas árabes que me hicieron recordar a México. Eran las mismas chozas bajas, toscas, cuadradas, de mezcla y barro enjalbegado. Silenciosamente observaban nuestro paso árabes de túnicas blancas y par­das que les barrían los tobillos, con casquetes sobre el pelo negro y rapado, de rostros broncíneos, y casi todos los hombres con negro bigote que les hacía parecer miem­bros de la misma familia.
Andábamos ahora a través de la Palestina rural, y yo era todo ojos al atisbo de paisajes bíblicos. Pero veía tan sólo escenas de desolación: colinas de roca desnuda, are­nales, desiertos estériles, tierras incultas. Los colores domi­nantes eran el de la piedra, blanca como hueso, y el ama­rillo de la arena.
Mientras contemplaba esta tierra yerma y desgastada por la erosión y los pequeños rebaños de cabras que mon­daban una hierba casi invisible, pensaba yo en mi Guate­mala natal, donde la tierra compensa tan prodigiosamente los esfuerzos humanos, donde la vegetación es rica y exu­berante, donde el paisaje sonríe aun en el recuerdo. Me preguntaba cómo era posible que miles de hombres lucha­ran y murieran durante siglos y siglos por esta tierra aborrecible.
Nuestra llegada había sido tranquila. Después de la
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aventura de Londres estábamos preparados para lo peor, pero en el aeropuerto nos recibieron cortésmente los repre­sentantes de la Administración Palestina. No estuvieron presentes, sin embargo, ni dignatarios ni periodistas ára­bes. Supimos que Sandstrom y los demás habían llegado el, día anterior, y que poco faltó para que ocurriera un incidente cuando sir Henry Gurney, secretario principal del gobierno de Palestina, prohibió a la prensa interrogar a Sandstrom. Nuestro presidente sólo pudo decir que antes de las audiencias públicas la UNSCOP recorrería el país, visitando tanto las zonas árabes como las judías, "para obtener una visión directa de la tierra y estudiar los ante­cedentes y el telón de fondo de la situación".
Mi primera media hora en Palestina ya me había dado material para pensar. En el camino, mi chófer, señalando hacia el horizonte, observó, por encima del hombro:
—Allá está el campo de concentración de Latrún, donde los ingleses tienen cientos de presos políticos.
Sólo pude pensar en nuestra lucha en Guatemala y qué mundo de amargura e injusticia encerraba la expresión "preso político".
Ibamos trepando colinas, en ascenso constante por ca­minos en espiral, hacia la venerable ciudad de Jerusalén, y casi antes de que nos diéramos cuenta, nuestra procesión cruzaba los suburbios de la Ciudad Santa. Aparentemente entrábamos por un sector pobre, caracterizado por sus edificios de un solo piso en ruinas y sus míseras tendu­chas, pero pronto nos encontramos en calles bordeadas de edificios modernos, verdaderos bloques de piedra rectan­gulares, notables por las florecientes tiendas cuyos esca­parates lucían artículos atrayentes. Hombres y mujeres, vestidos con ropas europeas (algunos en camisa y con pantalón corto), andaban tan serios como los transeún­tes que uno encuentra en cualquier ciudad del mundo occidental.
Sin embargo, junto al siglo XX vimos vestigios del xv.
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Aguadores árabes, doblados casi en dos bajo el peso de odres enormes llenos de agua, se movían trabajosamente por las aceras, golpeteando dos vasos de metal para llamar la atención hacia su mercancía; y de vez en cuando un burrillo ambulaba por la calzada seguido por un árabe que le aguijaba con un palo, mientras los automóviles dejaban oír sus impacientes bocinas, sin tener otro reme­dio que seguirlo en hilera.
Al acercarnos más al centro de la ciudad tuvimos nues­tro primer vislumbre de autos blindados y alambres de púas. El alambre de púas, en tremenda confusión de rollos más altos que un hombre, cercaba bloques enteros de edificios, y aquí y allí había grupos de soldados ingleses, cada uno de, los cuales cargaba sobre la espalda un fusil ametralladora.
Luego de pasar el distrito comercial, y más allá de una zona residencial, que después supe que era Rehavia, to­talmente judía, hacia,el otro lado de la ciudad, nuestros automóviles se detuvieron ante una enorme casa de apar­tamentos, blanca, de diseño irregular, solitaria y aislada. Era Kadimah House, que sería nuestro hogar en Jerusalén. El edificio, construido para alojamiento de los funcionarios de la policía británica, estaba recién terminado. Había apartamentos de tres habitaciones para cada delegación, y en un cuerpo central estaban el comedor, la cantina y el vestíbulo. Aquí nuestra pequeña asamblea de las Naciones Unidas, que representaba en microcosmo la comunidad de naciones, estableció su cuartel general, aunque nuestras reuniones y audiencias públicas tendrían lugar en el anfi­teatro del primoroso edificio de la Asociación Cristiana de Jóvenes, en el centro de la ciudad nueva. Al atardecer cada delegación estaba ya en su apartamento, lleno con los archivos de la UN y los voluminosos datos que había­mos reunido sobre el problema de Palestina, los holan­deses, los uruguayos, los suecos, los peruanos, los iranios, los canadienses, los yugoslavos, los australianos, los hindúes, los checos y los guatemaltecos. 48   JORGE GARCIA GRANADOS
Aunque el calor no era excesivo, estábamos en verano, y nuestras ventanas quedaban siempre abiertas. Como las paredes eran delgadas, constantemente se oían trozos de conversaciones mantenidas en los apartamentos vecinos, de tal modo que cuando era necesario tratar cuestiones privadas estaba uno obligado a cerrar las ventanas y ha­blar en voz baja.
El nombre de "Kadimah House" raras veces había apa­recido en la prensa local. Pero con nuestra llegada andaba de boca en boca. Rumores y contrarrumores tenían su foco en Kadimah House. El edificio, sin embargo, se hallaba a cierta distancia del centro de Jerusalén y los visitantes debían cruzar un portón enrejado que se abría en una pared larga y baja. Día y noche hacían guardia junto al portón tres celosos policías árabes puestos allí por el go­bierno palestino. Dudo que detuvieran a algún visitante, pero miraban a todos con tal fijeza y gravedad que al principio sólo los más valientes intentaban visitarnos sin tener una cita previa.
A poco de nuestra llegada cayeron sobre nosotros los periodistas. Algunos parecían sorprendentemente intere­sados en la construcción del edificio, y una vez sorprendí a cierto digno escritor cuando desenroscaba presurosamen­te las bombillas eléctricas de una lámpara, examinaba el portalámpara y volvía a colocar la bombilla. Finalmente, se aclaró el misterio. En su primera mañana en Kadimah House, el doctor Víctor Hoo enchufó su máquina de afei­tar eléctrica en el contacto de la pared de su cuarto de baño. No obtuvo resultados y examinó el enchufe. Estaba flojo. De pronto se le quedó en la mano y vio que en lugar de los dos cables acostumbrados había uno solo. No le dio importancia al incidente, pues nos habíamos instalado casi antes de que el edificio estuviera terminado, pero habló de él a un amigo, que se lo pasó a otro, y así llegó a la prensa hebrea, experta en historias de espionaje e inter­cepción de líneas telefónicas a cargo de agentes británicos,
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la cual se lanzó sobre la pista. i Quizá el doctor Hoo tropezara con un micrófono secreto instalado por los in­gleses para registrar conversaciones internacionales im­portantes! Debo añadir que no se hallaron micrófonos, y que jamás vi nada que pudiera despertar sospechas, si bien es cierto que mis conocimientos de electricidad son muy escasos.
Kadimah House, en resumen, no resultó misteriosa ni exótica. Estábamos cómodos y bien atendidos. A la mayo­ría de nosotros nos sorprendió el alto nivel de vida que encontramos en Palestina. Trygve Lie nos había dado una impresión bastante diferente en su mensaje a nuestra se­cretaría, poco antes de que partiéramos de Nueva York. "Podéis prever que las condiciones de vida pueden dejar mucho que desear —les había dicho—. Vais a un territorio que ha visto tiempos difíciles y por lo tanto no podéis esperar ni siquiera las comodidades corrientes."
En realidad el nivel de vida de la Palestina moderna se podía comparar con el de cualquier región moderna del mundo. Los hoteles de Tel Aviv, Haifa, Safed y el Mar Muerto, como descubrí más tarde, estaban a la altura de los hoteles metropolitanos de primera categoría de Occi­dente. La comida era abundante y excelente y no faltaban las comodidades de nuestra época.
El primer día me proporcionó un atisbo de la situación anormal de Palestina. Deseaba enviar un telegrama a mi familia y le pedí a uno de nuestros choferes que me llevara a la oficina central de correos, en la parte baja de Jerusalén. A pocas cuadras de mi destino dimos contra una barrera de alambre de púas arrollado y un soldado armado nos ordenó que nos volviéramos.
Le pedí explicaciones a mi chófer.
—Se estorba todo lo posible el camino al correo, señor —me repuso—. Temen que les lancen bombas y han pues­to así este alambre de púas para que cualquiera que entre a arrojar granadas se enrede cuando intente escapar.
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Más tarde supe que era imposible entrar al correo después de las nueve de la noche para enviar un tele­grama. Había que llegar hasta la barrera de alambre de púas, transmitir las intenciones al guardia, esperar que surgiera un empleado con los formularios adecuados, -y allí, en medio de la calle, bajo la luz intensa del farol militar, escribir el mensaje y pagar su importe.
Esa misma tarde recibimos un "pase territorial" de la policía, y descubrimos que Jerusalén estaba dividida en tres zonas de seguridad. La primera era una sumamente restringida, que requería pases especiales; la segunda exi­gía una libreta de identificación que los ingleses cambia­ban periódicamente, y finalmente una zona libre. Nuestro pase por todo el territorio nos permitía andar a cualquier hora del día y de la noche por cualquier parte del país, cruzar zonas prohibidas, entrar en edificios públicos, salvo durante las alarmas, porque entonces los soldados hacían fuego contra cualquier vehículo o transeúnte a la vista. Pase y pasaporte resultaban indispensables, ya que a la vuelta de cualquier esquina podía tropezar uno de pronto con una barricada militar recién levantada, y sin los pape­les en regla era imposible continuar el camino. Al caer la noche sólo quienes estaban armados con pases territoriales podían viajar por los caminos de Palestina, fuera de las ciudades, y aun así debíamos identificarnos dos o tres veces en cada viaje. La atmósfera total era de inexorable sospecha.
Al atardecer, el presidente Sandstrom nos presentó a los miembros de la secretaría, en un cocktail party de con­fianza, en la Asociación Cristiana de Jóvenes. Además del doctor Hoo, representante de Trygve Lie, estaba su ayu­dante, el doctor Ralph Bunche, y el doctor Alfonso Gar­cía Robles, secretario principal. García Robles, distin­guido abogado mexicano, que dirigía la división política del Consejo de Seguridad, era un hombre tranquilo, de hablar suave, dotado de entusiasmo, claridad y orden. Su
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cuerpo largo y huesudo, así como su rostro ascético, desde donde los ojos entrecerrados miraban el mundo con una expresión característicamente burlona, pronto se hicieron familiares en Jerusalén y Tel Aviv.
El doctor Bunche tiene más talento en su dedo meñique que el que pueda recogerse de todos los hemisferios cere­brales de cuantos escarnecen a los negros en el mundo entero. He sido honrado con su amistad y lo coloco en mi estima a la altura de otros grandes representantes de su raza: Langston Hughes, Todd Duncan, Paul Robeson, y mi viejo amigo, el gran poeta Nicolás Guillén.
En el curso de la reunión, el doctor Hoo, hombre more­no 'y ágil, de ojos negros brillantes que destellaban en el rostro obscuro, nos advirtió que en la habitación contigua había un enorme libro de visitantes sobre una mesa.
—Este es el Libro de Visitantes de la Casa de Gobier­no, residencia del alto comisionado —nos dijo el doctor Hoo—. Se acostumbra firmar en él.
Había otro libro más, el del secretario principal, cuya posición es parecida a la de un primer ministro. Añadió que los libros habían sido traídos a la Asociación Cris­tiana de Jóvenes como una cortesía para con nosotros.
—¿Debemos firmar? —preguntó el discutidor sir Ab­dur.
No sé si todos firmaron al final, pero yo lo hice, obede­ciendo aquella regla de cortesía que reza: "A1 país donde fueres, haz lo que vieres."
Poco después, el doctor Hoo me llamó aparte para de­cirme:
—Poco antes de venir tuve una experiencia interesante. Estaba invitado a tomar el té en el Edén Hotel, un hotel judío, con personas que conocí en la China. Estaba sen­tado con mis amigos cuando se me acercó un policía in­glés vestido de civil y me aconsejó que me fuera de allí, "por razones de seguridad".
—¿Y se marchó usted? —le pregunté.
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El doctor Hoo sacudió vivamente la ceniza de su ci­garrillo.
—Me fui cuando acabé..., no antes —dijo.
Yo estaba ansioso por salir de los confines de Kadimah House y ver la antigua ciudad amurallada, la tradicional Jerusalén de la Biblia. Pero acordamos no visitar ninguno de los Santos Lugares individualmente hasta tanto no lo hubiéramos hecho con carácter oficial, como UNSCOP, a fin de no ofender a ninguna religión. Estábamos en liber­tad, no obstante, para visitar la ciudad moderna, y Fa­bregat, García Salazar, representante peruano, y yo, así lo hicimos en nuestra primera noche.
Jerusalén resultó para nosotros una mezcla inquietante de antigüedad y modernismo. Nos llevó tan sólo cinco minutos de automóvil cruzar la Jerusalén moderna y en­contrarnos contemplando reverentemente el alto y majes­tuoso muro de más de diez metros que rodea a la Ciudad Vieja. Apenas cruzamos la puerta de Jaffa, y no conti­nuamos más allá para no dar la idea de que visitábamos los Santos Lugares. Después, subimos lentamente por el camino en espiral que trepa el Monte Scopus, que mira a Jerusalén con sus torres y torrecillas, y en donde Tito reunió a sus legiones para el ataque final al templo de los judíos. En su cima encontramos la Universidad Hebrea y el Hospital Hadassah. Y desde este ventajoso punto nuestros guías nos señalaron la cúpula de la Mezquita de Omar, la Iglesia del Santo Sepulcro y la grandiosa bóveda de la Gran Sinagoga. Cruzamos hacia la Capilla de la As­censión, desde donde cuenta la leyenda que Cristo ascen­dió al cielo, y a cuya vera se levanta la torrecilla de una mezquita musulmana.
Eran las siete, El muecín, de pie en el minarete, enviaba su cantilena melodiosa a los cuatro vientos, proclamando la grandeza de Alá.
De pronto me sentí en el Oriente, transportado a la fan­tasía de la leyenda árabe.
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Fabregat, excitable, entusiasta, no se cansaba de admi­rar y de gozar cada uno de nuestros encuentros con la historia. Es un tipo de profesor que parece salido de una comedia moderna. Admirador apasionado de todo lo noble y lo bello, es a la vez sentimental y romántico, pero a su romanticismo lo atempera un sentido del humor que a menudo le retoza por todo el cuerpo, desde la calva pulida y resplandeciente hasta las piernas medio encorvadas. Cuando Fabregat lo mira a uno por encima de los anteojos precariamente encaramados sobre la punta de la nariz y se burla alegremente de los demás o de sí mismo, o cuenta alguna anécdota graciosa, es irresistiblemente cómico.
Emprendimos el, regreso en la obscuridad. Mientras nuestros automóviles recorrían las calles brillantemente iluminadas de Jerusalén, con sus tiendas bien provistas y sus atareados transeúntes, mi espejismo oriental se fue desvaneciendo gradualmente y comprendí que en los últi­mos treinta años Palestina había recibido la marca inde­leble de un sello de modernización que ningún poder podía borrar ya.
Aquella misma noche, en mi primera carta desde Pales­tina a mi mujer, que había quedado en Washington, le escribí:
"No tengo idea de qué puedas estar leyendo ahora en la prensa sobre este país, y quizá caigas en una conclusión errónea, pero me parece que lo único malo que hay aquí es la situación política."
Cuando dejaba mi carta en el vestíbulo para que la despacharan, Zea González se me acercó con un trozo de papel.
—Ya nos dieron la bienvenida oficial —me dijo, son­riendo—. Acabo de escuchar una transmisión interesan­tísima, de la emisora secreta del Irgún. Fui copiando lo que oí. Una voz de mujer hablaba en inglés —consultó el papel que tenía en las manos—. Dijo así: "Esta es la voz de Sión Combatiente. Caballeros de las Naciones Uni54 JORGE GARCÍA GRANADOS
das, os damos la bienvenida a nuestro país ocupado y en lucha. Os aseguramos que no se os hará daño mientras estéis aquí. Todas las historias en sentido contrario son falaces insinuaciones inglesas. No nos hacemos falsas ilu­siones sobre vuestra labor, o sobre lo que lograréis. Sin embargo, os ofrecemos nuestra cooperación como juzguéis conveniente. ¡Bien venidos a Palestina¡"
CAPÍTULO VI
EL VERDUGO ESPERA
EN LAKE SuccEss el Alto Comité Árabe había advertido amargamente que no cooperaría con la UNSCOP. Su por­tavoz dejó bien establecido que combatirían cualquier so­lución de las Naciones Unidas que no reconociera a toda Palestina ciomo estado árabe. Evidentemente nosotros no podíamos dar por adelantado ninguna garantía a los ára­bes, del mismo modo que no podíamos decir a los judíos que recomendaríamos a toda Palestina como estado ju­dío. Esta decisión, al fin de cuentas, constituía el nódulo de nuestra investigación.
No obstante lo cual el Alto Comité Árabe nos dio la bienvenida a Palestina poniendo en escena una huelga de protesta de quince horas contra nuestra investigación. Para observar su desarrollo recorrí lentamente en automóvil la ciudad. Muchas de las tiendas árabes estaban cerradas y con las persianas bajas. Los periodistas -me contaron que la mayor parte de Jaffa, la ciudad árabe más grande del país, estaba cerrada, pero que la Sociedad Árabe de Libe­ración Nacional, izquierdista, acusaba de haber sido for­zada por el terror a adherirse a la huelga.
Regresé a tiempo para asistir a nuestra primera reunión en la YMCA.1 Trygve Lie acababa de enviar un mensaje desde Lake Success, firmado por Jamal el Husseini, vice‑
1 Sigla formada por las iniciales de Young Men Chr~n Asto­ciation (Asociación Cristiana de jóvenes). (N. del T.)

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presidente del Alto Comité Árabe y sobrino del ex Mufti de Jerusalén, confirmando que ese organismo se negaba a declarar ante nosotros. Sabíamos que el ex Mufti, enton­ces desterrado en El Cairo,1 dominaba el Alto Comité Árabe, y que su sobrino ejecutaba sus órdenes en Lake Success. Sin embargo, las Naciones Unidas habían reco­nocido la autoridad del Comité para hablar en nombre de los árabes de Palestina. Mas lo cierto era que cuando tratábamos con él no estábamos en pleno contacto con la masa de los árabes palestinos, sino que tratábamos con una jerarquía política regida por un ex colaborador nazi. Habíamos venido a Palestina dispuestos a extender una mano amistosa a los dirigentes árabes. El mensaje llegado de Lake Success parecía cerrarnos definitivamente la puer­ta en la cara. Pienso que la actitud intransigente del Alto Comité Árabe, su negativa a considerar la posibilidad de algún arbitrio de conciliación, iba a resultar un argumento convincente en favor de la partición.
Sin embargo, la defensa árabe no iba a permanecer callada; los estados árabes, lejos de estar de acuerdo con el ex Mufti, habían votado pocos días antes, en El Cairo, en contra del boicot. También me enteré que lo presio­naban para que terminara el boicot que nos había im­puesto, dado que dificultaba sobremanera la posición de aquellos estados frente a las Naciones Unidas. El ex Mufti puede cerrar la puerta, decidimos, pero nosotros no le echaremos cerrojo. Autorizamos a Sandstrom a asegurar a la población por la radio de Jerusalén que estábamos dispuestos a escuchar a quienquiera que deseara presen­tarse ante nosotros.
Hubo otro asunto que me colmó de indignación aquella mañana, y estaba decidido a encararlo de inmediato. Era la sorprendente información aparecida en el periódico local editado en inglés, el Palestina Post, según la cual repre‑
1 El gobierno británico había proscrito de Palestina al ex Mufti por sus actividades antibritánicas.
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sentantes del gobierno de Palestina, es decir, la adminis­iración británica del país, declararían ante nosotros esa misma tarde, en reunión secreta. Decidí combatir esta tentativa de secreto. Tenía la impresión de que todo el problema de Palestina había estado infestado demasiado tiempo de diplomacia privada. Ahora que había sido trans­ferido a nuestro tribunal internacional, era nuestro deber sacar a plena luz el conflicto judío-árabe-británico para que el mundo pudiera verlo. Si el gobierno británico de­seaba hacer declaraciones sobre los árabes o sobre los judíos, estas declaraciones, así como las que hiciere cual­quiera de las otras partes, no se harían a puertas cerradas, y ciertamente nosotros no participaríamos en tal procedi­miento.
Leía mis colegas el informe periodístico, y pregunté: —¿Cómo es posible que alguien publique lo que vamos a hacer antes de que lo hayamos decidido? Yo, miembro de esta Comisión, no podría haber previsto que esta aq­diencia sería in camera. Digo que no lo será y estoy dis­puesto a discutir el punto.:
Nuestro oficial de prensa, George Symonides, nos ex­plicó, algo confuso, que el doctor Hoo le había autorizado a dar la información a la prensa.
—Señores —dijo Sandstrom, con tono conciliador—, en el futuro no anunciaremos qué hará la Comisión hasta que todos lo hayamos decidido.
—Muy bien —dije—. Propongo que el gobierno de Pa­lestina aparezca en audiencia pública.
Sandstrom se quedó pensativo.
—Yo he tratado..., eh. . ., la cuestión con el gobierno de Palestina y ellos..., eh..., han solicitado que sus re­presentantes aparezcan a puertas cerradas. Dicen que me­dian razones de seguridad.
—¿Puedo saber qué se entiende por seguridad? —pre‑
gunté.
—Eh... Consideran que la situación local es tan tensa
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que un funcionario del gobierno correría el riesgo perso­nal si ... apareciera en una audiencia pública.
—¿Puedo preguntar nuevamente si esperan esta vio­lencia física en el momento de su aparición, o posterior­mente?
—Eh ... , algún tiempo después...
No tengo la menor idea de cómo habla sueco Sandstrom, pero cuando se expresaba en inglés tartamudeaba ligera­mente, sobre todo si estaba molesto. No era el tartamudeo staccato de sir Abdur Rahman, sino que el suyo estaba marcado por una serie de "ehs" intermitentes, que rociaba con generosidad. Quizá ello le ayudaba a recoger sus pen­samientos mientras buscaba las palabras adecuadas, pero dejaba una impresión de indecisión y hasta de timidez. Impresión errónea, lo admito. Al principio me pareció que Sandstrom estaría abrumado, tanto por el antagonismo de los intereses que tenía que presidir como por la comple­jidad de nuestro grupo, compuesto no sólo de once nacio­nalidades, sino también de personalidades de tipos varia­dísimos, cada uno de ellos acostumbrado a ejercer su autoridad. "Debe sentirse desdichado en este cargo", pen­saba yo. Pero cuando llegué a conocerlo mejor (si alguien podía llegar a conocerlo, atravesando la corteza de su impasibilidad) comprendí que estaba equivocado. Sand­strom se encontraba en un mar borrascoso, sin duda; pero navegaba con cabal conocimiento de qué quería y adónde se dirigía, y su suave finura ocultaba una voluntad indu­dablemente fuerte.
Sir Abdur también pareció perturbado por el tenor de nuestra discusión.
—No comprendo bien —dijo, con voz que expresaba una incredulidad en aumento—. ¿Se quiere darnos a en­tender que si deseamos examinar a algunos testigos de parte del gobierno de Palestina, ese examen debe ser in camera?
Sandstrom tosió levemente.
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—Me han expresado ese deseo y debemos decidir... si accederemos.
El semblante de sir Abdur, de color oliva normalmente, se iba obscureciendo; señal de una tormenta inminente.
—Deseo sugerir que nosotros somos dueños y señores de nuestro procedimiento —espetó.
Empecé a comprender que sin duda Sandstrom había prometido por anticipado al gobierno que lo escucharíamos en sesión secreta. No tenía idea de los motivos que le guiaban, pero si en este primer encuentro con los ingleses en Palestina les había dado la impresión de que estaría­mos a sus órdenes, yo quería que eso se aclarara de inme­diato.
—Me opongo a llevar adelante esta audiencia como está indicado —dije—. Todo funcionario público está expuesto a ataques de los grupos opositores. Un funcionario que aparezca aquí no podrá estar después en peores condi­ciones que cualquiera de los otros miembros del mismo gobierno. Cuando nos preparábamos a partir de Nueva York mi estimado colega del Irán nos advirtió que un viaje vía Londres tendría una connotación infortunada. Como viajamos en compañía de periodistas,, pienso que ello tuvo escasa importancia. Pero si nuestro primer acto en Palestina es reunirnos en secreto con representantes del gobierno de Palestina, aquí sí vendrán consecuencias polí­ticas indiscutibles. Sugiero que el gobierno nos someta una declaración escrita y que después esperemos algunos días antes de interrogar a sus funcionarios.
Brilej alzó la mano.
—Discutimos públicamente el problema de Palestina en la Asamblea General, en Nueva York. No hay razón alguna para que aquí lo hagamos secretamente —y aña­dió—: Nosotros podemos resolver si realizaremos sesiones públicas o secretas, y el gobierno palestino decidirá si intervendrá en ellas o no. Comparto la opinión de que nuestra audiencia debiera ser pública.
Yo estaba convencido de que esta era una de las cues‑tiones de procedimiento más importantes que debíamos fijar. 0 la administración británica en Palestina era parte del tema de nuestra investigación, o no lo era. No podía ser superior a ella, ni nosotros podíamos permitirle que apareciera como elemento externo, capaz de transmitir su juicio sobre el conflicto pero sin desempeñar ningún papel W en el. Sir Abdur interpretó mis pensamientos.
—No creo necesario escuchar al gobierno de Palestina en este momento —dijo—. Ya nos han sometido un mate­rial escrito. Examinémoslo. Después, si lo consideramos útil, podemos pedir una ampliación verbal.
—Recordarán ustedes que en Nueva York discutimos la posibilidad de que ciertos testigos pudieran temer re­presalias —observó suavemente Nasrollah. Entezam—. Ahora vemos que el gobierno también teme hacer declara­ciones en público. Es lamentable, pero es así. Por lo tanto, me parece que deberíamos otorgar al gobierno la misma cortesía que brindaremos a otros testigos.
Blom, de Holanda, y García Salazar, del Perú, pidieron que oyésemos al gobierno del modo que él eligiera. Rand, de Canadá, añadió que no teníamos otra alternativa.
—Si los representantes del gobierno declinan declarar en público, no hay otro remedio —dijo—. 0 los escu­chamos en privado o no los escuchamos.
—Cuando llegue el momento de publicar qué sucedió en esta reunión secreta —sugirió Hood, de Australia—, podemos declarar que nosotros no deseábamos oír infor­maciones confidenciales, pero que respetamos el pedido del gobierno de Palestina por razones de seguridad pública.
Al cabo consentimos en esta transacción. Sandstrom tuvo su primera conferencia de prensa pocas horas después, en el anfiteatro de la YMCA, ante cerca de cien corres­ponsales. Explicó que realizaríamos sesiones públicas con la mayor frecuencia posible. En esta primera instancia el gobierno de Palestina había insistido en una sesión pri­vada; de otro modo no se presentaría; y por lo tanto, a la UNSCOP no le quedaba otra alternativa que acceder.
Los representantes de la prensa mundial protestaron airadamente. ¿Acaso los ingleses estaban dándole órde­nes a las Naciones Unidas?
—Señor —le preguntó bruscamente un periodista irri­tado—, ¿hasta qué punto el gobierno de Palestina deter­minará los procedimientos de la Comisión?
Sandstrom se ruborizó levemente, pero su voz seguía imperturbable cuando repuso:
—El gobierno de Palestina no está gobernando nuestras actividades.
—¿Pero al fin y al cabo no podemos concluir que el gobierno británico ha dado un ultimátum a la Comisión de las Naciones Unidas, y que la Comisión ha aceptado sus términos? —insistió el periodista.
—Entendemos..., eh.. ., que deben tomarse en cuenta las circunstancias —dijo nuestro presidente.
La audiencia tuvo lugar aquella tarde. La guardia era evidente en el exterior. La documentación presentada por el gobierno era un memorándum de catorce páginas refe­rente a su administración en Palestina. Me pareció que resultaba una indicación reveladora de cómo encaraban en lo fundamental los problemas de Palestina. El memo­rándum afirmaba que los adelantos económicos, agrícolas, técnicos y culturales de los judíos habían creado una bre­cha entre judíos y árabes. El gobierno admitía su fracaso en el logro de una cooperación árabe-judía, pero acusaba tanto a judíos como a árabes de "aspiraciones irreconci­liables". Ambos temían la dominación del otro, explicaba. "Ninguno admite hasta qué punto su negativa a una ave­nencia, su impetuosidad, desorden y violencia influye sobre el ritmo del desenvolvimiento, que de este modo no sólo necesita medidas costosas, sino también un ajuste constan­te de disposiciones administrativas." La potencia manda­taria se veía envuelta en "una lucha continua a fin de unificar dos entes en desarrollo para su mutuo beneficio, y contra toda suerte de elementos destructores  62          JORGE G GRANADOS
Dos hombres se presentaron por la Administración de Palestina. Uno era un inglés alto, delgado e incomunicati­vo: sir Henry Gurney, el secretario principal. venia acompañado por un joven escocés bien parecido, el oficial de enlace del gobierno agregado a la UNSCOP, D.C. Mac­Gillivray, que se sentó junto a sir Henry, armado de es­tadísticas.
La sesión empezó suavemente, como si anduviera por rieles aceitados. Sandstrom había preparado una lista de preguntas de rutina, que fueron hechas y contestadas ru­tinariamente.
Luego, de pronto, sir Abdur abrió el fuego.
Sus preguntas eran agudas, directas, y las espetaba con precisión y tableteo de balas de ametralladora.
—Dice usted que el gobierno emplea a 45.000 judíos y árabes en los servicios del gobierno. ¿Cuántos están en puestos superiores? ¿Cuántos son comisionados de dis­trito, o más? ¿Hay algún árabe o judío en la Junta Con­sultiva del gobierno? ¿En las cortes de apelaciones? ¿Al­gún miembro del Tribunal Supremo?
Sir Abdur, aparentemente incapaz de desprenderse de sus modales de magistrado judicial, atacaba duramente, como si el hombre que tenía delante fuera un reo incul­pado. Sir Henry, por su parte, se mantenía firme en su superioridad, que ocultaba bajo una capa de glacial cor­tesía. Estaba sentado en posición natural, la cabeza lige­ramente inclinada a la derecha, el ojo izquierdo entrecerra­do, mirando de soslayo a sir Abdur, y contestaba a sus preguntas con una lentitud despreocupada y casi desde­ñosa. He aquí, pensé, una personalidad evidentemente fuerte y hostil.
—No --dijo—, no hay árabes ni judíos en la junta Consultiva. Hay zonas donde no se puede designar a un árabe para un distrito judío, o a un judío para un distri­to árabe. He ahí una razón que nos impide nombrar a un judío o a un árabe como comisionado de distrito.
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—¿Cuántos jueces integran la Corte Suprema?
pre-guntó sir Abdur.
—Siete —repuso sir Henry.
—¿Algún palestino ha sido alguna vez presidente de la Corte?
No.
—¿No hay universidad del gobierno de Palestina?
No.
¿Cuántos colegios árabes de enseñanza secundaria? —Uno.
¿Hay algún colegio al cual pueda ir una persona des­pués de haber terminado su enseñanza secundaria? —No.
—¿No hay ninguna escuela del gobierno que imparta educación déspués del colegio medio?
—No.
¿No hay escuela de medicina?
—No.
—¿No hay escuela de arquitectura?
—Ninguna escuela del gobierno.
—¿Hay colegio normal?
—En el colegio árabe del gobierno hay una sección de instrucción magisterial. Se está ampliando actualmente.
¿Es verdad que cientos de miles de estudiantes árabes no pueden ingresar a ninguna escuela, aunque claman por ello? ¿Es verdad o no?
—Estamos muy escasos de escuelas.
Sir Abdur, con voz que denotaba incredulidad:
—¿Los árabes han tratado de hacer r estudiar a sus hijos y no pueden porque ustedes están escasos de escuelas?
—Así es —repuso sir Henry.
Yo lo interrumpí para preguntar:
—¿Cuánto se gasta en ejército y policía?
—No gastamos nada en el ejército. La cantidad que se gastó el año pasado en la policía fue 6.052,000 libras, y este año 7.010,000 libras.
¡En un país tan pequeño, se gastan casi treinta millones de dólares en un año, para la policía¡ ¡Más de dos millo­nes por mes! ¿Quién podría negar que este es un estado policial? Así pensaba yo entonces.
Sir Abdur se quedó mirando fijamente a sir Henry. —¡Siete millones de libras en comparación con un millón para educación, aproximadamente!
Sir Henry separó las piernas, las volvió a cruzar y mire por la ventana.
—Estoy tratando de averiguar, simplemente --dijo sir Abdur, con voz más suave—, cuánto ha podido hacer el gobierno británico en este país en los últimos treinta años Estoy tratando de averiguar qué se ha hecho por el cum plimiento del Mandato otorgado a la potencia mandataria.
Hubo un breve silencio, y yo decidí traer a colación otro asunto. En 1939, el gobierno británico, con Neville Chamberlain como Primer Ministro, lanzó un Libro Blan­co sobre Palestina que restringía la compra de tierras en Palestina por judíos y limitaba la inmigración judía a 75,000 personas durante un período de cinco años, después del cual los judíos podrían inmigrar a Palestina sólo si los árabes lo consentían. Los judíos habían sostenido larga y amargamentte que estas provisiones eran contrarias a la intención del Mandato; sú argumento había sido apoyado por la Comisión Permanente de Mandatos de la Liga de las Naciones. Para aclarar qué eran inmigrantes ilegales, pregunté:
—Sir Henry, ¿qué entiende el gobierno de Palestina por inmigrantes "¡legales"? ¿Es aquel que entra en Palestina contraviniendo las disposiciones del Libro Blanco? ¿0 lo es quien entra en Palestina contraviniendo el Mandato de la Liga de las Naciones que, según entiendo, es obliga torio para su gobierno?
—Nosotros fiscalizamos la inmigración como lo hace cualquier otro país —replicó sir Henry.
—Pero el gobierno británico tiene un Mandato de 1, Liga de las Naciones, ¿no es así? —proseguí—. Pues bien yo deseo saber esto: ¿consideran como "inmigrantes ileBales" a aquellas personas que entran contraviniendo el Mandato?
Sir Henry se removió en su silla y me miró de soslayo. —El Mandato no es una ley. El Mandato es un docu­mento —observó, con voz de hielo.
—¿Qué entienden ustedes por inmigrantes ilegales? —le preguntó Sandstrom.
—Son personas que intentan entrar en Palestina contra las leyes de Palestina —repuso sir Henry—. Las leyes de Palestina se dictan de acuerdo con la Orden del Consejo' que instituyó el gobierno de Palestina, en ejecución del Mandato.
—A menos que esté equivocado —dije—, el Mandato no prohibe la inmigración, sino que la alienta.
Nunca sabré cómo habría reaccionado sir Henry, por­que Sandstrom dio por, terminada la discusión. Se volvió hacia mí con impaciencia.
—Ya tiene usted su respuesta. Inmigración ilegal es in­migración contra las leyes de Palestina.
Aquí, por supuesto, estaba el quid de la cuestión. Des­cubrí que estas leyes de Palestina no habían sido escritas por el pueblo ni por sus representantes elegidos; eran decretadas sumariamente por el gobierno de Palestina, de acuerdo con una Orden del Consejo británico. Esto confe­ría al alto comisionado el derecho de hacer cuantos regla­mentos "le parecieren necesarios o convenientes, a su soberana discreción", para asegurar la seguridad pública. No podían recusarse ni objetarse, ni llevarse a tribunal alguno para detener su efecto o apelar contra ellos. Eran tan inmutables como un decreto del Monte Sinaí. Estos decretos eran las leyes de Palestina, y todo lo contrario a las leyes de Palestina era ilegal.
Pero, ¿y si las leyes de Palestina eran injustas? ¿Si eran
1 Ornen in Council: orden real sobre alguna cuestión administra­tiva dada después de haberlo aconsejado el Consejo Privado. (N. del l.)          66  JORGE GARCIA GRANADOS
tiránicas y quitaban a los hombres la libertad individual y la dignidad humana cuya ausencia es siempre un sello de dictaduras? ¿Entonces, qué?
Al día siguiente nos fue hecha una presentación similar de hechos y cifras por medio de Moshe Shertok, jefe del Departamento Político de la Agencia Judía, ahora Minis­tro de Relaciones Exteriores del estado de Israel. Hombre vigoroso, trigueño, de ojos negros, alertos, que parecía tener un conocimiento enciclopédico de su tema, Shertok empleó casi dos horas en pintar un cuadro total de la geo­grafía del país, su pueblo, su desarrollo agrícola e indus­trial, y sus posibilidades, según las veían los judíos. Los judíos, dijo, eran una "nación en formación", cuya eco­nomía nacional se hallaba en desventaja por el conflicto entre su posición real y su estado legal según el gobierno mandatario. El Libro Blanco de 1939 derribó la "piedra angular de la cooperación" entre los judíos y el gobierno.
Aquí también sir Abdur hizo las veces de fiscal. Quería saber cómo un no judío se hacía judío; cuántas conver­siones al judaísmo había habido en los últimos diez años; y cuando Shertok habló de las leves restrictivas que im­piden a los judíos comprar tierras en la mayor parte de Palestina, sir Abdur le preguntó:
—¿Está usted enterado de que en otras partes del mun­do existe una legislación similar que prohibe enajenar o comprar tierras a ciertas personas?
—Aquí lo hacen por motivos raciales —replicó Shertok, y añadió—: En el Mandato hay una disposición expresa que alienta la inmediata colonización de la tierra por los judíos, y la medida a que nos hemos estado refiriendo se opone diametralmente a ello.
Habló con acritud de las leyes inmigratorias que estable­cía el Libro Blanco; a causa de ellas decenas de miles de judíos que podrían haberse salvado de Hitler "fueron atra­r>ados y condenados" en Europa.
—La historia de la inmigración durante la guerra es una tragedia continua —dijo—. Refugiados de las matanzas
ASÍ NACIÓ ISRAEL 67
europeas perecieron en el mar en su viaje a Palestina. Eran enviados de vuelta. Algunos fueron deportados de Pales­tMa a islas lejanas, muchos languidecieron detenidos en Palestina por el solo pecado de haber tratado de escapar a tiempo. La historia prosigue en un escenario diferente. Se permite la entrada de sólo 1,500 por mes, pero muchos más están tratando de escapar de la miseria y degradación de los campamentos para desplazados en la Europa de posguerra hacia el país de sus esperanzas. El resultado de todo ello es que cerca de 17,000 judíos desplazados so­portan actualmente un encierro indefinido en Chipre.
Poco después tuve ocasión de conocer a quienes ponían en ejercicio las leyes de Palestina. El general sir Alan Cunningham, alto comisionado de Palestina, nos invitó a comer en la Casa de Gobierno. Era ésta una hermosa residencia situada en lo alto de una colina, en las afueras de Jerusalén, una mansión lujosamente amueblada cuya atmósfera regia sugería la autoridad implícita en el fun­cionario británico que era el representante directo de la Corona Británica en Palestina. Presidiendo la mesa, sen­tados frente a frente, estaban sir Alan y el teniente gene­ral G.H.A. MacMillan, comandante en jefe de las fuerzas británicas en Palestina. Me situaron junto al general Mac­Millan. Me dio la impresión de ser un hombre culto; fuera de su uniforme, nada en él sugería lo militar. Hablaba sin arrogancia, en voz suave, casi cantarina, y era diestro en la conversación.
El general Cunningham me impresionó de manera si­milar. Cuando llegó la hora del café pasamos a otra habi­tación, donde funcionarios civiles y ayudantes de campo militares nos presentaron a personalidades destacadas del gobierno. Sir Alan estaba sentado en un sofá, cerca de la pared. Charlaba diez o quince minutos con cada invitado, que era ceremoniosamente conducido al lugar vacante que había a su lado, y luego era ceremoniosamente reempla­zado por otro, mientras el primer invitado pasaba a con‑   68     JORGE GARCIA GRANADOS
versar con el general MacMillan o con el gobernador de Jerusalén, o el jefe de policía o algún otro dignatario.
Cuando me llegó el turno de hablar con sir Alan mi impresión sobre su llaneza y cortesía se confirmó y me hizo entender qué difícil era el cargo que ocupaba.
Aquella noche, cuando volvíamos a Kadimah House favorablemente impresionados, ignorábamos que el go• bierno de Palestina acababa de precipitar una situación que crearía un serio conflicto entre nosotros.
El gobierno había elegido este día, nuestro primer día oficial en Palestina, para sentenciar a muerte a tres de los cinco miembros del Irgún Zvai Leumí, la organización clandestina judía, que habían participado en la fuga de la prisión de Acre, de la cual habíamos tenido noticias por los periódicos estando todavía en Nueva York.
Así, súbitamente, nos ponían cara a cara con el proble­ma de Palestina, no como una serie de noticias, sino como un desarrollo de acontecimientos que nos comprendía a nosotros mismos. Aquella tarde la prensa local estuvo dominada por el caso. Era seguro que la noticia de que los tres serían ahorcados por un hecho que en cualquier otra parte del mundo habría significado una sentencia de prisión, tendría graves repercusiones.
Yo sabía muy poco del carácter del movimiento clan­destino judío, pero un amigo mfo me hizo un relato vívido de lo acaecido. Durante todo el transcurso del juicio, dijo, los prisioneros se negaron a defenderse, argumentando que un tribunal militar británico no tenía ningún derecho a juzgarlos, porque representaba a un poder militar extran­jero que ocupaba Palestina contra la voluntad de su pueblo.
Los jóvenes acusados recibieron sus sentencias en una sala densamente vigilada, en el adusto juzgado militar de piedra blanca del gobierno de Palestina. Según el relato de mi amigo, sucedió así:
Al entrar vio a los cinco prisioneros de pie en un estrado
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rodeado de guardias. Su juventud lo dejó pasmado. De acuerdo con los encabezamientos de los periódicos había esperado encontrarse con criminales empedernidos; allí veía a jovencitos que no parecían tener más de dieci­ocho o diecinueve años. Usaban pantalón corto de color caqui y no llevaban corbatas; el cuello de sus camisas esta­ba abierto, y a sus pies yacían los grillos que antes unie­ran sus tobillos. Detrás de ellos había tres hileras de sillas, unas treinta en total, donde estaban sentados, callados y recelosos, los padres y parientes de los acusados. En otra esquina, tras una barandilla de madera, se encontraban los representantes de la prensa mundial. En el banco del juez estaba sentado un coronel británico de uniforme, delgado, de mirada dura, de ojos azules, fríos, bigotes rubios y una- voz totalmente desprovista de emoción. Una atmósfe­ra tensa llenaba la sala; evidentemente, la gente esperaba que alguien o algo se materializara. De pronto se abrió la puerta y dos abogados entraron presurosamente. Venían muy agitados, y las manos les temblaban mientras se arre­glaban los ropajes y las pelucas blancas.
—Llegan ustedes con atraso —dijo el juez, con voz de hielo.
Uno de los abogados, conocido por su defensa de comba­tientes clandestinos, replicó, indignado:
—Su Señoría, debo protestar contra el trato ultrajante que acabo de recibir en manos de la policía. Antes de entrar en esta sala fui retenido afuera y registrado como si fuera un criminal común. Me registraron las ropas y me dieron vuelta a los bolsillos. Soy una figura conocida para este tribunal. Es una indignidad a que no debería someter­se al consejero de la defensa.
El juez escuchó en silencio y luego prosiguió como si no hubiera habido tal protesta. El ujier pronunció un nom­bre. Del reducido público se adelantó lentamente un hom­brecillo enfundado en un yersey, humilde, gris, que llevaba su gorra, harapienta en las dos manos. Se quedó allí, sin ánimo para nada, con los ojos fijos en el suelo.        70          JORGE GARCIA GRANADOS
—¿Puede identificar a alguno de los acusados? el fiscal.
El hombrecillo alzó los ojos y miró fijamente a uno de los muchachos que estaban de pie en el estrado, y lo señaló con un ligero gesto rL. cabeza.
—¿Es hijo suyo? —preguntó el fiscal.
El padre asintió levemente con la cabeza; entonces sus ojos tropezaron con los de su hijo, y un silencio absoluto inmovilizó el tribunal. ¿Quién puede decir qué pasó entre ellos en ese momento terrible, en esa mirada silenciosa? Era evidente que el padre comunicaba algo inexpresable a su hijo. El rostro del muchacho permaneció inexpresivo mientras miraba a su padre, y sin embargo, se podía sentir cómo el amor y el anhelo manaban de uno al otro.
—Eso es todo —dijo bruscamente el fiscal.
El anciano volvió arrastrando los pies hasta su asiento. Se sentó sobre el borde de la silla, revolviendo entre sus dedos la gorra, desvalido, mientras sus ojos se iban des­bordando lentamente de lágrimas.
El juez se inclinó un poco hacia adelante, jugueteó un instante con la punta aguzada de su bigote y, sin ningún preámbulo, comenzó a leer la sentencia monótonamente. Sus ojos estaban fijos en los papeles que tenía delante; 0 sin alzar la mirada una sola vez parecía estar pasando lis­ta. La voz seca e impersonal repetía aquellas palabras de significado tan terrible:
—El tribunal os sentencia a morir en la horca. . . El tribunal os sentencia a morir en la horca...
Al apagarse la última palabra los muchachos se pusieron firmes. Enhiestos, las cabezas levantadas, rígidos, rompie­ron a cantar el Hatiftá, el himno nacional judío. El audi­torio que estaba detrás se puso de pie y cantó con ellos mientras las lágrimas les corrían por las mejillas. En este momento el juez se levantó deliberadamente, mientras su bigote le temblaba de fastidio, con toda intención empujó hacia atrás su silla con un ruido fuerte y áspero, dio media vuelta y salió de la sala, seguido por el fiscal. El sonido
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de sus pesadas botas al cruzar el piso del tribunal re­oionó en la canción. La puerta se cerró explosivamente 1 t as ellos y quedamos (dijo mi amigo) solos en la sala cun los condenados y los que les amaban, todos de pie, firmes, cantando... Las mejillas bañadas de lágrimas, (antaban la canción de la esperanza judía con fervor cada vez mayor, y en este coro trágico se alzó muy alto la voz débil y trémula de un anciano. Mientras la escuchaba, mi amigo comprendió que así debía ser la voz de un hombre cuando se le está partiendo el corazón. Miró, y como había supuesto, era la voz del padre que identificó a su hijo.
Cuando acabó la canción los muchachos se volvieron hacia los que estaban detrás de ellos. Sus labios sonreían y les brillaban sus ojos. Alzaron las manos por encima de sus cabezas y las unieron en un gesto de solidaridad, gri­tando: "iShalorn! ¡Shalom! ¡Shalom!", en un sonoro mensaje a sus padres, a sus amigos, a su pueblo de todo el mundo.
El relato de mi amigo me deprimió; y esa noche, des­pués de comer, salí a tomar un poco de aire fresco y también en busca de una ocasión para pensar. Todas las fibras de mi ser protestaban contra el principio de la pena capital por actos políticos. Eso era lo que habíamos com­batido con tanta fiereza en Guatemala, por eso yo había pagado con la dura moneda de la prisión y el exilio. No sólo desde un punto de vista humanitario, sino también desde un punto de vista político, nuestra Comisión tenía derecho a sentirse perturbada. Yo consideraba que estas sentencias constituían un desafío de Gran Bretaña a las Naciones Unidas. No podía saber si los ingleses habían querido deliberadamente que las sentencias coincidieran con el comienzo de nuestra labor, pero sin duda debían de haber sabido que ello sólo promovería nuevas perturba­ciones y crearía mayores dificultades para nosotros. Era poco menos que si el gobierno británico nos advirtiera:
"No sois más que una entre la serie de comisiones que han venido entremetiéndose en Palestina. Para nosotros, no representáis a nadie más que a vosotros mismos. El pueblo de Palestina no puede esperar nada de vosotros, salvo mediante nuestro gracioso consentimiento. De una vez por todas, caballeros de las Naciones Unidas: aquí nosotros somos los dueños de casa."
Ya había andado un rato, meditando de esta manera, y regresaba hacia Kadimah House cuando de pronto me encontré cara a cara con Sandstrom. Él también estaba tomando aire.        
—Si no tiene nada de particular que hacer —me dijo—, ¿por qué no me acompaña? Así conversamos un poco.
La noche era agradable, las calles estaban desiertas y apacibles. Mientras caminábamos, me descargué. ¿No po­dría intervenir la UNSCOP? ¿No podríamos señalar que la actitud del gobierno podría tener efectos imprevisibles sobre nuestra labor? Que tal actitud desatendía comple­tamente el pedido de la Asamblea General a "todos los gobiernos. . . de abstenerse de amenaza o empleo de la fuerza o de cualquier otra acción que pudiera crear una atmósfera de prejuicio..." Quizá yo, en forma puramente extraoficial, pudiera convencer al general MacMillan para que escuchara lo que tenía que decirle.
—Quizá —dijo Sandstrom, con tono de duda—. Quizá. —Además —le dije—, estoy seguro de que sus palabras tendrían cierto peso para el alto comisionado.
Le sugerí que aprovecháramos una recepción que daban en nuestro honor en la Casa de Gobierno, la noche si­guiente. Convino en ello.
La noche siguiente, en la Casa de Gobierno, le dije al general MacMillan que me gustaría conversar con él de cierto asunto. Nos sentamos en un pequeño sofá que había en un rincón de la sala y entré de lleno al tema, sin pro­legómenos.
—Anoche —le dije— tuve una larga conversación con el señor Sandstrom. Él discutirá este mismo asunto con sir Alan. La Comisión no lo ha tratado y le hablo a usted          73
con carácter exclusivamente personal. Sandstrom y yo estamos profundamente preocupados por estas sentencias de muerte. Creo que si ustedes ejecutan a esos muchachos Lis consecuencias políticas serán desastrosas y acarrearán graves dificultades para nuestra Comisión. Además, con-(lucirán a una mayor tensión, que supongo colocará al go­bierno de Palestina en una situación difícil. Creo que una política tolerante y generosa sería mucho más adecuada para calmar a los judíos disidentes que la severidad que emplea actualmente su gobierno. En una palabra, la polí­tica de la rama de olivo, el perdón, quiero decir, me parece que sería mucho más eficaz.
El general MacMillan sonrió levemente y me contestó con cierta condescendencia. Era como si hablara con un niño que hubiera estado explayándose sobre materias que no alcanzaba a comprender.
—La transigencia no es cosa nueva para nosotros —dijo—. La hemos intentado, y nos ha fallado. Usted no entiende la situación en este país, ni la psicología de los terroristas. Ellos interpretarían cualquier gesto generoso como un signo de debilidad. Aparte de eso —añadió—, mi deber está claramente definido. Yo debo examinar los hechos. Si la evidencia demuestra 1 que los hombres con­victos son culpables, es mi deber confirmar la senten­cia. La ley es la ley. No tengo otra salida. El perdón es un alto privilegio exclusivo del alto comisionado.
Yo insistí.
—A nosotros, los latinoamericanos —observé—, nos re­sulta difícil apreciar estas cosas. Después de muchos siglos de orden y democracia ustedes, los ingleses, han ol­vidado qué significa sentirse agitado por sentimientos revo­lucionarios. En nuestra América la lucha política está llena de pasión. Nosotros consideramos al delito político como algo totalmente distinto del crimen corriente. Creemos que un hombre que se complica en la conspiración y la revuelta lo hace bljo la influencia de la pasión. Podemos  74      JORGE GARCIA GRANADOS
considerarlo equivocado, y aun fanático, pero no una amenaza perpetua para la sociedad como el criminal común.
El general MacMillan me miró y continuó sonriendo levemente.
—Permítame que le relate algo que ilustrará mi parecer —proseguí—. Hace menos de un año se descubrió en Gua­temala un complot contra el gobierno. Los conjurados fueron detenidos. Se encontraron pruebas de que algunos de ellos pretendían realmente asesinar al Presidente y a varios altos funcionarios del gobierno, sobornar a ciertos oficiales del ejército y cometer otros actos que llevarían a un cambio violento del régimen político. Bajo una dic­tadura, estos hombres habrían sido fusilados en el acto de acuerdo con la teoría de que la paz sólo puede mantener­se mediante el terror. Pero, ¿qué sucedió? En vez de pa­sarlos a una corte marcial las autoridades los llevaron ante los tribunales civiles, que les impusieron penas leves. La condena más severa fue de tres años de prisión y ni siquiera ésta fue cumplida totalmente, pues antes de un año todos estaban en libertad. ¿Tuvo esto alguna conse­cuencia perjudicial? ¿Se quebrantó el orden social? No, el gobierno está sólidamente atrincherado y goza del apoyo popular. Examine este caso. Estos jóvenes han sido con­denados a muerte porque ayudaron a abrir las puertas de una prisión. No mataron a nadie. Son inocentes de derra­mamientos de sangre. Debo decirle que la pena de muerte me parece extraordinariamente drástica.
El general guardó silencio un momento, y después, con el tono y el gesto de un hombre penosamente irritado, pero paciente, replicó:
—Muy señor mío —dijo, con voz característicamente suave y bien modulada—, ustedes pueden hacer como les parezca bien en Latinoamérica, pero los funcionarios bri­tánicos deben respetar la ley. Cuando nuestras leyes cali­fican un hecho como delito, quienquiera que cometa ese hecho y viole aquellas leyes es tan criminal como cual­quier otro. De todos modos yo no tengo que ver con las     ASI NACIÓ ISRAEL       75
consecuencias políticas. Soy un soldado y debo cumplir con mi deber.
Hablamos aún largo rato hasta que comprendí que nues­tros puntos de vista eran irremediablemente irreconcilia­bles.
Cuando vi a Sandstrom, durante la cena, me dijo que desgraciadamente no había tenido ocasión de hablar en privado con sir Alan.
—Además —añadió—, se han presentado nuevas com­plicaciones. Hágame el favor de venir esta noche a mi apartamento, para una conversación informal. También les he pedido a los demás que vengan.
Esa noche, la salita de recibo de Sandstrom estaba llena hasta reventar con representantes, substitutos y funcio­narios de la secretaría. Hubo que dejar entreabierta la puerta que daba al pasillo a fin de permitir que todos nuestros suplentes pudieran seguir la discusión.
—Los he invitado esta noche porque he recibido una carta de los padres y parientes de los tres condenados —anunció Sandstrom con voz serena—. Nos piden que intercedamos ante el gobierno y las autoridades militares de Palestina para que posterguen las ejecuciones y para que obtengamos una conmutación de las sentencias de muerte.
Durante un momento todos permanecieron callados. Se había lanzado el reto; nuestro Comité estaba en descu­bierto ante la opinión pública universal. Esta sería una prueba de nuestros poderes, y de nuestra independencia.
Sir Abdur Rahman declaró que no teníamos competen­cia para intervenir en el asunto. Brilej, Fabregat y yo nos opusimos, afirmamos que este era un nuevo problema que aparejaba razones de humanidad, y que debíamos con­siderarlo. Cuando Sandstrom intentó inquirir otros pare­ceres, John Hood, de Australia, protestó.
—Si no estamos reunidos en una sesión formal no estoy dispuesto a expresar mi actitud —dijo—. Y no creo que //falta poner aquí hasta la pag- 101-regresar después//
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