martes, 18 de agosto de 2020

LA HIJA DEL ADELANTADO



SUSANA MARIA  DEL MAR PALACIOS PALACIOS 4-1-17
Hace un par de horas, por motivo de compras, llegó al negocio donde trabajo una dama a quien nombraré como ,  SUSANA MARIA DEL MAR  PALACIOS PALACIOS. Los tres nombres son ficticios por razones obvias., sus dos apellidos son totalmente reales así como las características físicas que describiré.
Ella tiene los ojos de un color verde tierno brillantes como 2 gemas en un rostro dulce y bello como el una muñequita.(datos reales). De su figura esbelta y preciosa y piel blanca.Con todo respeto escribo: es una flor y joya preciosa de quién hasta el hombre más exigente  se enamoraría.
Le comenté acerca de mis investigaciones genealógicas, y en especial sobre los ancestros huehuetecos.
 del lado materno es donde en sus características físicas son predominantes los ojos verdes. Igualmente yo le comentaba acerca del origen de los Palacios en Huehuetenango y que en la linea  por parte de mi madre en el apellido Palacios hay muchas personas relacionadas con los ojos verdes y algunos zarcos.
de apellidos palacios en esos lugares y en su fenotipo son de  ojos de color ver de y de tez blanca.
De aqui se esparció el apellido Palacios para La Libertad, Aguacatán, Barillas, Quetzaltenango, la Capital...
LA HIJA
DEL ADELANTADO  
JOSE MILLA
  CAPÍTULO PRIMERO
Inusitada animación y extraordinario movimiento se adver-
tían, al caer la tarde del día 15 de Septiembre del año de
gracia 1539, en la ciudad de Santiago de los Caballeros de
Guatemala. Personas de todas clases y condiciones iban y
venían por calles y plazas, reuníanse en corrillos y agolpá-
banse, en mayor número, delante de un edificio grande, de
dos pisos y de buena apariencia, que se levantaba en el extremo
de la población más inmediato á la falda del volcán de agua^ á
cuyo pie estaba situada la primitiva capital del Reino, en el
mismo sitio en que hoy vemos el pobre y miserable villorrio
llamado Ciudad Vieja. Ese edificio, cuyas ruinas se conser-
vaban aún á fines del siglo XVII, según leemos en la obra
inédita del cronista Fuentes y Guzmán, era el palacio del
adelantado, gobernador, capitán general de estas provincias y
fundador de la ciudad, don Pedro de Alvarado. Abríanse las
puertas y las ventanas de las habitaciones, limpiábanse tapices,
alfombras y muebles; mayordomos, maestresalas y pajes
daban apresuradamente la última mano al arreglo de aquella
espléndida morada, que por algunos años había permanecido al
cuidado poco diligente de criados subalternos. El pueblo seguía
con interés y curiosidad aquellos preparativos, que confirmaban
plenamente el rumor, esparcido pocos días antes, de la pró-
xima llegada del Adelantado.
Y era así, en efecto. Don Pedro había anunciado al Ayunta-
miento su arribo á Puerto-Caballos, en carta de 4 de abril de
aquel año, participando además á los magníficos señores del
Concejo su nuevo matrimonio. « Sabréis, dice, como vengo
casado, y doña Beatriz está muy buena y trae veinte doncellas,
muy gentiles mujeres, hijas de caballeros y de muy buenos
linajes. Bien creo que es mercadería que no me quedará en la
tienda nada, pagándomelo bien, que de otra manera excusado
es hablar de ello. » El Adelantado había venido de España con
una escolta de trescientos arcabuceros y otra mucha gente, en
tres navios grandes de su propiedad. Con todo aquel aparato
de damas de honor, caballeros y soldados, se encaminaba á la
ciudad que había fundado quince años antes, y que, merced al
oro y la plata arrancados á los naturales, aparecía ya por aquel
tiempo, si no muy abundante en población, aventajada en el
lujo, hijo legítimo de la riqueza fácilmente adquirida.
En sesión celebrada por el Concejo en 25 de mayo, se había
leído otra carta del Adelantado, en la que proponía fuesen á
avistarse con él un alcalde y dos regidores, para haber de mos-
trarles los reales despachos que traía de la corte y arreglar
algunos puntos conducentes al buen gobierno de la tierra. El
Cabildo, dividido en dos bandos, favorable el uno y contrario
el otro á don Pedro, decidió no acceder a aquella indicación,
contestando al Adelantado no estar en obligación- de salir al reci-
bimiento ; pero que manifestándose las reales provisiones, se
conformaría con todo aquello que su majestad mandase. Los
principales promotores de esa discordia eran el veedor Gonzalo
Ronquillo, el tesorero Francisco de Castellanos, el comendador
Francisco de Zorrilla, Gonzalo de Gvalle y otros caballeros,
que, á fuerza de intrigas, habían logrado crear cierta emulación
LA HIJA DEL ADELANTADO. 3
y mnla voluntad contra don Pedro, infundiendo en el ánimo
pacífico y naturalmente bueno del juez de residencia, Alonso
 de Maldonado, aspiraciones que no debían verse satisfechas.
 Los partidarios del Adelantado y el pueblo, que lo amaba por
su denuedo, munificencia y porte noble y caballeresco, recibic-
f ron con júbilo la noticia inesperada de su aproximación á la
I capital, con el ostentoso séquito que antes hemos mencionado.
Preparábase, pues, á recibirlo con el honor y aplauso que
merecía quien había sido recientemente colmado por el Rey,
por su secretario Cobos y otros personajes de la corte, de favo-
res y de distinciones, justa recompensa de sus grandes y seña-
lados servicios.
Pregoneros de los favores disensados á su señor, de la gen-
tileza de su esposa, del garbo de las damas que la acompaña-
ban y del aparato con que se acercaba el Adelantado, habían
sido ciertos mensajeros que don Pedro envió desde Puerto-
Caballos, conductores de las cartas que escribía al Cabildo.
Excitada así la pública curiosidad, no menos que la envidia de
los émulos, poníanse en juego las intrigas para lograr que no
se diese posesión del gobierno á Alvarado, cohonestando la
desobediencia con la ambigüedad de la real cédula de nombra-
miento, que había circulado en copia. Los amigos del Adelan-
tado, sin hacer cuenta de aquellos manejos, y como quien
tuviese seguridad de que todo saldría á medida de su deseo,
apresuraban, según hemos dicho, los preparativos del recibi-
miento. El pueblo adornaba espontáneamente las calles de la
entrada, y reunido en corrillos, discurría sobre el grave aconte-
cimiento que iba á verificarse. En un grupo que formaban
varios caballeros delante de la puerta del palacio, un criado de
Alvarado, llamado Pedro Rodríguez, el viejo, uno de los que
había despachado el Gobernador desde la costa de Honduras
con sus mensajes, respondía á diversas preguntas que le diri-
gían los curiosos.
— Sí, señores, decía; doña Beatriz excede en gentileza, inge-
nio y garbo á su hermana doña Francisca, que santa gloria
haya, la primera esposa de nuestro valiente Adelantado.
¿Y cómo ha podido casarse, dijo uno de los del grupo,
con su cuñada? Ese parentesco no lo dispensa nuestra santa
madre Iglesia con facilidad.
— Ciertamente que no, replicó Rodríguez, y en el presente
caso, no lo habría dispensado su Santidad, á no haberse inter-
puesto nada menos que nuestro invictísimo Emperador, así por
hacer merced al Adelantado, como por mostrar buena voluntad
al señor duque de Alburquerque, tío carnal de ambas señoras,
doña Francisca y doña Beatriz.
— Alto ha trepado don Pedro, dijo otro.
— No tanto como él merece, contestó el viejo ; que los ser-
vicios hechos á su majestad por nuestro capitán, lo hacían
acreedor á la mano de tan principal señora, no menos 
que al
título de almirante de la mar del sur y á la cruz de comendador
de Santiago con que lo ha recompesado el César.
¡Comendador de Santiago! dijo entonces un viejecillo
jorobado, de cara entre osada y burlona, que estaba en el
corrillo. ¡Comendador de Santiago! Ya no se lo llamarán de
burlas, como en Méjico, cuando vestía por las pascuas un sayo
viejo de terciopelo de su padre, el comendador de Lobón, en
el cual había quedado estampada la señal de la Cruz. ¡Ja, ja,
ja, ja! Y rompió á reir con una risa casi diabólica.

Nadie contestó á aquella burla impertinente, no obstante la
expresión de disgusto que se pintó en los semblantes de todos
los demás caballeros. 
 — Habláis, continuó el burlón, de los méritos y servicios de
don Pedro, y á f e que lleváis razón en vuestros encomios. El
Adelantado es denodado cual ninguno en el campo de batalla ;
y cualquiera lo sería como él, si poseyese un amuleto que lo
preserva contra todo riesgo.
— ¿De qué amuleto habláis ? preguntó uno de los caballeros.
— ¡ Toma de ese joyel que lleva siempre al cuello pendiente
de una cadenilla de oro, y en que están trazados ciertos signos,
caracteres arábigos, ó no sé lo que son, que nadie hasta ahora
ha podido descifrar.
— Y que algo hubierais dado vos por poseer en la batalla de
Quezaltenango, señor veedor Gonzalo Ronquillo, dijo a la sazón
un caballero de noble porte y elevada estatura, embozado en
una capa de paño oscuro, cubierta la cabeza con una gorra con
pluma blanca, y que sin ser percibido de los del corrillo, se
había acercado y puesto la mano derecha en el hombro del con-
trahecho viejecillo.
Al escuchar aquellas palabras, el burlón mudó de color, y
visiblemente azorado, notando la satisfacción con que el nuevo
interlocutor había sido escuchado, dijo :
— Os agradezco el recuerdo, señor don Pedro de Portoca-
rrero; no podía ser más oportuno. No he olvidado que en
aquella sangrienta refriega debí la vida á vuestro valor, y que
sin el oportuno golpe de lanza con que atravesasteis por los
pechos a aquel perro cacique Ros Vatit, yo no estaría hoy aquí,
como lo estoy, pronto á serviros.
— No lo digo por tanto, don Gonzalo, replicó Portocarrero.
Cualquiera habría hecho lo que yo hice en aquella jornada ;
únicamente he querido advertiros que el que ha huido cobarde-
mente delante del enemigo, no es el mejor juez de los hechos
militares de un capitán como Alvarado.
— No olvidaré la lección, don Pedro, contestó Ronquillo, y
será un favor más que pondré en la cuenta que os llevo desde
lo de Quezaltenango.
Y dio la vuelta lanzando una mirada amenazadora al caba-
llero, que permaneció imperturbable y sereno.
— ¡Miserable envidioso! dijo uno de los presentes; y diri-
giéndose á Portocarrero, agregó : guardaos, don Pedro, de su
saña. Ese hombre es implacable ; su odio ha causado ya graves
disgustos al Adelantado, por las relaciones que mantiene con
Gonzalo Mejía, sujeto poderoso en la corte.
— El que ni teme ni espera, contestó Portocarrero con
cierta firmeza en la. que había algo de profundamente melan-
cólico, no tiene por qué guardarse. Cumplo mi deber, como
cristiano y como caballero, defendiendo al compañero de armas
y al amigo ausente ; sigo el recto sendero y no curo de las ser-
pientes que pueden atrevesarse en mi camino.
LA HIJA DEL ADELANTADO
JOSE MILLA
 
En aquel momento cuatro indios tamemes salieron del palacio, 
conduciendo una litera pintada exteriormente y cuya parte 
interior se veía ricamente tapizada con tafetán de la China. 
— Una litera, dijo uno de los presentes; ¿si será para la 
señora Adelantada? 
— No, contestó el viejo Rodríguez ; debe ser para doña Leo- 
nor, que viene mala. 
Portocarrero se inmutó al oír aquella respuesta ; pero domi- 
nando su emoción cuanto le fué posible, preguntó con fingida 
indiferencia : 
 ¿ Y es grave, por ventura, la enfermedad de doña 
Leonor? 
— Creo que no, dijo el viejo ; calenturas de la costa, fatiga del 
camino y un poco de melancolía. 
— Cosas que pasarán, replicó un caballero, tan luego como 
la noble hija de la princesa Jicotencal se aviste con su prome- 
tido el licenciado don Francisco de la Cueva, hermano político 
de su padre. 
— ¿Pero es cierto que se casan? dijo otro. 
— i Toma ! Tan cierto como que se lo he oído al alcalde Juan 
Pérez Dardón; sujeto, como sabéis, caballeros, tan verídico 
como el que más. 
— Así es, dijo el otro; pero ¿qué tenéis, don Pedro? añadió, 
volviéndose á Portocarrero ; estáis pálido como la muerte. ¿Os 
sentís malo? 
— Sí, contestó Portocarrero procurando recobrar su sere- 
nidad : sabéis que desde la última expedición que hicimos en 
tierras de guerra, mi salud ha quedado alterada. El sol se ha 
LA HIJA DEL ADELANTADO. 7 
Suesto ya y talvez el viento frío que comienza á soplar me haya 
causado algún ligero pasmo. Buenas noches. 
Diciendo esto, se retiró con la cabeza inclinada sobre el 
pecho, como quien se halla dominado por alguna grave pre- 
ocupación. 
— ¡Cómo ha cambiado! dijo uno de los del grupo, cuando 
hubo desaparecido Portocarrero. Ya no es aquel gallardo y 
altivo mancebo, tan pronto para los juegos y para el galanteo, 
como para la batalla. 
— Es que no olvida a Augustina, dijo otro, que lo tiene como 
,hechizado. 
t — Os engañáis; la ha olvidado mucho tiempo ha, aunque 
según se dice, ella lo ama cada día más y lo persigue con sus 
exigentes solicitudes. 
 Así me persiguiera á mí, que por cierto no fuera yo de 
mármol á sus ruegos, dijo otro. Agustina Córdoba es una moza 
hechicera. 
— ¿En qué sentido lo decís? preguntó uno de tantos. Eso 
de hechicerías tratánndose de Agustina, admite dos interpreta- 
ciones. Hay quien pretende haberla visto cabalgar por los 
aires montada en un mango de escoba. 
— ¡Ave María purísima! interrumpió Rodríguez santiguán- 
dose. Si es así, bien pudiera tomar cartas en ello la santa 
Inquisición de Méjico. Yo creía que sólo los indios paganos de 
estas tierras eran dados á hechicerías y sortilegios. 
— Aun los indios que han recibido las aguas del santo bau- 
tismo, dijo uno de los caballeros, suelen mantener relaciones 
con el espíritu maligno ; y algunos españoles, contaminados 
con el trato de estos malos cristianos, tienen comercio con el 
demonio. Si no, oíd lo que yo mismo vi, trece años hace, 
cuando combatimos á los sublevados de Sacatepéquez. 
 Decid, decid, que ya os escuchamos. 
 Una noche, estábamos acampados frente á unos peñoles 
en que se habían hecho fuertes los indios rebeldes. Andaba yo 
de ronda, y habiéndome acercado á uno de los puestos avan- 
zados más próximos al enemigo, en cuyo punto estaba un 
centinela, fui á reconocer al soldado que montaba la guardia. 
Media hora antes había sido colocado en aquel puesto un Juan 
Gómez, de la compañía del capitán Luis Marín, á quien sus 
compañeros acusaban de tener trato con el demonio. A la luz 
de las fogatas encendidas en el real, vi por mis propios ojos 
al supuesto centinela, cuyo rostro tenía un no sé qué de horro- 
roso y siniestro, que no acertaré á describiros. Dirigíle la 
palabra, y guardó silencio ; puse mano á la espada, y perma- 
neció inmóvil. Enderecé la punta del acero hacia su pecho y lo 
atravesé con él de parte á parte, sin encontrar resistencia, como 
si fuese una fantasma impalpable. Entonces eché mano disimu- 
ladamente ala cruz de mi rosario, y mostrándola de improviso 
al fingido soldado, se oyó un espantoso bramido; una densa 
oscuridad nos envolvió instantáneamente, y cuando la tiniebla 
fué disipándose y haciéndose lugar de nuevo el tenue resplan- 
dor de las hogueras, encontramos á nuestros pies un arcabuz y 
una armadura, cuyo desagradable olor á azufre manifestaba 
claramente haberse servido de aquellos arreos el común ene- 
migo de las almas. Esa misma noche, casi á la propia hora, 
otros de nuestros soldados aseguraron haber visto atravesar 
el real, en punto muy distante, á Juan Gómez, acompañado de 
• una mala mujer á quien solía visitar. Al siguiente día fué puesto 
en estrecha prisión, en que permaneció dos meses, sin querer 
confesar su delito. Una noche, ayudado sin duda del espíritu 
familiar que lo asistía, quebró la prisión y se huyó  sin que se 
haya vuelto á saber de él. 
 LA HIJA DEL ADELANTADO
JOSE MILLA

Con atención, aunque sin asombro, oyeron las demás personas que formaban el corrillo la extraña aventura del soldado que encargó al diablo le hiciese el cuarto de centinela; y como advirtiesen que la noche se les había entrado ya, embebidos en aquellas pláticas, se despidieron unos de otros, apalabrándose para el siguiente día, con el objeto de presenciar la entrada del Adelantado y de su ilustre comitiva. La luna, en su cuarto creciente, alumbraba débilmente la ciudad, entregada al reposo y al silencio, y el volcán se alzaba majestuoso, escondiendo su descarnada cúspide bajo un cendal de espesas y blanquizcas nubes, más imponente aún a la dudosa claridad del astro de la noche, que cuando se ostenta en toda su grandeza bañado por los rayos del sol del mediodía.



Capítulo II

Sereno y despejado amaneció el siguiente día, 16 de setiembre, como si el tiempo quisiese contribuir por su parte a hacer más regocijada y festiva la recepción del Adelantado y de su séquito. Súpose desde muy temprano que se hallaba en las inmediaciones de la ciudad y muchos de los caballeros salieron a su encuentro. El Ayuntamiento, con el Juez de residencia, Maldonado, se reunió en las Casas consistoriales; aguardando aquel grave congreso la presentación de las reales provisiones.

A eso de las nueve de la mañana, hizo su entrada la ilustre comitiva, enmedio de la población alborozada, que victoreaba a su fundador, don Pedro de Alvarado tenía en aquella época cuarenta años de edad; era de mediana estatura; su aspecto noble y sus facciones fuertemente acentuadas, revelaban el ánimo varonil, la resolución incontrastable y aquella combinación extraña de valentía generosa, crueldad, astucia y franqueza que formaban el fondo del carácter del conquistador de Guatemala. Su rostro, un poco tostado por el sol del trópico, conservaba aún el color rojizo. Como también la barba y el cabello rubio que habían dado ocasión a que los indios mejicanos designasen al valeroso teniente de Cortés con el poético sobrenombre de «el sol», Tonatiuh. Montaba con gallardía un fogoso corcel andaluz, vestía una luciente armadura de acero, ostentando sobre el pecho la roja cruz de Santiago. Cubríale la cabeza la celada; ondeando al viento la garzota de plumas blancas y encarnadas, que coronaba el yelmo. Pintábase en su rostro la emoción del ánimo, por las muestras de afecto con que lo acogía su bienamada Guatemala.

A su lado derecho se veía a doña Beatriz, que tendría unos veintiocho años, y cuyas facciones, perfectamente delineadas, revelaban desde luego todo lo que había de altivo y desdeñosos en el carácter de la noble dama, por cuyas venas corría la sangre de una de las más ilustres familias de España, la de los duques de Alburquerque. Doña Beatriz era hija de don Pedro de la Cueva, Comendador mayor de Alcántara y Almirante de Santo Domingo, hermano legítimo del Duque. En grupo animado y bullicioso, seguían las veinte señoras principales que traía1 don Pedro para las casar, como dicen candorosamente, nuestras viejas crónicas; siendo la más notable entre ellas, así por su linaje, como por su ingenio y gentileza, una cuyo nombre han conservado las historias, doña Juana de Artiaga. Con los caballeros de la ciudad, iba confundida la numerosa servidumbre del Adelantado y de su esposa; enseguida marchaban más de doscientos indios tamemes, o cargadores, que conducían los equipajes, y cerraban la comitiva los trescientos arcabuceros de don Pedro. Al lado izquierdo del Capitán General, veíase a don Pedro de Portocarrero, armado de todas armas y montando el magnífico caballo de que se apeó en la batalla de Quezaltenango, para pelear cuerpo a cuerpo con Ros Vatit, en cuyo encuentro hizo maravillas con la lanza, según el manuscrito Quiché citado por el cronista Fuentes.

Conversaban familiarmente los dos ilustres Capitanes, respondiendo Portocarrero a las preguntas que el Adelantado le dirigía sobre la situación de las cosas. Llegados a la plaza mayor, y habiendo pasado delante de la casa del Ayuntamiento, sobre la cual ondeaba el estandarte de Castilla, los caballeros y las damas se detuvieron a la puerta de la Catedral, en donde los recibió el venerable Obispo don Francisco Marroquín, que abrazó al Adelantado con el afecto profundo y sincero que siempre le profesó, y de que dio pruebas aún después de la vida del caudillo. Acompañaban al Prelado, el deán don Juan Godínez, el Arcediano don Francisco Gutiérrez de Peralta, y el Canónigo don Pedro Rodríguez, con los cuales se había organizado el primer Cabildo eclesiástico en 1537.

Después de la misa, que celebró el Deán Godínez, como lo había hecho quince años antes, siendo capellán del ejército, el día de la fundación de la ciudad, se retiraron    el Adelantado y su comitiva; y luego que don Pedro hubo cambiado de traje, vistiendo un jubón acuchillado de terciopelo color de cereza, gorguera de encaje de Malinas, greguescos, espada y estoque con empuñadura de brillantes, capa de igual tela y color del jubón, y sombrero adornado con plumas blancas, entró en la sala capitular y tomó asiento a la derecha del juez de residencia, Alonso de Maldonado.

Larga y acalorada fue la discusión sobre la inteligencia de la Real Cédula de 9 de Agosto de 1538, que presentó don Pedro. El juez, apoyado con tesón por el tesorero Castellanos, el Veedor Ronquillo, el Comendador Zorrilla, el Regidor Ovalle y otros, insistía en que, con arreglo al texto de la provisión, no se debía dar posesión del gobierno al Adelantado, en tanto estuviese pendiente la residencia de su anterior gobierno; y en efecto debe convenirse en que a los que esto sostenían, no les faltaba razón, visto el contenido del despacho real. El astuto don Pedro prolongó intencionadamente la discusión, para que sus enemigos se declarasen y poderlos conocer mejor. Así dio todo el rencor y miserable emulación que se encerraba en aquellos corazones, y logrado su objeto, sacó un pliego, que guardaba en el seno, cerrado y sellado con las armas reales. Era una sobrecédula, expedida en 22 de octubre de 1538, en la que el Rey prevenía a Maldonado pusiese inmediatamente en posesión del gobierno a don Pedro. Un rayo habría hecho menos efecto que la lectura de aquella carta, que pasó de mano en mano de unos a otros de los presentes, que examinaron el sello real, la firma de Su Majestad y la del Secretario, Juan de Samano. Cediendo a la evidencia de la voluntad soberana, Maldonado recibió juramento a don Pedro y puso en sus manos la vara mayor, símbolo de la autoridad. Numeroso concurso de pueblo, agolpado en las galerías del edificio y en la plaza, aguardaba impaciente el resultado de la sesión. Proclamose por el pregonero de Cabildo y la multitud rompió en aclamaciones entusiastas. Los cañones, situados en la plaza, y los arcabuceros de Alvarado, hicieron repetidas salvas y las campanas de las tres o cuatro iglesias que tenía la ciudad, saludaron con estrepitosos repiques el plausible suceso. Los enemigos del Gobernador, corridos y amilanados, procuraban ocultar su vergüenza, manteniéndose aparte, en un extremo del salón, en tanto que un lucido concurso de caballeros   rodeaba y felicitaba al Capitán General. Las miradas del Adelantado se dirigieron al grupo de los descontentos, y después de haberse fijado en ellos un momento, acercóseles con grave y digno continente, y dijo:
 Vuesas Mercedes han cumplido como buenos y leales vasallos, interpretando conforme a su conciencia y obedeciendo con pronta prestación las Órdenes de Su Majestad. Depositario de la confianza de mi Rey para gobernar estos pueblos en justicia, procuraré, como antes, proveer al bien común y recompensar en nombre de nuestra augusto César los servicios de todos y principalmente los de aquellos que, como Vuesas Mercedes, han derramado su sangre en la alta empresa de ganar estos reinos.
Dichas estas palabras, el Adelantado, abrió los brazos a sus enemigos y estrechó uno en pos de otro a Maldonado, Castellanos, Ovalle, Zorrilla y aun al envidioso e implacable Ronquillo. Resonó el salón con las más entusiastas aclamaciones, y don Pedro se retiró a su Palacio, llevando consigo el amor y la admiración de nobles y plebeyos. La ciudad se ocupó desde aquel momento, en disponer los festejos con que debía celebrar el plausible acontecimiento, encargando de preparar las fiestas al Alcalde Dardon y a uno de los regidores. Previniéronse diversos regocijos públicos; cañas, encamisada, fuegos artificiales, estafermo, saraos y un torneo para el último día.
Mientras, tenía lugar aquella escena en las casas del Ayuntamiento, doña Beatriz, rodeada de sus damas, recibía en su Palacio los homenajes de las señoras principales de la ciudad, con atención cortesana, aunque con semblante visiblemente inquieto y alterado. Próxima a la Gobernadora, estaba una joven, como de diez y ocho años, de mediana estatura, y en cuyas facciones se combinaban los rasgos distintivos de las dos razas que por aquellos tiempos se encontraban en pugna en estos países: la española y la indígena. Su rostro era moreno y su cabello poblado y negro. Había en aquella frente serena, aunque no espaciosa, en aquellos ojos grandes y animados, en la nariz exactamente modelada, en la boca pequeña y ligeramente desdeñosa, en el conjunto todo de las facciones, un sello de majestad tranquila y un tanto melancólica, que arrebataba y al mismo tiempo imponía cierto respeto a cuantos la miraban. Tenía el perfil de aquella joven algo del tipo correcto y severo   —16→   y de las antiguas estatuas griegas, unido al ideal y sobrehumano de la virgen con que algunos años después, debía asombrar al mundo Bartolomé Murillo. Tal era doña Leonor de Alvarado, hija de don Pedro y de doña L uisa Jicotencal Tecubalsin, hija del Rey de Tlaxcala y Zempoala LA HIJA DEL ADELANTADO 
-JOSE MILLA
— Don Francisco, respondió Ronquillo, no ignoráis el odio 
que tengo á ese Portocarrero, hombre que ha suscitado el 
espíritu de las tinieblas para tormento mío. La aparente gene- 
rosidad con que me salvó la vida en lo de Quezaltenango, no 
ha hecho más que acrecentar mi encono contra ese miserable. 
He meditado una venganza tan satisfactoria para mí, como 
22 DON JOSÉ MILLA. 
humillante para mi enemigo : pretendo justar con él mañana 
en el torneo, y requiero vuestra ayuda. 
— Justo es vuestro enojo, don Gonzalo, replicó el tesorero, 
y estoy pronto á ayudaros en lo que deseareis ; pero advertid 
que Portocarrero es hombre á quien no es fácil vencer en la 
lucha. Medid vuestros pasos, no sea que proporcionéis una nueva 
ventaja a nuestro común enemigo. El lance de la otra tarde... 
— i Vive Dios ! don Francisco, interrumpió irritado el veedor, 
que no me recordéis lo del condenado estafermo, porque soy 
capaz de perder el juicio. Aquello fué originado únicamente por 
la torpeza de mi caballo; os juro que el proyecto que he medi- 
tado acabará, si me ayudáis, con la soberbia de ese hombre. 
— Decid, pues, y contad conmigo. 
— ¿ No están esta misma noche las armas de los combatientes 
depositadas en la catedral? dijo el veedor bajando la voz. 
— Sí, ¿y qué os importa eso? 
— Más de lo que imagináis. ¿No me habéis dicho -otra vez 
que el sacristán Reynosa os debe grandes obligaciones ? 
— Ciertamente, como que por mi influencia fué nombrado para 
el cargo, con el salario de sesenta pesos de oro de minas.¿Yqué? 
— Siendo así, Reynosa no podrá negaros el favor de permi- 
tirnos que visitemos esta noche las armas, dijo Ronquillo. 
— Probablemente no, contestó Castellanos. 
— Pues entonces, vamos allá, sin pérdida de tiempo, y luego 
sabréis todo mi plan. 
Tomaron ambos hidalgos capas y sombreros, y encami- 
nándose por calles excusadas á la parte de atrás de la catedral, 
donde estaba situada la habitación del sacristán Reynosa, 
llamaron á la puerta. SaUó éste é hizo entrar á los dos caba- 
lleros, que le manifestaron el deseo de ver las armas por pura 
curiosidad. Pareció sencilla la solicitud al sacristán, y permi- 
tióles la entrada á la capilla de la Veracruz, en donde estaban 
suspendidas armaduras, espadas y lanzas de los que habían de 
justar al siguiente día. Ronquillo se detuvo delante de una 
LA HIJA DEL ADELANTADO. 23 
armadura pintada de azul, cuyo escudo tenía por empresa un 
sol iluminando una rosa á medio abrir, sobre la cual revolo- 
teaba una abeja, é hizo disimuladamente una seña á Castella- 
nos. Éste llevó aparte á Reynosa, entreteniéndolo con la con- 
versación, en tanto que el veedor tomó el yelmo perteneciente 
á aquella armadura, y con un instrumento de hierro que llevaba 
oculto, hizo cierta operación en aquella pieza^ volviendo á 
colocarla en el sitio en que estaba. En seguida retiráronse los 
dos amigos, y al despedirse de Reynosa en la puerta de la calle, 
le recomendaron no hablase de aquella visita, pues las leyes 
de caballería prohibían el que se acercase persona alguna á las 
armas de los combatientes, para evitar hechicerías y maleficios. 
Después, separáronse los dos hidalgos, diciendo Ronquillo á 
Castellanos, tomándole afectuosamente la mano : 
— Adiós, don Francisco, y acordaos de que si se suscita 
mañana alguna contienda en el torneo, decidiréis en mi favor, 
como juez del campo. 
— Contad con ello, por lo que a mí toca, dijo el tesorero y 
se retiró á su casa. 
Ronquillo entró en la suya, saboreando ya de antemano la 
rastrera venganza que meditaba. 
Enteramente ocupados en el asunto que traían entre manos, 
los hidalgos no advirtieron que desde su salida de la casa de 
Ronquillo, los había seguido con cautela un hombre embozado, 
que los vio entrar á la iglesia, y que oculto á la sombra de leis 
elevadas paredes, pudo verlos salir y escuchó la recomendación 
de guardar el secreto de aquella visita que, al despedirse, 
hicieron á Reynosa. Ese embozado misterioso era Pedro Rodrí- 
guez, quien después de haber sorprendido aquella escena, 
visto que se separaron Ronquillo y Castellanos, y oído sus 
últimas palabras, se retiró á su casa pensativo. 
El 4 de octubre de 1539 tuvo efecto el torneo, cuyo recuerdo 
se conservó aun algunos años después de la destrucción de la 
primitiva ciudad de Guatemala. La plaza, vistosamente ador- 
24 DON JOSÉ MILLA. 
nada, estaba llena de espectadores. Las familias principales 
ocupaban sitios preferentes bajo toldos de lienzo, adornados 
con colgduras de damasco; y el pueblo, al aire libre, se 
apiñaba en confuso tropel para presenciar un ejercicio tan pro- 
pio de aquellos tiempos, en que el valor y la destreza en el 
manejo de las armas eran el orgullo de los nobles y la admira- 
ción de las otras clases sociales. 
Bajo el dosel de la galería del Cabildo, tomaron asiento el 
Adelantado y su familia, ocupando un sitio preferente doña 
Leonor, que vestía un traje de tela de plata, con manto de ter- 
ciopelo encarnado, todo sembrado de pequeños carcajes de 
oro ; ceñida la frente con una diadema de brillantes. Colocaron 
á sus pies un taburete con cojín de terciopelo, sobre el cual 
estaba la corona de oro, figurguido dos ramas de laurel, desti- 
nada al vencedor. Al presentarse la hija del Adelantado, un 
murmullo de admiración se levantó en torno del palenque, 
sincero y expresivo homenaje rendido ala belleza de la reina 
del torneo. Los jueces, armados de punta en blanco, recorrie- 
ron el campo y dictaron sus últimas disposiciones. Los mante- 
nedores aguardaban firmes en sus respectivos puestos. Desco- 
llaba la elevada estatura de Portocarrero, sobre cuya cimera 
ondeaba un penacho encarnado y blanco, y cuyo brazo izquierdo 
ceñía una banda de seda de iguales colores, que eran los 
mismos del traje de doña Leonor, y los de la casa de Jicoten- 
cal, según el cronista Bernal Díaz. Guando el escudero pre- 
sentó el broquel á don Pedro, pudo verse la empresa, que con- 
sistía en una rosa mejicana medio abierta, bañada por los rayos 
del sol en su cénit, y una abeja revoloteando, como tímida y 
respetuosa, en torno de la flor. Leíanse en derredor de aquella 
alegoría, estos cuatro versos : 
Yo soy la abeja, 
Vos sois la flor, 
Rosa temprana 
Que se abre al sol. 
LA HIJA DEL ADELANTADO. 25 
La profunda pasión de Porlocarrero era un secreto para 
todos; así es que la generalidad no comprendió el verdadero 
significado de la empresa. Solamente la penetrante intuición 
del odio alcanzó, entre sombras, el sentido oculto de aquella 
pintura. Así fué que momentos después de haberse presentado 
en liza Porlocarrero, acercóse Gonzalo Ronquillo á don Fran- 
cisco de la Cueva, y le dijo al oído: 
—Alto pica la abeja de Portocarrero. 
— No, contestó don Francisco,procura libar una humilde 
rosa del campo, don Gonzalo. 
-— Rosa que brotó, replicó el maligno veedor, en los jardines 
del rey de Tlaxcala, bajo los poderosos rayos de Tonatiuh. 
Aquellas palabras fueron una revelación para don Fran- 
cisco, que mudó de color al escucharlas. La alegoría del sol, 
sobrenombre dado a su hermano político, y la de la rosa mejicana, 
le parecieron tan claras y atrevidas, como antes las había 
creído sencillas é inocentes. Mantúvose un breve rato pensa- 
tivo, y después, dominando su emoción cuanto le fué posible, 
sé ocupó en los arreglos que tenía que hacer, siendo, como 
hemos dicho, uno de los jueces del campo. 
uisa Jicotencal Tecubalsin, hija del Rey de Tlaxcala y Zempoala2.