miércoles, 13 de enero de 2021

EL JURAMENTO-MARIA ARANEDA-

 

sábado, 18 de febrero de 2017

BODA MOLINA VILLATORO-MALACATAN-Huehuetenango,1797

 ESPAÑOLES
 26 OCTUBRE 1797
BODA DE JOAQUIN MOLINA RECINOS
HIJO DE SILVESTRE MOLINA  Y DE MARIA ANTONIA RECINOS.-AMBOS DEL PUEBLO DE GUEGUETENANGO
CON MICAELA VILLATORO  DE ZOTO
HIJA DE JUAN VILLATORO -DEL PUEBLO DE GUEGUETENAGO 
Y DE RITA DE ZOTO-DEL VALLE DE BOVOS-( SIBILIA,QUETZALTENANGO)
 TODOS VECINOS DE MALACATANCITO
HUEHUETENANGO

Juachin Molina con Micaela Villatoro, Casados y Velados. Primeras Nupcias. Españoles
Año del Señor de mil setescientos noventa y siete, día veinte y seis de Octubre---YHo el Padre Cura Ynterino  Fr. Feliz Vaquero, a Joaquin Molina hijo legitimo de Silvestre Molina y de Maria Antonia Recinos, vecinos del Pueblo de Gueguetenango; y a Micaela Villatoro hijo legitimo de Juan Villatoro y de Rita de Zoto, vezinos de este Pueblo de Malacatán--- Fr. Feliz Vaquero

domingo, 26 de febrero de 2017

LESVIA ELISABET NAGERA ROSSEL- 1929- Huehuetennago

 LESVIA ELISABET NAGERA ROSSEL
 25 OCTUBRE 1929
HIJA DE MANUEL NAGERA- MEXICANO
 Y DE ANA LORENZA ROSSEL
HUEHUETENANGO
Guatemala
Lesvia Elisabet Nagera, h. lad.  Contrajo matrimonio en la capital con José Felix Reyes Arriola según aviso del Registro Civil de fecha 5 de Junio /1957
En Huehuetenango a veinticinco de octubre de mil novecientos veintinueve---compareció Manuel Nagera, mayor de edad, dando parte que el veintiuno del actual a la una pm. nació Lesvia Elisabet hija legitima del exponente y Ana Lorenza Rossel  de Nagera, el primero de origen mexicano y la segunda  guatemalteca, avecindados en esta ciudad-----

jueves, 9 de febrero de 2017

MARIA LEONOR CASTILLO MADRAZO -1928 -HUEHUETENANGO

 MARIA LEONOR CASTILLO MADRAZO
1928
 HIJA DE DON ALFREDO CASTILLO
Y DE DOÑA MARIA MADRAZO
HUEHUETENANGO
Guatemala
América del Centro

En la ciudad de Huehuetenango, a quince de Junio  de mil novecientos veintiocho...compareció don Alfredo Castillo, mayor d edad y dijo: que en esta ciudad , el ocho del corriente mes a las seis  y veinte de la mañana nació una niá que llevará el nombre de Maria Leonor, hija legítima de él y María Madrazo , ambos ladinos, de oficio amanuense y domésticos por su órden y de este vecin dario.--------

miércoles, 15 de febrero de 2017

BIOGRAFIA DE WACHTMAN NEE-2

 BIOGRAFIA DE WACHTMAN NEE
 By Witness Lee

CAPITULO DOS

SALVO Y LLAMADO
POR MEDIO DE LA PREDICACION DE DORA YU

Entre los evangelistas que el Señor levantó en China, hubo una hermana joven cuyo nombre inglés era Dora Yu y cuyo nombre chino era Yu Tzu-tu. Ella había sido salva desde muy joven, y su familia la envió a Inglaterra a estudiar medicina. Al dirigirse a Inglaterra, el barco en el que viajaba atracó en Marsella, al sur de Francia. En esa ocasión ella recibió una carga muy grande y le dijo al capitán que no podía continuar el viaje y que necesitaba regresar a China para predicar el evangelio de Cristo. El capitán se sorprendió, pero no podía hacer otra cosa que enviarla a casa. Sus padres estaban muy decepcionados por su regreso y aunque intentaron disuadirla de predicar el evangelio, sus esfuerzos fueron vanos. Finalmente desistieron. Ella dejó su casa, y empezó a predicar al Señor Jesús en las calles. Nadie la contrató; ella simplemente confiaba en el Señor. Por medio de lo que el Señor le proveía, ella alquiló parte de una bodega en las afueras de Shanghai para predicar el evangelio. Desde entonces, las denominaciones la empezaron a invitar a predicar el evangelio en sus locales. Viajó por muchas provincias predicando el evangelio, y llegó a ser un testigo muy útil para el Señor. Continuó predicando por el resto de su vida, llevando centenares de personas al Señor.
En febrero de 1920 Dora Yu fue invitada a Fuchow, capital de Fukien, donde predicó el evangelio en el auditorio de la Iglesia Metodista. Su predicación era tan convincente y estaba tan llena de poder, que después de cada reunión quedaban en el piso las lágrimas vertidas por el llanto de los que habían estado allí. Muchos fueron salvos. Entre los convertidos hubo una señora china muy culta, la madre de Watchman Nee. Ella y su esposo eran metodistas, pero no tenían la experiencia de la salvación. Después de ser salva, ella regresó a casa y allí hizo una detallada confesión de sus faltas a su esposo y a sus hijos. Su hijo mayor, Shu-tsu, estaba muy sorprendido e inspirado por la confesión de ella. Decidió que él tenía que ir personalmente a la reunión de Dora Yu y ver lo que había producido un cambio tan radical en su madre. Al día siguiente fue allí, y el Señor lo cautivó. Más tarde esa misma noche, él tuvo una visión del Señor Jesús colgado en la cruz. Por medio de esta experiencia el Señor lo llamó para que fuera Su siervo.

viernes, 24 de febrero de 2017

MARIA EUGENIA ARANEDA CASTILLO-Huehuetenango- 1929

 MARIA EUGENIA ARANEDA CASTILLO
HIJA DE DON JORGE ARANEDA- ORIGINARIO DE REPUBLICA DE CHILE
Y DE DOÑA LUISA ESTELA CASTILLO
HUEHUETENANGO
Guatemala

Jorge Araneda y Luisa Estela Castillo,-Padres de Jorge Luis  Araneda Castillo-

María Eugenia Araneda  h. leg. lad.  
Razón: en fecha 21 de Junio de 1958. la Señorita  María Eugenia Araneda  contrajo  matrimonio en la capital  con el Señor Rafael Arnoldo de León Rodriguez ----
En Huehuetenango a tres de Diciembre de mil novecientos ventinueve ---compareció don Jorge Araneda , dando parte de que el veintiocho del mes próximo pasado a las siete a.m. nació en esta ciudad Maria Eugenia, hija legítima del exponente  y de Luisa Estela Castillo, ladinos, de oficios agricultor, y señora de su casa respectivamente, originario de Chile y vecino de esta el declarante, y originaria y vecina de esta población su señora. Leído que le fue lo escrito al exponente, lo ratificó y lo firmo.Damos fe,---

martes, 28 de febrero de 2017

MANUELA ANASTACIA CALDERON RECINOS- Española- 1778 Malac. Huehuetenango

 MANUELA ANASTACIA CALDERON RECINOS- ESPAÑOLA
 28 MAYO 1778
HIJA DE DON TORIBIO CALDERON Y DE DOÑA FELIPA RECINOS- ESPAÑOLES
MADRINA: DOÑA GREGORIA OCAMPO
SANTA ANA MALACATAN
Huehuetenango
Guatemala

Manuela Anastacia  Española
En esta Sta. Yglesia Parrochial de Sta. Ana Malacatan en veinte y ocho dias del mes de Maio/Mayo/ de mil sett. setenta y ocho, ---y le puse por nombre Manuela Anastacia hija legitima de Don Torivio Calderón y Doña Felipa Recinos. fue madrina Doña Gregoria Ocampo

sábado, 18 de febrero de 2017

ASI NACIO ISRAEL- Por Jorge García Granados-

 ASI NACIO ISRAEL
JORGE GARCIA GRANADOS
 BIBLIOTECA ORIENTE
BUENOS AIRES
ARGENTINA
1949

CAPITULO I
ENTRADA POR LA PUERTA DE ATRÁS
PEDRO ZULOAGA, venezolano de espíritu liberal y miembro de la delegación permanente de su país ante las Naciones Unidas, alzó su copa.
—García Granados, usted debería estar en esta Comisióndijo con énfasis—. Necesitamos un luchador.
Hernán Santa Cruz, jefe de la delegación de Chile, me miró sonriente por encima de la mesa.
Sí —dijo—. Usted debe ir a Palestina.
Era a principios de mayo, en 1947. Un grupo de latinoamericanos estábamos terminando de almorzar en el comedor para delegados del cuartel general de las Naciones Unidas situado en Lake Success. El tema de nuestra conversación era la Asamblea Especial de las Naciones Unidas, ante la cual todos éramos delegados. Pocos días antes, el 23 de abril, se había abierto la Asamblea y habíamos iniciado nuestro examen preliminar del complicada problema de Palestina. Ahora, después de haber oído los argumentos de los portavoces judíos y árabes, las cincuenta y cinco naciones miembros iban a elegir un comité especial que fuera a Palestina, estudiara la situación. y volviera con una solución definitiva. Era un momento que la historia pintaba trágicamente. Veinticinco años de gobierno británico culminaban en el caos; en aguas palestinas los ingleses detenían barcos de refugiados judíos, cuyos pasajeros eran internados en campamentos británicos, en Chipre; miembros del movimiento clandestino judío perecían en la horca; los rebeldes tiroteaban a soldados británícos y hacían volar trenes; los árabes peleaban contra los árabes extremistas. . . La tarea confiada a esta comisión investigadora tendría proporciones hercúleas. evidentemente.
Debo decir que la sugestión de mía colegas me tomó de sorpresa. Apenas un mes antes, estando en Washington, mi mujer y yo habíamos  proyectado ir a Guatemala el  primero de Julio, de Vacaciones, acompañados por dos huéspedes: M. Henri Bonnet, el embajador francés, y Mme. Bonnet. Les había hablado de los encantos  de mi tierra, d ela temperatura moderada y el clima deleitoso de nuestras mesetas; y ellos habían aceptado nuestra invitación. Esperabamos  unas vacaciones  de tranquilidad y descanso.
A la sazón recibí un telegrama de mi gobierno, con instrucciones de ir inmediatamente a Nueva York para participar como jefe de la delegación guatemalteca, en la Asamblea Especial para Palestinaque había sido convocada a pedido de la Gran Bretaña.-.Yo no tenía muchas ganas de cambiar mis planes a último momento.: Pero, corno optimista incorregible que soy, le dije a mi mujer-
-Bien, no será por mucho tiempo. Estas sesiones acabarán en bocas semanas, y entoncer, podremos seguir adelante con nuestros
¿Cómo iba yo a saber que este pedido cambiaría el curso de mi vida en el año  siguiente y me introduciría de lleno en un problema que entonces tenía poco o ningún significado para mí? Al cabo de pocos meses no era ya embajador de mi país en Washington y estaba enredado, como tantas otras, veces en mi vida, en la lucha de un pueblo por la libertad.
No fue ningún conocimiento especial de mi parte lo que llevó a mis colegas a pensar en mi como miembro de la comisión investigadora.  Yo sabía muy poco sobre Palestina. Pero estaban seguros de que no bien entendiera a punto fijo dónde estaba la justicía, pelearía por ella con todas las fuerzas a mí alcance. Un año antes, en estos mismos salones, los latinoamericanos liberales nos habíamos unido en la lucha por conseguir que las Naciones Unidas denunciaran a la España franquista por su política antidemocrática  y dictatorial. Habíamos dejado ver Claramente dónde estábamos situados. El problema palestino sería una prueba mucho más crítica para saber si nuestra organización mundial podía aplicar  el gobierno de la ley y la razón en zonas de agudo conflicto político. La Única esperanza para la paz mundial está en la seguridad colectiva, y nosotros, corno ciudadanos y dirigentes de países pequeños, nos adherimos fervorosamente a esta fe. La Liga de las Naciones había zozobrado en la roca trágica de la política por el poder. Nosotros sabíamos que no osaríamos permitir a las grandes potencias que convirtieran también a las Naciones Unidas en liza  poder hacer alardes de sus fuerzas.
I.a eficacia de la acción internacional en Palestina dependía, sobre todo, de la imparcialidad del comité investigador que se enviara. Por ello todos nosotros estábamos alerta para ver por qué medios tratarían de influir las grandes potencias en la composición del comité. En la r.ntesala de los delegados, ese centro fascinante de murmuraciones e intrigas internacionales, ya se sabía la noticia: los Estados Unidos, en una rápida maniobra tendiente a impedir que el bloque soviético presentara su propia lista, y apoyados por Reino Unido, propondrían un comité de siete naciones: Canadá, Checoeslovaquia, Irán, Holanda, Perú, Suecia y Uruguay.
Me sentí desilusionado. No era una lista fuerte. Si bien mucho dependía de las personas elegidas y de las instrucciones que recibieran de sus respectivos gobiernos, en caso de haberlas, ciertos hechos eran muy claros. Canadá, Holanda y Suecia estaban en el bloque occidental, y favorecían a Gran Bretaña, la potencia mandataria en Palestina. Perú era notablemente conservador, e Irán un estado musulmán cuya opinión no constituiría ningún secreto. Si esta comisión, como parecía probable, iba a redactar sus recomendaciones con el ojo puesto en la Gran Bretaña y los Estados Unidos, no ayudaría mucho a encontrar la verdadera solución que ellos propusieran.
No bien se hizo pública la lista de los Estados Unidos, Polonia presentó una contrapropuesta, firmemente apoyada por Andrei Gromyko,delegado soviético. Quería quo los cinco miembros permanetnes del Consejo de Seguridad —Estados Unidos, Gran Bretaña, La URSS, Fraacia y China— formaran el núcleo del comité; con lo cual, dijo, se aseguraría la aplicación indudable de cualquier solución que ellos propusieran.
Esto no gustó a los Estados Unidos. Washington prefería que Moscú no tuviera un papel importante en Palestina, y tampoco deseaba verse tan directamente implicado en el problema. El senador Warren Austin, delegado norteamericano, hizo una declaración más importante por lo que dejó de decir que por lo que dijo: sin duda, observó, cualquier organismo que incluya a los cinco grandes no puede pretender "ser imparcial". Alexander Parodi, de Francia, le apoyó; y Asa£ Alí de la India, hablando como defensor de las potencias pequeñas, señaló con cierto fastidio que, con la sola excepción de China, cada uno de los cinco grandes tenía intereses políticos o económicos en el Medio Oriente, y por lo tanto no deberían ser elegidos para formar el Comité.
Yo había observado anteriormente que los Estados Unidos seguían una técnica de globo de ensayo en las :Naciones Unidas. Si una proposición suya no obtenía el apoyo general, no la retiraban, sino que sugerían una enmienda para resolver las objeciones, asegurándose así de que, saliera al fin lo que saliera, su idea básica no se habría perdido. Por consiguiente esperábamos que el senador Austin sacara a relucir tarde o temprano una enmienda a su propuesta original de los siete países.
La composición del Comité llegó al voto el 13 de mayo: fué un día de discusiones vigorosas, en que el bloque soviético defendió ardientemente su punto de vista. Primero votamos la proposición rusa de que el Comité estuviera compuesto solamente por estados del Consejo de Seguridad_ Fue derrotada rápidamente. También se perdió la proposición polasa de que el Comité constara de 11 naciones inclusive los Cinco Grandes.  Finalmente votamos una moción australiana para que el Comité estuviera compuesto por 11 países, excluyendo a los Cinco Grandes. aquí, aunque las Naciones Unidas trataban uno de los problemas más de su histeria, treinta y una  naciones se abstuvieron de votar o figuraron como ausentes, y la moción australiana fue aprobada por dos votos, 13 a 11. No pude menos de pensar lo siguiente:  Nos estamos acercando al problema como si fuera a estallarnos en la  cara. Es complicado, sí, ¿pero acaso no estamos aquí para tratar asuntos complicados?
Inspirado por pensamientos semejantes. Jan Papenek, entonces delegado checoeslovaco, tomó la palabraa para decir, tristemente
—Considero esta votación como resultado directo del deseo de las grandes potencias de evitar toda responsabilidad en este importantísimo problema. Otros, más de la mitad de los estados miembros, también rehuyen su responsabilidad. Pienso que eso debe decirse claramente en este recinto._
Yo no me engañaba con respecto a las razones de todo ello: cada una de las grandes potencias buscaba una ventaja, y la mayoría de los países pequeños, con excepción del bloque musulmán, temían contrariar a los países más influyentes. Los delegados musulmanes encaraban la cuestión abierta y francamente, como partes en la disputa: sus posiciones y sus simpatías estaban establecidas de antemano. No era sorprendente, pues, que en este clima no se prestase atención a los méritos del caso.
Luego debimos ampliar la Comisión. Santa Cruz, de Chile, propuso a Guatemala y Yugoeslavia como los miembros octavo y noveno. El senador Austin propuso después que, como Chile ya había nombrado a un latinoamericano y a un eslavo, debíamos aprobar los nueve ya designados y elegir dos más, preferiblemente de países que representaran al Asia y a la zona del Pacífico meridional, lo cual daría al comité una vasta representación geográfica. No hubo objeciones en la sala; se llevó adelante la moción y en pocos momentos la India y Australia habían sido elegidas y la Comisión de Investigación estaba completa.
De esta manera, como idea tardía y por la puerta de atrás, gracias a la iniciativa de los delegados latinoamericanos liberales y el consentimiento de los Estados Lnidos y la Unión Soviética, Guatemala (y yo con ella) ingresó a la Comisión Especial de las Naciones Unidas para Palestina, que la prensa mundial bautizaría más tarde con la sigla UNSCOP .
Como comité estábamos en una posición excepcional. Eramos el Tribunal supremo y el primer organismonacional que investigaría el problema de Palestina. Los comités investigadores que nos precedieran habían sido británicos o anglonorteamericanos. Eran responsables tan sólo ante sus propios gobiernos. Nosotros éramos responsables ante las naciones del mundo entero. Y yo sentía que esto era eminentemente justo, pues ha----
Continuará

domingo, 26 de febrero de 2017

MARTA EUGENIA LUARCA PELAEZ- 1928- Huehuetenango

 MARTA EUGENIA LUARCA PELAEZ
 29 noviembre 1928
HIJA DE RAUL LUARCA Y DE MARTA PELAEZ
HUEHUETENANGO
Guatemala
 Marta Eugenia Luarca Pelaez  contrajo matrimonio en Guatemala con Jose Rene Antonio de León Torrebiarte , según aviso de aquél Registro. Huehuetennago 19 Diciembre 1950
En Huehuetenango a veintinueve de Noviembre de mil novecientos veintiocho----compareció Jorge Luis Arreaga, mayor de edad y dijo: que por encargo especial de Raúl Luarca, da parte, que en esta ciudad, el veintiseis del corriente a las diez y quince minutos de la mañana, nació una niña que se llamará Marta Eugenia, hija legitima ladina del expresado Luarca  y Martha Pelaez , estos últimos, de oficios comerciante, y domésticos por su orden y de este vecindario-

domingo, 26 de febrero de 2017

CONSUELO ESPERANZA ESTRADA PALENCIA-1927- Huehuetenango

 CONSUELO ESPERANZA ESTRADA PALENCIA
7 SEPTIEMBRE 1927
HIJA DE DON JOSE MARIA ESTRADA LIMA Y DE FIDELINA PALENCIA- ORIGINARIOS DE SAN ANTONIO SUCHITEPEQUEZ
HUEHUETENANGO
Guatemala

Consuelo Esperanza Estrada Lima  h.leg. lad. 
Razón: Se hace constar que Consuelo E,  Estrada Palencia  contrajo matrimonio en la capital con POLIE PERNELL LOPER, según aviso de aquél Registro. Huehuetenango 1 Diciembre 1959----

En Huehuetenango a diez de Septiembre de mil novecientos veintisiete ,--compareció don José Ma. Estrada Lima, comerciante, dando parte: que en esta ciudad el siete del corriente  mes a las diez y media de la noche nació Consuelo Esperanza hija legitima del exponente y Fidelina Palencia, ladinos, originarios de San Ant.o Suchitepequez  y vecinos de est

lunes, 20 de febrero de 2017

BODA ARGUETA-DE AVILA- 1807- MALACATAN- Huehuetenango

 BODA 7 FEBRERO 1807
 MANUEL ARGUETA SAAMAYOA
HIJO DE FAUSTINO ARGUETA Y DE MANUELA SAMAYOA-ESPAÑOLES DE 
HUEHUETENANGO 

CON VICTORIA DE AVILA
HIJA DE MARIANO DE AVILA Y DE YSIDORA CALDERON-ESPAÑOLES DE SANTA ANNA MALACATAN
HUEHUETENNAGO
Guatemala 
 
Españoles Manuel Argueta con Vita de Avila
Año del Señor de  mil ochocientos y siete, día siete del mes de Febrero, Yo el Padre Cura Vicario Fray Ysidro Gayetano Arevalo----a Manuel, soltero. oriundo y vecino del pueblo de Gueguetenango, hijo legítimo de Faustino Argueta y de Manuela Samayoa , y a Vita, soltera, oriunda y vecina de este pueblo, hija legítima de Mariano de Abila y de Ysidora Calderón, todos ladinos--

jueves, 19 de enero de 2017

EL JURAMENTO DE DOS HEROES- 870

 EL JURAMENTO DE DOS HEROES
JULIAN CASTELLANOS
ESPAÑA 1889
 CAPÍTULO LXXXVIII 
Esperanzas halagüeñas 
Así transcurrieron algunos días. 
Nadie tan impaciente como un enfermo. 
Garcés empezaba á desesperarse, porque el doctor 
no había tratado ni una sola vez de separar de sus 
ojos el lienzo que los cubría. 
En cuanto á la joven hebrea, no se apartaba de él 
un instante, y esto era lo único que contribuía á que 
el paje sufriese su desgracia con alguna resignación. 
Ambos jóvenes solicitaron del viejo Jacob permiso 
para que Esther sirviera de modelo al Torrigiano, 
el cual fué obtenido inmediatamente. 
Verdad es que esto halagaba su natural amor 
propio de padre, y que por otra parte supo por los 
vecinos que Torrigiano era un honrado artista, que 
vivía consagrado á su trabajo y al amor que le ins- 
piraba su esposa. 
Todas las mañanas, después de la visita del mé- 
dico, dirigíanse Esther y el paje al taller del es- 
cultor. 
870 EL JURAMENTO 
La primera quedábase extasiada contemplando las 
esculturas del florentino. 
Este había empezado á labrar la santa Cecilia en 
mármol de Carrara. 
Garcés figurábase contemplar la escultura a cada 
golpe de cincel, y no cesaba de hacer preguntas al 
escultor con esa curiosidad característica de todos los 
ciegos. 
Una de las mañanas en que la hebrea se hallaba 
en el taller, acompañada del paje, y en que Torrigia- 
no se disponía á seguir su obra, resonó el golpe que 
la aldaba produjo en la puerta. 
El artista se apresuró á abrir. 
En el dintel apareció un bizarro mancebo, conocido 
entre la nobleza sevillana, no sólo por su donosura, 
sino por ser sobrino del arzobispo de aquella cindad, 
don Iñigo Manrique. 
Llamábase D. Juan, y ni la misma creación de 
Zorrilla superaba al joven en audacia y amoríos. 
— Mucho siento interrumpir vuestros trabajos — di- 
jo al artista — pero me conduce á esta casa un objeto, 
que únicamente vos podéis realizar. 
Torrigiano ofreció á Manrique un asiento, rogán- 
dole que dijera en qué podía considerarle útil. 
— Una mañana — prosiguió el joven— retirábame á 
mi palacio, cuando advertí que entraba la gente con 
profusión en la iglesia de San Pablo. 
La curiosidad, más que la fe, me obligó á hacer 
lo propio y dirigirme hacia uno de los altares, que 
era el que parecía llamar la atención de la multitud. 
DE DOS HÉROES. 871 
Os confieso que entonces pude comprender el ori- 
gen de tanta concurrencia. 
Sobre un pedestal veíase la imagen de una Con- 
cepción, cuya belleza me dejó absorto. 
Aquella escultura supe que era vuestra. 
— Con efecto, es mi última obra — respondió el ar- 
tista, con ese noble orgullo de ios hombres de genio. 
— Me aseguraron que la habíais esculpido por en- 
cargo de los franciscanos, y comprendiendo que ya 
no era posible su adquisición, formé el propósito de 
venir á vuestro taller, para rogaros que hicieseis una 
exactamente igual. 
Quiero que la escultura sea labrada en el mármol 
más hermoso que se conozca, la destino á mi tío el 
reverendo arzobispo D. Iñigo Manrique. 
Pedro Torrigiano se inclinó con respeto al escu- 
char este nombre. 
— Perfectamente: ¿y reclama mucha urgencia vues- 
tro encargo? 
— No, yo le concedo á vuestra arte la importancia 
que en realidad tiene, y no quiero, por lo tanto, po- 
neros trabas. 
Lo único que desearía es que me concedáis que 
venga á vuestro taller con alguna frecuencia, para 
ver la obra desde que la empecéis. 
— Lo que me pedís, en vez de ser un favor es una 
honra para mi persona. 
— ¿Necesitáis que os anticipe el valor de la escultura? 
— De ningún modo—respondió dignamente el ar- 
tista. 
872 EL JURAMENTO 
Lo único que podemos hacer es estipular su precio. 
— No es necesario. 
Afortunadamente mis arcas están llenas de oro, y 
con seguridad que no hemos de discutir por estos 
pormenores. 
— Sea como gustéis. 
Manrique examinó con detenimiento las estatuas 
que había en el taller, y luego fijó 
 sus ojos en la jo- 
ven hebrea. 
— ¡Precioso modelo! — exclamó. 
Sin embargo, esta joven no ha sido la que os ha 
servido para la Madona de San Pablo. 
Seguramente que no. 
Es demasiado niña. 
— ¿A quién copiasteis para la escultura que os he 
encargado? 
Debo advertiros que deseo que os sirva el propio 
modelo. 
— No os inquietéis. 
Os prometo que será una perfecta reproducción. 
El modelo está en casa. Es -mi esposa. 
— Perfectamente. 
Don Juan Manrique se despidió de Torrigiano, é 
inclinándose delante de la hebrea, salió del taller 
acompañado del primero. 
Junto á la puerta aguardaba su silla de manos. 
El bizarro doncel penetró en ella, dando orden á 
sus criados para que le condujeran á su casa. 
Veamos ahora cuáles era a sus propósitos al encar- 
gar al artista la escultura. 
DE DOS HÉROES. 873 
Manrique había entrado, con efecto, en la iglesia 
en unión de un amigo suyo, que era quien siempre 
le acompañaba á todas partes. 
Este amigo, por medio de la adulación y el servi- 
lismo, había llegado, no solamente á vivir á expen- 
sas de su capital, sino á hacerse acreedor á su con- 
fianza. 
Manrique contempló la escultura, y obedeciendo á 
sus inclinaciones mundanas, exclamó: 
— ¡Hermosa mujer!  
 Por admirar la belleza de la que sirvió de modelo, 
daría con gusto lo que haya podido pedir el artista 
por su trabajo. 
— No tendréis mucho empeño en conseguirlo — re- 
plicó el amigo de D. Juan. 
— ¿Por qué me lo dices? 
— Porque en ese caso, encargaríais que os hicieran 
ana escultura igual los buriles que esculpieron ésta, 
y como tendríais un perfecto derecho á penetrar en 
el taller cuando os acomodase, conoceríais á la bel- 
dad que os encanta. 
Manrique quedó pensativo. 
Luego prosiguió: 
— No te falta razón; pero lo primero de todo es 
averiguar quién es el artista que la ha labrado. 
— Eso corre de mi cuenta si persistís en vuestros 
propósitos. 
Accedió D. Juan, y al siguiente día supo que la 
estatua era debida al cincel de Pedro Torrigiano. 
Dos veces, pasando por debajo de las ventanas del 
874 EL JURAMENTO 
taller, consiguió ver á María y quedóse prendado de 
su hermosura. 
Si le agradó su efigie trasportada á la piedra, ¿có- 
mo no había de enloquecerle mucho más al ver á la 
gentil veneciana, cuyas facciones eran todo vida y 
movimiento? ' 
He aquí las razones por qué el sobrino del ar- 
zobispo, que no respetó nunca la santidad del hogar 
ajeno, había visitado á Pedro Torrigiano. 
Más tarde verán nuestros lectores los fatales resul- 
tados de haberse introducido en aquella casa. 

jueves, 19 de enero de 2017

EL JURAMENTO DE DOS HEROES -878

 EL JURAMENTO DE DOS HEROES
JULIAN CASTELLANOS
 ESPAÑA 
 EDICION DEL AÑO DE 1889
 Pocos momentos después de salir D. Juan del ta- 
ller del artista, la hija de Jacob y el paje Garcés se 
dirigían á la suya. 
El escultor deseaba empezar la nueva obra. 
Jacob los esperaba con impaciencia. 
— Hijos míos — les dijo— tengo que comunicaros 
una buena noticia. 
Me han encargado mucho que la guarde en secre- 
to, pero no puedo reprimirme. 
— ¿Qué sucede, padre mío? preguntó Esther albo- 
rozada antes de saber de lo que se trataba. 
— El doctor me ha dicho que pasado mañana le- 
vantará el aposito que cubre tus ojos. 
— ¡Santo Dios, será cierto!— exclamó el paje. 
— El médico me ha prohibido que os lo comuni- 
que, como ya os he dicho, porque quiere propor- 
cionaros una sorpresa; ¿pero á qué dilatar la ven- 
tura? 
— Es verdad, padre mío, á qué dilatarla. 
DE DOS HÉROES. 875 
En el semblante de Garcés brilló la alegría. 
Sin embargo, sus facciones adquirieron súbita- 
mente una expresión amarga. 
— ¿Qué te sucede? — preguntó Esther, que advertía 
hasta sus menores movimientos. 
— ¡Ay, amiga mía; deseo que llegue ese instante y 
al propio tiempo me inspira pavor. 
— ¿Por qué? 
— Si ai apartar esta venda advirtiera de nuevo las 
sombras que ahora me rodean... 
— ¡Quién piensa en semejante cosa! — añadió Ja- 
cob: — el médico me ha asegurado que recuperarás la 
vista, y no es hombre que se equivoca tan fácilmente. 
— ¡Qué contenta estoy, padre! decía Esther dan- 
do saltos como puede hacerlo un niño cuando le re- 
galan el juguete que más excita su deseo. 
— ¡Y ahora que se preparan en Sevilla tantas fies- 
tas! — continuó Jacob, estregándose las manos con ale- 
gría. 
— ¿Va á haber fiestas en la ciudad? 
— Ya lo creo. 
— ¿Con qué motivo? 
— ¿Acaso ignoras que la magnánima reina Isabel 
y su esposo deben instalarse en Sevilla por una tem- 
porada? 
— Lo ignoraba. 
— Pues la reina quiere que su alumbramiento ten- 
ga lugar aquí. 
Con este motivo habrá iluminaciones y torneos, y 
todo lo podrá ver el enfermo. 
876 EL JURAMENTO DE DOS HÉROES. 
Y el hebreo estrechó entre sus brazos al paje, que 
se hallaba radiante de gozo. 
— ¿Conque os ha dicho que pasado mañana? 
—Sí. 
— ¡Ah, santo Dios! — pensó Garcés — cuan grande 
eres; yo te juro que si me concedes de nuevo gozar 
del beneficio de la vista, he de hacerme el más vir- 
tuoso de los hombres, no teniendo más objeto que 
procurar una recompensa para esta bendita familia. 
— Mira por dónde vas á conseguir que tus ojos 
vean la escultura que está haciendo D. Pedro. 
— Es verdad, y sobre todo lo que tantas veces te 
he dicho, ver el original, que eres tú. 
Aquel día el goce se esparció por todos los corazo- 
nes de los individuos de aquella casa. 
Ninguno dudaba que se cumpliesen las profecías 
del doctor hebreo. 
CAPITULO LXXX1X. 
Donde Manrique empieza a descubrir 
sus aviesos propósitos. 
Al siguiente día de recibir Garcés tan halagüeñas 
esperanzas, dirigióse, como de costumbre, acompa- 
ñado de Esther, á la casa de Torrigiano. 
Éste había salido con objeto de adquirir el már- 
mol para la obra que le había encargado el sobrino 
del arzobispo. 
Así se lo manifestó á los jóvenes la virtuosa María, 
rogándoles que le esperasen, pues su ausencia sería 
muy breve. 
Esther y el enfermo sentáronse junto á ella. 
— Parece que hoy tienen vuestras facciones más 
animación — dijo contemplando á Garcés. 
— ¿Y cómo no, si brilla en ellas la esperanza? — res- 
pondió la hebrea. 
Mañana es el día definitivo. 
El doctor levantará el aposito que cubre sus ojos. 
— ¡Ah! Ya comprendo entonces su alegría. 
¿Y qué se promete el doctor? 
-878 EL JURAMENTO 
— Augura los mejores resultados. 
— Mucho lo celebro. 
Aunque hace muy poco que os he tratado, os pro- 
feso una verdadera amistad. 
Esther se sonrió cambiando un beso con la esposa 
del artista. 
— ¿Dónde ha ido D. Pedro? — preguntó el paje. 
— Ya recordarás que la pasada tarde, cuando esta- 
bais aquí, se presentó un caballero encargando á mi 
esposo que hiciese una reproducción de la Virgen que 
ha hecho para los frailes franciscos. 
— Con efecto, lo recuerdo. 
— Pues ha ido á comprar el mármol. 
— Ya me extrañaba que no estuviese á vuestro lado. 
— Únicamente un motivo como ese podía alejarle 
de aquí. 
— ¡Bien pocas veces sale del taller! 
— ¿Y dónde mejor puede pasar la vida? — dijo el pa- 
je. — Aquí encuentra las caricias de un ángel y se 
aproxima á la cumbre de la gloria. 
— ¡Ah! No lo sabes bien — añadió la joven hebrea: — 
cuando puedas apreciar por tus ojos la hermosura de 
nuestra amiga, será cuando comprenderás que no 
exageraste al compararla con los serafines del cielo. 
— ¿En ese caso, con qué te comparas tú? — preguntó 
la esposa del artista. 
— Yo, señora, no valgo nada. 
— Eso yo lo juzgaré dentro de algunas horas, si 
Dios quiere devolver la luz á mis ojos. 
En aquel instante llamaron á la puerta. 
DB DOS HÉROES. 879 
— ¿Llaman?— preguntó el ciego. 
—Sí— respondió María, — sin duda alguna es Pedro 
que vuelve. 
La veneciana se levantó, saliendo de la estancia. 
Abrió la puerta, y pudo convencerse de que se ha- 
bía engañado. 
Era D. Juan Manrique. 
— ¿Está Torrigiano? preguntó á la joven, clavando 
en ella sus negros y expresivos ojos. 
— No, señor, precisamente ha salido hace poco 
para adquirir los materiales que necesita para em- 
pezar vuestra obra. 
— Muy bien ¿Sabéis si su ausencia será larga? 
— Creo que no. 
— En ese caso voy á pediros un favor, si no hay 
inconveniente en que mis pretensiones se realicen. 
— ¿Qué deseáis? 
— Esperarle. 
De este modo podré ver el mármol en que va á 
labrar la escultura. 
— No hay inconveniente, pasad. 
El hidalgo obedeció. 
Un instante después entraba en la estancia donde 
se hallaban Esther y el paje. 
María suplicó al joven que tomase asiento. 
Éste, antes de aceptar, estuvo contemplando las 
pequeñas esculturas que en el taller había. 
— No puede negarse que es un artista, exclamó. 
Y luego dijo en voz baja, para que no fuese escu- 
chado más que por la veneciana. 
880 EL JURAMENTO 
—Verdad es que si yo poseyese un modelo como 
el suyo, creo que también me elevaría en alas de la 
inspiración. 
La veneciana creyó que aquellas frases aludían á 
Esther. 
— Con efecto — dijo — es una joven encantadora; 
pero debo advertiros que no se ha prestado á servir 
de modelo más que durante la obra que ahora le 
ocupa. 
— No os comprendo — respondió Manrique. 
— ¿Acaso no os referís á esa niña? 
— No; me refiero á vos, que sois mucho más en- 
cantadora. 
María bajó los ojos y sus mejillas se ruborizaron.  ¿Hace mucho que tiene la fortuna de llamaros 
su esposa? 
— No, señor. 
— ¿De manera que todavía os halláis en ese perío- 
do en que vuestros corazones se comprenden? 
— Caballero — repuso la interpelada con acento dig- 
no — yo creo que ese período no acaba nunca cuando 
una mujer honrada se une por los sagrados lazos del 
altar con un hombre tan bueno como mi marido. 
— Eso debiera ser, pero desgraciadamente ocurre 
lo contrario con alguna frecuencia. 
María no quiso entablar discusiones con el hidal- 
go, y procuró que la conversación se hiciese general. 
Sin embargo, Manrique hizo por evitarlo. 
— ¿Te infunde confianza ese hidalgo? — preguntó el 
paje á su compañera. 
DE DOS HÉROES. 881 
 — ¿Por qué? 
— Te hago esta pregunta por mera curiosidad. 
— Es tan difícil juzgar á una persona en tan breves 
instantes... 
Sin embargo, si he de ser explícita, te diré que le 
encuentro jactancioso, y que existe en él algo inex- 
plicable que le hace repulsivo. 
— Yo no he podido apreciarle como tú, pues no he 
visto su rostro, y aseguran que este es el espejo del 
alma, pero... 
— ¿Opinas como yo? 
— Exactamente. 
Es más, me atrevería á asegurarte que el objeto 
que á esta casa le ha conducido no es la admiración 
que por la escultura siente. 
— ¿Cuál entonces? 
— Tal vez un deseo más mundano que el que ins- 
piran las artes. 
Esther contempló al ciego. 
Luego encogióse de hombros, significando con es- 
te movimiento que no comprendía las palabras de 
su compañero. 
Era su alma demasiado pura para adivinar los 
torpes propósitos del hidalgo. 
— ¿Sale con frecuencia de casa vuestro esposo? — 
preguntaba entretanto Manrique. 
— No, señor, es muy rara la vez que la aban- 
dona. 
— ¿Siempre trabajando? 
— ¡Qué remedio! 
111 
882 EL JURAMENTO 
Los que no poseemos bienes de fortuna no tene- 
mos más solución que hacerlo así. 
— ¿Y cómo vos tan hermosa y tan joven habéis 
unido vuesta existencia con la de un artista tan hu- 
milde? 
— ¿Qué os extraña? 

jueves, 19 de enero de 2017

EL JURAMENTO DE DOS HEROES - 893

 EL JURAMENTO DE DOS HEROES
JULIAN CASTELLANOS 
ESPAÑA
1889
 DE DOS HÉROES. 893 
— Te aflige nuestra posición, que no puede ser más 
humilde. 
¿No es verdad que algunas veces, sobre todo cuan- 
do te quedas sola, te acuerdas del palacio de tus 
padres, aquella encantadora mansión arrullada por 
las ondas del Adriático? 
¿No es cierto que echas de menos tus pasadas 
grandezas? 
— Calla, Pedro, yo te lo suplico. 
¿Pueden compararse esas grandezas con la del ge- 
nio que Dios concedió á tus cinceles? 
— ¿Entonces por qué has llorado? 
— Pues bien, te lo diré para que no hagas inter- 
pretaciones que me acusan el desconocimiento que 
tienes de mí. 
He estado hablando con Esther y el enfermo. 
Mañana levantan la venda que cubre los ojos del 
segundo. 
Las risueñas esperanzas, y su fe en recuperar la 
vista, me han hecho llorar, pero mis lágrimas han 
sido de alegría. 
Torrigiano abrazó á su esposa. 
— ¡Qué buena eres! — exclamó. 
Y luego acercóse á una pequeña mesa, sobre la 
que tenía los instrumentos de su arte, y le dijo: 
— Mañana me traerán la piedra, es preciso por lo 
tanto que madruguemos para empezar los trabajos. 
— ¿Insistes en labrar la Concepción? 
— Desde luego. 
— ¿Y que yo sea tu modelo? 
894 ÉL JURAMENTO 
—¿Acaso han germinado de nuevo en tu mente tus 
pasadas manías? 
— Sí, Torrigiano, si es que me amas, yo te ruego 
que me complazcas. 
Será un capricho, pero... 
— ¿Pero no comprendes que es un capricho que 
nos cuesta muy caro? Reflexiona que no podemos 
desperdiciar los encargos que me hacen. Nos pesaría 
después. 
— No lo creas. 
Dios no desampara nunca á los hombres, y si re- 
nuncias á hacer ese trabajo, otros más lucrativos se 
presentarán. 
— María, no puedo complacerte. 
He dado mi palabra, y fuerza es cumplirla si he 
de seguir pasando por honrado y formal. 
La veneciana inclinó la cabeza sobre el pecho con 
gran tristeza. 
Comprendió que no era oportuno insistir en una 
negativa que podía despertar en el artista sospechas 
de lo que en realidad había ocurrido. 
— ¡Santo Dios! — exclamó en voz baja — bien sabes 
tú lo que he tratado de evitar que ese hombre tuvie- 
se un pretexto para venir á esta casa. 
¡Ahora cúmplase tu voluntad divina! 
A la siguiente mañana, apenas brillaron los pri- 
meros albores del día, Pedro abandonó el lecho para 
empezar la escultura que D. Juan le había encargado. 
Nunca pudo encontrar el artista un modelo más 
sublime que su mujer. 
DE DOS HÉROES. 895 
Las facciones de la veneciana recordaban en aque- 
llos instantes las de la Madre de Cristo cuando le 
contemplaba sobre el sagrado leño. 
Torrigiano estaba alegre. 
Su alma noble no podía sospechar las causas 
que habían inducido á su joven esposa á pedirle que 
no reprodujese sus facciones en la escultura que el 
sobrino del arzobispo le había encargado. 
CAPITULO XCI. 
Un día feliz. 
Dejemos por ahora al escultor trabajando en su 
taller, y pasemos á la vivienda del viejo Jacob. 
Garcés no había podido conciliar el sueño en toda 
la noche. 
La impaciencia de que llegase la hora prefijada 
por el doctor rayaba en locura. 
Unas veces quedábase serio y meditabundo, te- 
miendo que se disipasen sus más queridas ilusiones. 
Parecíale otras que, á través del lienzo que cubría 
sus ojos, contemplaba vivas fosforescencias ó rutilan- 
tes destellos del sol. 
Habíale recomendado mucho el médico que aquel 
día le aguardase en el lecho. 
Garcés tuvo que desplegar toda su fuerza de volun- 
tad para cumplir esta prescripción. 
— ¡Ah!— exclamaba. — Los hombres de ciencia son 
inexorables y crueles con los enfermos. 
¡Es tan distinto marcar un régimen que ha de 
cumplir otro, á ponerlo en práctica para sí mismo! 
113 
898 EL JURAMENTO 
Estas consideraciones se hacía el paje, cuando es- 
cuchó el leve rumor que producían los pasos de 
Esther. 
La joven se aproximó al enfermo. 
— ¿Cómo estás? — le preguntó con su voz dulce co- 
mo las vibraciones de un arpa. 
— Desesperado — respondió el paje. 
— Pues cómo, ¿acaso vas á perder la paciencia 
cuando tan pocos instantes quedan para que llegues 
á la cumbre de tus deseos? 
— ¿Pero y si no llego á escalarla? 
— Qué desconfiado eres. 
¿No te ha dicho mi padre que el médico asegura 
que los resultados han de ser satisfactorios? 
—¿Y si el médico se equivocase? 
— No es posible; mis oraciones han sido tan fer- 
vientes, que de seguro han llegado á Dios. 
— Es verdad; tú eres un ángel, y las habrá oído. 
— Quizás tengo yo mayores motivos para estar 
triste. 
— ¡Tú, Esther! 
¿Qué motivos pueden apenarte? 
— Muchos — respondió la joven. 
— ¿Qieres explicármelos? 
— ¿Por qué no? 
¿Acaso no eres mi mejor amigo, y digno por lo 
tanto de toda mi confianza? 
— Habla, pues. 
— Me preocupa una idea. 
Yo no dudo un solo instante que la luz vuelva á 
DE DOS HÉROES. 899 
tus ojos, y temo que al fijarlos en mí no me encuen- 
tres tan hermosa como supone tu imaginación. 
— ¡Qué niña eres! 
— Tantas veces me has ponderado mi 
 mi belleza sin 
haberla visto jamás, que temo que luego te parezca 
un reflejo pálido de lo que suponías. 
— Calla, Esther; tengo la seguridad de que no es 
así. 
Pero ahora voy á hacerte á mi vez una pregunta. 
Cuantas quieras. 
— ¿Por qué sentirías que te hallase fea? 
La joven inclinó la cabeza y no supo qué res- 
ponder. 
Garcés insistió en la pregunta. 
— Lo sentiría — dijo la joven, — porque yo quisiese 
parecerte la más hermosa de las mujeres. 
— ¿A qué ese exclusivismo? 
— Lo ignoro. 
Quizás es que temo que entonces seas más amigo 
de otra que hoy lo eres mío. 
— Calla, pobre Esther, yo no puedo amar á nin- 
guna lo que á ti. 
Las condiciones en que me hallo, la enfermedad 
que me ha postrado en la más profunda tristeza, me 
han impedido demostrarlo; pero yo te juro que si 
recupero la vista, he de ser mucho más cariñoso 
contigo que lo fui hasta hoy. 
— ¿De veras? — preguntó la joven con alegría. 
— Desde luego. 
Entonces podré trabajar y hacerme digno de ti. 
900 EL JURAMENTO 
— ¡Ah, Garcés, no me digas eso! Tú siempre has 
sido digno de poseer un corazón que tanto te adora. 
El paje sentíase transportado á las regiones de la 
felicidad. 
Aquel era tal vez el día más grande de su exis- 
tencia. 
No sólo iba á recuperar la vista, sino que la luz 
del amor penetraba en su alma. 
Extendió sus brazos, y tomando entre ellos la linda 
cabeza de Esther, la oprimió contra su pecho. 
Luego acercó sus labios calenturientos á los de la 
joven, y escuchóse en la estancia el rumor de un 
beso. 
Las mejillas de la hebrea se cubrieron de un pudo- 
roso carmín. 
— Te amo — balbucearon sus labios — y un leve es- 
tremecimiento agitó su ser. 
Una idea súbita, como el rayo que desciende desde 
la nube á las entrañas de la tierra, cruzó por la ima- 
ginación del paje. 
El doctor había dicho que aquel día era el defini- 
tivo para saber los resultados de su curación ó de su 
desgracia. 
¿Qué significaba una hora más ó menos para le- 
vantar el aposito? 
En cambio aquellos sesenta minutos eran un siglo 
para el que aguardaba con la impaciencia que él. 
Había sentido entre los suyos los labios de la he- 
brea, cuyo roce fué tan sutil como el de la brisa pri- 
maveral que apenas columpia las flores, la había es- 
DE DOS HÉROES. 901 
trechado entre sus brazos y no podía contemplarla. 
En una palabra, Garcés sentía la felicidad, pero 
sin verla. 
Rechazó levemente á la joven, y sin cuidarse de 
quitar el nudo del lienzo que cubría sus ojos, se lo 
arrancó con mano trémula. 
Esther lanzó un grito.
 Tan rápido había sido el movimiento, que no 
pudo evitarlo. 
El paje palideció. 
Torrentes de luz se esparcían á su alrededor ahu- 
yentando las densas tinieblas que durante tanto tiem- 
po le habían envuelto. 
Tan brusca fué la sensación, que tuvo necesidad 
de cerrar los ojos. 
— Esther, amada mía — le dijo—bendito sea Dios 
que me permite gozar de nuevo del don más hermo- 
so que poseemos los hombres. 
Un momento después abrió de nuevo los ojos y 
los clavó en la hebrea. 
— ¡Ah! — exclamó sonriéndose, no sé lo que me 
produce más daño, si los resplandores del sol ó los 
destellos de tu hermosura. 
Esther se arrojó en los brazos del paje. 
— ¿De verdad me encuentras bella? 
—Tanto como deben serlo los ángeles. 
No era posible otra cosa. 
Un alma como la tuya tenía que reflejarse en tu 
rostro. 
— Pero oye, amado mío— dijo la hebrea, cautiva 
902 EL JURAMENTO 
con la expresión que habían adquirido las pupilas del 
joven — convendría que te cubrieses de nuevo con esa 
venda. 
— ¿Para qué? 
— Temo que la luz te perjudique. 
— No, Esther, no me prives de la felicidad de 
verte. 
— ¿Y si el doctor se enojase? 
— No lo creas, el doctor es hombre de talento, y 
disculpará mi impaciencia. 
— Ahora voy á llamar á mis padres y á Ezequiel. 
¡Ah! Ya verás cuan inmensa va á ser su alegría! 
¡Han llegado á quererte como si fueses hijo suyo! 
— Dios los bendiga. 
Disponíase la hebrea á salir de la estancia con ob- 
jeto de ser la primera que comunicase la noticia, 
cuando el paje la detuvo. 
— Ven, no te marches. 
— ¿No quieres que haga lo que te he dicho? 
Mis padres van á volverse locos de alegría. 
— Antes déjame que te contemple á solas. 
Esther se aproximó. 
 Cuan felices se sentían! 
¡Ambos eran jóvenes y hermosos! 
Parecían haber nacido el uno para el otro. 
Un instante después escucháronse en la estancia 
contigua rumores de voces y de pasos. 

sábado, 21 de enero de 2017

LA INQUISICIÓN- EL JURAMENTO DE DOS HEROES

 EL JURAMENTO DE DOS HEROES
JULIAN CASTELLANOS Y VELASCO
ESPAÑA
1889
 — Desde que faltáis de esta ciudad, la herejía va 
tomando unas proporciones fabulosas. 
Los hebreos, esa raza nómada que vendió al Re- 
dentor del mundo, ha buscado en Sevilla su alber- 
gue, y no satisfechos con observar sus ritos, tratan de 
convertir á muchos cristianos. 
Como estos judíos poseen medios de riqueza y de 
inteligencia, no les cuesta mucho trabajo trastornar 
DE DOS HÉROES. 957 
los cerebros de nuestros fieles, y tan grande va sien- 
do su número y su prestigio, que el clero ve con es- 
panto que, si no se aplica un severo correctivo, los 
hijos de Israel serán más poderosos que los siervos 
del verdadero Dios. 
¿Y cómo podríamos evitar esa desgracia? preguntó 
la reina. 
— Muy fácilmente, señora, respondió fray Alfon- 
so de Ojeda, y con este propósito hemos venido á la 
cámara de V. M. 
— Hablad, padre, dijo doña Isabel fijando sus ojos 
en el dominico. 
— En Francia y en Italia la herejía tomó tanto in- 
cremento y la inmoralidad era tan espantosa, que se 
creó en ambas naciones un Santo Tribunal enco- 
mendado al clero para que éste castigase á los após- 
tatas de la fe. 
— ¿Os referís á la Inquisición? 
— Precisamente, señora. 
— ¿Y creéis que en España sería posible estable- 
cerla. 
— No sólo lo creo posible, sino necesario. 
— Tened en cuenta, fray Alonso, que hay, particu- 
larmente en Aragón, fueros que se oponen á las 
bases establecidas por Eymerich en el manual de 
las antiguas cláusulas inquisitoriales. 
— Comprendo que V. M. alude á la confiscación 
de bienes por delitos en contra de la fe. 
— Y á la ocultación de los nombres de las personas 
que deponen contra los acusados, añadió la reina. 
958 EL JURAMENTO 
— Es cierto, ¿pero acaso esas dos condiciones han 
de ser suficientes? 
Tenga en cuenta V. M. que el Santo Oficio es ne- 
cesario, y que sin sus severas medidas es muy po- 
sible que los herejes socaven los cimientos de vues- 
tro trono. 
— Francamente, no me determino á adoptar medi- 
das tan duras por ahora. 
Los únicos que en mi territorio se apartan de la fe 
del cristianismo son los hebreos, de quienes he reci- 
bido señalados favores. 
Prescindiendo de que ellos, con su laboriosidad y 
su constancia, han sido los únicos sostenedores de 
nuestras ciencias y nuestra industria, ya sabéis que 
contribuyeron á proporcionarnos crecidas sumas, sin 
las cuales hubiera sido imposible emprender la cam- 
paña contra los moros. 
— ¿De modo que V. M. no cree oportuno solicitar 
del Papa la correspondiente autorización para esta- 
blecer el Santo Oficio? 
— Por ahora no lo creo oportuno — respondió la 
reina. 
Comprendo que tienen gran peso las razones que 
aducís, pero quiero apelar antes á otros recursos 
menos duros. 
El venerable cardenal Mendoza me habló hace 
poco de su proyecto de publicar un catecismo, reco- 
mendando á los párrocos que predicaran con más 
frecuencia las bellezas del cristianismo. 
Yo le hablaré para que active su publicación, y 
DE DOS HÉROES. 959 
quién sabe si conseguiremos que vuelvan al gremio 
de la Iglesia católica esos desgraciados. 
Nicolo Franco y fray Alfonso de Ojeda compren- 
dieron que por entonces sería inútil cuanto hiciesen, 
y después de saludar á la soberana salieron de pa- 
lacio. 
Pocos días después publicábase el catecismo del 
cardenal Mendoza. 
Indignado un hebreo con lo mucho que en sus 
páginas se les apostrofaba, escribió un libro en con- 
tra del cristianismo, el cual produjo una gran sen- 
sación en todos los ánimos. 
Recordaron hechos que se atribuían á los hebreos, 
como el de haber sometido á un niño á los rudos tor- 
mentos que sufrió Jesús, en un día de Jueves Santo, 
y todas las murmuraciones se levantaron contra 
aquellos infelices, que no pensaban más que en enri- 
quecerse á costa de sus trabajos. 
Esto, unido á que Nicolo Franco, fray Alonso de 
Ojeda y D. Pedro Martínez Camaño, secretario del 
rey, hicieron á éste una visita para ponderarle las 
ventajas de establecer en España el Santo Oficio, hi- 
cieron que el monarca solicitase del papa Sixto IV 
una bula para el objeto que reclamaban. 
Quizás esto, y las consecuencias que de ello se des- 
prendieron, fué el único borrón de aquel reinado. 
Publicóse inmediatamente un edicto, exhortando á 
los infieles para que se presentasen en la iglesia de 
San Pablo, que era donde se habían instalado los in- 
quisidores. 
960 EL JURAMENTO DE DOS HÉROES. 
Los hebreos, á quienes más directamente atacaba 
esta severa medida, recordaron que en otros tiempos 
y en las naciones donde el Santo Oficio se hallaba 
establecido, obligaban á los apóstatas de la fe á pre- 
sentarse en las iglesias medio desnudos y llevando el 
ignominioso sambenitó; que los agobiaban con duras 
penitencias, y manifestaron al Papa que ellos no ha- 
bían dado motivos para que semejantes escenas se 
produjesen. 
Sixto IV les respondió que era necesario acatar las 
ordenes de los prelados de Castilla, y que de no ha- 
cerlo, apelaría á otros medios más enérgicos. 

domingo, 15 de enero de 2017

EL JURAMENTO DE DOS HEROES- JULIAN CASTELLANOS- 1880

 EL JURAMENTO DE DOS HEROES- 
JULIAN CASTELLANOS- 
MADRID 
ESPAÑA 
1880 
La tempestad empezó á ceder desde aquel mo- 
mento, como si toda la fuerza de su ira se hubiese 
agotado en aquella última sacudida. 
El agua ceso, y el viento, empujando á las nubes, 
las fué alejando de manera, que por momentos se 
sentían á mayor distancia los ecos del trueno. 
Asi que el temporal cedió, descubriéronse en el 
bosque los resplandores de tres antorchas, conduci- 
218 EL JURAMENTO 
das por tres hombres, que vagaban de un punto para 
otro, como buscando algo. 
Estas tres personas eran, un anciano de luenga y 
blanca barba, pero de aventajada estatura y vigorosa 
constitución, y dos jóvenes, uno que no pasaría de 
los veinte años, y otro de alguna más edad. 
Estos tres personajes eran comerciantes hebreos, á 
quienes, acompañados de sus familias, sorprendió la 
tormenta en las inmediaciones del bosque, y habían 
buscado un refugio contra aquel deshecho temporal 
al abrigo de los paredones de la ermita arruinada,, 
donde pensaron en un principio guarecerse los ban- 
doleros. 
Desde aquel albergue habían oido los gritos de 
Garcés pidiendo socorro. 
Movidos de un sentimiento de caridad, se dispu- 
sieron á salir en su auxilio; pero el aire y la lluvia 
apagaban las luces que llevaban para no exponerse á 
caer en algunas de las grietas de aquel terreno, com- 
pletamente desconocido para ellos. 
En vista de esta dificultad, se decidieron á esperar 
que la tormenta cesase para poner en práctica su ca- 
ritativo propósito. 
Mientras esto sucedía, hicieron con ramas secas y 
paja tres especies de antorchas, y así que el tempo- 
ral se lo permitió, se lanzaron al bosque, empezando» 
á registrarle de la manera que hemos dicho. 
Después de algún tiempo de inútiles pesquisas, el 
más joven de los tres descubrió al paje, que conti- 
nuaba con el conocimiento perdido. 
Entonces, volviéndose á sus dos compañeros, ex- 
:lamó: 
— Padre mío; aquí hay un hombre atado á un 
árbol. 
El anciano se acercó á Garcés, levantando en alto 
la antorcha para examinarle mejor. 
— ¡Desdichado! Y es casi un niño — repuso el viejo 
hebreo. — Indudablemente de sus labios salieron aque- 
llos lastimosos gritos pidiendo socorro. No permita 
el Dios de Israel que hayamos llegado tarde. 
Y el anciano, acercándose al paje, le puso la mana 
derecha sobre el corazón. 
Un destello de alegría brilló entonces en los ojos 
del israelita. 
Su hijo, que le observaba, se apercibió de aquella 
mpresion y exclamó: 
— ¿Late acaso su corazón, padre mió? 
—Muy débilmente, pero late. 
— Entonces, apresurémonos á socorrerle. Quizá 
con los auxilios que le prestemos logremos volverle 
a la vida. Jehovah te escuche, querido Ezequiel. 
El joven hebreo puso mano entonces á un afilado 
cuchillo que llevaba pendiente de su cinturon de 
cuero, y con una prontitud grande cortó las cuerdas 
jue sujetaban á Garcés. 
Este hubiera caido desplomado si el anciano, pre- 
peyendo el caso, no le hubiera recibido en sus brazos. 
— Ayudadme, y le llevaremos á nuestro refugio. 
Allí, al calor de la lumbre, le haremos volver á la 
rida. 
— No es necesario para eso que os molestéis, señor. 
Yo sólo me basto para conducirle — añadió el otro 
hebreo, que era un criado del anciano. 
Y diciendo y haciendo, se apoderó de Garcés y se 
lo cargó sobre su hombro izquierdo, con una facili- 
dad grande. 
En seguida se pusieron en marcha, y algunos mi- 
nutos más tarde penetraban en las ruinas de la er- 
mita. 
En una estancia cuyos muros veíanse agrietados, 
pero cuya bóveda se conservaba casi intacta, encon- 
trábanse al rededor de una gran hoguera dos muje- 
res y un hombre. 
Las dos mujeres eran de una espléndida hermo- 
sura y de un parecido grande. 
La de mayor edad era la mujer del anciano co- 
merciante, y la más joven su hija. 
El hombre que las acompañaba era criado de su 
casa, lo mismo que el que conducía á Garcés. 
Al sentir llegar á los tres expedicionarios salieron 
á su encuentro, y al apercibirse que conducían al jo- 
ven, la esposa del mercader exclamó: 
— ¡Ah! Vuestra salida no ha sido inútil, á lo que 
veo. 
— El Dios de nuestros padres te oiga, querida Sa- 
hara — repuso el anciano. 
— ¿Acaso es un cadáver lo que conducís? 
— No, pero es un desdichado á quien el frío y los 
DE DOS HÉROES. 221 
sufrimientos tienen casi á las puertas de la muerte, y 
á quien es preciso procurar volver á la vida á toda 
costa. El pobre encontrábase bárbaramente atado de 
pies y manos al tronco de un árbol. 
— ¡Qué horror! ¿Y el pobrecito habrá tenido que 
sufrir de ese modo todo el furor de la tormenta? — ex- 
clamó, estremeciéndose de espanto, la más joven de 
las mujeres.  Sí, Ester, hija mia; por eso el pobre pedía so- 
corro de una manera tan desgarradora. 
— Y es casi un niño — repuso Sahara, examinando 
á Garcés, á quien su conductor depositó en el suelo, 
todo lo más cerca posible de la lumbre. 
— Sí que es muy joven, madre mía — añadió Ester 
fijándose en el rostro imberbe y simpático del man- 
cebo. 
— Y á juzgar por las ropas que viste, parece una 
persona de distinción — añadió Ezequiel. 
— Lo que más parece es un paje de una casa prin- 
cipal—repuso su padre. 
— Y á lo que presumo, debía viajar á caballo, pues 
aun conserva calzadas las espuelas. 
— Efectivamente. 
— Este pobre mozo debe haber caido en manos de 
algunos bandoleros. 
— Es posible, padre. 
— Pero todo cuanto hablemos referente á este asun- 
to no puede pasar de mera suposición. Hasta que 
recobre los sentidos y hable, es inútil todo lo que nos 
afanemos por conocer lo que le ha sucedido. 
222 EL JURAMENTO 
— Es verdad. 
— Por lo tanto, veamos la manera de hacer que 
vuelva en sí lo antes posible. Despojadle de sus ropas 
exteriores y envolvedle en una manta. De este modo, 
su traje se secará con más facilidad. Entre tanto, Sa- 
hara, sería bueno que pusieras al fuego un poco de 
vino bien azucarado, y en cuanto se encuentre bien 
caliente, veremos la manera de hacérselo tomar. Eso 
ie sentará bien y reanimará sus fuerzas; pues una 
gran parte de su mal, debe ser producido por el frío 
de la mojadura que ha tomado. 
— Bien puede ser así. 
Las órdenes del mercader fueron en seguida pues- 
tas en ejecución. 
Sus criados despojaron á Garcés de sus ropas ex- 
teriores, y las pusieron á secar. 
El cuerpo yerto del joven lo envolvieron en una 
buena manta. 
Mientras tanto Sahara, con una solicitud grande, 
puso al fuego una vasija llena de vino con azúcar. 
Guando este líquido se encontró casi en estado de 
ebullición, el anciano y su hijo incorporaron al man- 
cebo, con el fin de hacerle tragar algunos sorbos de 
aquella bebida. 
Pero esto les fué imposible. 
Los dientes del paje encontrábanse tan hermética- 
mente cerrados, que no permitían que los caritativos 
hebreos realizasen su pensamiento. 
—Si pudiéramos abrirle la boca, aunque fuera á la 
fuerza— exclamó Ezequiel. 
DE DOS HÉROES. 223 
— Lo intentaremos — respondió su padre; y ponien- 
do mano á su cuchillo consiguió, aunque con gran 
trabajo, lo que pretendía. 
— Entonces el joven hebreo empezó á verter poco 
á poco el vino caliente en la boca de Garcés. 
Cuando el anciano lo creyó oportuno, exclamó: 
— No le des más, hijo mió. 
— Se ha vertido una gran parte, señor. 
— Es cierto, pero algo habrá llegado á su estóma- 
go, y le producirá el efecto que apetecemos. 
Ahora vamos á darle en las sienes y en los pies 
unos buenos frotes con ese mismo líquido. 
Los criados descalzaron al joven, y mientras el 
mercader y su hijo le frotaban las sienes, ellos, va- 
liéndose de las puntas de la manta, le propinaron 
unas vigorosas friegas en las piernas. 
El cuerpo de Garcés empezó á entrar en reacción  
y de sus labios brotó un leve suspiro. 
— ¡Ya tenemos hombre! — exclamó el anciano lleno 
de gozo. — Dentro de muy poco estoy seguro que re- 
cobrará el conocimiento. ¿Están secas sus ropas? 
— Sí, señor — repuso uno de los criados. 
— Pues ponérselas en seguida, á fin de que su calor 
aumente. 
Los criados obedecieron. 
Garcés se encontró nuevamente vestido. 
Un instante después un suspiro prolongado volvió 
á salir de su pecho, y sus ojos, abriéndose pausada- 
mente, se quedaron fijos durante un instante, empe- 
zando luego á pestañear con una celeridad suma. 
224 EL JURAMENTO 
— ¿Dónde estoy? — preguntó con voz débil. 
— Estáis entre personas que os aprecian— repuso 
el anciano con acento cariñoso. 
Garcés volvió maquinalmente la cabeza hacia el 
sitio donde el mercader se encontraba, y con pausa- 
da voz repuso: 
— ¿Decís que me encuentro al lado de personas que 
me aprecian? 

lunes, 23 de enero de 2017

EL JURAMENTO DE DOS HEROES -979

 EL JURAMENTO DE DOS HEROES
JULIAN CASTELLANOS 
ESPAÑA
1889 
El amigo de mi padre no puede, sin embargo, mi- 
rar con calma la ingratitud que con nosotros tienen 
los cristianos. 
¿Acaso no fuimos los que desinteresadamente faci- 
litamos recursos para el mantenimiento de las tropas 
que tratan de apoderarse del territorio sarraceno? 
¿No fuimos los que engrandecimos la agricultura 
y el comercio? 
En una palabra, ¿no hemos sido el manantial de 
la riqueza á cambio de que nos dejasen permanecer 
en este país? 
El viejo Samuel, indignado por la conducta de los 
ingratos, opina, como mis padres, que debemos emi- 
grar. 
También nos acompaña el médico que te restitu- 
yó la vista. 
El debe pretextar un viaje temporal, y será porta- 
dor de nuestras riquezas. 
En cuanto á nosotros, saldremos difrazados, apro- 
vechando las sombras de la noche. 
Todavía ignoro hacia qué parte del mundo nos 
dirigiremos, aunque mis padres demuestran inclina- 
ción hacia la parte septentrional de África. 
¿Vendrás con nosotros? 
Hace algún tiempo que el autor de mis días re- 
clamaba de ti lo que hoy no puede exigirte. 
Entonces nos hallábamos en un período de tran- 
quilidad, y nuestra situación era próspera. 
Hoy somos unos pobres desterrados, en quien se 
cumple la profecía. 
978 EL JURAMENTO 
Raza nómada, pueblo infeliz que vivirá errante 
por los siglos de los siglos. 
La pobre hebrea que tanto te ama, te suplica que 
vengas con nosotros. 
Garcés quedó pensativo. 
— ¿Qué piensas? — preguntó Esther. — ¿Acaso vaci- 
las en aceptar mis proposiciones? 
— Sí, vacilo, ¿por qué he de negártelo? 
— -¿Tan poco me amas? — preguntó la joven, mien- 
tras dos gruesas lágrimas rodaban por sus mejillas. 
— No es eso. 
Yo te amo con toda mi alma, pero existen podero- 
sas razones para que me niegue á hacer lo que me 
pides. 
— Dímelas. 
— Tu padre deseaba que yo no volviese á vivir 
bajo vuestro mismo techo hasta que hubiera adqui- 
rido medios de fortuna que me hicieran acreedor A
poseer tu mano. 
Hoy la desgracia os obliga á salir de esta ciudad, 
pero como acabas de decirme, no pobres, no arrui- 
nados, sino tan poderosos como pudierais serlo antes. 
Ese viejo Samuel se encarga de salvar vuestra for-^ 
tuna. 
Sólo necesitáis desprenderos de la casa donde tan 
dichosos vivimos una breve temporada. 
Si conseguís llegar á África, allí seréis bien recibi- 
dos, y podéis entrar de nuevo en posesión de vuestra 
industria y vuestros trabajos. 
Esto es, volvéis á ser, no la raza que despiertan 
 DOS HÉROES. 979 
odio, sino los honrados mercaderes á quien todos 
respetan. 
¿Qué hago yo entonces? 
Hallaríame en un país desconocido, donde había 
de tener necesariamente menos medios, no ya de al- 
canzar riquezas, sino de procurarme un pedazo de 
pan. 
—No, Garcés, yo te aseguro que mi padre no se 
negará á que nos unamos; serás mi esposo y corre- 
rás nuestra misma suerte. 
— Nunca: yo le he prometido que volveré á su casa 
cuando haya mejorado mi posición, y quiero cum- 
plirle mi ofrecimiento. 
— ¿De modo que prefieres separarte de mí? 
— Esa idea me desgarra el alma, pero no hay más 
remedio. 
— En ese caso, tú serás responsable de las desven- 
turas que puedan sobrevenirme. 
— ¿Por qué? 
— Porque sin ti no consentiré en alejarme de Se- 
villa. 
— Eso es una locura. 
— Será lo que quieras, pero me quedo á tu lado. 
Entre las torturas de la ausencia, ó las que puedan 
darme los inquisidores, opto por las segundas. 
¡Ah! E los no pueden más que destrozar mi carne 
y arrojar mi cuerpo á la hoguera! 
¡Ellos me arrancarían la vida; pero tú, ingrato, me 
arrancabas el alma, dejándome la existencia para 
llorar y para sufrir! 
980 EL JURAMENTO DE DOS HÉROES. 
— Cálmate, Esther, lo que me propones merece 
que se recapacite con calma. 
— Yo la tendría si me prometieses darme una res- 
puesta definitiva. 
— Te lo prometo. 
En los labios de la hebrea se dibujo una sonrisa. 
Creía haber triunfado de la obstinación de Garcés. 



martes, 31 de enero de 2017

EL JURAMENTO- 1028

 EL JURAMENTO DE DOS HEROES
JULIAN CASTELLANOS
ESPAÑA 1889 
Entre estos pensamientos y otros análogos, Esther 
permaneció el resto del día en su habitación. 
Cuando llegó la noche hizo un esfuerzo supremo 
para dominar la tristeza que la apenaba, y dirigióse 
á la estancia en que se hallaban sus padres. 
Jacob no había querido decir nada de lo ocurrido 
á Sara y Ezequiel por no aumentar sus preocupa- 
ciones. 
— Yo sabré la verdad — se dijo — y si Garcés ha si- 
do el miserable delator, partiré á África llevándome 
á mi hija. 
Más la quiero muerta que esposa de un infame. 
Guando fueron las nueve, el hebreo dijo en voz 
alta unas oraciones, que fueron repetidas por su es- 
posa é hijos. 
Luego se retiraron á sus respectivos aposentos 
para consagrarse al sueño, aunque poco habían de go- 
zar de este benefició seres que se hallaban inquie- 
tos y preocupados. 
CAPITULO CÍV. 
LUCHAS DE AMOR Y DEBER
 Esther no se acostó. 
Aguardaba con verdadera impaciencia la llegada 
de su amante. 
Este no se hizo esperar. 
Cuando subió la escalera vio que la puerta de la 
morada de los hebreos permanecía entornada. 
La joven le impuso silencio, llevándose el índice á 
sus labios; y tomando entre las suyas una de sus 
manos le condujo por aquellos oscuros pasadizos 
hasta su estancia. 
Esta se hallaba alumbrada por una lámpara. 
Esther cerró la puerta, y después de correr el pes- 
tillo sentóse junto á su amante. 
Garcés pudo observar que sus ojos estaban enro- 
jecidos por el llanto. 
Rodeó con su brazo el esbelto talle de la joven, y 
le preguntó las causas de su aflicción. 
— Garcés, deseo hacerte una pregunta. 
— Cuantas quieras. 
1026 EL JURAMENTO 
Ya sabes que esta noche he venido para que tra- 
temos despacio de muchos asuntos. 
— Desde que las circunstancias nos obligaron á 
dejar nuestra casa, ¿has vuelto á la de Pedro Torri- 
giano? 
Las mejillas del joven se enrojecieron. 
A pesar de la ingenuidad con que parecía haber 
hecho la hebrea aquella pregunta, el paje comprendió 
que algo grave le impulsaba á dirigírsela. 
— ¿Por qué deseas saberlo? — preguntó Garcés. 
— Por una curiosidad. 
— No, Esther, no es la curiosidad la que te impul- 
sa á hacerme semejante pregunta. 
— Pues bien, como yo no puedo mentir, y mucho 
menos tratándose de ti, voy á serte franca. 
— Eso es lo que deseo. 
— ¿Sabes la calumnia que sobre ti pesa? 
— La ignoro. 
— Afirman que D. Juan Manrique, aquel joven á 
quien conocimos en la casa del escultor, ha podido 
penetrar en ella cuantas veces lo deseó, porque tú... 
— Acaba. 
— Porque tú eras su cómplice. 
— ¿Y quién ha podido asegurar semejante cosa? — 
preguntó el paje sin perder su inalterable sangre 
fría. 
— El mismo D. Juan lo ha referido á algunos ami- 
gos, haciendo vergonzoso alarde de sus infamias. 
— ¡Ah! ¿luego D. Juan se entretiene en comentar 
esos hechos? 
DB DOS HÉROES. 1027 
— La persona que me lo ha asegurado es incapaz 
de mentir. 
— Pues bien, Esther, nada me sería tan fácil como 
destruir todos esos argumentos; pues me consta que 
con una pequeña negativa volverías á recuperar la 
confianza, pero no quiero hacerlo. 
— ¿Por qué? 
— Porque, en mi opinión, cuando un hombre co- 
mete un crimen, por grande que sea, debe tener el 
valor de confesarlo. 
— No te comprendo, Garcés: ó por mejor decir, no 
quiero comprenderte. 
¿Luego confiesas que has sido cómplice de ese mi- 
serable? 
— ¿Por qué no he de hacerlo, si de lo contrario fal- 
taría á la verdad? 
— ¡Ah, calla, calla por Dios! 
¿No ves que tus palabras me dan la muerte? 
— ¿Luego vas á olvidar mi amor por semejante 
cosa? 
La joven titubeó un instante. 
Después, arrojándose en los brazos de Garcés: 
— ¡Eso nunca! — exclamó deshecha en uu mar de 
lágrimas, yo te amo, y mientras posea un átomo de 
vida te amaré siempre. 
El paje la estrechó contra su pecho. 
— Oye, Esther— le dijo después de un instante — 
comprendo que he cometido una infamia sin nom- 
bre, pero voy á decirte las causas que me indujeron 
á ello. 
1028 EL JURAMENTO 
Cuando las cosas se miran completamente descar- 
nadas, adquieren caracteres más horribles. 
La joven clavó sus negras pupilas en Garcés. 
Deseaba oirle. 
Deseaba una justificación que volviera á ennoble- 
cerle. 
— Ya recordarás — prosiguió el paje — las adverten- 
cias que me hiciste para que abandonase tu casa el 
propio día en que obtuve mi curación.
 Tu padre, tanto por conocer mi aptitud para el 
trabajo, como para poner á salvo tu honra, dispuso 
que me alejase de tu lado. 
Yo no sabía qué partido elegir. 
Deseaba probarle que no era inepto para ganar 
algunas monedas de oro, y esto es más difícil de lo 
que parece. 
Ni siquiera había querido aceptar el dinero que 
tan generosamente me ofreció. 
Vagaba por las calles de Sevilla sin saber adonde 
dirigirme, cuando me dio la idea de entrar en una 
hostería. 
En las hosterías se juega, y aunque yo no era po- 
seedor ni de una dobla, pensé tirar los dados. 
Si ganaba, ya poseía algo para proseguir la par- 
tida. 
Si la suerte me era adversa, todo se reducía á no 
pagar y disputarse el corazón con el contrario. 
— ¡Qué locura! — murmuró Esther. 
— No te negaré que lo era, pero con esto queda 
demostrado que me hallaba dispuesto á todo. 
DE DOS HÉROES. 1029 
En esta actitud penetré en la hostería. 
Mis esperanzas quedaron disipadas. 
No había jugadores. 
Sin embargo, como estaba fatigado, tomé asiento 
un instante. 
Disponíame á salir de nuevo, cuando la puerta del 
establecimiento se abrió, dando paso á un gallardo 
joven que se colocó junto á mí. 
Sus ojos se fijaron en los míos, y pude observar 
que hizo un movimiento de sorpresa. 
Aquel hidalgo era D. Juan Manrique, el sobrino 
del arzobispo de esta ciudad, á quien conociste en la 
casa del escultor. 
Yo no le hubiera conocido seguramente á no de- 
cirme su nombre. 
La terrible enfermedad que padecía cuando te 
acompañaba al taller, me incapacitaba de poder 
apreciar sus facciones. 
Me preguntó por ti, y le dije que ya no estaba en 
tu casa. 
En una palabra, le referí mis cuitas. 
El hidalgo, por toda respuesta arrojó sobre la me- 
sa un bolsillo lleno de oro, diciéndome que aquella 
cantidad me pertenecería si me obligaba á prestarle 
un favor. 
Esther, tú no comprendes el poderoso ascendien- 
te del oro sobre el corazón humano. 
Nunca has tenido necesidades, porque siempre las 
has visto satisfechas, y porque tu alma es demasiado 
pura para dejarse arrastrar por lo mezquino. 
1030  JURAMENTO 
Mi situación era desesperada, como puedes imagi- 
narte. 
Empezaba á sentir las exigencias imperiosas del 
hambre. 
Vi en perspectiva la base de mi fortuna, y por lo 
tanto la satisfacción de mi amor propio. 
Hasta me pareció aquello una recompensa provi- 
dencial por no haber querido aceptar la oferta que 
tu padre me había hecho. 
Le pregunté lo que solicitaba de mí, y me respon- 
dió que sus deseos eran que me presentase en la mo- 
rada de Torrigiano llevándole conmigo ai palacio de 
un caballero que deseaba encargarle una escultura. 
Aunque desde luego comprendí que su deseo era 
alejar de su casa al artista, me pareció pequeña la 
exigencia, y me obligué á complacerle. 
— Hiciste mal, Garcés. 
— No lo ignoro ni trato de disculpar mi conducta,, 
pero yo pensaba en ti. 
Tal vez aquella cantidad era, como te he dicho, la> 
base de mi fortuna, y por lo tanto la que me hacía 
tu dueño. 
Desde entonces visité á D. Juan con alguna fre- 
cuencia y tuve ocasión de prestarle nuevos servicios,, 
que siempre me recompensó con esplendidez. 
En cuanto á lo que dices que me atribuyen de ha- 
ber tenido una intervención directa en la denuncia, 
contra Torrigiano, eso no es cierto. 
 Verdad es que fui portador de la carta en que el. 
hidalgo reclamaba del inquisidor general el asunto 
DE DOS HÉROES. 1031 
de Pedro Torrigiano, pero ignoraba su contenido y 
los propósitos del que la había trazado. 
Esta es la verdad de los hechos. 
El paje guardó silencio. 
Esther inclinó la cabeza sobre el pecho. 
No sabía qué responder. 
Sin embargo, ¿quien puede dudar que el verdadero 
amor nos dispone á la transigencia? 
Garcés había referido el suceso dulcificándolo. 
Podía pasar por ambicioso, pero no por criminal. 
Ella le amaba con esa intensidad del primer amor, 
tal vez el que más profundas huellas deja en nuestra 
alma. 
Creía que sus ambiciosas aspiraciones habían sido 
despertadas por el deseo de llegar á ella. 
¿Cómo no perdonarle? 
Las mujeres lo perdonan todo menos los despre- 
cios que se infieren á su amor propio. 
— ¡Ah! Dios mío — exclamó, grave ha sido tu falta ? 
pero todavía estás en condiciones de repararla. 
— Dime cómo y pondré los medios. 
— ¿Me lo prometes? 
— Te lo juro. 
— Nadie mejor que tú sabe cuáles fueron los infa- 
mes propósitos de D. Juan. 
— Es verdad. 
— Torrigiano y su esposa no han muerto todavía. 
Preséntate mañana al Santo Oficio, declara ante 
el tribunal los móviles bastardos que impulsaron al 
joven á obrar de la manera que lo hizo, arráncale la 
1032 EL JURAMENTO 
máscara con que cubre sus liviandades, y libra de 
una muerte ignominiosa á esos desgraciados. 
— Eso no es posible — respondió el paje. 
— ¿Por qué? 
- — Por varias razones. 
En primer lugar has de saber, que el Santo Oficio 
ha condenado al artista por haber hecho pedazos la 
imagen sagrada de la Concepción. 
Este es un hecho que ni él se ha atrevido á negar. 
Su esposa, desesperada por el infortunio de Torri- 
giano, consignó ante el familiar y los alguaciles que 
era judaizante. 
¿Cómo quieres que yo trate de arrancarlos del pa- 
tíbulo? 
Conseguiría tal vez la ruina de D. Juan, pero no la 
salvación de sus víctimas. 
Aparte de esto, debes recapacitar que Manrique 
está emparentado con la nobleza de Sevilla. 
¿Sabes lo que conseguiría con tu consejo? 
Tal vez que me declarasen impostor y sufriera ios 
tormentos más horribles en una mazmorra inquisi- 
torial. 


sábado, 4 de febrero de 2017

EL JURAMENTO- 1062

 EL JURAMENTO DE DOS HEROES
JULIAN CASTELLANOS
ESPAÑA
1889 
Multitud de gente se agolpaba en la calle. 
Al propio tiempo llegaron hasta Jacob los fúnebres 
ecos de los rezos de los inquisidores. 
María, la desventurada esposa de Torrigiano, ca- 
minaba entre dos sayones. 
El dolor había dejado sus indelebles huellas en su 
rostro. 
Iba vestida de negro, llevando sobre sus hombros 
el ignominioso sambenito. 
¡Muera la judía! — exclamaron más de mil voces, 
sin que les detuviera el natural espíritu de com- 
pasión. 
En los labios de la veneciana se bosquejó una 
amarga sonrisa. 
Era inocente, y no la espantaba morir. 
Jacob la contempló con lástima y admiración. 
Buscaron después sus ojos al escultor. 
Este no iba entre los sentenciados. 
— ¿Y Torrigiano? — preguntó á uno de los curiosos, 
1058 EL JURAMENTO 
— Torrigiano ha muerto. 
— ¿Ha muerto? 
— Sí, señor. 
— Un suicidio quizás... 
— Ese miserable se ha dejado morir de hambre en 
su calabozo. 
Entonces comprendió Jacob la tranquilidad que se 
advertía en las facciones de la veneciana. 
Muerto su esposo, deseaba el descanso en brazos 
de la muerte. 
Habían sido dos corazones que nacieron para 
amarse, ó para morir juntos. 
El hebreo vio alejarse la lúgubre comitiva. 
Los ecos de los rezos se extinguieron, como iba á 
extinguirse la existencia de la infeliz italiana. 
La muchedumbre, ávida de contemplar el suplicio 
de los reos, dirigióse en confuso tropel hacia el cam- 
po de la Tablada. 
Entonces Jacob siguió su camino hacia la casa del 
seductor de su hija. 
— He aquí otra de sus obras — exclamó; — segura- 
mente que sin su infame cooperación, no hubiera 
conseguido el sobrino del arzobispo penetrar en la 
casa de Torrigiano durante su ausencia. 
Un instante después, Jacob se hallaba junto á la 
puerta de la hostería. 
Preguntó al dueño por el paje. 
— Ese joven vive aquí, pero debe estar descan- 
sando. 
Necesito verle á pesar de eso. 
DE DOS HÉROES. 1059 
Decidle que un antiguo amigo suyo pide autoriza- 
ción para entrar en su estancia. 
Iba el hostelero á cumplir las órdenes del anciano, 
cuando Jacob le llamó de nuevo. 
— Antes que le despertéis, deseo haceros una pre- 
gunta. 
— Cuantas queráis. 
— ¿Ese joven está solo? 
— Absolutamente, la única condición que puso al 
instalarse en mi casa fué que necesitaba una estancia 
para él. 
— ¿Esta noche se ha retirado tarde? 
— Eso no es nuevo. 
Por lo general viene á casa cuando brillan los pri- 
meros rayos del sol. 
— ¿No le acompañaba nadie? 
— Nadie absolutamente. 
Jacob, comprendiendo que aquel hombre había si- 
do advertido por Garcés, no quiso dirigirle ninguna 
nueva pregunta. 
El hostelero se dirigió á la estancia del paje. 
Este habíase echado en el lecho, aunque sin des- 
pojarse de la ropa. 
Cuando- sintió el rumor que produjo la puerta de 
la estancia, incorporóse. 
— Buenos días, señor Garcés. 
— Buenos te los dé Dios. 
¿Qué te ocurre? 
— Un anciano desea veros. 
Yo me oponía á molestaros tan temprano, pero 
1060 EL JURAMENTO DE DOS HÉROES.' 
me ha dicho que era un antiguo amigo vuestro, y 
que le traen á esta casa asuntos de interés. 
— ¿Es anciano? 
— Sí, señor. 
— Hazle pasar. 
— Me ha preguntado si estabais solo en la estancia,, 
y si os habíais retirado anoche muy tarde. 
— ¿Qué le respondiste? 
— Que nadie os acompaña, y que respecto á vues- 
tra tardanza, no acostumbrabais á venir nunca á 
casa hasta la aurora. 
— Bueno, ahora cumple mis órdenes. 
Garcés comprendió desde luego que el que por él 
preguntaba era Jacob, ó por lo menos un enviado 
suyo.
Acercóse á una mesa, tomó una daga, y después 
de guardársela cuidadosamente, salió al encuentra 
del hebreo. 
CAPITULO CVIU. 
Donde se dice cómo pagó un un infame 
los beneficios recibidos. 
Jacob y Garcés cambiaron una mirada antes de 
que ninguno de los dos pronunciase una sola palabra. 
— Supongo, dijo el anciano con acento trémulo por 
la emoción, que adivinarás el objeto que me obliga á 
venir aquí. 
— Os confieso que no. 
El hebreo había resuelto apelar á la persuasión. 
Era su alma tan noble y tan generosa, que creía 
que por estos medios conseguiría llegar á mejores 
acuerdos. 
— Os confieso que ignoro cuál es el objeto de vues- 
tra visita, respondió el paje, si bien me congratulo 
de ella. 
— ¿Vas á negarme que tu has sido el raptor de mi 
hija? 
— Mucho puedo responderos sobre ese particular. 
No os niego que Esther se halla en mi casa; mai 
podría hacerlo, cuando en la misma carta en que 
1062 EL JURAMENTO 
ella se despedía de vosotros, he puesto unos cuantos 
renglones rogándoos que no os molestaseis por recu- 
perarla. 
En cuanto á lo que me decís, no es cierto. 
Yo no he sido su raptor. 
Vuestra hija ha venido á mi casa por su voluntad. 
— Mientes — exclamó el hebreo poniéndose lívido; — 
por su voluntad, no; tú fuiste quien, abusando de la 
confianza que te concedí, has perturbado su razón. 
— Absteneos de pronunciar palabras inconvenien- 
tes, y recordad que os halláis en mi casa. 
— ¿Osas amenazarme? 
— No, sólo os hago una advertencia. 
— Pues bien, Garcés, á pesar de lo que en tu carta 
me decías, vengo dispuesto á salir de aquí acompa- 
ñado de Esther. 
— Eso es imposible. 
— ¿Por qué? 
— Porque ya comprendéis que la amo y no puedo 
renunciar á ella. 
Vos os oponíais á nuestras relaciones, y ni el uno 
ni el otro estábamos dispuestos á sufrir vuestras exi- 
gencias. 
— ¿De modo que me niegas á Esther? 
— Desde luego. 
— ¿No sabes que el rapto es castigado severamente 
por nuestros tribunales de justicia? 
— Lo sé, ¿pero vos no apelaréis á ellos? 
— ¿En qué te fundas para creerlo? 
— Me fundo— respondió tranquilamente el paje — 
DR DOS HÉROES. 1063 
en que la raza hebrea sufre las persecuciones de la 
Santa Inquisición, y si reclamaseis, no sólo os espo- 
níais á sus rigores, sino que decretabais la muerte 
de vuestra hija. 
— Más la quiero muerta que deshonrada. 
— Eso no deja de ser una frase que no cumpliríais. 
Un padre no puede prescindir del amor que le ins- 
piran sus hijos. 

lunes, 6 de febrero de 2017

EL JURAMENTO -1070

 EL JURAMENTO DE DOS HEROES
JULIAN CASTELLANOS
ESPAÑA 1889 
Y apoyándose en el alféizar, gritó con toda la 
fuerza de sus pulmones: 
— ¡Vecinos, vecinos! ¡Aquí! ¡Un judío acaba de pe- 
netrar en esta casa! 
Jacob se quedó inmóvil. 
Comprendió la infamia del paje, y dejóse caer 
abatido en un sillón. 
Pocos instantes después, algunos alguaciles, segui- 
dos de un pelotón de curiosos, penetraban en la es- 
tancia de Garcés y se apoderaban del infeliz hebreo,, 
gritando como una manada de hambrientos lobos. 
CAPITULO CIX. 
Donde se ve que algunas veces, sembrando beneficios 
se recogen ingratitudes.
 El viejo Jacob fué conducido á las mazmorras de 
la Inquisición. 
entificada su persona, supieron que era uno de 
los hebreos que había permanecido fiel á su dogma, 
oponiéndose á la presentación que el edicto publica- 
do exigía, así es que su proceso sería fallado pronta- 
mente. 
No cabía la menor duda de que el desventurado 
padre de Esther sería pasto de las llamas en el cam- 
po de la Tablada. 
Garcés cuidó mucho de que su nuevo crimen no 
llegase á oídos de Esther, lo que no le fué difícil, 
pues la joven permanecía oculta en el palacio de don 
Juan Manrique, no teniendo la menor comunicación 
con ninguno de los criados. 
No sucedió lo propio á la esposa de Jacob y su 
hijo, los cuales supieron, algunas horas después de 
ocurrir la desgracia, lo que le había pasado al an- 
ciano. 
1070 EL JURAMENTO 
Excusado es que digamos á nuestros lectores la de- 
sesperación experimentada por la madre y el hijo. 
Éste quería abandonar la casa de Samuel y salir 
en busca del paje, pero Sara se opuso temiendo una 
nueva desgracia. 
— Todo es inútil — exclamó con lágrimas en los 
ojos, tu desventurado padre ha caído en manos de 
ese terrible tribunal y su muerte está decretada. 
¿Qué podemos hacer nosotros contra ellos, que 
gozan de la impunidad que les conceden las leyes y 
hasta el Pontífice? 
— Pero al menos, replicaba Ezequiel, conseguiré 
quitar la vida á ese miserable y traerá mi hermana. 
— No, tu hermana no es digna de venir á mis 
brazos. 
Ella, ofuscada por su amor, ha sido el origen de 
todo. 
Aunque mi corazón se haga pedazos, no quiero 
verla jamás. 
— ¿Entonces qué debemos hacer, madre mía? 
— Partir á África en compañía de Samuel. 
Esta ciudad me es odiosa. 
Yo no quiero permanecer en ella un solo instante. 
Si llegasen á mis "oídos los ecos fúnebres de la co- 
mitiva que acompañe á Jacob, me moriría de dolor. 
Poco me importa por mí; pero tú eres muy joven 
y todavía necesitas mis consejos. 
Sara manifestó á Samuel su resolución de salir 
aquella misma noche de Sevilla. 
El anciano aprobó su conducta. 
DE DOS HÉROES. 1071 
Sabía que cuantas gestiones se hiciesen por salvar 
á Jacob serían infructuosas. 
Procuró, pues, tranquilizar el ánimo de Ezequiel, 
que no se avenía á salir de la ciudad sin vengarse del 
paje. 
La partida quedó dispuesta para aquella noche. 
No satisfecho Garcés con las infamias llevadas á 
cabo, y dejándose arrastrar del injusto odio que le 
inspiraban sus protectores, pensó completar su mala 
obra. 
— ¿No es una lastima, se decía, que las riquezas de 
ese viejo marrullero vayan á ser heredadas por una 
vieja imbécil y un joven cuya bondad raya en ton- 
tería? 
Parte de estos tesoros pertenecen legítimamente á 
Esther. 
Además, no puede ocultárseme que su hermano 
no ha de perdonarme jamás las ofensas que les he 
inferido. 
Hoy no puede vengarse; ¿pero quién me asegura 
que el día de mañana no vuelvan los hebreos á Se- 
villa, al convencerse los reyes y los nobles que esta 
raza era el manantial de su riqueza? 
Entonces Ezequiel sería mi enemigo más irrecon- 
ciliable. 
Yo me hallo en aptitud, no sólo de evitar este peli- 
gro, sino de enriquecerme. 
Así pensaba Garcés mientras tomó su capa y su 
birrete, saliendo del palacio de D. Juan. 
Maquinalmente dirigióse á la fortaleza de Triana. 
1072 EL JURAMENTO 
Algunos soldados y alguaciles hallábanse á la 
puerta, como de costumbre. 
Garcés dudó un instante en llevar á cabo sus viles 
propósitos. 
Vio, sin embargo, en lontananza un porvenir de 
riqueza, y aproximándose á uno de los corchetes, le 
preguntó si se hallaba en la fortaleza el inquisidor 
fray Tomás de Torquemada. 
 El interpelado respondió afirmativamente. 
— En ese caso, tened la bondad de decirle que un 
amigo de D. Juan Manrique desea hablarle un mo- 
mento. 
El alguacil se apresuró á cumplir sus órdenes. 
Un instante después volvió á presentarse en el za- 
guán, manifestando al paje que el inquisidor le 
aguardaba en su estancia. 
Garcés cruzó aquellos largos y oscuros pasillos 
acompañado del alguacil, que abrió la mampara de 
la habitación de Torquemada. 
Este hallábase sentado junto á su mesa de escri- 
torio. 
Al sentir el ruido que la mampara produjo al 
abrirse, dejó la pluma con que escribía sobre el tin- 
tero y dirigió una mirada. 
— ¿Qué queréis? — preguntó al paje. 
— Señor, dispensad si os interrumpo un instante 
en vuestras muchas y serias ocupaciones, pero vengo 
á haceros una proposición conveniente para ambos. 
— Hablad — respondió el inquisidor con un laconis- 
mo que raras veces abandonaba. 
DE DOS HÉROES. 1073- 
— Vengo á manifestaros que conozco el paradero 
de la esposa y el hijo de ese anciano hebreo, á quien 
hace pocas horas sorprendieron los alguaciles en la 
hostería de Martínez. 
El inquisidor clavó sus ojos en el paje, y después 
de examinarle de pies á cabeza le dijo. 
— ¿Hace mucho tiempo que teníais noticia del lu- 
gar en que se ocultan? 
— Sí, señor. 
— ¿En ese caso, cómo no lo habéis hecho presente 
al Tribunal? 
¿Ignorabais que este es el deber de todo buen cris- 
tiano? 
— Señor, lo sabía; pero no me he determinado á 
decíroslo antes, porque esa familia me había hecho 
algunos beneficios. 
— Mal hicisteis en aceptarlos. 
Los beneficios de los herejes no pueden merecer 
este nombre. 
— Por haberlo comprendido así, vengo á manifes- 
taros dónde se hallan. 
— Perfectamente; sólo de este modo os libraréis de 
comparecer en el pórtico de San Pablo, considerán- 
doos como apóstata ó contaminado por los judai- 
zantes. 
Garcés comprendió que había dado un paso en 
falso, y que si le decía á Torquemada las interesadas 
ideas que le habían impulsado á delatar á los he- 
breos, exponíase á que el inquisidor le encerrase en 
un calabozo.  

lunes, 23 de enero de 2017

EL JURAMENTO DE DOS HEROES 984

 EL JURAMENTO DE DOS HEROES
JULIANCASTELLANOS
ESPAÑA
1889
 CAPITULO C. 
Un golpe en vago. 
Pocos momentos después el paje salía de aquella 
casa. 
Veamos ahora cuáles eran los móviles que le in- 
ducían á negarse á las pretensiones de la hebrea. 
Garcés no podía dominar sus malos instintos. 
Hemos visto desde la presentación de este perso- 
naje, que era susceptible de cualquier infamia, y que 
únicamente la breve temporada que estuvo ciego fué 
cuando sus ideas malévolas se modificaron por el 
infortunio. 
Sin embargo, cuando la luz volvió á brillar en sus 
ojos, no parecía sino que las sombras que antes le 
rodeaban se habían concentrado en su alma de 
hielo. 
El paje, además de las malas cualidades que le do- 
minaban, era veleidoso. 
La posesión de Esther, lejos de aumentar su amor 
hacia ella empezaba á debilitarse, y en más de una 
ocasión había pensado que, si algún día lograba en- 
982 EL JURAMENTO 
riquecerse, admitiría á la joven como manceba, pero 
jamás como esposa. 
Lo que la hija de Jacob le exigía era verdadera- 
mente comprometido. 
Garcés no ignoraba que los hebreos eran objeto de, 
una espantosa persecución, y que todos aquellos que 
se contaminasen con sus ideas sufrirían los mismos 
castigos y las mismas vejaciones. 
Tal vez lo único que le causaba espanto era la In- 
quisición. 
— Esther — pensaba el joven — imagina que porque 
salgan de la ciudad amparados por la sombra de la 
noche, no van á ser sorprendidos por los cuadri- 
lleros. 
Yo creo, por el contrario, que se encuentra en un 
gravísimo error. 
Lo conveniente es que me separe de ellos, puesta 
que sólo pueden originarme compromisos. 
Si fray Tomás Torquemada supiese que yo asisto 
diariamente á la casa de unos hebreos, es posible que 
me llevase al Quemadero, ó me escomulgase como
ha hecho con otros. 
Procuraré convencer á mi amada, para que desis- 
ta de sus propósitos y se marche con sus padres al 
África septentrional. 
Tiempo me queda de buscarlos allí si algún día la 
suerte se presenta adversa. 
Mientras Garcés hacía estas consideraciones, había 
llegado á la hostería donde acostumbraba á ver á 
don Juan Manrique. 
Este se hallaba ya en el establecimiento. 
—Buenas tardes, D. Juan — le dijo el paje. 
— Mucho celebro que hayas venido. 
— ¿Me necesitáis para alguna cosa? 
—Sí. 
— Pues en ese caso hablad, pues ya sabéis que 
estoy á vuestras órdenes. 
— ¿Has vuelto á la casa de Torrigiano? 
— No, señor, desde la noche que me enviasteis no 
he vuelto. 
— Pues deseo que hoy lo verifiques. 
— ¿Con qué pretexto? 
— Para visitarlo no creo que necesitas ninguno; 
pero como lo esencial es que obligues al escultor á 
que salga, es necesario buscar alguno. 
— A eso se refería mi pregunta. 
En fin, dejadlo á mi encargo. 
Yo le haré salir. 
— ¿Esta misma noche? 
— Cuando gustéis. 
—Perfectamente. 
— Debo advertiros que ahora no debéis tener el 
menor reparo en penetrar por la ventana que cae 
sobre el jardín de los hebreos. 
— Es natural. 
Estos habrán emigrado. 
— Por lo menos no permanecen allí. 
— Y á propósito de esa familia, ¿estarás muy tris- 
te con las desgracias que afligen á Esther? 
El paje se encogió de hombros. 
984 EL JURAMENTO 
Manrique le miró atentamente. 
— Eres una gran adquisición para poner en prácti- 
ca cualquier empresa, por comprometida y criminal 
que sea. 
— Señor — respondió el paje — estoy convencido de 
que en este mundo no existe más que una verdad, y 
esa es el oro. 
— ¡Ah, perillán, me parece que esa frase la dices 
para recordarme que todavía no te he hablado de la 
recompensa que mereces por el servicio de esta 
noche. 
— No lo creáis, cuando tengo seguridad en que 
han de pagarme no me inquieto. 
— Sin embargo, toma un bolsillo con igual canti- 
dad al que te entregué, y aunque afirman que paga 
adelantada es paga viciosa, yo quiero demostrarte 
también la confianza que me inspiras. 
El paje guardó el bolsillo. 
— Respecto á la advertencia que me has hecho, 
debo decirte que no puedo utilizar en esta ocasión la 
ventana de la casa de Torrigiano aunque se encuen- 
tre desierta la casa de los judíos. 
— ¿Por qué? 
¿No comprendes que la esposa del escultor tendrá 
mucho cuidado en que permanezca cerrada durante 
las ausencias de su marido? 
— Tenéis más razón que un párroco cuando predi- 
ca, señor de Manrique. 
— Ahora apelaré á cualquier nuevo ardid. 
— Que con seguridad no os faltará. 
DB DOS HÉROES. 985 
— Es necesario que esta noche consiga la realiza- 
ción de mis deseos. 
Tal vez es María la única mujer que se ha resisti- 
tido á mis proposiciones, y esto contribuye á aumen- 
tar mi pasión. 
— No lo dudo — respondió el paje; — de seguro que 
si Esther hubiese observado conmigo igual conducta, 
no sería yo quien estuviese tan en el uso de mi razón. 
Nada nos estimula al deseo como las dificultades. 
Media hora después, Manrique y el paje se sepa- 
raban. 
Cuando llegó la de la cita, Garcés dirigióse á la 
morada del escultor. 

lunes, 6 de febrero de 2017

EL JURAMENTO-1081

 EL JURAMENTO DE DOS HEROES
JULIAN CASTELLANOS
ESPAÑA
1889 
Perfectamente; sólo de este modo os libraréis de 
comparecer en el pórtico de San Pablo, considerán- 
doos como apóstata ó contaminado por los judai- 
zantes. 
Garcés comprendió que había dado un paso en 
falso, y que si le decía á Torquemada las interesadas 
ideas que le habían impulsado á delatar á los he- 
breos, exponíase á que el inquisidor le encerrase en 
un calabozo. 
1074 EL JURAMENTO 
No atrevióse, por lo tanto, á reclamar la más in- 
significante parte de la riqueza de los hebreos. 
orquemada hizo sonar el timbre que tenía sobre 
la mesa. 
Un fraile dominico se presentó inmediatamente 
en la habitación. 
Acompañad á este joven á la estancia del familiar 
Pedro, y decidle que se ponga de acuerdo con él 
respecto al asunto que aquí le ha conducido. 
Deseos tuvo Garcés de apelar á la fuga, pero com- 
prendiendo que de este modo se exponía al enojo del 
inflexible inquisidor, no tuvo más remedio que se- 
guir al fraile. 
El familiar, tan pronto como supo, que se trataba 
de apoderarse de unos judíos que poseían riquezas, 
tomó su vara, y dando orden á varios alguaciles para 
que le siguiesen, encaminóse con Garcés á la morada 
de la esposa de Jacob. 
— Por lo menos — se decía el paje —habré consegui- 
do librarme de mis enemigos. 
La desdichada Sara y el joven Ezequiel fueron 
presos. 
Sus bienes pasaron al fisco. 
Este fué el desastroso fin de aquella caritativa fa- 
milia que, con tanta honradez y laboriosidad, habíase 
enriquecido con el sudor de su frente. 
Ocho días después, eran conducidos al Quemade- 
ro, entre otros, cuarenta israelitas que fueron ha- 
llados, y que no habían querido obedecer las cláusu- 
las del edicto de expatriación. 
DE DOS HÉROES. 1075 
De todas maneras hubieran tenido una muerte 
desastrosa. 
Aquellos que huyeron de España para acogerse en 
las costas de África, fueron degollados por sus bár- 
baros y feroces moradores. 
Como había llegado á sus oídos que algunos he- 
breos, con objeto de salvar parte de sus riquezas, ha- 
bíanse tragado monedas de oro ó piedras preciosas 
•de gran valor, diéronles la muerte abriéndoles el 
abdomen para buscar lo que en él ocultaran. 
La mortandad fué horrible. 
Parecía que todas las naciones habíanse puesto de 
acuerdo para extirpar de la tierra aquella desventu- 
rada raza. 
Sin embargo, en aquellos pueblos donde se con- 
tentaron con imponerles crecidas contribuciones, no 
tardaron en comprender que aquella raza, que tan 
ignominiosamente había sido expulsada por los re- 
yes de Castilla, era la base de la riqueza. 
Por donde pasaron prosperó la industria, se fo- 
mentó la agricultura y resplandecieron las artes. 
De la desventurada familia de Jacob sólo había 
quedado Esther. 
La pobre joven era la única á quien el paje no 
trató de arrojar á la hoguera, siempre humeante y 
siempre preparada para los infelices hebreos. 
CAPITULO CX. 
¡Pobre Esther»! 
¿Quién dudará que el amor en sus primeras im- 
presiones es el sentimiento que más contribuye á 
perturbar nuestras facultades intelectuales? 
De otro modo no se comprendería que bajo su im- 
pulso haya cometido la humanidad tantas locuras, 
algunas de las cuales han tomado caracteres de crí- 
menes. 
Si bien es cierto que muchas veces contribuye á 
ennoblecernos, elevándonos á grandes empresas, no 
lo es menos que en otras ocasiones ha dado origen á 
todo lo contrario. 
Esther, pasado algún tiempo, comprendió sus 
errores. 
De su mente no se apartaba el recuerdo de sus 
desgraciados padres, y aunque ignoraba el desastro- 
so fin que éstos tuvieron, figurábase verlos transidos 
de dolor deplorando su deshonra y sus desgracias en 
el septentrión de África. 
1078 EL JURAMENTO 
Dice un poeta, que el amor es la esencia que antes 
se evapora. 
Sus ilusiones pueden compararse con los brillan- 
tes colores del arco-iris. 
Son muy hermosos, pero se desvanecen con una 
rapidez incomprensible. 
La hebrea amaba á Garcés, pero sin ocultársele 
que el joven no era digno de que hubiese hecho tan- 
tos sacrificios por él. 
¡Ah! ese dulce período de miradas y de sonrisas,, 
en que con dos pronombres personales y un verbo 
pueden dos amantes conversar todo un día, es tan efí- 
mero como la tenue luz del crepúsculo. 
Tai vez, porque la felicidad absoluta no puede 
subsistir en el mundo, es por lo que tan poco tiempo 
duran las gratas ilusiones de que hablamos. 
Esther, pobre flor que había sido marchitada por 
el huracán de las pasiones apenas se columpió en 
su esbelto talle, no podía ser dichosa. 
Ella había sido arrebatada por un instante de de- 
mencia, que de otro modo no se explica que dejase 
abandonados á sus ancianos padres y á su querido 
hermano. 
En cuanto á Garcés, más que amor, siempre había 
sentido hacia ella un deseo. 
Éste fué satisfecho; ¿qué tiene de extraño que á un 
hombre de sus malas inclinaciones no le detuviera 
el respeto que debía inspirarle aquella pobre mujer  
y que la despreciara como desprecia el niño el ju- 
guete que labró su felicidad al verlo tras los vidrios 
DE DOS HÉROES. 1079 
del escaparate, y que después de poseerlo lo arroja 
ó lo relega al olvido? 
Los primeros días para Garcés hubo sin embargo 
un incentivo. 
El apuesto D. Juan Manrique pensó que añadi- 
ría una nueva hoja á su corona de conquistador, 
si conseguía hacerse dueño del corazón de la he- 
brea. 
No alcanzó, sin embargo, su objeto.
 Esta hallábase entonces vivamente impresionada 
con su amante. 
Recordando la joven los funestos resultados que 
tuvo la esposa del escultor florentino, por guardar 
silencio respecto á la conducta del hidalgo, no dudó 
en descubrirle las pretensiones de D. Juan. 
El paje llevóse en seguida á la joven lejos de aque- 
lla magnífica vivienda; se hospedó en una modesta 
casa de Triana, censurando agriamente la conducía 
de su desleal amigo. 
Esto dio origen á que ambos rompieran para siem- 
pre los vínculos de amistad que entre ellos habían 
existido. 
No contribuyó poco á las desgracias de Esther la 
situación en que se encontraron algún tiempo des- 
pués. 
El paje, que todavía conservaba alguna cantidad 
de las que le entregó D. Juan como recompensa de 
sus infamias, hubiera podido servirle de base para 
emprender cualquier negocio; pero el aturdido jo- 
ven pasábase las horas del día jugando y bebiendo, 
1080 EL JURAMENTO 
y con este motivo perdió la escasa aptitud que para 
el trabajo tenía. 
Cuando sé agotó su pequeño capital, su carácter se 
hizo más irascible que de costumbre. 
No se ocupaba de sostener las obligaciones que ha- 
bía contraído, y frecuentemente echaba en cara á la 
joven hebrea que hubiese abandonado la casa pater- 
na sin apoderarse de las riquezas de Jacob. 
La pobre Esther oía estas acriminaciones con lá- 
grimas en los ojos, pero sin proferir una sola queja. 
Más de una vez pasó por su imaginación la terri- 
ble idea del suicidio. 
Detúvose sin embargo, comprendiendo que llevaba 
en su pecho el germen de la muerte, y que sus días 
serían contados sin necesidad de apelar á medios ex- 
tremos. 
Con efecto, las afecciones morales que sentía, uni- 
das á la pobreza en que se hallaba, la condujeron á 
la tisis. 
Tal vez la tranquilidad, tan esencial á esta horri- 
ble dolencia, como pueden serlo los mismos recons- 
tituyentes que contra ella se emplean, hubiese con- 
tribuido á prolongar su vida; pero Garcés, aquel 
hombre egoísta y malvado, comprendiendo que la 
infeliz enferma era una traba para cualquiera de sus 
proyectos, apenas se ocupaba de la joven. 
Esta entregó su alma á Dios algunos meses des- 
pués de hallarse junto al paje. 
Con los últimos recursos que había en la casa se 
la enterró en una humilde sepultura. 
DE DOS HÉROES. 1081 
Así terminó el último individuo de la desgraciada 
familia del viejo mercader que, á cambio de sus be- 
neficios, no obtuvo más que la negra ingratitud del 
antiguo paje de D. Beltrán de Meneses. 
Dejemos por ahora á Garcés haciendo una vida li- 
cenciosa en la ciudad, á expensas del juego y de otros 
recursos todavía menos dignos, y digamos á nuestros 
lectores lo que había hecho entretanto Cristóbal Co- 
lón. 

viernes, 3 de febrero de 2017

EL JUDIO DE HERVAS- ESPAÑA- Wolly Solodarsky

 EL JUDIO DE HERVAS
WOLLY SOLODARSKY 
 
CAPITULO 1 
Contemplo por ultima vez el doblon de oro. Era, segun su padre,
 uno de los pocos «excelentes» espanoles del siglo XV que aUN no habfan sido
 fundidos y reutilizados. 
No debfa desprenderse de el, salvo en situacion extrema en peligro de
 perder la  vida o la de alguno de la familia; uno de los tres ultimos 
entregados a su cuidado en  Recife. 
Nunca, hasta ese momento, le habfa dado gran valor a esas 
piezas de dorados brillos. No pasaban de ser parecidos a los adornos que llevaban 
los indfgenas de los Matos. 
Algunas veces se los habfa visto lucir cuando salfan de las espesuras 
para cambiar esos abalorios por cuchillos con los soldados de la guarnicion
 holandesa de Pernambuco. 
En verdad no representaban mucho para el pero, segun parecfa,
 tenfan gran merito  para los demas hasta el punto que esa moneda significaba 
el precio para dejar el «Saint Charles» y los autorizaran a 
desembarcar en New Amsterdam a 
todos los miembros de la familia, hermanos, madre, primos que estaban bajo su
 responsabilidad  
 desde que salieron de Pernambuco. 
La travesfa en los diversos navfos, largos meses de idas y venidas por 
los mares, las penurias sufridas y la posibilidad de acabar con ellas mediante 
la entrega de uno de los doblones dados por su padre, lo convencieron de que las 
circunstancias lo autorizaban a disponer de la moneda. 
Se la dio, como lo se lo habfa ordenado el mayor de los varones del 
grupo, adon Asser Levy, a ese extraho judio germano, Solomon Pietersen,
 que no hablaba portugues ni castellano, un ser insolito que solo farfullaba
 palabras en flamenco o en 
una jerga parecida al aleman o algo semejante. La habfa oido en boca de los 
marineros de Hamburgo en puerto de Recife cuando los barcos del Norte de Europa 
cargaban azucar o «palo de Brasil". 
Su padre solia llevarlo a los muelles. A don Diogo Senior le gustaba comprobar la 
correcta carga de los sacos en las bodegas al reparo de humedades y goteras. 
Cuidaba cada detalle y se sentfa responsable de la buena calidad de los productos de 
su ingenio azucarero. La marca «Senior» en las bolsas garantizaba a los importadores 
la pureza de la mercancfa en origen. 
Desconfiaba del tal «hermano de fe» perteneciente a una grey hebrea desconocida. 
A pesar de sus reservas, Salomon Pietersen resulto hombre de palabra, un 
correligionario de fiar. 
Al comparecer ante la Corte de Burgomaestres de New Amsterdam ese 7 de 
septiembre de 1654, David Senior solo tenia 13 anos -estaba considerado mayor de 
edad por la ley mosaica y asi aceptado por los dignatarios de la colonia holandesa-, se 
entero que el «ashkenazi», como denominaban a Solomon Pietersen, habfa 
depositado los 900 florines reunidos entre los infortunados pasajeros del «Saint 
Charles» en la tesorerfa del Tribunal a cuenta de los 2.500 que reclamaba el capitan 
Jacques de la Motthe por los pasajes y los fletes adeudados por el transporte de sus 
personas y bienes en el «Saint Charles» desde una isla del Caribe al puerto de la 
colonia holandesa, segun afirmaba el marino, desviado por una tormenta. 
El remanente lo liquidarfan con la subasta de las pertenencias, o de sus personas 
como esclavos, si no llegaba antes ayuda de familiares y congregaciones hebreas de 
los Países Bajos como habfan solicitado los llegados a la remota colonia a traves de la 
Compahfa de las Indias Occidentales. 
Al desembarcr el único patrimonio de David Senior estaba constituido por el par de 
doblones «excelentes» bien ocultos en una dura galleta marinera. Con ellos debfa 
enfrentarse a su existencia futura, sostener al resto de la familia en ese desconocido 
pais, si sus compatriotas los dejaban habitarlo. 
No pocos pobladores de New Amsterdam, encabezados por el gobernador Peter 
Stuyvesant, rechazaban la idea de tener vecinos judfos. Pero la direccion de la 
Compahfa de las Indias Occidentales en la metropolis pesaba mas en las decisiones 
del soberano holandes que la opinion de un distante funcionario territorial. 
El jovencisimo David resolvio emplear otro doblon en sobrevivir y que del ultimo 
jamas se separarfa ni el, ni ninguno de sus descendientes cuando los tuviera. Era el 
testimonio de la estirpe, de las raíces de los Senior. Esa moneda de oro «excelente», 
con palabras en latín y figuras desconocidas, la postrera de las 20 que le entregara su 
padre, don Diogo, antes de morir en una batalla contra los lusitanos en Recife. 
Era la prueba de que El Todopoderoso protegfa a los Senior y a los Alvarado desde 
la salida de sus antepasados de Hervas, ese magico nombre, escrito en hebreo y 
grabado a punta de cuchillo en la cara de los doblones. 

...Nunca saldras de manos de los Senior. 
(Falta escribir Hervas en Hebreo) 
-«Hervas», leyo en un susurro David... 
-«...Lo juro». 

jueves, 26 de enero de 2017

JULIO POPPER, SEÑOR DE TIERRA DEL FUEGO -JUDIOS EN AMERICA

 -JUDIOS EN AMERICA PABLO SCHAVARTZMAN BUENOS AIRES ARGENTINA 1963   JULIO POPPER, SEÑOR DE TIERRA DEL FUEGO . . .Popper, con todos sus defectos, que los tenía grandes, era el hombre para estas tierras, el llamado a hacerlas progresar. Roberto J. Payró POPPER Ingeniero, explorador, minero, geógrafo, militar, polí- gloto, geólogo, periodista, cartógrafo, talentoso escritor, trabajador incansable; la extraordinaria personalidad del ingeniero judío-rumano Julio Popper dejó, en su meteó- rico paso por nuestro país a fines del siglo pasado, la huella inconfundible de su vigorosa personalidad, que aún hoy es motivo de polémicas. Por poco que nos adentremos en la historia de Tierra del Fuego, nos encontraremos con este extraordinario per- sonaje. Si estudiamos la numismática argentina, lo mismo que la filatelia, encontraremos que las piezas quizá más curiosas e interesantes de ambas disciplinas son las "mo- nedas y estampillas de Popper". Si estudiamos los orígenes del telégrafo fueguino, en- contraremos que el primer proyecto para el tendido de una línea al lejano sur fue obra de Popper. Si buscamos los orígenes de la seguridad en la difícil navegación por el Estrecho de Magallanes, hallaremos los proyectos de Popper. Si indagamos sobre los primeros proyectos de expediciones a las tierras polares argentinas, toparemos con Julio Popper. ¿Quién fue este dinámico y extraordinario personaje? Quizá el primero en señalar entre nosotros el origen judío de Julio Popper haya sido el investigador Boleslao Lewin. Julio Popper nació en Bucarest en 1857. "Sus primeros desencuentros con el medio ambiente, de tanta gravitación en su destino futuro los tuvo, proba- blemente — dice Boleslao Lewin — en el seno de su propia familia." 71 Su padre, de nombre Neftalí, cuyo sepulcro ocupa un lugar prominente en el cementrio judío de Bucarest, fue librero en la capital rumana, maestro hebreo y judío ob- servante, "lo que quizá pudo haber ocasionado conflictos con el hijo, de una naturaleza poco inclinada a seguir los senderos comunes". La madre ejerció aparentemente po- ca influencia en la formación de Julio. Muy temprano abandonó la casa paterna. Estudió in- geniería, primero en Viena y luego en París. Empujado por una insaciable sed de aventuras y por una extraordi- naria curiosidad científica, el joven ingeniero se dirigió al Extremo Oriente. Estuvo en Japón, luego en China y en la India. Se radicó después en los Estados Unidos, donde efectuó importantes trabajos técnicos. Fue luego a Méjico y finalmente a Cuba. Trabajó en las obras sani- tarias de La Habana y se dice que fue el autor del primer sistema cloacal de la capital cubana. También en estos tres últimos países — Estados Unidos, Méjico y Cuba — desarrolló al parecer actividades mineras de importancia. Varios autores afirman que dadas las innegables condicio- nes de mando que luego demostró entre nosotros, debió haber pasado por algún ejército europeo como oficial en algún regimiento o instituto castrense, o por lo menos ha- ciendo un prolongado servicio militar, y hasta se ha lle- gado a afirmar que era coronel retirado. Y eso que cuando llegó a la República Argentina no tenía aún 29 años. El inquieto espíritu de Julio Popper no podía darse por satisfecho con ocupaciones que para él resultaban de- masiado fáciles y así, al llegar a sus oídos las noticias sobre el descubrimiento de oro en el extremo sur argentino, decidió venir a nuestro país. Llegó a Buenos Aires a fines de 1885 cuando — como se decía — no había cumplido aún los 29 años. 72  0RO Aunque la existencia de oro en el sur argentino era conocida desde el año 1876, recién en 1885 a raíz del re- greso del transporte nacional "Villarino" 0) el público de Buenos Aires tuvo conocimiento de la importancia del descubrimiento en el Cabo Vírgenes y con ese motivo se produjo en la capital un revuelo extraordinario. Los dia- rios porteños publicaban extensas notas sobre el hallazgo de grandes cantidades del precioso metal y el entusiasmo era desbordante. Solamente de oro se hablaba y se pensaba en fantásticas aventuras. Todo el mundo pensó en la ma- ravillosa oportunidad que se presentaba para hacer for- tuna rápida y fácilmente. "Cuanto aventurero arribó a este puerto del Plata — escoria de las costas dálmatas, portuguesas y levanti- nas — buscó la manera de llegar a ese paredón de la lejana costa, especie de acantilado que cada vez que lo abría y desmenuzaba el oleaje de algún temporal, dejaba al des- cubierto partículas, escamas y pepas de oro de buena ley" ( 2 ). 1 El Transporte "Villarino" formaba parte de la "División Ex- pedicionaria al Atlántico Sud" que el gobierno argentino, des- pués del tratado suscripto con el gobierno de Chile en 1881, des- pachó al lejano sur a fin de explorar los canales del archipiélago fueguino, construir faros e instalar subprefecturas que represen- taran la autoridad argentina en esas remotas regiones. 2 ARMANDO BRAUN MENENDEZ: "Pequeña historia fue- guina", Buenos Aires 1959. 73 Ese entusiasmo, esa locura, no fueron un mal que aquejó únicamente a los aventureros de baja extracción. Acaudalados hombres de negocios, rentistas, profesionales, corredores de bolsa, gente adinerada, todos se sintieron atacados por la misma fiebre, viendo en el hallazgo una inmejorable oportunidad lucrativa. Y así comenzaron a sur- gir sociedades, se constituyeron compañías, se emitieron acciones, se gestionaron concesiones para la explotación aurífera en aquellas lejanas costas. Pero todas esas empresas, constituidas a la ligera con más de entusiasmo que de practicismo, tuvieron forzosa- mente que fracasar. No había entonces en el país profe- sionales en minería. Se carecía del asesoramiento técnico y del personal especializado necesarios. La República Ar- gentina era entonces un país esencialmente ganadero y por otra parte el ambiente económico-financiero de Bue- nos Aires no se hallaba aún preparado para esto. No había maquinarias ni herramientas para iniciar explotaciones en gran escala. Estas fueron las causas por las cuales la mayoría de esas empresas mineras, formadas con tanta precipitación, tuvieron que desistir de sus entusiastas propósitos y disol- verse sin ver realizados sus sueños. "Sólo una de ellas —dice Juan Angel Fariní— tuvo, empero, la suerte de hallar al hombre que se necesitaba. Este fue don Julio Popper" ( 3 ). Era el hombre "que decía conocer a fondo todos los misteriosos valores que encierran el subsuelo, los pláceres, los estratos, los aluviones, las vetas y la arenisca... ( 4 )." 8 JUAN ANGEL FARINI: "La moneda de Tierra del Fuego", Buenos Aires 1954. * ARMANDO BRAUN MENENDEZ: Obra citada. 74   La más importante empresa minera constituida para extraer oro en el sur envió a Popper a Cabo Vírgenes en los primeros meses de 1886. En el paraje denominado Zanja a Pique se encontró el joven ingeniero con multitud de hombres de todas las razas y todas las edades, que habían colmado el lugar y se debatían semidesilusionados en un mar de dificultades. Inmediatamente se dio cuenta de que nada lucrativo podía esperarse en Cabo Vírgenes y como era un avezado conocedor vislumbró bien pronto la posibilidad de que los aluviones auríferos y los acantilados no fueran un pri- vilegio exclusivo de esas costas. Desde la orilla norte del estrecho, Popper podía divi- sar — según sus propias palabras — "la alta planicie que, sombría y monótona, forma el extremo norte de la Tierra del Fuego". Acertadamente pensó que en toda la costa del litoral fueguino, de estructura geológica semejante a la de Cabo Vírgenes, debían existir también grandes cantidades de oro. De ahí que regresa a Buenos Aires con esa certidum- bre y se aboca de inmediato — y más aún por su gran curiosidad científica — a la tarea de organizar una expe- dición con miras a explorar Tierra del Fuego. EL EXPLORADOR En 1881 recién se había firmado el tratado de límites argentino-chileno por el cual se dividía Tierra del Fuego en dos partes más o menos iguales, pero su interior per- manecía aún totalmente desconocido. 75 "Era todavía — dice Armando Braun Menéndez — la 'tierra ignota' de las antiguas cartas."   Fue la expedición de Popper la que descorrió defini- tivamente el velo de leyenda y misterio que cubría el territorio fueguino. Gracias al apoyo moral y pecuniario del Dr. Joaquín María Cullen, la expedición Popper contó con los elemen- tos indispensables para esta clase de trabajos: instrumen- tal científico, máquinas fotográficas, abastecimientos, ca- ballos y mulas, armas, etc. Era la primera vez que se llevaría a cabo un viaje de exploración en la extensa isla y dado que debían reco- rrerse grandes zonas totalmente desconocidas y segura- mente no exentas de peligros, Popper obtuvo de los Minis- terios de Guerra y del Interior una autorización especial por la que se le permitía llevar hombres armados en la expedición. Como jefe, no debe extrañar que Popper tomara toda clase de precauciones y hasta quizá se excediera en sus facultades — como se ha opinado frecuentemente — ya que formó e instruyó militarmente a un grupo de dieciocho hombres rigurosamente seleccionados, dotándolos de mo- dernas carabinas Winchester y equipándolos con unifor- mes militares de tipo europeo, "dispuestos todos — como dice el mismo Popper — a no retroceder ante ninguna di- ficultad" ( 5 ). El 7 de Septiembre de 1886 salieron para Montevideo, donde tomaron un barco inglés de la carrera al Pacífico 5 Dice Armando Braun Menéndez: "Y como nota espectacu- lar, una quincena de individuos, vestidos de uniforme cuyo corte se aproximaba al de uso en el ejército húngaro, tocados con gorra cilindrica cubierta de piel, y armados de sendas carabinas..." 76 llegando a punta Arenas tras pocos días de navegación. Aquí estuvieron solamente el tiempo necesario para poder lle- var hombres y equipo a través del estrecho hasta la Bahía Porvenir. Desde la Bahía Porvenir la expedición se internó en la isla, a la que cruzó en varias direcciones hasta alcanzar el Océano Atlántico. La expedición duró más de cuatro meses. En su exploración, Popper y sus hombres vadearon ríos, escala- ron montañas, cruzaron bosques interminables. Popper llegó a regiones jamás vistas por el hombre civilizado y realizó importantísimas investigaciones desde el punto de vista científico. Se detuvo especialmente en el estudio de la formación geológica, clima, variaciones barométricas, etnología, mineralogía, etc. La expedición encontró en muchas ocasiones a grupos de indios que demostraban actitudes hostiles. En esas oportunidades, Popper demostró sus condiciones de estra- tega y la disciplina de su milicia que en posición de com- bate dispersaba rápidamente a los aborígenes. A principios de 1887 Popper regresa a Buenos Aires, satisfecho de los resultados obtenidos por la expedición. El joven ingeniero, que venía de explorar desconocidas regiones, pasó — dice Juan Angel Fariní — a "revistar en- tre las figuras prestigiosas de la época". COMPAÑIA LAVADEROS DE ORO DEL SUD El 4 de Marzo Popper solicitó el salón del Instituto Geográfico Argentino, "que contaba entre sus miembros a lo más granado de la Nación" ( 6 ) , y al día siguiente, ante « ARMANDO BRAUN MENENDEZ: Obra citada. 77 una numerosa y selecta concurrencia, el explorador — que fue presentado por el ingeniero Luis A. Huergo — relató sus viajes y exploraciones, destacando especialmente el porvenir de la economía fueguina y refiriéndose con extra- ordinaria visión de futuro a la cría y desarrollo del ganado lanar en la región. En la oportunidad exhibió Popper detallados mapas confeccionados por él mismo, numerosas fotografías, ar- mas y utensilios de los indios fueguinos, muestras de diver- sos minerales — especialmente de arenas auríferas — , todo lo cual influyó notablemente sobre la concurrencia para la suscripción de acciones de la flamante "Compañía Lava- deros de Oro del Sud". Fue así como el ingeniero Popper se vio obligado a dejar de lado su apasionado interés por las exploraciones estrictamente centíficas, para convertirse en industrial.

sábado, 7 de enero de 2017

LA HIJA DEL ADELANTADO- 26-30

 LA HIJA DEL ADELANTADO-  JOSE MILLA   Dispuesto ya lodo, los heraldos publicaron el reto en nombre de los mantenedores ; presentáronse muchos caballeros, y habiendo hecho señal los clarines, comenzó el combate. Al principio, la cuadrilla que acaudillaba Jorge de Alvarado llevaba la mejor parte en la pelea. El valeroso hermano del Adelantado rompió seis lanzas y había desmontado ya cuatro paladines de los de Portocarrero. Muchos de los caballeros se lucieron en aquella justa por su destreza y fuerza de su brazo. Pedro González Nájera, el valiente capitán que años antes atravesó por en medio de un numeroso ejército enemigo para llevar un mensaje á don Pedro, hizo aquel día prodigios con la lanza, combatiendo al lado de don Jorge. Juan de Alva- rado, hermano de don Pedro, Gonzalo de Ovalle, Gaspar Arias Dávila, Antonio de Salazar, Hernando de Chávez, de quien 26 DON JOSÉ MILLA. descendía el cronista Fuentes, Sancho de Baraona, Bartolomé Becerra, Gaspar de Polanco, Pedro de Cueto y otros muchos caballeros lidiaron en el torneo, ya con el uno, ya con el otro de los dos caudillos. Portocarrero, que no había tomado al principio una parte muy activa en el combate, viendo á los suyos casi vencidos ya y descorazonados, adelantóse en medio de la plaza, y después de haber cambiado una mirada con doña Leonor, que no pasó desapercibida del celoso hermano de doña Beatriz, empeñóse en reñido combate con los pala- dines del bando contrario. A poco rato, había roto seis lanzas y desmontado otros tantos campeones ; con lo que, ayudado de los suyos, que cobraron nuevo brío, quedó al fm dueño del campo. Iba á proclamársele vencedor por los jueces, cuando se presentó un heraldo retando á singular combate á don Pedro de Portocarrero, en nombre de un caballero de la cuadrilla de don Jorge, que reservaba el dar su nombre para después de la pelea* Aceptó en el acto el buen caballero, y la atención general quedó suspensa, esperando á ver quién fuese el teme- rario que desafiaba á tan temible campeón. Creció el pasmo de la concurrencia cuando se presentó en la arena un paladín de pequeña estatura, con la visera calada y encorvado bajo la armadura. — No sufrirá el primer bote de lanza de Portocarrero, decía uno. — Vamos á verlo volar como una pluma por el aire, decía otro. — Á no ser que tenga pacto con el diablo, agregaba un ter- cero, ese hombrecillo va á caer maltrecho en medio de la arena. Mientras tanto el desconocido paladín tomaba sus disposi- ciones y recibía de manos de sus escuderos la lanza y el escu- do sin empresa alguna. Los jueces midieron el campo, y dada la señal, partieron al mismo tiempo ambos jinetes, encontrándose á la mitad de la carrera. Don Pedro dirigió la punta de su lanza al peto de su LA HIJA DEL ADELANTADO. 27 rival, que vaciló sobre la silla y estuvo á punto de caer bajo tan formidable golpe. El desconocido enderezó el hierro al yelmo de don Pedro, y con el choque, hizo se desprendiese la visera, que cayó dejando descubierto el rostro del caballero. Entonces, con un movimiento rápido como el relámpago, el desconocido arrojó su lanza con fuerza, y la acerada punta hirió en la frente al noble Portocarrero, cuya sangre corrió á borbotones. Un grito de dolor resonó en el balcón de las Casas Consistoriales, y doña Leonor cayó desmayada en brazos de . su amiga doña Juana de Artiaga. Portocarrero, indignado, soltó la brida á su caballo, y tomando con ambas manos su pesado lanzón, lo levantó en el aire, y cobrando nuevas fuer- zas del coraje, lo descargó sobre el casco del infame, que reci- bió tan tremendo golpe en la cabeza, que cayó en tierra sin sentido. — ¿Qué hacéis, don Pedro? gritó don Francisco de la Cueva ; no es ese el modo de combatir con un caballero. — Es el modo de castigar á un villano, contestó Portocarrero, y se retiró á su tienda ensangrentado. Los escuderos y pajes del desconocido acudieron en su auxilio, y habiendo desatado las correas del yelmo y descu- bierto la cabeza de éste, apareció, pálido y demudado, el rostro del veedor Gonzalo Ronquillo. — ¡ El Estafermo ! gritó el pueblo, y acompañó aquella exclamación con una ruidosa salva de carcajadas. Concluyó el torneo, y los jueces del campo se retiraron para deliberar. CAPITULO IV En la mañana del día siguiente, mientras el Adelantado se hallaba en su gabinete con su secretario Diego Robledo, tra- tando varios negocios graves, la servidumbre del gobernador, reunida en la antecámara, conversaba familiarmente, recayen- do la plática, como era natural, sobre las escenas de la víspera. Estaban allí el mayordomo y el camarero mayor, llamados Francisco y García de Alvarado ; el caballerizo García Ortiz, el despensero Pedro González, los pajes Alarcón, Biezma, Figueroa, Osorio, Gasano y Pérez, paje de cámara, cuyos nombres se han conservado en el testamento de don Pedro. — Brillante fué la función, decía el mayordomo ; y á no haber sido el desgraciada lance con que terminó, por una casualidad, la corona de vencedor se habría adjudicado al valiente Portocarrero. — ¿Casualidad, decís? contestó el criado anciano á quien hemos conocido ya en el capítulo primero de esta historia; decid más bien el maleficio que se hizo, al yelmo de Porto- carrero. Acostumbrados á escuchar con respeto el parecer de Rodrí- guez el viejo, los demás criados rodearon al que acababa de pronunciar aquellas palabras. El mayordomo continuó : — Parece, en efecto, señor Rodríguez, cosa de hechicería; pero, ¿quién puede haber jugado esa mala pasada al buen ca- ballero? ¿No es probable que el tornillo que dicen faltaba en LA HIJA DEL ADELANTADO. 29 en el encaje de la visera, haya caído casualmente, ó se haya quc- bradoo con ol golpe que le dio con la lanza el veedor Ronquillo? — No puede ser, replicó Rodríguez; eso ha sido obra de encantamiento, creed a mi experiencia y acordaos de que suele decirse que más sabe el diablo por viejo que por diablo. — ¿Y que decís, preguntó el camarero García de Alvarado, del desaguisado que cometió el veedor, hiriendo en el rostro á Portocarrero, después que hahia, caído la visera ? Bien sabóis que eso está prohibido por las leyes de la caballería. — Así es, contestó el mayordomo; pero se asegura que aquello fué también casual, no habiendo sido la intención do don Gonzalo herir á su adversario. — Casual ó no, dijo el despensero González, el Estafermo la ha llevado buena. Dicen que hoy ha amanecido con calen- tura de cuenta del porrazo que le dio don Pedro con su lanzón. — Buen provecho le haga, dijo el paje de cámara Pérez. Ese veedor no me la hace buena. ¿ Y se sabe ya lo que hayan decidido los jueces del campo? Supongo condenarán al veedor, — Pues supones muy mal, replicó el viejo. Eso de condenAr a un hombre como Ronquillo, no se hace tan aínas. — Pero el licenciado de la Cueva, dijo el paje, y el tesorero real, son hombres de ciencia y de conciencia. — Lo primero concedo, contestó Rodríguez ; lo segundo dis- tingo, como decíamos en Salamanca. Si se trAta de un negocio en que no tenga interés, el licenciado hablará como un papa ; pero si hay gato encerrado, citará las Pandectas y el Fuero Juzgo y se saldrá con la suya. En cuanto a Castellanos, lo tengo. Dios me lo perdone, por gente non sánCTa, aun cuando sea más sabio que el marqués de Villena. — Pero siendo, como es, observó García Ortiz, conocido el afecto que el Adelantado, nuestro amo, profesa á Portocarrero, no se atreverán á sentenciar contra él. — ¿ Y si se atreven ? dijo Rodríguez. ¿ No se atrevió Sancho de Baraona á poner demanda al Adelantado mismo ante el 30 DON JOSÉ MILLA. juez Maldonado, sobre el pueblo de Atitlán, que le quitó, y no lo condenó el susodicho juez á pagar al querellante no sé qué cantidad de pesos ? — Que por cierto hasta ahora no ha pagado, dijo el mayor- domo ; como tampoco me ha satisfecho á mí mis salarios. — Ni á mí los míos ; añadió el camarero mayor. — ¿Y qué dirá quien os oye? dijo el despensero ; de mí sé decir que no he recibido un maravedí desde que estoy al servicio de su señoría. — Por ahí nos vamos, hijo, añadió el caballerizo ; pues yo no sé todavía ni lo que gano. — Pues medrados estamos, dijo uno de los pajes. Si vos- otros no recibís vuestro salario, ¿ qué se hace del oro del Ade- lantado? En cuanto á mí y á mis compañeros aquí presentes, esperamos el ajuste de nuestras cuentas para el día del juicio. — Gente desleal y desagradecida, exclamó con impaciencia el viejo Rodríguez! ¿ de qué os quejáis ?¿ No tenéis en la casa cuanto habéis menester? Si no recibimos nuestros sala- rios puntualmente, se nos pagarán algún día; y sin eso, harto pagados estamos con servir á tan buen señor, amén de los gajes que á muchos de vosotros les proporcionan sus oficios. Además, el Adelantado es agradecido, y nos irá dando empleos lucrativos ; sino, ahí tenéis al señor Diego de Robledo, que de simple criado suyo, ha venido á ser todo un escribano de Cabildo, gracia que le alcanzó don Pedro con el secretario Samano en este último viaje á la corte. — ¡ Oh Robledo, dijo el mayordomo, ese es de la tetilla del amo, es el archivo de sus secretos, y como sabe tantas cosas, conviene que tenga una buena tajada en la boca para que no hable. Iba á replicar el leal Rodríguez, cuando abriéndose de par en par las puertas del gabinete, salió un hombre alto, seco, de mirada torva, vestido de negro y que llevaba un rollo de per- gaminos debajo del brazo. Era el señor Diego de Robledo, LA HIJA DEL ADELANTADO. 31 secretario privado del Gobernador y escribano de Cabildo. El corro de fámulos maldicientes tomó repentinamente una actitud respetuosa y humilde, mientreis el secretario avanzaba con el aire entre burlón y desdeñoso de un insolente favorito. — ¡Hola! Pérez, dijo, dirigiendo una sonrisa al paje de cámara. Parece que no te ha ido mal en el negocio de Reguera. Dícenme que te ha valido cincuenta pesos de oro. Aquí va ya despachada la concesión del repartimiento de indios. Cincuenta naborías. * j Cáspita ! pues no es mal bocado. Si quieres ser portador de " tan buena nueva, acude á mi casa por los títulos, y nos eníen- deremos, dijo, recalcando con intención en las últimas palabras. — Y tú, Francisco, anadió volviéndose el mayordomo, puedes contar ya con que tu ahijado Becerra obtendrá su solicitud en lo del solar; ¿ cuánto te ha dado? — Una bicoca, dijo el descarado mayordomo : diez vacas y seis caballos y una mala cadena de oro.

lunes, 30 de enero de 2017

EL JURAMENTO DE DOS HEROES- CASTELLANOS-

 EL JURAMENTO DE DOS HEROES JULIAN CASTELLANOS ESPAÑA 1889 La puerta giró pausadamente sobre sus goznes. — ¿Pedro Torrigiano? — preguntó el familiar. — El mismo — respondió este. — Necesito hablar un instante con vos. — En ese caso subid. Garcés y D. Juan permanecían con la cabeza incli- nada sobre el pecho, temiendo que el escultor los reconociese á pesar del antifaz con que cubrían sus rostros. DE DOS HÉROES 1007 Ocultáronse entre los alguaciles y siguieron al fa- miliar y á Torrigiano. Guando María vio entrar en el taller al represen- tante del Santo Oficio, no pudo menos de lanzar un amargo sollozo. Rodríguez dirigió una mirada alrededor de la es- tancia. Sus ojos se detuvieron en los fragmentos de la es- cultura que dos horas antes había roto el artista. — Ya no cabe duda de que vuestro sacrilegio es verdad. Alguaciles, prended á ese miserable. — ¡Qué decís! — exclamó Torrigiano, ¿de qué me acusan? — Se os acusa de haber hecho pedazos la sagrada imagen de la Concepción. ¿Os atrevéis á negarlo? — Sí lo niega — interrumpió la veneciana con esa vivacidad de imaginación que sólo poseen las mu- jeres; — esa escultura no ha sido rota con intención deliberada. — ¿Es cierto lo que dice vuestra esposa? — preguntó el familiar clavando sus ojos en el artista. María dirigió á su marido una mirada suplicante. Torrigiano quedó pensativo. — Antes de responderos— dijo después de un ins- tante — quiero haceros una pregunta. ¿Si el Santo Tribunal castiga severamente al escul- tor que rompe una de sus creaciones, qué castigo da al infame que penetra en una casa honrada con ob- 1008 EL JURAMENTO jeto de esparcir en ella el corrosivo veneno de la des- honra? Y Torrigiano, al hacer esta pregunta, designó con el índice de la diestra á D. Juan Manrique, á quien acababa de conocer á pesar de su antifaz. — Esas son preguntas — contestó el familiar — á las que no necesito responderos. Yo he venido á esta casa por orden del inquisidor general, que ha recibido noticias del sacrilegio que aquí se ha verificado. — ¿Acaso se lo dijo el arzobispo de esta ciudad, ó alguno de su familia? — preguntó el escultor con acen- to sardónico. — En resumen ¿quién ha roto esa sagrada escul- tura? — Yo —respondió el florentino sin inmutarse. Apenas hubo pronunciado esta palabra, los algua- ciles, obedeciendo á una indicación del familiar, se arrojaron sobre el escultor, que hizo poderosos es- fuerzos para desasirse. María lanzó un grito de angustia. Los únicos que permanecieron inmóviles fueron don Juan y el paje Garcés. El infeliz Torrigiano no tardó mucho tiempo en verse maniatado con los finos cordeles que á preven- ción llevaban los alguaciles. Sangrientos espumarajos brotaban de su boca. Sus ojos parecían querer salirse de sus órbitas. Estaba verdaderamente amenazador. Era como el león que se revuelca aprisionado so- DE DOS HÉROES 1009 bre la abrasada arena del desierto, pero que hace temblar con sus rugidos, y aun sacude al viento su poblada melena. María, por el contrario, sentíase aplanada. Todas sus esperanzas de amor se desvanecían co- mo el humo. En aquel terrible período por que atravesaban, el tribunal sería inexorable. Uno de los alguaciles trataba de impedir que se aproximase á su esposo. La veneciana suplicaba á veces con las manos jun- tas, otras hacía poderosos esfuerzos para aproximar- se al artista. Fijábanse alternativamente sus ojos en los circuns- tantes, buscando un destello de piedad en aquellos rostros impasibles, y prorrumpía en amargos gemi- dos ó en frases amenazadoras. Pobre mujer, ¿qué podía, sin embargo, contra aquellos crueles sayones? De pronto fijóse en D. Juan. Su actitud y su corazón le advirtieron que aquel hombre era la causa de su infortunio, y desasiéndose de los brazos del alguacil se precipitó hacia el joven como la leona á quien tratan de arrebatar sus hijuelos. Con la rapidez del rayo cuando desciende á la tie- rra le arrancó el antifaz que le cubría. Manrique quedóse estupefacto y mudo. — ¡Ah, miserable! Descúbrete al menos, que vea- mos tu rostro enrojecido por la vergüenza que asoma siempre en las mejillas del delator. 1010 EL JURAMENTO — Gallad, María, callad. — No, ya no hay traba que me imponga silencio. Sé que mi esposo va á morir, pero no conseguirás tus ruines intentos. ¡Yo te odio y yo te maldigo! El familiar, queriendo poner fin á aquella escena, dio orden á los alguaciles para que sacasen del taller á Torrigiano. — ¡Quiero ir con él! — exclamó la veneciana. — Pero, señora — respondió Rodríguez — ¿no com- prendéis que es imposible? — {Por qué? El es mi esposo y no quiero separarme. Su suerte será la mía. — No, eso nunca — interrumpió Manrique. — ¡Galla, miserable! ¿No sabes que al decretar su muerte han decretado también la mía? — Vamos, sosegaos, señora — dijo el familiar — os halláis perturbada por el dolor. Dejadnos libre el paso. — Nunca, nunca. Quiero seguiros. — ¿Pero no comprendéis que la Santa Inquisición no reclama más que al reprobo?    Yo lo soy mucho más que él. — ¿Qué decís? — Sí, sabed que he renegado de la religión católi- ca, que soy judaizante. Estas palabras fueron dichas con gran desespera- ción. DE DOS HÉROES 1011 Dos de los alguaciles se apoderaron de la joven, que no hizo la menor resistencia. — ¡María — exclamó Torrigiano — te has perdido! El fuego se encargará de consumirnos á los dos. — ¡Quiero seguirte hasta la tumba! Ambos fueron conducidos á la Atarazana. La declaración de la esposa del escultor, aunque no era cierta, bastaba en aquellos tiempos para que produjese el resultado que ella apetecía. Don Juan Manrique quedó vivamente conmovido. Garcés le acompañó hasta su casa. — ¿Qué tenéis, D. Juan? — le preguntó. — No lo sé. — ¿Acaso no os inspiro confianza? — Creo que te he demostrado lo contrario. Imaginaba que por los infames medios que he em- pleado iba á alcanzar que la veneciana quedase libre de su esposo, y he conseguido la muerte de los dos. — ¿No habrá modo de evitarlo? Imposible. ¡La Santa Inquisición no perdona nunca! Don Juan y Garcés se separaron transcurrido un instante.

sábado, 21 de enero de 2017

LA INQUISICIÓN- EL JURAMENTO DE DOS HEROES

JULIAN CASTELLANOS Y VELASCO
MADRID
ESPAÑA
EDICION DE 1889
 CAPITULO XCVIIL 
LA EXPULSION DE LOS JUDIOS
Muchos eran los motivos en que la cristiandad 
fundaba sus injustos odios contra los judíos. 
Ellos habían monopolizado el comercio, y cuantos 
hicieron tentativas para enriquecerse apelando á este 
campo vastísimo no pudieron competir con ellos. 
Creían además sus adversarios, que con la confis- 
cación de sus bienes cesarían los gravámenes de las 
contribuciones, y sobre todo, que la fe católica se po- 
dría considerar más robusta desde el instante en que 
saliesen de España aquellos apóstatas, que celebraban 
sus ritos en las sinagogas haciendo público alarde de 
sus ideas. 
Cuantos crímenes se cometieron desde entonces 
fueron atribuidos á los hijos de Israel. 
Por benigna que fuera la actitud de doña Isabel, 
no tuvo más remedio que acatar las disposiciones de 
su querido esposo, y mientras los infelices hebreos 
acudían á miles á la iglesia de San Pablo para ex- 
presar su sumisión y arrepentimiento, se levantaba 
121 
962 EL JURAMENTO 
en el Campo de Tablada un cadalso de piedra á 
cuyos cuatro ángulos se elevaban otras tantas escul- 
turas llamadas los cuatro profetas. 
Este cadalso recibió el nombre de Quemadero, y 
estaba designado á aquellos que no renegasen de sus 
doctrinas en presencia de los sacerdotes católicos. 
El terror se apoderó de la raza hebrea. 
Muchos de ellos emigraron á otros países lleván- 
dose sus riquezas, y comprendiendo él rey y sus 
ministros que ésto podría acarrear la más desastrosa 
de las ruinas, tomáronse serias medidas para evi- 
tarlo. 
Los mayores enemigos de los hebreos eran aque- 
llos que habían soñado con empresas mercantiles y 
que vieron defraudadas sus esperanzas. 
Muchos de ellos no sólo denunciaron á los anti- 
guos mercaderes, sino que ofrecieron crecidas can- 
tidades á las personas que les indicaran dónde se 
ocultaban los individuos de la raza judía que, fieles 
á su dogma, no habían querido presentarse en San 
Pablo con el vergonzoso sambenito. 
En este estado se hallaban las cosas cuando Six- 
to IV nombró inquisidor general de la corona de 
Castilla á fray Tomás de Torquemada, prior del 
convento de dominicos en Segovia. 
Este nombramiento se hizo extensivo poco des- 
pués al reino de Aragón. 
Torquemada era un hombre inflexible. 
Hacía mucho tiempo que deseaba que el Santo 
Oficio se estableciese en España, y era el más encar- 
DE DOS HÉROES. 963 1 
NIizado enemigo, no sólo de la herejía, sino de todos 
aquellos que en su concepto trataban de menospre- 
ciar los derechos de la Iglesia católica. : 
Púsose inmediatamente en camino hacia Sevilla é 
Instalóse en la fortaleza de Triana, considerando que 
este paraje era más seguro para ponerse al abrigo de 
las enemistades que necesariamente tenía que crearse. 
La Inquisición quedó por lo tanto instalada en 
aquel recinto. 
Inmediatamente procedió á la creación de cuatro 
tribunales. 
Uno en Sevilla. 
Otro en Córdoba. 
Otro en Jaén. 
Y otro en Ciudad-Real. 
Redactó las leyes orgánicas de éstos, teniendo pre- 
sente el manual de Eymerich, y se dispuso á ponerlo 
en práctica con la mayor energía y actividad. . 
El Papa, satisfecho de la buena elección que había 
tenido, le amplió los poderes, nombrándole Inquisi- 
dor del reino aragonés, y Torquemada designó como 
delegados suyos á fray Gaspar Inglar y al canónigo 
Pedro Arbués, que era uno de los que más directa- 
mente habían trabajado para la instalación del Santo 
Oficio. 
Los aragoneses, tanto por su carácter indepen- 
diente como por oponerse sus fueros á muchas de 
las cláusulas de las leyes dictadas por el inquisidor 
general, pensaron desde luego evitar á toda costa 
que el Santo Oficio prevaleciese en sus dominios. 
964 EL JURAMENTO 
Del propio modo que habían hecho los hebreos de- 
Sevilla, apelaron á Sixto IV, sin obtener una respues- 
ta más satisfactoria que aquéllos. 
Convencidos de la inutilidad de sus justas recla- 
maciones, formaron su pian, y con objeto de verse 
libres de la tiránica presión de los dominicos, re- 
uniéronse en una hostería algunos espíritus desiden- 
tes dispuestos á conseguir lo que la Santa Sede les 
negaba. 
Entre ellos hallábanse Juan de la Abadía, Vidal 
Durando y Juan de Speraindeo. 
Su objeto era arrebatar la existencia á cuantos 
frailes dominicos aceptasen el cargo de inquisidores, 
y dirigieron primero sus miras hacia el asesor Mar- 
tín de la Raga, que indudablemente hubiera muerto 
en las aguas del Ebro á no haberse detenido sus ad- 
versarios en presencia de los soldados de la Santa 
Hermandad, que por allí pasaban.
 No desistieron, sin embargo, porque hubiera sali- 
do frustrado su primer propósito, y una noche se 
ocultaron en las naves de la iglesia, donde vivía fray 
Pedro Arbués. 
Este penetró en el sagrado recinto. 
Comprendiendo, sin duda alguna, que no podía 
considerarse seguro ni en aquel lugar, llevaba una 
pequeña lanza en la diestra, mientras con la zurda 
S2 alumbraba con una linterna. 
El inquisidor colocó junto á una columna el arma r 
y postróse delante del altar mayor. 
Entonces se acercaron sus enemigos cautelosamen— 
DB DOS HÉROES. 9G5 
te, y mientras Durando le descargó un vigoroso gol- 
pe en el cuello, Speraindeo le dio dos estocadas. 
Este asesinato tuvo lugar mientras los frailes reza- 
ban los maitines. 
Arbués tuvo tiempo de declarar. 
Presintiendo el astuto inquisidor los peligros que 
le amenazaban, habíase colocado debajo de la sota- 
na clerical una cota de malla y un casquete de hierro 
oculto por el gorro. 
Sin embargo, aquellas precauciones no le sirvieron 
más que para retrasar su muerte, y á las veinticua- 
tro horas dejó de existir. 
Aquella noticia causó en todos los ánimos las im- 
presiones más desagradables. 
El pueblo lo atribuyó, desde luego, á la raza ju- 
daica, recordó los horrores que se suponían cometi- 
dos con un inocente niño un día de cuaresma, y re- 
clamó la voz pública que se hiciese con los malhe- 
chores un ejemplar escarmiento. 
Abadía, Durando y Speraindeo sufrieron las tor- 
turas del fuego. 
En cambio al inquisidor fray Pedro Arbués se le 
consagró un magnífico mausoleo, y fue incluido en 
el número de los santos mártires por nuestra Iglesia 
católica. 
La noticia de la muerte del inquisidor, no sólo 
produjo mal efecto en Aragón, sino que se hizo ex- 
tensiva en Castilla. 
Fray Tomás Torquemada comprendió que pu- 
diera reservarle el destino igual suerte, y decidióse á 
966 ¡el juramento 
aprovechar la primera ocasión para condenar al fue- 
go á algunos herejes como escarmiento de los demás. 
No tuvo necesidad de esperar mucho tiempo, y los 
primeros hebreos que cayeron en su poder después 
de haberse resistido á presentarse del modo vergon- 
zoso que reclamaban, fueron pasto de las llamas. 
El pánico se había extendido por toda Sevilla. 
Más de diez y seis mil judíos se presentaron á  la 
conversión. 
Éstos eran condenados á severas penitencias casi 
imposibles de cumplir. 
La mayor parte se veían obligados á entregar sus 
bienes de fortuna en favor del clero, después de re- 
comendarles constantes ayunos y de ponerles distin- 
tivos infamantes. 
No faltó quien aconsejara al rey Fernando qué él- 
único fifíedio que existía para desterrar de la ciudad 
aquellas repugnantes escenas, era qué obligase á los 
hebreos á salir de Sevilla en un breve plazo, con lá 
condición de que no pudiesen llevarse en metálico 
sus riquezas. ' 
De este modo elÉrario no se resentía. 
El Rey accedió á estas proposiciones, más que por 
LUCro por sus ideas cristianas, que se veían-menos- 
cabar en presencia de los enemigos de la fe, y publi- 
cóse un edicto disponiendo que los hebreos saliesen 
del reino.
Como no les permitían llevar monedas, hubo fa- 
milia dé aquellos infelices qué vendió su casa
 por un asno.  
Otros cosíanse á las ropas el dinero que podían, y 
las mujeres lo ocultaban en el seno creyéndolo se- 
guro de las profanas manos que habían de regis- 
trarlas. 
Verdaderamente horrible era el aspecto de la ciu- 
dad. 
Aquellos que por temor del castigo ó vergüenza 
de exhibirse ante los tribunales del Santo Oficio, 
se ocultaban, eran denunciados por los cristianos, 
que creían enriquecerse con el comercio cuando ellos 
faltaran. 
 Estos desdichados sufrían los rigores del tormento, 
y si no abjuraban de sus ideas, el inflexible inquisi- 
dor Torquemada los enviaba al Quemadero. 
Es incalculable el número de las víctimas que hubo. 
Los clericales estaban dispuestos á hacer que des- 
apareciese aquella raza. 
Mandaron también sacar de sus sepulturas los 
huesos de aquellos que habían perecido en opinión 
de herejes y fueron arrojados á las llamas, lo propia 
que las estatuas de los pocos que consiguieron esca- 
par de las iras de aquel implacable tribunal. 
Una mera sospecha era suficiente para que los in- 
quisidores reclamasen la presencia de aquel en quien 
había recaído. 
En una palabra, Sevilla se hallaba bajo la presión 
del clero, que gozaba entonces de todo su prestigio,, 
pudiendo por lo tanto poner én práctica su tiranía. 

viernes, 27 de enero de 2017

JULIO POPPER-SEÑOR DE TIERRA DEL FUEGO-

 JUDIOS EN AMERICA PABLO SCHVARTZMAN BUENOS AIRES ARGENTINA 1963 Fue así como el ingeniero Popper se vio obligado a dejar de lado su apasionado interés por las exploraciones estrictamente centíficas, para convertirse en industrial. Ya habían fracasado otros intentos para instalar un establecimiento de explotación aurífera en Tierra del Fue- go, en las proximidades de la Bahía San Sebastián, y nadie mejor que Popper — primer explorador del territorio fue- guino — para iniciar con éxito una nueva tentativa en gran escala. La Compañía Lavaderos de Oro del Sud, constituida por prestigiosas figuras de la sociedad porteña como Ber- nardo de Irigoyen, Carlos Lumb, José María Ramos Mejía, Joaquín M. Cullen, Tomás A. Le Bretón, Alfonzo Ayerza, Emilio Lamarca y otros, lo designa director técnico de la empresa y en tal carácter regresa Popper a Tierra del Fuego para montar al norte de la Bahía San Sebastián, en un paraje solitario de la costa de aspecto triste y desolado al que por ello denomina "El Páramo", un lavadero de oro en gran escala. 78 "Nada faltó — dice Braun Menéndez — : cómodo edifi- cio para contener al personal administrativo", realzado con una torre "que mira — y estas son palabras del mismo Pop- per — con sus troneras a los cuatro puntos cardinales", una amplia casa con cabida para ochenta camas, destinada a alojar numeroso personal, cocina, almacenes, depósitos, etcétera. El lavadero propiamente dicho contaba con los elemen- tos necesarios para rendir sus frutos: galpones, talleres, fraguas, dos motores a vapor y bomba centrífuga comuni- cada directamente con el mar mediante un túnel perfo- rado a siete metros bajo el nivel de la marea creciente, con la que se extraía el agua hasta un gran tanque ele- vado, que servía — constantemente renovada — para el la- vado de las arenas auríferas. Lo más interesante es que la operación de lavado de las arenas para la extracción del oro se realizaba por medio de cuatro aparatos inventados por el mismo Popper y que él llamaba "cosechadoras de oro" ( 7 ). Las extraordinarias dotes de organizador de Popper y su capacidad pronto comenzaron a rendir sus frutos: el lavadero comenzó a producir diariamente medio kilogra- mo de oro. La fama del lavadero y su elevada producción empe- zaron a cundir rápidamente y comenzaron a llegar a las 7 Dice Juan Angel Fariní en "La moneda de Tierra del Fue- go": "Cuenta Popper que más adelante la extracción del oro se efectuaba eficaz y exclusivamente por medio de un aparato eléc- trico y de amalgamación, máquina transportable que había in- ventado y cuya patente de invención argentina acababa de ser revalidada en todos los países mineros y adoptada provechosa- mente en varias minas extranjeras". 79 cercanías de El Páramo buscadores de oro y aventureros de toda calaña. Comenzó especialmente a incursionar en la zona gente de Punta Arenas, población que entonces contaría con unos dos mil habitantes. Esto dio lugar a muchos incidentes. A los inconvenientes de toda índole que había que vencer se sumó la actitud del personal del lavadero que en vista de la impunidad de que gozaban los intrusos em- pezaron a mostrarse desconformes y amenazaban con de- jar el trabajo en la compañía para establecerse por cuenta propia. Los indios, por su parte, también provocaban serias dificultades, especialmente dando muerte a caballos y bue- yes de la compañía. Toda la voluntad y la fuerza de carácter de Popper no bastaban para remediar este estado de cosas y en uno de sus frecuentes viajes a Buenos Aires gestiona la pro- tección del gobierno nacional, consiguiendo la creación — mediante un decreto que lleva fecha 20 de Abril de 1888 — de una comisaría en la Bahía de San Sebastián, con jurisdicción desde Cabo Espíritu Santo hasta el actual Río Grande, la que se ponía al mando de un hermano menor de Popper, Máximo, con una dotación de doce gendarmes. Máximo Popper, nacido en Bucarest en 1868, acom- pañó a su hermano en "sus tan quijotescas como rudas aventuras argentinas" — dice Boleslao Lewin — pero al poco tiempo fue víctima del riguroso clima fueguino. Fa- ]leció de tuberculosis pulmonar en Agosto de 1891, a los 23 años. Mientras se constituía la comisaría y antes de llegar los gendarmes, los encargados del lavadero junto con los 80 obreros y empleados aprovecharon la ausencia de Popper y abandonaron el campamento llevándose en un cúter casi veinticinco kilogramos de oro. Pero Popper ya regre- saba en un barco de la armada chilena y persiguió a los desertores reduciéndolos rápidamente. Restablecida la autoridad de Popper en el campamen- to, acrecentóse su prestigio y pronto las labores fueron reanudadas con ímpetu. La explotación se comenzó a ex- tender hacia el norte y hacia el sur y Popper comenzó entonces nuevamente a dedicarse a la actividad que más le atraía: la exploración. Adquirió un barco apropiado y con él recorrió el estrecho Le Maire, la Bahía Aguirre y visitó numerosas islas, explorando y practicando rele- vamientos. Cada vez que regresaba a El Páramo, Popper se en- contraba con sorpresas desagradables. Los aventureros seguían invadiendo la jurisdicción de la compañía y ya tenían atemorizado a su personal. Tuvieron lugar nume- rosos encuentros armados con los invasores, que sin em- bargo volvían una y otra vez dispuestos a tomar venganza. A todo esto el comisario de San Sebastián, Máximo Popper, se hallaba enfermo y los gendarmes habían deser- tado. Pero Julio Popper — como dice Braun Menéndez — "tenía reservas inagotables de valor, astucia y energía". A principios de 1889 ya quedaba definitivamente dueño de la situación. En "Pequeña historia fueguina", Braun Menéndez re- fiere el pintoresco episodio que Popper mismo denominó "La batalla del Arroyo Beta" y que demuestra su ingenio y sus extraordinarias dotes de estratega. Un grupo de invasores se había atrincherado detrás de unos parapetos y mientras algunos de ellos montaban 81 guardia, otros se dedicaban al lavado de las arenas en te- rritorio de la compañía. De pronto, en lo alto de una cañada que dominaba el campo, apareció un grupo de ocho hombres uniformados, a caballo. Los invasores los recibieron a tiros, pero la milicia de Popper no contestó 3a agresión y mientras cinco soldados permanecían frente a la posición enemiga, los tres restantes — y uno de ellos era el mismo Popper — pasaron en furiosa acometida a retaguardia de los invasores, se apoderaron de todos sus caballos y los arrearon hasta El Páramo. Los invasores quedaron "desmontados, mohínos y enfurecidos". "¿Y los cinco soldados de la reserva? — escribe Braun Menéndez — pues bien: esos cinco soldados, ¡no eran tales!" Se trataba solamente de espantajos, que el ingenio de Popper ayudado de "algunas gorras y uniformes rellena- dos de paja y de unos palos que simulaban carabinas, trocó a la distancia en temibles soldados". Y lo mejor de todo es que esto surtió efectos inespe- rados, pues en adelante la guardia de El Páramo se hizo con un sólo soldado que llevaba del cabestro a varios caba- llos "montados por estos maniquíes espantazonzos" que ocasionaban el mismo efecto que el de una nutrida patru- lla, "con más la economía del personal del estableci- miento". 82 MONEDAS Y ESTAMPILLAS FUEGUINAS El nombre de Julio Popper, que aún hoy corre de boca en boca entre los pobladores del lejano sur, era pro- nunciado a fines del siglo XIX con una mezcla de asombro y espanto por los aventureros y buscadores de oro que in- dudablemente exageraron la actuación del "dictador" Pop- per y su milicia, hasta hacer tomar visos de leyenda a las actividades del joven ingeniero. Es indudable que muchas de sus iniciativas fueron dictadas por la imperiosa necesidad y así la emisión de estampillas postales propias y la acuñación de moneda se han prestado y se prestan todavía a polémicas más o me- nos apasionadas y a comentarios y opiniones muchas veces poco favorables a Popper. No hay que olvidar que en la época y en la zona en que actuó Popper no había estafetas postales ni personal alguno encargado de cobrar franqueo ni de despachar co- rrespondencia. Todo esto debía hacerlo el concesionario de la zona y Popper, indudablemente impulsado por la necesidad y quizá también — como dice Braun Menén- dez — "por su modalidad y con una segunda intención de propaganda de la empresa minera", se tomó la libertad de crear su sistema postal propio, haciendo imprimir las estampillas con la inscripción" Tierra del Fuego" y la ini- cial de su apellido: P., si bien es cierto que ostentaban claramente la palabra "local". De estas estampillas, que tenían un valor de diez centavos, quedan muy pocos ejem- plares: Braun Menéndez dice en "Pequeña historia fue- 83 guiña" que conserva una y Rolando A. Riviere ( 8 ) señala que existen cuatro ejemplares "en poder de doña Bertha Bridges, hermana del autor de 'El último confín de la tierra', que vive actualmente en la estancia Viamonte al norte de Tierra del Fuego". Lo mismo sucedió con la moneda. El papel moneda era muy escaso en Tierra del Fuego. No existían casas de comercio ni bancos de ninguna especie y por exigencias del personal, que no confiaba en la moneda usual por las constantes fluctuaciones de la misma, todas las transac- ciones debían hacerse con pepitas y gramos de oro en polvo. Frente a estas dificultades, Popper se vio obligado a solucionar la situación por sus propios medios. En uno de los galpones de la compañía improvisó y adaptó maqui- narias, labró punzones, abrió troqueles y "mediante dichos elementos tan precarios, siguiendo los impulsos de su vo- lundad inquebrantable y de su temperamento, se batieron al amparo de la Ley" ( 9 ) las primeras monedas de uno y cinco gramos, acuñadas con el oro puro de los confines del territorio argentino. "Es sabido que muchas empresas minerales, forestales o ganaderas, alejadas de los centros civilizados — dice Braun Menéndez — abonaban los jornales y sueldos con vales, fi- chas o cartones. ¡Popper, él, pagaba con oro contante y sonante!" Así como son pocas las piezas que se conservan de esta serie tan curiosa e interesante de la numismática ar- s ROLANDO A. RIVIERE: "Por la ruta de Roberto J. Payró. XI. Ante un Páramo Dorado", artículo en el diario "La Nación", Buenos Aires, 26 de Enero de 1958. ■ JUAN ANGEL FARINI: Obra citada. 84 gentina, también es escasa la documentación que podría haber arrojado alguna luz — especialmente para los aman- tes de esa ciencia — sobre la técnica empleada en la impro- visada "casa de moneda" de El Páramo, como asimismo de la cantidad de metal amonedado. No obstante, se conserva en el archivo del Museo Mi- tre de la Capital Federal una carta autógrafa de Popper dirigida a don Bartolomé Mitre y Vedia, hijo del general, con fecha 9 de Julio de 1892, en la cual el explorador — es- tando ese día patrio en Buenos Aires — le ofrece una serie de las citadas monedas para la colección del Gral. Mitre. Dicha carta, que es prácticamente la historia resumi- da de las monedas fueguinas, dice así: "Buenos Aires, Julio 9 de 1892. Señor Bartolomé Mitre y Vedia. Distinguido señor y amigo:   Distinguido señor y amigo: La falta de comunicaciones regulares entre Tierra del Fuego y la capital de la República y también las cons- tantes fluctuaciones del papel moneda han sido motivo para que las transacciones comerciales en aquel territorio se hagan en "gramo de oro" y la necesidad de evitar los inconvenientes que surgen del manejo de polvo y pepitas de este metal, dio lugar a la acuñación de monedas de uno y cinco gramos cuya colección tengo el gusto de remitirle. Las monedas A y B son de la primera acuñación ya agotada. Su poco esmerada ejecución se explica de la circunstancia que desde el cuño, el grabado, la laminación y acuñación, hasta las mismas herramientas necesarias para cada una de las operaciones, han sido hechas en El Páramo, por el que suscribe y en un período en que carecía de los elementos más indispensables a semejante clase de tra- bajos. Las C y D salen de la Casa de Moneda de esta Capital. 85 acuñadas como las precedentes con el oro natural y sin liga de Tierra del Fuego. Emisión diez mil gramos, Ley oro 864, plata 132. De la moneda E sólo han existido seis ejemplares porque a la sexta impresión se destrozó el cuño en la parte que lleva el emblema. Esperando que estos especímenes de la modesta nu- mismática fueguina encuentren acogida en la colección de su ilustre señor padre, lo saluda muy atentamente su amigo y S. S. (Fdo.) Julio Popper".