LA INQUISICIÓN, EL REY Y EL NUEVO MUNDO- LUIS PARREÑO
LA INQUISICIÓN, EL REY Y EL NUEVO MUNDO
FLORENCIO LUIS PARREÑO
MADRID
ESPAÑA
1862
— ¿Estáis seguro de lo que decís? — preguntó el rey fin-
giendo asombro y viveza — ¿es cierto cuanto acabáis de ex-
presar? ¿Todavía quedan herejes en España? ¿Aun hay quien
se atreva á imitar al excomulgado Lutero en mi católica
nación?
— En Madrid, en las calles circunvecinas, en vuestra
misma casa se ensalza á Calvino, se celebran ritos protes-
tantes y dando un carácter religioso á la conjuración, afilan
sus puñales y cuentan el número de nuestras cabezas.
— ¡Será posible! ¿Desde cuando, inquisidor?...
— La mala semilla esparcida en Europa por Lucifer, se
extiende por todas partes, se halla do quier, y en breve dará
el fruto que tanto halagó al renegado Lutero. Hace muy
poco tiempo que comenzaron de nuevo la trama, pero han
avanzado mucho, hallaron prosélitos y ya no son única-
mente alemanes, franceses é ingleses; estos se encuentran
LA INQUISICIÓN, EL REY Y EL NUEVO MUNDO. 3
apoyados por españoles de tanta prosapia y valimiento que
avergüenza pronunciar sus nombres.
— ¿Los conocéis?
— Voy sabiendo quienes son.
— ¿Buscasteis pruebas?
'—Las tiene el Santo Oficio.
— ¿Prendisteis á algunos?
— Está misma noche comenzó á funcionar la Inquisición,
pero temerosa de disgustar á V. M.
— ¿A mí?...
— Como el príncipe de Italia influye tanto en el ánimo de...
— ¿Decís que no hay tormentos ni patíbulos?...
— Todos fueron destruidos durante mi ausencia por el in-
quisidor mayor interino, príncipe de...
— Lo sé, cardenal. ¿Qué otra cosa ibais á decir?
— Que á mi regreso he remediado el daño y mañana ten-
drá el Santo Oficio cuanto le hace falta. Sentiré haber dis-
gustado á V. M., pero habiendo sido siempre hijo obediente
y sumiso de la Iglesia, bien sabéis que en causas de fe los
derechos del santo tribunal están sobre todos.
— Como inquisidor mayor, como vigilante guarda de la
conservación de la fe católica á vos solo toca disponer lo
que juzguéis conveniente: nada puedo decir en consecuencia
contra tal determinación.
— Bien suponía yo que el hijo predilecto de la Iglesia no
se opondría á lo que es tan justo y está además en los sen-
timientos de un monarca católico. Preparaos, no obstante,
para oír cosas que os van á estremecer.
— ¿Hay más todavía?
— No os he dicho nada, señor, para lo que resta.
Y dando el inquisidor á su acento la solemnidad posible,
continuó:
— Las pasiones y afectos humanos por puros é inocentes
que sean, suelen estar en abierta contradicción con los aus-
teros deberes de un monarca tan católico como vos. Ni la
ternura paternal puede eludir esta ley severa cuando el ser-
vicio de Dios y la salvación de un pueblo exigen su sacrifi-
cio. Pruebas inequívocas nos dan de esta verdad los libros
sagrados; recordad el santo ejemplo del rey David con su
desobediente hijo Jonatás.
Al escuchar estas frases, se estremeció Felipe, se contrajo
su rostro, y clavando una mirada ansiosa y devorante en el
inquisidor, le dijo:
— Comprendo la alusión, cardenal; pero el principe de
Asturias se halla enfermo y rodeado de leales servidores.
Sin escuchar, al parecer, D. Fernando las palabras del
soberano, prosiguió:
— Conociéndoos bien no es dable suponer que sería V. M.
capaz de desmentir las frases que há más de seis años pro-
nunció con edificación y aplauso del cristiano pueblo de
Valladolid. «Si mi hijo fuese un hereje impenitente — ex-
clamasteis solemnemente— yo mismo llevaría sobre mis pro-
pios hombros la leña para su hoguera. »
— ¡Cardenal! — dijo el rey pálido, contraído, con voz
ronca y mirada afanosa. — Cardenal, ¿penetrasteis el secreto
de la conspiración habida en mi propia casa?
— Sí — le contestó Valdés con altanería.
— ¿Os digeron todo lo que trataron los conjurados?
— Todo. La Inquisición es ya mas poderosa que nunca;
la sirven los grandes y los chicos y ¡ay del que sin fe ó con
temor y frialdad vacile ó dude al escuchar sus órdenes!
— Los luteranos se proponen asesinarme y el castigo de
ese delito me corresponde á mí.
— Los conspiradores son herejes y sus personas pertene-
cen al Santo Oficio.
— ¿Están presos?
—Todos.
— Entregádmelos al momento; yo los juzgaré.
— Imposible, señor. La Inquisición defiende la causa del
cielo y esto la hace superior á todos los poderes de la tierra.
LA INQUISICIÓN, EL REY Y EL NUEVO MUNDO. 48
-Sois mi vasallo, Fernando Valdés.
—Soy el inquisidor mayor, gran señor; vuestra austera
piedad se ha debilitado; permitid que me retire.
— Esperad.
— Me aguarda el santo tribunal.
— Yo os mando que os quedéis.
— La causa del cielo se opone.
— Oidme un solo instante, inflexible anciano.
— Abreviad, que la justicia espera y el malvado respira.
— Pronto os dejaré partir, pero antes escuchadme. Mi hijo,
cuya extraviada razón le conduce al mal, es solo un instru-
mento de que se valen los herejes para llevar á cabo el más
nefando de los crímenes. Os permito, cardenal, que juzguéis
á los conspiradores, pero es preciso que no figure en el
Santo Oficio ni aun el nombre de ese desgraciado.
— Imposible, señor. En cuantos documentos hemos ha-
llado, en boca de todos los conjurados se ve y se oye el
nombre del príncipe; lo invocan como egida, lo pronuncian
como el autor de la inicua trama.
— Con los papeles se aviva la lumbre, con las llamas se
ahogan las voces.
— Eso deseo, pero es preciso ahogar las de todos. La In-
quisición no admite excepción alguna.
— ¿Os atreveréis á sentenciar al príncipe Carlos?
— El tribunal que presido solo ve el delito, jamás al
hombre.
— ¿Y creéis por ventura que yo pueda tolerar vuestra
loca pretensión?
— He dado por hecho que nos ayudareis. «Si mi hijo fuese
un hereje impenitente, yo mismo llevaría sobre mis propios
hombros la leña para su hoguera.» Eso digisteis y á V. M.
le sobran fe, entereza y valor para no faltar á su palabra.
Dios os oyó y la Iglesia os recuerda vuestras frases. Pienso
que no necesitáis nuevas pruebas; sobre esa mesa tenéis las
suficientes.
16 BIBLIOTECA SELECTA.
Felipe tembló, palideció su semblante, y convulso y fuera
de sí comenzó á guardar los documentos á que aludía Val-
dés. Este continuó:
— No os molestéis , gran señor ; el Santo Oficio tiene los
originales y los conoce todos.
Cuando el rey hubo encerrado los despachos, lanzó sobre
D. Fernando una sangrienta mirada, se dejó caer sobre el
sillón, y con voz ronca, le preguntó:
— ¿Queréis que cual tigre vea espirar á un ser que tiene
mi sangre, lleva mí apellido y es mi heredero?
— Pretendo que seáis rey. Olvidaos del tigre y mirad al
Santo David,
— La generación presente dirá que no tengo corazón, las
venideras que carecí hasta de los instintos de la fiera.
— Vuestros enemigos podrán repetir esas palabras; pero
nosotros diremos siempre que fuisteis el monarca más grande
del universo; pero exclamen unos y otros lo que quieran,
oíd vos únicamente lo que os aconseje vuestro deber y la
causa santa que defendéis.
— ¡Con que el tribunal que ayer toleró la destrucción de
todos los tormentos de la Inquisición , hoy considera necesa-
ria la muerte del príncipe, mi heredero!
— Sumiso y obediente á la voz de su jefe, se inclinó ante
la voluntad del padre Alberto; hoy juzga como yo que aquel
se equivocaba y desea ayudarme á enmendar el error.
El rostro de Felipe se contrajo más que lo había estado
nunca, lanzó otra terrible mirada sobre el octogenario, que
la resistió impasible, hizo un esfuerzo sobre sí mismo, co-
gió la pluma, y trazando algunas líneas en un papel, se lo
dio al cardenal, diciéndole con acento aterrador:
— Tomad; veamos si sois capaz de llevarla á cabo.
Valdés cogió el escrito, y pasando la vista por él, anduvo
dos pasos hacia atrás, tartamudeando:
— ¡Su sentencia de muerte!... Muy bien, gran señor. Haga
el cielo que no la merezca!
LA INQUISÍCION, EL REY Y EL NUEVO MUNDO.
LA INQUISÍCION, EL REY Y EL NUEVO MUNDO.
FLORENCIO LUIS PARREÑO
1862
El grave y poderoso rey de España se levantó para reci-
birlo, le cogió la mano é inclinó su frente coronada, para
besar humildemente el anillo episcopal que el decrépito lle-
vaba en uno de sus temblorosos dedos.
— El cielo benigno — le dijo — guarde á vuestra eminencia,
señor cardenal inquisidor.
— Dios nuestro señor— replicó el caduco — conserve en su
santa gracia á V. M. C, que harto necesita el orbe cris-
tiano de taN elevada cabeza, de tan robusto brazo.
La voz de Valdés era ronca y confusa , pero entera y se
expresaba siempre con una energía y firmeza impropias de
su edad octogenaria.
Terminado el saludo tornó á sentarse Felipe en su sillón,
señalando al cardenal, por deferencia sin duda á sus mu-
chos años, el taburete que tenía más próximo; luego cam-
biaron una penetrante mirada, profunda y sagaz la de don
Fernando, y sombría y triste la del monarca. Este continuó:
■ — Es mas de media noche, señor inquisidor, y el veros
aquí á hora tan avanzada, me hace suponer que alguna
nueva grave... muy grave, debe ser en verdad, para atre-
verse á cruzar las calles de Madrid el anciano cardenal.
Valdés inclinó la cabeza, meditó breves instantes, repli-
cando:
— Desde que regresé de Roma me veo obligado á trabajar
día y noche en el Santo Oficio de la Inquisición. Lo hallé
todo cambiado, señor; el tribunal se quedó sin armas con
que defender su causa, que es la de la Iglesia; la fe se iba
perdiendo, y una compasión mal entendida ponia en manos
de los enemigos de Dios la terrible tea que debe encender
10 BIBLIOTECA SELECTA.
la guerra contra el catolicismo. El príncipe de Italia es de-
masiado bondadoso...
— Basta, señor cardenal — le dijo el rey con marcadas
muestras de disgusto. — Respetad el nombre de mi tio, á
quien amo, más que por el lazo que nos une, por su saber y
santidad.
D. Fernando miró al rey con asombro, inclinó otra vez
la frente, y exhalando un suspiro cruzó las manos y per-
maneció silencioso. Felipe, variando de conversación añadió:
— La noche avanza, inquisidor mayor, y si gustáis pode-
mos ocuparnos de ese grave asunto.
El sacerdote dejó escapar otro suspiro y levantando poco
á poco la cabeza se fué animando su cadavérico semblante
hasta adquirir aquella energía que rara vez le abandonaba.
— Si se tratase — dijo por fin — de un monarca débil, tímido
ó irresoluto, no hubiera venido á molestar á V. M.; pero
conozco bien el santo celo, valor y fortaleza de espíritu del
gran Felipe, y creo poderle decir sin miedo cuanto acaba de
saber el Santo Oficio ayudado y protegido por la Provi-
dencia .
— Todo — añadió el de Austria — nada me asusta, cardenal;
sé que mi misión en el mundo es terrible y habré de cum-
plirla, ya que asi lo dispuso el cielo.
— Dios, á pesar de las desgracias que nos amenazan, con-
serva viva, enérgica, incólume en el corazón de vuestros
hijos la fe de sus mayores, y en sus altos designios inspira
al monarca que los gobierna un profundo y elevado senti-
miento de esa misma fe y de la suprema dignidad que en
nombre del Eterno ejerce sobre la tierra. Dignaos, gran se-
ñor, fijar ahora vuestra atención en las frases de este sol-
dado del cristianismo. La santa Inquisición se ocupa dia y
noche, con incansable celo, en penetrar los secretos de los
enemigos de la Iglesia, que son los de V. M. Los impíos,-
no solo conspiran contra la ley divina, si que también con-
tra el que se sienta en el excelso trono que tanto elevó el
LA INQUISÍCION, EL REY Y EL NUEVO MUNDO. <<
César vuestro padre. Y como quiera que hacen un arma de
la religión contra el sabio gobierno de V. M., me permiti-
réis que entre en cuestiones que, aun cuando ajenas al sa-
cerdocio , no puede de manera alguna prescindir de ellas el
santo tribunal que tengo el honor de presidir.
— Abreviad, D. Fernando— dijo Felipe, con señales inequí-
vocas de impaciencia.
— Vuestro augusto padre formó el primer imperio de. la
cristiandad y á vos os toca sostenerlo y conservarlo. Dios
os hizo poderoso, pero ha llegado un momento en que nece-
sitáis de todas vuestras fuerzas y del apoyo de todos nos-
otros para contener el grave mal que nos amenaza. Ingla-
terra y Alemania quieren que seamos luteranos; Marruecos
y los moros de Granada pretenden esclavizarnos otra vez,
y el poderoso Solimán, que en mal hora domina el imperio
turco, intenta que Europa sea mahometana, para lo cual ha
fijado ya su altiva planta en la isla de Malta, y pronto, si
Dios no lo evita, caminará victorioso hacia España. Medio
mundo parece conjurado contra el poder de V. M., contra
la Iglesia de Dios. La prueba es grande, hagamos un es-
fuerzo supremo y que el Eterno sea con nosotros.
— Todo eso es cierto, inquisidor — respondió el soberano —
mas há tiempo que el príncipe de Italia se halla en Gra-
nada, y todo se puede esperar de tan noble é inspirado va-
ron. El general Mendoza combate ya en Marruecos contra
las tribus del Riff, y es indudable que volverá triunfante
el que nunca se vio derrotado. Y el duque del Imperio, ro-
deado de sus cinco invencibles amigos y de un ejército vale-
roso, destruye hoy á los hugonotes de Francia y á los ico-
noclastas de Alemania, y mañana correrá á Malta en busca
del atrevido turco á quien no dudo humillará, teniendo en
cuenta que brilla en la frente del hijo el genio que un dia
ostentó en los campos de batalla su inimitable padre. Desde
Madrid dirigen los asuntos de Estado y de la guerra el
conde de Arahal y el de San tornera, y su discreción, práe-
BIBLIOTECA SELECTA.
tica, acierto y prudencia, llenan los deseos del mas escru-
puloso.
—Esos hombres que acaba de nombrar V. M. son admi-
rados en el reino, y no dudo que servirán bien á Dios, al
trono y á la patria; pero sus gigantescos esfuerzos delante
de nuestros enemigos serán inútiles, si confiando en ellos
dejamos manejar tranquilos los envenenados puñales que
ya se alzan en Madrid contra V. M. y contra todos los de-
fensores de la santa doctrina.
— Explicaos, señor inquisidor.
— En toda España, en la corte y hasta en vuestro propio
alcázar conspiran dia y noche los luteranos. Dejadlos ocho
dias más y ¡ay de vos! ¡ay de todos nosotros! Vuestros sol-
dados están en el extranjero, los leales tiemblan, cunde la
insurrección, la Inquisición no tiene tormentos ni patíbulos,
y nuestros enemigos disponen de toda clase de armas y re-
cursos. Ocho dias más, repito, y vencerá Satanás, los alta-
res del Señor rodarán por el suelo como en Flandes y nues-
tros pechos serán acribillados con la impía daga.
— ¿Estáis seguro de lo que decís? — preguntó el rey fin-
giendo asombro y viveza — ¿es cierto cuanto acabáis de ex-
presar? ¿Todavía quedan herejes en España? ¿Aun hay quien
se atreva á imitar al excomulgado Lutero en mi católica
nación?
— En Madrid, en las calles circunvecinas, en vuestra
misma casa se ensalza á Calvino, se celebran ritos protes-
tantes y dando un carácter religioso á la conjuración, afilan
sus puñales y cuentan el número de nuestras cabezas.
— ¡Será posible! ¿Desde cuando, inquisidor?...
— La mala semilla esparcida en Europa por Lucifer, se
extiende por todas partes, se halla do quier, y en breve dará
el fruto que tanto halagó al renegado Lutero. Hace muy
poco tiempo que comenzaron de nuevo la trama, pero han
avanzado mucho, hallaron prosélitos y ya no son única-
mente alemanes, franceses é ingleses; estos se encuentran
LA INQUISICIÓN, EL REY Y EL NUEVO MUNDO.
<3 b="">apoyados por españoles de tanta prosapia y valimiento que
avergüenza pronunciar sus nombres.
— ¿Los conocéis?
— Voy sabiendo quienes son.
EL JURAMENTO DE DOS HEROES- JULIAN CASTELLANOS- ESPAÑA
EL JURAMENTO DE DOS HEROES
- JULIAN CASTELLANOS-
MADRID
ESPAÑA
1889
Un instante después un suspiro prolongado volvió
á salir de su pecho, y sus ojos, abriéndose pausada-
mente, se quedaron fijos durante un instante, empe-
zando luego á pestañear con una celeridad suma.
224 EL JURAMENTO
— ¿Dónde estoy? — preguntó con voz débil.
— Estáis entre personas que os aprecian— repuso
el anciano con acento cariñoso.
Garcés volvió maquinalmente la cabeza hacia el
sitio donde el mercader se encontraba, y con pausa-
da voz repuso:
— ¿Decís que me encuentro al lado de personas que
me aprecian?
—Sí.
Hubo un momento de pausa, durante el cual Gar-
cés, con los ojos desmesuradamente abiertos, pero
con la mirada vaga, afanábase por reunir sus re-
cuerdos.
Estos fueron acudiendo á su mente, que acabó de
recobrar por completo toda su actividad.
Entonces el paje, refregándose los ojos con insis-
tencia, preguntó de nuevo:
— Pero, si sois personas que me apreciáis, ¿por qué
me tenéis en este sitio tan oscuro?
Los israelitas, al oir esta pregunta, miráronse
asombrados.
La hoguera que ardía junto á ellos iluminaba de
una manera poderosa la estancia.
Garcés prosiguió entonces diciendo:
— ¿No me respondéis? ¿Os han mandado sin duda
los bandidos que me tengáis encerrado en esta pri-
sión tan oscura como la noche?
Una sospecha cruzó entonces por la mente de la
mujer del comerciante, que sin vacilar exclamó:
— Pero ¿acaso creéis que nos encontramos á oscuras?
DE DOS HÉROES. 225
— ¿No he de creerlo si por más que me afano en
abrir los ojos no descubro ni el más pequeño rayo de
luz?
— ¡Cielos! {Si estará ciego este desdichado? — aña-
dió, sin ser dueño de contenerse, Ezequiel.
— ¡Ciego! — exclamó de un modo indecible Garcés,
alarmado con aquellas palabras.
Y de una manera impetuosa preguntó:
— ¿Acaso no nos encontramos á oscuras?
Un grito de extrañeza salió entonces de todos los
labios, y las miradas de todos se clavaron en el paje
que, con los ojos abiertos y el semblante contraído
por una expresión de espanto, repetía:
— Pero ¿hay aquí luz? {Hay aquí luz?
— Sí — repuso el anciano, deseando poner término
á aquella penosa escena.
— {Que hay luz decís?
— Sí, una hoguera cuyas rojas llamas alumbran
este recinto y cuyo calor debéis sentir forzosamente.
— ¡Ah! {Luego estoy ciego? Ahora lo comprendo
todo. La luz intensa del relámpago abrasó mis ojos.
¡Maldición! ¡Maldición!
Y Garcés, pronunciando estas palabras de una ma-
nera desgarradora, dio dos pasos, y, vacilando, vol-
vió á caer sin sentido.
Efectivamente el pobre mozo se encontraba ciego.
La vivísima lumbre del rayo que hendió el tronco
adonde se encontraba atado distendió sus pupilas,
produciéndole la ceguera de que en aquellos momen-
tos era víctima.
29
CAPITULO XXII
Donde se ve que un destello de esperanza
es bastante para qixe apreciemos la vida.
Los caritativos salvadores de Garcés acudieron de
nuevo á su socorro.
— Pobre joven — exclamó el anciano sosteniéndole.
— Comprendo su desesperación — repuso Ezequiel.
— Verse ciego cuando apenas se encuentra en la
primavera de la vida — añadió Sahara.
— ¿Qué puede haber hecho este pobre chico para
que el cielo le castigue de tan cruel manera?
— Calla, hijo mió, y no pretendas juzgar de ese
modo los decretos de la Providencia. ¿Sabemos aca-
so quién es este mancebo, ni lo que puede haber he-
cho durante su vida?
— Es tan joven, padre mió, que por mucho malo
que haya querido hacer, ni tiempo habrá tenido para
ello.
— Sólo Dios sabe lo oculto.
— Su aspecto no revela ni doblez ni maldad, y ya
sabéis, padre, que el rostro es el espejo del alma.
228 EL JURAMENTO
-Así se cree generalmente ; pero por desgracia,
esa regla tiene, como casi todas, sus excepciones. Nin-
gún ángel existía en el cielo más hermoso que Luz-
bel, y, sin embargo, fué rebelde á los mandatos de su
Dios y Señor.
— Es verdad.
—Nada más trasparente ni más diáfano que la su-
perficie de ciertos lagos, y á pesar de eso, bajo aque-
lla limpidez y aquella trasparencia, ocultan su fondo
de negro y mefítico cieno. No quiero decir con esto
que en este desdichado concurran estas fatales cir-
cunstancias; pero necesario es, si no hemos de expo-
nernos á equivocaciones, juzgar con conocimiento de
causa. Cumplamos como buenos y honrados los de-
beres que la caridad nos impone, y compadeciéndo-
nos de la desgracia, hagamos por aliviarla todo cuan-
to nos sea posible.
— Es verdad, padre mió; la irreflexión de mis po-
cos años me ha hecho hablar con ligereza, impresio-
nado por la terrible desventura en que veo envuelto
á este pobre joven.
— Digno es de lástima por todos conceptos — repu-
so Sahara, enjugando las lágrimas que la presencia
de aquella gran desgracia hacía asomar á sus ojos.
Su hermosa hija Ester lloraba igualmente, sin ser
dueña de apartar sus miradas del pálido rostro del
desdichado mancebo.
Este no tardó mucho en dar señales de que reco-
braba los sentidos.
Cuando esto sucedió, sentóse en el suelo sobre una
DE DOS HÉROES. 229
manta, donde le habían echado, y ocultando su rostro
entre sus manos, permaneció silencioso durante un
rato.
Un mundo de desesperación abrumaba su alma.
— Tened conformidad, pobre joven, y esperad en
la Providencia, que no abandona nunca por comple-
to á los buenos — exclamó el anciano israelita, tra-
tando de llevar el consuelo al desolado corazón de
aquel infeliz.
-—¡Conformidad, y que espere en la Providencia! —
repuso Garcés con una sonrisa sarcástica.. ¡Oh! Con
qué facilidad se dan los consejos. No sé quién sois, y
de consiguiente, ignoro si me conocéis.
— No os conocemos, pero hemos acudido en vues-
tro socorro al oiros gritar, y desatándoos del tronco
donde os hallabais, os hemos traído á este sitio, don-
de nos refugiamos al ser sorprendidos por la tormen-
ta en las inmediaciones de este bosque.
— ¿De manera que sois unos viajeros?
— Sí, somos mercaderes establecidos en Sevilla, que
venimos de la feria de Badajoz.
— A ese punto me dirigía cuando fui asaltado por
esos miserables bandoleros, autores de todas mis
desgracias.
— Y ¿de dónde veníais?
— De Huelva.
— ¿Tenéis allí familia?
— Soy huérfano y solo en el mundo.
— Pero, ¿viviríais en aquella ciudad?
— Sí; allí he vivido: 'pero habiendo muerto mi se-
230 EL JURAMENTO
ñor, iba por encargo suyo á entregar unas alhajas á
Badajoz, cuando he sido asaltado y robado. ¡Los ban-
didos empezaron la obra de mi desgracia robándome
mis riquezas, y el cielo la ha coronado robándome la
luz de mis ojos! — exclamó Garcés con una exaltación
terrible.
— ¡Oh! Por Dios, no digáis eso — repuso el anciano,
intentando calmar al paje.
Pero éste, cada vez más exasperado, añadió:
— ¿No lo he de decir, si es verdad? ¿No he de que-
jarme, si al paso que estarán gozando los infames
que me despojaron, me veo privado de la luz y con-
denado á un tormento mucho más grande y más
terrible que la muerte? ¡Oh! Si de este modo ejerce
su justicia la Providencia, reniego de ella.
— ¡Desgraciado! No blasfeméis de Dios de esa ma-
nera.
Entonces Garcés, loco de desesperación, alzó su
rostro iracundo al cielo, y con los puños cerrados de
una manera nerviosa, exclamó:
— ¡Providencia injusta! ¿Por qué al arrancármela
luz de mis ojos no me has arrancado la vida? ¿Crees
acaso que te he de agradecer que me conserves la
existencia condenándome á perpetua desdicha?
— ¡Silencio, silencio! — repuso con severidad el mer-
cader, aterrado ante las palabras del paje.
— Éste, con el despecho de un poseído, prosiguió
diciendo:
— No, no quiero callar. ¿Qué me importa á mí de
la Providencia? Si mis palabras la ofenden, que me
DE DOS HÉROES. 231
lance un rayo que me pulverice. Eso sería menos
cruel que lo que ha hecho conmigo.
— ¿Y qué sabéis, desdichado joven, lo que el cielo
os reserva aún?
— Una existencia de privaciones y de tinieblas que
estoy dispuesto á no arrastrar, aunque el cielo y el
infierno juntos se empeñen en ello.
— Me aterra oíros hablar de la manera que lo ha-
céis, y sólo teniendo en cuenta la exaltación de vues-
tra mente, por la desgracia que sufrís, puede discul-
parse tan incalificable conducta. Pero, el tiempo pa-
sará, vuestra razón recobrará su calma, y entonces
os mostrareis más resignado con los decretos del cielo.
— Jamás me resignaré con la desgracia que me
acosa. Si me falta la vista, me sobra corazón para ar-
rancarme la vida en este momento.
Garcés, desesperado, conociendo por el calor el
sitio donde se encontraba la hoguera, se arrojó en
medio de las llamas.
Sus salvadores lanzaron un grito de espanto, pero
Ezequiel y los dos criados asieron al paje y lo arran-
caron de las llamas, sin que afortunadamente sufrie-
ra más que algunas ligeras quemaduras.
— ¡Dejadme morir! — gritaba como un loco furioso,
luchando con sus salvadores.
— Nunca, y aunque nos veamos obligados á em-
plear la fuerza, os salvaremos á pesar vuestro.
Entonces Garcés, desesperado y rugiente, empezó á
maldecir á aquellos hombres, acabando por decirles
en el paroxismo de la rabia:
232 EL JURAMENTO
— Pero, ¿quiénes sois vosotros para impedirme que
yo disponga á mi antojo de lo que es mió?
— Vuestra vida es de Dios, que os la ha dado.
— Es mia, y quiero arrancármela.
— Vuestra razón desvaría en este momento.
* — No, es que prefiero morir á verme condenado á
perpetuas tinieblas.
— No sois el único ciego que existe en el mundo.
—¿Y qué me importa que existan más? Si ellos es-
tán conformes con su suerte, yo reniego y maldigo
de la mia.
Y Garcés hizo un esfuerzo tan supremo, que estu-
vo en poco de desasirse de las manos de los que le
sujetaban.
Entonces el anciano mercader dispuso que le en-
volvieran en una manta, sujetándole de modo que no
pudiera moverse.
Garcés rugía como una fiera, pero bien pronto
quedó dominado y vencido.
— Os sujetamos de esta manera por vuestro bien,
y guiados sólo por los impulsos de nuestra caridad.
— Si tuvierais esa caridad que decantáis, me ahorra-
ríais estos padecimientos, arrancándome la vida.
— ¡Qué horror, Dios de Israel? exclamó Sahara
horrorizada ante aquellas palabras.
Garcés prosiguió diciendo:
— Yo os bendeciré con toda mi alma si accedéis á
mis deseos.
— Deliráis, desdichado; jamás se mancharon ni se
mancharán mis manos en la sangre de un semejante,
DE DOS HÉROES. 233
aunque viese en peligro mi vida. Con que si esta es
mi resolución para un caso tan extremo, imaginaros
podéis si me iría á prestar á verter la sangre de una
persona de quien ningún agravio he recibido. Si yo
arrancase la vida á un hombre; es más, si yo le oca-
sionase un gran perjuicio, los remordimientos me
matarían— replicó el mercader.
— Bien; pues para ahorraros esos remordimientos
dejad libres mis brazos y prestadme un arma, que no
ha de faltarme valor para arrancarme la vida con
mis propias manos.
Los hebreos se miraban los unos á los otros y el an-
ciano, llevándose el índice de su mano derecha á los
labios, les indicó á todos que guardasen silencio.
PASION DE AMOR- JURAMENTO DE DOS HEROES
JURAMENTO DE DOS HEROES
JULIAN CASTELLANOS
MADRID
ESPAÑA
1889
Conforme trazaba el judío el cuadro de las perfec-
ciones de la mora, cada uno de los jóvenes formábase
su juicio, preparándose á abrumar al mercader con
sus preguntas.
Pero éste, pretextando sus muchas ocupaciones,
así que acabó de hablar se despidió, dejándolos en-
254 EL JURAMENTO
tusiasmados con la apasionada descripción que hizo
de la hermosura de la joven hija del alcaide moro.
La mayor parte de los jóvenes juzgaron aquella
pintura exagerada.
Pero D. Tello de Aguilar sintió al oiría una emo-
ción que jamás había experimentado.
Algo taciturno se despidió de sus compañeros, que
atribuyeron su silencio á su indiferencia para con
las mujeres.
Apenas llegó el joven á su casa encerróse en su ha-
bitación y, pensando en la belleza de la hermosa
mora, su corazón y su cabeza fueron vulcanizándose
de una manera tal, que cuando quiso volver en sí le
fué imposible.
Un sentimiento para él hasta entonces desconoci-
do le ofuscaba de una manera completa.
La imagen de aquella hermosa mujer, á quien no
conocía más que por el relato del hebreo, se había
grabado con una insistencia tan grande en su mente,
que le era imposible de todo punto desecharla.
Pasó la noche en una inquietud congojosa, y así
que amaneció hizo que buscasen ai judío y le dije-
ran que necesitaba verle para un asunto de impor-
tancia.
Leví, pensando que la llamada tendría por objeto
algún asunto comercial, se apresuró á acudir á la
casa del joven; pero su extrañeza fué grande cuando
oyó que D. Tello le decía:
— Te he llamado para un negocio del cual depen-
den mi tranquilidad y mi vida. Necesito saber si
DE DOS HÉROES. 255
la pintura que ayer tarde hiciste de la hija del al-
caide de Torre-Bermeja es exacta, ó la has exage-
rado.
— Señor, no sólo no hay nada de ponderación, sino
que me quedé muy corto al describir su belleza. En
ella parece que el Creador ha hecho alarde prodigán-
dola sus gracias sin límites y que la naturaleza se ha
empeñado en acumular perfecciones en aquel her-
moso cuerpo. En una palabra, señor, es necesario
ver á Aldana para formarse una idea completa de su
espléndida hermosura.
— No digas más, porque cada palabra tuya es un
nuevo estímulo para mi alma. Mi amor y mi impa-
ciencia crecen y es indispensable que yo vea á esa
mora y que yo la declare la pasión inmensa que
siento por ella.
— Qué decís, señor, repuso el hebreo asustado.
— Digo que amo á esa mujer con toda la fuerza de
mi alma y que necesito que me proporciones la ma-
nera de llegar hasta ella.
— No creí que vuestras preguntas pudieran tener
un objeto tan extraño, pero tranquilizaos y reflexio-
nad que lo que deseáis es de todo punto imposible.
La menor tentativa para lograr lo que acabáis de
decirme nos costaría la vida. Los más nobles y los
más distinguidos musulmanes de Granada ansian
ver la hermosura de esa joven, y no se han atrevido
á intentarlo viviendo en la misma ciudad, siendo de
su misma religión y teniendo muchos de ellos rela-
ciones de amistad con su padre. Siendo éstos así,
256 EL JURAMENTO
figuraos si con vuestras condiciones ibais á lograr lo
que no han conseguido ellos.
Don Tello fijó sus ojos en el rostro del israelita, y
con acento vehemente le dijo:
— Tú no sabes lo que es amar, porque de lo con-
trario, comprenderías que estoy dispuesto á todo an-
tes que á renunciar á mi objeto. Si es necesario expo-
nerse á morir, me expondré; por lo tanto, puedes
imaginarte que no deseo que me exageres los riesgos
que debo correr, sino que me proporciones los me-
dios de llegar hasta esa hermosa doncella, á quien sin
conocer adoro con toda mi alma. Si por ayudarme
quieres oro, te daré tanto, que será bastante á saciar
tu avaricia.
— Ni por todo el oro del mundo tomaré yo parte
en esa empresa.
— ¿Por qué?
— Porque la considero completamente imposible.
— Miserable; ¿entonces por qué has hecho delante
de mí la pintura de esa mujer, que ha abrasado mi
alma robándome la tranquilidad de mi vida? Has en-
cendido en mi pecho un fuego inextinguible ¿y ahora
me abandonas? ¡Oh! No será así. O te comprometes
á conducirme á la presencia de ese ángel, ó juro por
Dios vivo que no has de salir con vida de esta es-
tancia.
— Pero D. Tello.. .—repuso el hebreo asustado ante
la exaltación del mancebo.
— Es inútil que te molestes en hacerme ruegos va-
nos; estoy decidido á que me prometas solemnemen-
DE DOS HÉROES. 257
te ayudarme en mi empresa ó á arrancarte la vida:
elige, pues.
El judío, en aquel terrible aprieto, no sabía qué
partido tomar.
Por fin, lo apurado de la situación le inspiró un
pensamiento, que expuso al joven en estos términos:
— Para conseguir lo que deseáis, no se me alcanza
más que dos medios tan difíciles, que casi me atrevo
á calificarlos de imposibles.
— Dilos sin tardar. ,
— Uno es que reneguéis de vuestras creencias y os
establezcáis en Granada.
— Vive Dios, que estás loco ó pretendes burlarte de
mí. Yo no renegaré nunca de la religión de mis pa-
dres — exclamó el mancebo con una exaltación te-
rrible.
— Lo conocía, y por eso os advertí que considera-
ba imposible lo que os iba á proponer.
— Pero me dijiste que tenías dos medios.
— Sí, señor; pero el segundo es, en mi creencia,
tan irrealizable como el primero.
— Exponle, pues.
— Consiste, señor, en que os allanéis á represen-
tar el humilde papel de esclavo. De esta manera,
os llevaría conmigo, presentándoos al padre de Alda-
na á ver si os compraba, y si esto sucedía, pertene-
ciendo á la servidumbre de su casa, tendríais de se-
guro ocasión un día ú otro de conocer á su hermosa
hija. Ya veis, señor, que este medio es tan imposible
como el primero; pero os juro que no se me ocurren
33
258 EL JURAMENTO
otros, dadas las costumbres moriscas y el cuidado
con que esos infieles guardan á sus mujeres.
Don Tello reflexionó un momento, después del
cual dijo con entereza:
— Me allano á representar el papel de esclavo.
— ¡Dios de Jacob! Tened, señor, en cuenta á lo
que vais á exponeros, la abyección, las penalidades y
los trabajos que tendréis que sufrir repesentando tan
humilde papel. Abandonad por Dios ese empeño,
que puede costaros la vida. Os aconsejo de este
modo porque os estimo, y sentiría que os ocurriese
una desgracia.
— No hablemos más, Leví. Estoy resuelto á inten-
tarlo todo, por ver á ese portento de hermosura, y
desde hoy mismo empezaremos á poner en práctica
nuestro plan. Júrame que me ayudarás en todo
cuanto puedas, que yo á mi vez te prometo que re-
compensaré con creces cuento por mí hagas.
El hebreo, en vista de la obcecación del joven, le
ofreció ayudarle decididamente.
Don Tello entregó entonces al israelita una bolsa
repleta de oro y le dijo:
— Prepara lo necesario para regresar á Granada,
adonde te seguiré, fingiéndome tu esclavo, alentado
por esta pasión que abrasa mi alma y encadena por
completo mi voluntad.
— ¿Y arrastrado por su amor, se hizo pasar por
esclavo D. Tello?— preguntó admirada la hermosísi-
ma hija de Solís.
— De tal manera, señora, que se presentó en Gra-
DE DOS HÉROES. 259
nada fingiéndose sirviente del judío — repuso el de
Meneses.
— Rasgo sublime de abnegación.
— El amor, señora, vence toda clase de imposibles.
— Proseguid el relato, que me causa un vivo in-
terés.
EL JURAMENTO DE DOS HEROES- CASTELLANOS 1889
EL JURAMENTO DE DOS HEROES
JULIAN CASTELLANOS
ESPAÑA
1889
Don Beltrán continuó diciendo:
— Una vez en Granada, el judío, seguido de su es-
clavo, presentóse en Torre-Bermeja, con el fin de
ofrecer á Aben-Abo las novedades adquiridas en su
viaje, y con objeto también de enterarle de cuanto
había visto en tierra de cristianos, encargo que con
gran interés le hizo el alcaide al emprender su ex-
cursión.
Cuando se presentó ante el noble padre de Alda-
na, éste le dijo:
— ¿Qué noticias me traes, Leví, y qué mercancías
has comprado!
— Señor, las noticias no son nada satisfactorias,
pues se reducen á que los cristianos sitian ya á An-
tequera.
— Me lo presumía.
— En cuanto á compras, sólo he adquirido en este
viaje un joven esclavo que me encargó un mercader
amigo, pero que me resulta con tan excelentes condi-
ciones, que pienso reservarle para mi servicio. Es un
esclavo que le considero como una verdadera alhaja.
Estos elogios excitaron de tal manera la curiosi-
dad del moro, que dijo al judío que deseaba ver á
tan ponderado esclavo.
260 EL JURAMENTO
Leví condujo entonces á D. Tello ante el alcaide
moro.
El de Aguilar, con los brazos cruzados y en la ac-
titud más humilde, se inclinó profundamente ante
Aben-Abo.
A éste agradóle mucho la presencia del mancebo,
y después de interrogarle si tenía conocimientos en
agricultura, como el joven le afirmara que sí, se le
compró al judío, diciéndole después.
— Desde hoy te encargarás del arreglo y cuidado
de mis jardines. Mi hija es muy apasionada por las
flores, y es preciso que te esmeres, á fin de que se
halle contenta de tu habilidad.
— Haré, señor, cuanto esté en mi mano por agra-
daros y por complacer á vuestra noble hija.
El alcaide hizo seña al esclavo para que le si-
guiera.
La admiración de D. Tello no tuvo límites, cuan-
do vio que su nuevo señor le introdujo en la habita-
ción de su hija.
Aldana encontrábase reclinada sobre un grupo de
almohadones, vestida de una manera sencilla, pero
encantadora.
Por debajo del turbante que ceñía sus sienes, y
cuyo velo estaba echado á la espalda, escapábanse
abundantes bucles de sus negros cabellos, que se re-
partían en ondas alrededor de su torneado cuello.
Apenas vio aparecer á su padre, intentó levantar-
se; pero éste se lo impidió, y, después de besarla en
la frente, la dijo:
DE DOS HÉROES. 261
— Hija mía, vengo á presentarte un esclavo que
acabo de comprar al judío Leví. Es, según me ase-
guró el mercader, muy inteligente en agricultura, y
me he decidido á encargarle del arreglo de nuestro
jardín. ¿Te parece bien esta disposición mía?
Mientras el alcaide pronunciaba estas palabras, los
negros y rasgados ojos de su hija se habían ya en-
contrado con los del cautivo, que, absortos y radian-
tes de placer, la habían deslumbrado.
El corazón de Aldana había sentido un efecto, que
en aquel momento atribuyó á compasión, pero que
hacía latir su pecho de una manera hasta entonces
desconocida.
— Me parece muy bien, padre mío, lo que habéis
dispuesto.
En seguida Aben-Abo volvió á imprimir un beso
paternal en la frente de su hija, y salió de la estancia
acompañado del esclavo, á quien hizo desde aquel
momento encargarse del jardín.
Don Tello encontrábase como deslumhrado; su
corazón parecía no cogerle en el pecho, y su pulso
latía con la violencia de la fiebre.
La hermosura de Aldana le parecía mucho más
esplendorosa que se la pintó su fantasía.
Su pasión por la doncella se agigantó de tal mane-
ra, que rayó en delirio.
— Sabiendo que podía agradarla cuidando con es-
mero el jardín, se puso á recorrerle en aquel momen-
to, estudiando las mejoras que podían introducirse
en él.
262 EL JURAMENTO
Mientras hacía esto, observó que muchas de las
habitaciones de la casa de su señor daban hacia aque-
lla parte, sospechando que las de su adorada caerían
también á aquel sitio.
Esta presunción impulsábale de continuo á fijar
sus miradas en las celosías, por ver si lograba distin-
guir en alguna de ellas á la hermosa joven.
Esto no fué obstáculo, sin embargo, para hacerle
desatender su obligación; de tal manera, que en muy
pocos días el jardín se encontró completamente trans-
formado.
Aldana, que sin saber cómo explicárselo sentía
cada vez más interés por el jardinero, tomó pretexto
del encantador aspecto que el jardín ofrecía, y aun-
que acompañada por una aya anciana á cuyo cuida-
do la tenía encomendada su padre, bajaba todas las
tardes á pasear por aquel ameno sitio.
Don Tello sentíase lleno de una gran esperanza al
ver la amabilidad y la benevolencia con que le trata-
ba la hermosa hija de su noble amo.
Todas las tardes la ofrecía ramos formados con
las flores más raras y más hermosas.
Así pasó algún tiempo, hasta que el hebreo Leví,
que no había olvidado al joven caballero, tuvo una
ocasión de hablar con Aldana, y la descubrió la ver-
dadera condición del mancebo y el amor inmenso
que por ella sentía.
La noble joven, á quien el esclavo le era simpáti-
co, al conocer su calidad y abnegación, se decidió á
corresponderle.
DE DOS HÉROES. 263
Un mes más tarde, la hermosa hija del alcaide de
Torre-Bermeja y D. Tello de Aguilar se habían de-
clarado su pasión, y se amaban con uno de esos
amores que no se extinguen ni en la tumba.
Durante algún tiempo, los dos enamorados, ob-
servando las mayores precauciones, se veían y ha-
blaban todas las noches, cuando los moradores de la
casa se entregaban al descanso.
De esta manera su pasión se agigantó hasta tal
punto, que les hubiera sido imposible dejar de que-
rerse.
EL JURAMENTO DE DOS HEROES -JULIAN CASTELLANOS
EL JURAMENTO DE DOS HEROES
-JULIAN CASTELLANOS
MADRID,ESPAÑA
1889
CAPITULO XXV
Donde continúa el asunto anterior.
El de Meneses hizo una pequeña pausa, y después
prosiguió diciendo:
— Al llegar el verano, Aben-Abo anunció á su hija
su deseo de partir á pasar la fuerza de los calores á
un delicioso carmen, que con una hermosa casa po-
seía en la orilla del Genil, á poca distancia de Gra-
nada, indicándola que pensaba llevarse al jardinero,
con el objeto de que ordenase y arreglara las flores y
las macetas que existían en aquel hermoso sitio.
La hermosa doncella recibió un gran placer con
esta noticia, y algunos días más tarde encontrábase
en el carmen, donde la vida del campo la permitía
mucha más libertad que la que gozaba en Granada.
. Los dos amantes creíanse entonces completamente
felices; pero como la dicha es flor tan efímera que se
deshoja al menor soplo del viento, la hermosa don-
cella vio bien pronto aparecer una oscura nube en el
esplendoroso cielo de su ventura.
34
266 EL JURAMENTO
Su noble padre la anunció un día su pensamiento
de unirla con uno de los caudillos más renombrados
de la corte mora.
El efecto que esta revelación produjo en el alma
de la apasionada joven, fácil es presumirlo.
Sintió que se desplomaba sobre su corazón un
mundo de desdichas, y en cuanto le fué posible puso
en conocimiento de su amante la desgracia que les
amenazaba.
Don Tello sintió su alma llena de la más espantosa
desesperación, al conocer lo que su amada le decía,
y dejándose llevar sólo de los arrebatos de su pasión,
la dijo:
— Aldana de mi alma, si es cierto que sientes por
mí en tu corazón un amor tan grande, tan santo y
tan inmenso como el que por ti alienta en el mío,
existe un medio de impedir ese funesto enlace, que
será la muerte de nuestras esperanzas y la desespe-
ración eterna de nuestra vida.
— Indícame ese medio, que por terrible y arries-
gado que sea no dudaré en aceptarle, si crees que
con él podemos conjurar el peligro en que nos ve-
mos.
Don Tello propuso entonces á la joven fugarse de
la quinta, corriendo á acogerse al amparo del ejército
cristiano que cercaba á Antequera, donde podrían
enlazarse para siempre.
La noble joven dudó unos momentos antes de re-
solverse á tan violento extremo.
Pero el caso apuraba, y las razones de su ama-
DE DOS HÉROES. 267
do y los impulsos de su inmensa pasión la deci-
dieron.
Guando se ama de veras, se salta por todo.
Era una de las últimas noches de Agosto, cuando
el fingido esclavo, armado de un agudo puñal que
llevaba oculto, calzadas las espuelas y teniendo del
diestro el caballo más fuerte y más ligero que poseía
Aben-Abo, esperaba muerto de impaciencia, oculto
en la ribera del Genil, en un bosquecillo cercano al
camino de Archidona.
Su inquietud no duró mucho.
La hermosa Aldana, cubierta de joyas de inesti-
mable valor y cuidadosamente rebujada en un albor-
noz oscuro, apareció á su lado.
El joven, lleno de ardor y de esperanza, la colocó
sobre el caballo, y saltando á su vez con ligereza, se
afianzó en los arzones, rodeó con su brazo izquier-
do la flexible cintura de su amada, y hundiendo sus
espuelas en los ¡jares del fogoso bruto, partió con la
velocidad del rayo por el camino de Archidona.
Don Tello procuraba alentar á su dulce compa-
ñera, qué temblando de miedo, se estremecía á la
vista de cualquier sombra, ó al rumor más leve que
llegaba á sus oídos.
Después de una carrera de algunas horas, el caba-
llo empezó á dar señales de fatiga.
Entonces D. Tello abondonó el camino y se inter-
nó en la sierra, con el fin de buscar un refugio donde
268 EL JURAMENTO
hacer posada, con objeto de que el potro recobrase
sus fuerzas con el descanso.
Lo espeso de los jarales y lo accidentado del terre-
no obligó á la amante pareja á echar pie á tierra.
Don Tello, dando el brazo á su amada, y condu-
ciendo de las riendas á su montura, prosiguió inter-
nándose en el bosque con el pensamiento de seguir
caminando hasta la aurora.
Aldana, lejos de mostrar fatiga ni quejarse de la
aspereza del terreno, seguía á su amado con una li-
gereza y una intrepidez grande.
Los primeros fulgores del alba empezaron á mos-
trarse en el cielo.
La luz, aumentando gradualmente, hizo más fácil
su marcha á los dos amantes.
Cuando la mañana lució por completo, el de Agui-
lar hizo alto, diciendo á su compañera:
— Estarás muy fatigada, vida de mi vida.
— No lo creas; me siento aún con fuerzas para
continuar. Sigamos huyendo hasta donde no nos pue-
da alcanzar el furor de mi padre. Me estremezco de
espanto ante la idea de caer en sus manos. Sería in-
exorable para con nosotros.
— No temas, Aldana mía, nadie sabe el camino que
hemos tomado, y además, llevamos á la gente de tu
padre una gran ventaja.
— Sin embargo, sigamos huyendo hasta llegar á
esa hueste cristiana que me has dicho.
— Pero si es que no podemos proseguir nuestra
marcha.
DE DOS HÉROES. 269
— ¿Por qué?
— Porque sería exponernos á una perdición segura
caminar de día. Nos encontramos aún en tierra de
enemigos, y si alguien nos viese podía detenernos, y
nuestra desgracia sería irremediable.
— Es verdad: busquemos algún lugar seguro en
estas asperezas, y en él nos ocultaremos hasta que la
tarde espire. De ese modo, no sólo conjuramos todo
riesgo, sino que nuestra fatigada montura recobrará
el vigor con el descanso.
Convencieron al amor estas razones, y pocos mo-
mentos después la amante pareja se refugiaba en
una gruta, abierta en un peñasco por la mano de la
naturaleza.
Los dos amantes permanecieron en la caverna
hasta la caída de la tarde.
Cuando llegó esta hora, volvieron á ponerse en
marcha.
La oscuridad, aumentada por la sombra de los ár-
boles y los peñascos, les hacía más difícil su avance.
Todo el afán de D. Tello era salir cuanto antes al
camino trillado, para poder cabalgar y ganar antes
que amaneciese el campamento de los cristianos.
Después de muchas fatigas y afanes, el enamorado
mancebo consiguió lo que deseaba.
Por una garganta de la sierra salió al valle.
Al orientarse reconoció que se hallaba al otro lado
de Archidona, descubriendo á lo lejos como una
enorme mancha negra que se destacaba sobre el
270 EL JURAMENTO
fondo oscuro del cielo, la mole colosal de la peña que
dista poco más de una legua de Antequera.
El animoso joven, como si hubiera arrojado de sí
un peso grande, respiró con libertad.
Sin dilación alguna colocó á la joven sobre el
caballo, montó á su vez y, aplicándole las espue-
las, emprendió de nuevo su carrera, diciendo á la
hermosa:
— Aldana, nuestra ansiedad toca ya á su término.
Aquella masa oscura que se presenta á nuestra vista
es una peña que dista sólo una legua de Antequera.
Allí encontraremos tal vez algunas avanzadas cris-
tianas y tendrán feliz término nuestros pesares. Por
mucho que tu padre se apresure, no podrá ya, ni al-
canzarnos, ni oponerse á nuestra felicidad.
No había apenas acabado de pronunciar D. Tello
estas palabras, cuando Aldana, que, como sabemos,
se alarmaba de todo, se asió fuertemente al caballe-
ro, y con la voz embargada por el terror le dijo:
— Tello, ¿no notas cierto rumor lejano que semeja
á un confuso tropel de caballos y voces?
— Será el ruido de las aguas de un torrente que
desde la sierra se precipita al valle cerca de estos lu-
gares.
— No; escucha, el ruido crece y se acerca...
Por más que D. Tello disimulaba con objeto de
no afligir á su hermosa compañera, se había aper-
cibido perfectamente del ruido que ella le indicaba.
Entonces apretó las espuelas al caballo, con el fin
de hacerle precipitar su marcha.
DE DOS HÉROES. 271
Pero el fogoso bruto encontrábase tan fatigado,
que se resistía á correr.
— ¡Maldición! — exclamó el joven — este caballo se
encuentra muerto de fatiga, y esos jinetes que senti-
mos nos darán alcance muy pronto.
— ¡Oh! Entonces nuestra muerte es segura.
— ¿Quién sabe si serán vasallos de tu padre ó sol-
dados cristianos? — repuso D. Tello, haciendo, sin em-
bargo, toda clase de esfuerzos para animar á su ca-
ballo.
Pero éste se plantó, sin que el castigo le hiciera mo-
verse, empezando á contestar á los relinchos que oía.
— Este animal nos pierde, y es preciso abandonarlo.
Reúne todo tu valor, Aldana mía, y sigúeme á ver si
conseguimos guarecernos en las asperezas de ese pro-
montorio inmediato, desde donde podremos obser-
var ocultos si son enemigos ó cristianos los jinetes
cuya carrera sentimos.
Sin perder un momento abandonaron su cabalga-
dura, dirigiéndose al promontorio indicado por el
joven.
Momentos después trepaban por aquellas agrias
pendientes que coronan un gigantesco grupo de
rocas.
El caballo, apenas se vio libre, volvió grupa par-
tiendo á reunirse con los que sentía relinchar.
La primer persona que distinguió y conoció al fo-
goso bruto, fué el padre de Aldana, pues él era el
que perseguía á los fugitivos, al frente de un grupo
272 EL JURAMENTO
de cincuenta jinetes de la taifa que mandaba el cau-
dillo Aben-Cerraje, con quien quería enlazar á su
hija.
— Picad y seguidme, que los miserables deben en-
contrarse cerca — exclamó el viejo alcaide con feroz
alegría al ver el caballo, empezando saborear el
placer de la venganza.
El grupo de jinetes siguió avanzando con la impe-
tuosidad de una avalancha.
Al llegar enfrente de la gigantesca peña, Aben- Abo,
sospechando si los fugitivos se habrían refugiado en
aquella escabrosidad, ordenó á sus jinetes practicar
un detenido reconocimiento.
El alba empezaba, y á su incierta claridad, D. Te-
llo y Aldana fueron descubiertos desde lejos por los
jinetes moros.
EL JURAMENTO DE DOS HEROES -279-280
EL JURAMENTO DE DOS HEROES
julian castellanos
españa
1889
El alba empezaba, y á su incierta claridad, D. Te-
11o y Aldana fueron descubiertos desde lejos por los
jinetes moros.
— Aquí están los fugitivos — gritó uno de los solda-
dos, y una exclamación de júbilo brotó de los labios
de todos los sarracenos.
El de Aguilar y su amada, sintiendo acrecentarse
su valor con la proximidad del peligro, continuaron
trepando seguros de encontrar su salvación si conse-
guían ganar la cumbre.
La esperanza de D. Tello consistía en creer que
desde aquella altura podía descubrir tropas cristia-
nas y hacerlas venir en su socorro.
Aben-Abo, ciego de cólera, se dirigió al sitio que
sus soldados le indicaban; pero viendo la imposibi-
lidad de poder seguir la persecución á caballo, orde-
nó á su gente que se apease y que, ballesta en mano,
DE DOS HÉROES. 273
asaltasen las cumbres, presentándole muertos ó vivos
á los dos amantes.
Los desgraciados fugitivos habían ganado entretan-
to el pico más alto de la peña.
Desde allí se descubría el campamento de la hues-
te cristiana que cercaba á Antequera.
Don Tello deshizo el blanco turbante de su amada,
y empezó á agitarle á guisa de bandera, haciendo se-
ñas á los cristianos en demanda de socorro.
Pero comprendiendo que aunque le vieran no te-
nían ya tiempo de llegar á salvarle, se decidió á ven-
der cara su vida.
Entonces, dirigiéndose á su amada, le dijo:
— Ángel mío, el cielo no ha querido oir mis súpli-
cas, y nuestros esfuerzos han sido inútiles. Soñába-
mos con la felicidad, y despertamos en brazos de la
muerte. Tú aun puedes salvarte. Tu padre, por cruel
y vengativo que sea, perdonará tu falta, y andando
el tiempo podrás tal vez ser dichosa. Pero yo, que no
tengo esperanza ninguna, no quiero darle el placer
de que me coja vivo. Don Tello de Aguilar morirá
peleando como debe morir todo caballero; y el joven,
situándose en la pequeña meseta de una roca, á cuya
espalda se abría un inmenso precipicio, empezó á
asir grandes piedras y á lanzarlas con tal acierto con-
tra sus perseguidores, que varios de ellos fueron
muertos ó magullados.
Pero, ¿qué podía hacer un hombre solo, por ani-
moso que fuera, contra un número tan superior de
enemigos? Nada.
35
274 EL JURAMENTO
A pesar de sus esfuerzos, los soldados de Abén-
Abo avanzaban por todas partes, encerrándole en un
cinturón de acero que se estrechaba más á cada mo-
mento.
El valiente joven iba á caer de un momento á otro
en mano de sus enemigos.
Entonces Aldana, poseída de una exaltación terri-
ble, se lanzó hacia su amante, y, estrechándola fuer-
temente entre sus brazos, le dijo:
— Telio de mi alma, ya que la desdicha no nos
permite vivir juntos, moriremos al menos sin sepa-
rarnos — y al acabar estas frases hizo un esfuerzo tan
poderoso, que el joven no pudo resistir, y se precipi-
tó con él por la cortadura de la peña, rodando uni-
dos hasta lo profundo del valle, donde llegaron ho-
rriblemente mutilados.
De esta manera terminaron su vida aquellos dos
fieles amantes, y desde entonces aquel promontorio
de rocas tomó el nombre de Peña de los Enamorados.
Cuando D. Beltrán terminó su narración, doña
Isabel, á quien había conmovido profundamente la
historia de los desdichados amantes, enjugaba con su
blanco lenzuelo las lágrimas que humedecían sus
hermosas ojos.
— ¿No os dije, amiga mía, que mi relato había de
conmoveros?
— Y así ha sido, en verdad; pero, ¿qué corazón,
por duro que sea, no ha de sentirse emocionado al
DE DOS HÉROES. 275
conocer el desastroso fin de esos dos amantes, tan
dignos por todos conceptos de haber sido felices?
— Tenéis razón.
En aquel momento D. Pedro de Solís apareció en
la estancia.
El noble caballero no había podido pasar la vela-
da al lado de su amigo y de su hija, por habérselo
privado un asunto de gran interés.
En las primeras horas de la mañana de aquel día,
había llegado al castillo un jinete con un pliego para
el caballero, de parte de uno de sus parientes, que
gozaba gran favor al lado del rey moro de Granada,
en cuya corte desempeñaba un alto cargo.
En aquel pliego participábase al de Solís un deseo
del soberano granadino, que debía tener una tras-
cendencia inmensa para el porvenir de su hija.
Por esta razón, así que terminaron la cena, don
Pedro encerróse en su cámara, con el fin de pensar
con detenimiento lo que debía responder á aquel
mensaje.
En los capítulos siguientes conocerán nuestros
lectores el contenido del pliego del rey moro y la
respuesta del caballero cristiano.
CAPITULO XXVI
L.» partida» de caza.
Doña Isabel, así que vio aparecer á su padre en la
estancia, le dijo:
— Padre mío, os habéis perdido un rato delicioso.
— ¿Sí, hija mía?
— Sí; D. Beltrán nos ha narrado una historia tan
interesante y tan dramática, que ha conseguido ha-
cer que las lágrimas acudan á nuestros ojos.
Ya tendrá la bondad de referirla otra noche para
que yo la oiga.
— Con mucho gusto, por más que abrigo la creencia
de que os será de sobra conocida — repuso D. Beltrán.
— Si me indicáis cuál es, os diré si la conozco.
— Les he referido el origen de que llamen al pro-
montorio cercano á Antequera la Peña de los Enamo-
rados.
— Sí, conozco el trágico fin del noble mancebo don
Tello de Aguilar y la hermosa Aldana.
— Ya veis cómo presumía con fundamento que no
ignorabais esa historia.
278 EL JURAMENTO
— Ahora pasemos á otra cosa.
— Como en las batidas que hemos dado hasta aquí
no hemos hecho más que acosar las reses y alimañas
que pueblan los montes de estos alrededores, os pro-
pongo llevar á cabo una expedición que se salga por
completo de los límites en que hasta ahora hemos
encerrado los nuestros.
— Pues entonces mañana nos dedicaremos á hacer
los preparativos necesarios, y así que despunte la
aurora del siguiente día nos pondremos en marcha.
— ¿Y hacia qué parte vamos á dirigir nuestro rumbo?
— Hacia las tierras más avanzadas al reino grana-
dino.
— ¿Será necesario ir dispuestos á medirnos con los
moros fronterizos?
— De ninguna manera, D. Beltrán.
— Desde hace algunos años las relaciones que sos-
tenemos con los granadinos son tan amistosas y tan
cordiales, que, sin recelo alguno, lo mismo acuden
ellos á presenciar y divertirse en las fiestas que tienen
lugar en Córdoba que vamos nosotros á solazarnos
en las que ellos celebran en Granada.
DE DOS HÉROES. 2"H>
— El antiguo odio de raza parece extinguido; y yo
creo que como un incidente grave no quebrante esa
amistad, acabará por desaparecer ese odio mortal
que tantas víctimas y tanta sangre ha costado á ,uno
y á otro pueblo.
— Si llegamos en nuestra batida á tierra de moros,
ya veréis cómo se confirman estas indicaciones mías.
La velada se dio por terminada, y los habitantes
del castillo se retiraron á descansar.
Don Pedro, al despedir á su hija y besarla en ía
frente, como tenía de costumbre, se dijo:
— ¡Qué bien sentará la corona sobre esa frente blan-
ca como la azucena y esos cabellos rubios como el
oro! Y halagado por este pensamiento, el caballero
penetró en su estancia.
Uno de sus servidores se apresuró á desnudarle, y
momentos después el de Solís se metía en su lecho
Una hora más tarde los moradores del castillo dor-
mían, excepción hecha de dos personas.
Estas eran D. Pedro y D. Beltrán.
Cada uno de ellos tenía poderosas razones para
desvelarse.
El de Meneses había ido sintiendo acrecentarse por
instantes en su pecho la inmensa simpatía que le ins-
piraba la hermosa doña Isabel de Solís.
Pero el caballero, no pudiendo olvidar los sucesos
pasados, luchaba, comoya sabemos, entre el temor y
el cariño. Pero esta lucha concluyó al fin, resultando
victorioso el amor.
La desconfianza que atarazaba el corazón del de
280 EL JURAMENTO
Meneses disipóse por grados ante la convicción de
que la hermosa doña Isabel era un ángel de inocen-
cia, incapaz de abrigar en su alma los vicios y los de-
fectos de las demás mujeres.
El amor, al enseñorearse por completo del corazón
y de la mente de D. Beltrán, idealizaba á la persona
objeto de su cariño.
Aquella noche, durante la velada, el de Meneses
tenía el propósito de confiar á la noble hija de su
amigo el verdadero estado de su alma.
Pero la ocasión no se presentó de un modo tan
oportuno como él quería, y como abrigaba una com-
pleta seguridad de ser correspondido, dejó para otro
día el hacer á la hermosa joven la confesión de sus
sentimientos.
Cuando oyó al de Solís proponer la partida de caza,
formó el propósito de declararse á la joven en aque-
lla expedición.
Estos eran los pensamientos que, llenando su men-
te, le desvelaron por algunas horas, hasta que al fin
el sueño le sorprendió meciéndose en un mundo de
hermosas ilusiones.
EL JURAMENTO DE DOS HEROES-ESPAÑA -281-283
EL JURAMENTO DE DOS HEROES
JULIAN CASTELLANOS
ESPAÑA
1889
Cuando oyó al de Solís proponer la partida de caza,
formó el propósito de declararse á la joven en aque-
lla expedición.
Estos eran los pensamientos que, llenando su men-
te, le desvelaron por algunas horas, hasta que al fin
el sueño le sorprendió meciéndose en un mundo de
hermosas ilusiones.
Cuando se ama y se abriga la convicción de ser
correspondido, todo lo que nos rodea se tiñe de color
de rosa.
El amor es un prisma que tiene la propiedad de
presentarnos todos los objetos que vemos por él re-
vestidos de las formas y de los colores más hermosos
y deslumbrantes.
Don Beltrán dormía, mostrando en sus labios una
DB DOS FTÉROES 281
sonrisa que revelaba de una manera clara la placidez
de su sueño.
Dejémosle y pasemos á la cámara de D. Pedro
Solís, á quien, á pesar de lo avanzado de la noche,
le había sido imposible entregarse al reposo.
El noble caballero encontrábase incorporado en su
lecho, repasando un pergamino á la luz de una lám-
para de hierro, colocada en una mesilla de roble.
Aquella era de seguro la centésima vez que el de
Solís leía aquel escrito, que era el mismo que en la
mañana de aquel día había puesto en sus manos un
emisario de Granada.
Aquel pergamino decía así:
«Querido primo: Hace dos días que, conversando
con el rey en uno de los jardines de los alijares so-
bre las bellezas de las damas granadinas, alabé como
se merecen las gracias y la hermosura de tu Isabel.
»El soberano se entusiasmó de tal modo con mis
palabras, que me manifestó los más ardientes deseos
de conocer á tu hija.
»Ofrecí complacerle, contando siempre con que tú
no desatenderías mi ruego.
El rey siente cierta aversión hacia su esposa, y
pudiera muy bien ocurrir que, al ver á tu hija, te
propusiera el compartir con ella el trono de sus po-
derosos dominios.
»¿No te parece que sentaría muy bien una corona
de reina sobre la frente blanca como la nieve y los
cabellos rubios como el oro de mi hermosa sobrina?
»Tú que no tienes, como buen padre, más idea fija
36
282 EL JURAMENTO
que procurar el bienestar de tu Isabel, puedes muy
fácilmente encontrar en esta ocasión su engrandeci-
miento y su ventura.
»Además de esto, un enlace de semejante natura-
leza te daría en la fastuosa corte de Granada la im-
portancia y el influjo que el odio y la saña de tus ene-
migos te han arrancado en la corte castellana. .
»Buena prueba de esta verdad tienes en mi persona.
»Si comprendiendo el interés que me guía en esta
ocasión accedes á lo que te propongo, dispon una
partida de caza en los terrenos fronterizos á este rei-
no, y avísame el día que elijas, para que, acompa-
ñando al rey, acuda al mismo sitio con idéntico pre-
texto, y aparezca nuestro encuentro casual á los ojos
de todos. — Tu primo, Roduán Venegas.»
Don Pedro terminó de leer el pergamino, y colocán-
dole sobre la mesa, tomó de ésta otro y se puso tam-
bién á examinarlo.
Este pergamino era la contestación al anterior.
El de Solís habíase llevado toda la velada, como
dijimos, solo en su cámara, pensando los términos en
que debía contestar á la proposición de su pariente.
Después de haber meditado mucho sobre el asun-
to, trazó la respuesta, accediendo á lo que se le indi-
caba.
Pero á pesar de haber examinado con toda deten-
ción las ventajas y las contras del asunto, decidió es-
perar hasta la mañana siguiente para resolverse de
una manera definitiva.
El momento de decidir de plano aquella cuestión
DE DOS HÉROES. 283
había llegado, y el noble caballero, después de exami-
nar de nuevo los dos pergaminos, quedóse profun-
damente reflexivo.
Parecíale muy duro entregar su hija á un hombre
de distintas creencias religiosas, por más que este
hombre fuera un rey.
Pero acudieron á su memoria hechos de parecida
índole consignados en la historia de nuestra patria, y
entonces se convenció de que ya tenían precedentes
alianzas de aquella naturaleza.
Recordó la unión de la hija del rey moro de Sevi-
lla, la hermosa Zaida de los romances, con el rey don
Alonso VI, y el casamiento también de una infanta
de Castilla con un régulo de Toledo.
Estos dos ejemplos, unidos á la natural ambición
de padre, acabaron de decidirle de una manera com-
pleta.
— Mi Isabel será reina de Granada, y mis temores
acerca de su porvenir terminarán al verla elevada
hasta el trono.
Con esta decisión, apenas empezó á amanecer, ató
el pergamino con un cordón verde y estampó en él
su sello en cera.
En seguida salió de su cámara y dijo á uno de sus
servidores:
— Avisa al mensajero que llegó ayer, y dile que
necesito verle.
El criado partió de la estancia, y poco después
el mensajero de Roduán se presentó ante el caba-
llero.
284 EL JURAMENTO
Éste, entregándole el pergamino que había escrito,
le dijo:
— Monta á caballo sin pérdida de tiempo, y lleva
de mi parte á tu señor este escrito.
— Así lo haré.
— Que el cielo te proteja y te guíe; — y el de Solís
hizo una indicación al mensajero para que partiese.
Éste se inclinó con respeto ante D. Pedro y aban-
donó la estancia.
Media hora después salía del castillo jinete en un
potro negro como la noche, y tomó una estrecha ve-
reda, en uno de cuyos recodos se perdió de vista.
Aquel día fué dedicado, según la noche anterior
había dicho el de Solís, á los preparativos de la ex-
pedición que debía emprenderse á la mañana si-
guiente.
A D. Beltrán no dejó de extrañarle el empeño que
su noble amigo mostraba en disponerlo todo con una
gran minuciosidad y hasta con un gran lujo.
Pero no pudo el de Meneses presumir siquiera el
fin á que obedecía la solicitud del de Solís.
Isabel encontrábase altamente satisfecha.
Su padre la había prevenido que vistiera para
aquella batida su más rico traje de caza, y que lleva-
ra sus mejores y más valiosas armas.
Cuando amaneció el día siguiente, el asombro de
don Beltrán rayó en admiración.
La plaza de armas del castillo y la explanada que
DE DOS HÉROES. 285
se extendía ante la puerta principal, encontrábanse
llenas de peones y jinetes.
La gente allí reunida era tanta, que más parecía
hueste dispuesta para la guerra que partida de caza.
Los ojeadores y monteros pasaban de ciento cin-
cuenta, armados todos de ballestas y venablos.
Los picadores formaban un numeroso y lucido es-
cuadrón, y los que conducían las jaurías y los criados
para los demás servicios eran también muchos.
Cuando los primeros albores del día dejáronse ver
en el cielo, la puerta principal del castillo fué comple-
tamente abierta, y á los ecos de una alegre fanfarria
que entonaban las bocinas y las trompas de los pica-
dores y monteros, salieron cabalgando en arrogan-
tes corceles, D. Pedro de Solís y el de Meneses, lle-
vando en medio á Doña Isabel, que regía admirable-
mente una hermosa yegua blanca que montaba.
La comitiva se puso en marcha en dirección á la
frontera del reino granadino, distante sólo algunas
leguas de aquel punto.
EL JURAMENTO DE DOS HEROES -314
EL JURAMENTO DE DOS HEROES
JULIAN CASTELLANOS
ESPAÑA 1889
Isabel estaba hermosísima.
La agitación del pasado día había aumentado el
carmín de sus mejillas.
Muley-Hacén la obsequió mucho.
Terminada la comida, éste manifestó á D. Pedro
de Solís que, á pesar de los muchos negocios que re-
clamaban su presencia en Granada, había decidido
40
314 EL JURAMENTO
continuar allí hasta la mitad del siguiente día, lo que
celebraron mucho doña Isabel y su padre.
Abul acercóse á Solís.
— Nuestros planes han producido el mejor efecto —
le dijo en voz baja.
— ¿Hablaste con el rey respecto á Isabel?
— He conferenciado con él largo rato, y tanto le ha
sorprendido ia belleza de tu hija, que se halla dis-
puesto á pedírtela en casamiento.
Don Pedro recibió aquella noticia con regocijo.
Nunca había podido pensar en una boda para su
Isabel, que llenase tan en absoluto sus aspiraciones.
— Sin duda por esta razón querrá el rey dilatar su
marcha.
— Indudablemente.
— En ese caso puedes decirle que estoy á sus ór-
denes.
Pasóse la velada.
Don Beltrán, haciendo de trovador, refirió algunas
consejas.
Cuando llegaron las diez de la noche, Isabel, á
quien el cansancio empezaba á rendir, obtuvo per-
miso de su padre para retirarse.
Don Beltrán, media hora después, retiróse tam-
bién.
Quedaron, pues, solos D. Pedro, Muley y su favo-
rito.
— Solís— comenzó el rey— ya te habrá dicho Abul
cuáles son mis aspiraciones respecto á tu hija.
— Señor — respondió el anciano — faltaría á la ver-
DE DOS HÉROES. 315
dad si os dijese otra cosa; me ha asegurado que me
habíais concedido la honra de pensar en mi hija.
— ¿Y qué crees respecto á mi proposición?
— Ya comprenderéis que colma mis deseos. Los
padres no queremos más que la felicidad de nuestros
hijos, y creo que vos podéis otorgársela.
— ¿De modo, que no te opones á mi felicidad?
— Antes de responderos tengo que haceros una ad-
vertencia, que indudablemente no habéis de ex-
trañar.
— Te escucho.
— Yo no soy de esos hombres que creen que por
haber dado vida á una criatura tienen un perfecto
derecho para tiranizarla.
— Desde luego creo que estáis en lo cierto.
— Si ese casamiento dependiera solamente de mi
voluntad, os contestaría desde ahora que podíais
fijar la época de vuestro enlace; pero antes de nada
necesito consultar con mi hija. Yo no sería dichoso
si, obedeciendo á miras ambiciosas, la sacrificase.
— Tenéis razón, así piensa todo hombre honrado.
Vuestra respuesta me halaga. Tanto más, cuanto que
no consentiría en imponerle mi amor como un deber.
Habladla, pues, y yo esperaré vuestra contestación.
Mañana mismo la sabréis. Mi hija no dirá segu-
ramente que no. Es la personificación de la inocencia.
He procurado que viva en el aislamiento más abso-
luto, y quizás por eso es dichosa.
— He tenido lugar de comprenderlo así en los
breves instantes que la he visto.
316 EL JURAMENTO DE DOS HÉROLS.
Don Pedro reiteró al monarca su ofrecimiento.
Pocos momentos después reinaba en el interior del
castillo el más absoluto silencio.
Todos dormían, menos el rey.
Su imaginación vagaba libremente, ora figurándo-
se que veía á Isabel á través de las caladas ojivas
de la Alhambra, ora corriendo alborozada por los
cármenes granadinos.
— ¡ Ah! — exclamaba — no se puede negar que es en-
cantadora. Comprendo que esa mujer imperará en
absoluto en mi corazón, y que en un breve plazo sería
capaz de renunciar por ella á todos los tesoros que
encierra mi adorado reino.
________________________
— Pues bien, hija, has de saber que el ilustre Muley-
Hacén ayer me dijo que le había causado tu hermo-
sura tanta impresión, que estaba dispuesto á enlazar-
se contigo si accedías á ser su esposa.
Isabel dirigió á su padre una mirada de sorpresa.
— ¿Luego quiere que yo sea su esposa?
—Sí.
— ¿Y por lo tanto reina de Granada?
— Es natural.
— ¿Y qué le contestasteis, padre mío?
— Yo le contesté que no podía darle una respuesta
definitiva mientras no consultara contigo.
— ¡Ah, padre mío, cuan bueno sois!
— Este era mi deber.
— Sin embargo, demasiado sabéis que había de
someterme á lo que dispusierais.
— No lo ignoro, pero yo no soy de esos padres ti-
ranos que abusan de sus derechos. El lazo matrimo-
nial dura toda la vida, y si mañana, aunque no lo
creo, no fueras dichosa al lado del rey, tendrías so-
brada razón para acriminar mi conducta. En cam-
bio, dejándote á tu libre albedrío, nunca te quedará
ese derecho.
— No, padre, no; me extraña que supongáis eso en
mí. Si yo llegase á casarme con el rey y éste me hi-
24 EL JURAMENTO
ciese desgraciada, disimularía mis dolores en vuestra
presencia para evitaros que padeciereis también.
— Ahora lo preciso es que me digas tu resolución.
— Pues bien, ya os he contestado que haré lo que
queráis.
— Yo á mi vez te daré un consejo, hija mía.
— Ese es mi único deseo.
— Muley- Hacen, tanto por su elevada posición como
porque se halla en esa edad en que el hombre no es
susceptible de veleidades, creo que te conviene. Es
el altivo soberano del reino de Granada, quizás el
más poderoso y ameno de Andalucía. Se ha hecho
respetar de todos por su valor y su probidad. Tú
has sido una hija tierna y cariñosa, lo mismo serás
una buena esposa. La que no supo respetar á sus
padres mal puede hacerlo con el hombre á quien
jura fidelidad y amor ante el ara. Únete, pues, á él,
y procura labrar la dicha de tu dueño y de tus sub-
ditos.
— Padre mío, seguiré estrictamente vuestros con-
sejos con una sola condición.
Solís consultó á la joven con una mirada.
— Tú dirás qué condición es esa.
— Que no habéis de separaros de mí. Que Grana-
da será vuestra residencia, y que bajo su azulado
cielo viviremos los dos.
— ¡Hija de mi alma! — exclamó el anciano estre-
chándola entre sus brazos.
— Hacedme esta promesa y me considero comple-
tamente dichosa.
DE BOS HÉROES. 325
— Pues bien, yo partiré á Granada. Después de
todo, es el único medio que existe para prolongar mi
existencia. Si el ave necesita el aire para volar y el
pez el agua, mi elemento es tu cariño, sin el cual su-
cumbiría de seguro.
— En ese caso puedes manifestar al rey que accedo
á ser su esposa.
En aquel instante D. Pedro y la joven volvieron
la cabeza al oir los pasos de una persona que se acer-
caba.
Era Abul-Cazín Venegas.
Enterado por el rey de la conferencia que con Solís
había tenido la noche anterior, había buscado á éste
en las habitaciones del castillo, y no encontrando ni
á él ni á su hija, había salido á buscarlos.
— Mucho celebro que llegues en esta ocasión — le
dijo D. Pedro.
Precisamente estaba hablando con tu sobrina del
asunto que, sin género de duda, te trae aquí.
— ¿Le has dicho las aspiraciones de mi rey y señor?
— Se las he dicho.
— ¿Y qué te ha contestado?
— Que accede.
Cazín Venegas celebró de todas veras la actitud de
la joven .
— Únicamente existe una nube que altera mi feli-
cidad — dijo Isabel, que momentos antes había que-
dado pensativa.
— ¿Y qué nube puede empañar la dicha de mi futu-
ra soberana?— preguntó Abul sonriéndose, al creer
326 EL JURAMENTO
que la joven iba á hablar de alguna de las nimiedad es
que solían ocurrírsele.
— Sino me equivoco, Muley-Hacén tenía otra esposa.
— Con efecto, se halla casado con Aixa, que recibe
el sobrenombre de la Honesta. Supongo que esto no
te extrañará, pues ya sabes que la religión de Maho-
ma consiente hasta cuatro esposas.
— Lo sé perfectamente, pero desconozco el carác-
ter de esa mujer.
— Comprendo tus temores, pero voy á hacerte una
sola advertencia, que los desvanecerá en seguida.
Aixa es mucho menos hermosa que tú, y, por lo tan-
to, no tardarás en sobreponerte á su soberanía.
— ¡Pero cuánto sufrirá el corazón de esa pobre
mujer si ama á su esposo verdaderamente!
— No lo creas, en nuestros pueblos esa es una cosa
normal.
— ¿Pero pueden prescindir de tener corazón?
— ¡Ah! Para eso no basta la respetabilidad que las
leyes nos inspiran. Ante las exigencias del amor pro-
pio todo es impotente y pequeño.
Aquellas reflexiones duraron poco en el ánimo de
Isabel.
Era demasiado niña y demasiado inocente para
que meditase largo rato.
La risueña perspectiva de un casamiento, cosa que
casi siempre halaga á las mujeres, unido á que el
prometido era el rey de la encantadora Granada, hi-
cieron desaparecer aquellos efímeros rasgos de abne-
gación.
DE DOS HÉROES. 327
Después de todo, ella iba á luchar con las armas de
su hermosura.
Aixa la Honesta había dado á su esposo un hijo.
También tenía una belleza poco común.
Iba á entablarse, por lo tanto, una guerra, en la
cual se ignoraba por qué bando se decidiría la vic-
toria.
Doña Isabel sólo pensó en sus futuras grandiosi-
dades.
Díjole, pues, á D. Pedro que podía manifestar al
rey que estaba dispuesta á ser su esposa.
ESPERANZAS DE CURACION- JURAMENTO DE DOS HEROES
JURAMENTO DE DOS HEROES
JULIAN CASTELLANOS
ESPAÑA
1889
CAPITULO LXXXV.
Esperanzas de curación..
Arrastrados por los sucesos de la guerra granadi-
na, hemos dejado á Garcés, el paje de D. Beltrán de
Meneses, cuando se dirigía á Sevilla con la honrada
familia de mercaderes hebreos, que le libró de la
muerte en el sombrío bosque donde le ataron los
bandidos.
Volvamos, pues, á este personaje cuyos ojos se
veían privados de la luz por los efectos del rayo que
cayó junto á él.
El honrado Jacob, que este era el nombre del pa-
dre de aquella familia patriarcal, le prodigó durante
el camino las más solícitas atenciones, lo propio que
Sara y sus hijos Esther y Ezequiel.
Nada predispone tanto á la simpatía como la des-
gracia.
Por eso Garcés, si bien es verdad que había perdi-
do el tesoro más envidiable que poseen los hombres,
encontró en cambio corazones tiernos que se esforza-
ban por consolarle é infundirle esperanzas.
105
842 EL JURAMENTO
Llegados á Sevilla, se instalaron en una casa situa-
da en los barrios menos céntricos, y el viejo Jacob
pensó desde luego apelar á los recursos de la ciencia
con objeto de conseguir la curación del paje.
A este objeto, envió á su hijo Ezequiel para que
buscase á un doctor, recomendándole que fuese
hebreo.
Jacob tenía dos poderosas razones para desearlo
así.
Era entusiasta de los de su raza, y no le faltaban
motivos para ello; pues la verdad es que los hebreos
hallábanse á una extraordinaria altura en ciencias y
artes, sobresaliendo en las primeras como excelentes
astrólogos y acreditados médicos.
Ellos eran también los mantenedores de la indus-
tria, y si bien es verdad que no podían prescindir de
sus instintos de usura, posible es que los reyes de
Castilla no hubieran contado con recursos para el
mantenimiento de sus huestes en la guerra muslímica
sin la poderosa cooperación financiera que hicieron.
Garcés supo por Esther que el viejo Jacob había da-
do órdenes á su hijo para que buscase un médico.
— ¿Cuándo podré pagaros lo mucho que os debo? —
preguntaba el joven, cuyos malos instintos se habían
dulcificado con la desgracia.
— ¿Quién piensa en semejante cosa? — contestó la
hebrea. — Lo necesario es que te cures, y entonces ya
nos ayudarás á vender nuestras mercancías.
— Ah, sí, Esther; ¡pero si tú supieras cuánta des-
confianza tengo de curarme!
DE DOS HÉROES. 843
— ¿Por qué?
¿Acaso no lo han logrado otros muchos?
— Ciertamente que sí; pero yo nada espero.
Y el paje apoyaba su desconfianza en que Dios no
le perdonaría sus infamias, y que su desgracia más
había sido promovida por la mano de la Providen-
cia que por el rayo que le hizo cegar.
Pocos instantes después Ezequiel entraba en la
casa acompañado de un sabio doctor.
Este era un respetable anciano que había pasado
consagrando al estudio su larga existencia.
Jacob y Sara se apresuraron á seguirle á la es-
tancia que ocupaba el paciente.
El Galeno levantó con cuidado los párpados de
Garcés y estuvo examinando sus pupilas.
— No hay medios de curación, ¿no es verdad? —
preguntó el paje: — mi sino es verme privado de la luz.
El doctor prosiguió haciendo sus observaciones
sin responder una sola palabra.
Cuando las hubo terminado:
— Es necesario, dijo, que sigáis el régimen que voy
á trazar.
— ¿Luego vais á someterme á un régimen?
¿Luego no es imposible que algún día cure?
— Hoy por hoy — respondió el hebreo — me limito
á manifestaros que no he perdido en absoluto la es-
peranza de vuestra curación, siempre que respetéis
estrictamente el plan que os trace.
— ¡Ah doctor! ¿Acaso podéis dudarlo?
¿No es para mi bien?
844 EL JURAMENTO
Por duro que sea el tratamiento, yo lo soportaré
con paciencia.
— Ante todo os recomiendo que no os impacientéis,
es preciso que tengáis quietud.
— Perfectamente, la tendré.
Tuve la fortuna de que me amparasen estos cari-
tativos señores, que son el símbolo de la mansedum-
bre y de la bondad.
A su lado no es posible que nadie sufra ni se in-
quiete.
En los labios de Sara y Esther se dibujó una son-
risa al oír aquel encomio dictado por el agradeci-
miento.
— Yo cuidaré de que al enfermo no le falte nada,
dijo la segunda, estrechando entre sus manos las del
paje.
— ¡Bendita seas! — exclamó éste, llevándoselas á su
boca.
— ¿Acaso no cumplimos como los deberes dictan?
— ¡Ah Esther! los deberes, por lo mismo que lo
son, suelen parecemos enojosos.
El médico había sacado de su botiquín unas hilas
que impregnó cuidadosamente en un colirio de su
invención.
Luego aplicó el benéfico bálsamo á los ojos del en-
fermo, anudando las extremidades de la venda.
— Ahora, dijo, es preciso aguardar algunos días.
Ya os he dicho que tengo esperanzas de curaros,
pero no con la rapidez que desearéis.
— Gracias, gracias, doctor.
DE DOS HÉROES. 845
El anciano hebreo salió de la estancia despidién-
dose hasta el siguiente día.
Sara, Jacob y Ezequiel le acompañaron hasta la
puerta.
— Y bien, doctor — preguntó el primero — ¿es verdad
lo que habéis prometido al enfermo, ó le disteis espe-
ranzas de curación sólo porque no se agravara su
dolencia?
— No, amigo Jacob, ese joven se curará, pero es
necesario tiempo y constancia.
— ¡Ah, Dios de Israel! — exclamó Sara — todo pue-
de darse por bien empleado cuando se consigue lle-
gar al fín que uno se propone.
En cuanto á constancia para cuidarle, no ha de fal-
tar seguramente.
Todos nos hemos interesado por ese infeliz, y mi
hija, que posee un alma de oro, es la representación
de la mansedumbre.
Ella le cuidará.
— ¿Convendría al enfermo tomar el aire libre?
— Por ahora no.
— Os hacía esta pregunta, porque tenemos á es-
paldas de la casa un pequeño patio que casi merece
el nombre de jardín.
En él hay macetas cuajadas de flores, y ya que el
enfermo se encuentra privado de verlas, aspiraría
por lo menos sus aromas.
— Siendo así, no hay inconveniente en que reciba
en ese sitio el aire libre, supuesto que para llegar á él
no es necesario que se fatigue.
846 EL JURAMENTO
— Muy bien, pero aun nos falta saber lo más esen-
cial.
— ¿Qué deseáis saber?
— Qué régimen ha de observar en los alimentos.
— Ninguno.
La enfermedad suya es puramente local, y no la
afectarían más que los picantes y el abuso de las be-
bidas.
— En ese caso, no existe ningún peligro en esta casa.
El doctor despidióse de aquella familia, y salió
con objeto de visitar á los muchos enfermos que le
aguardaban.
Jacob, su esposa y su hijo volvieron á la estancia,
donde se hallaban el paje y Esther.
Garcés, que se encontraba dotado de ese oído su-
til que poseen todos los ciegos, advirtió el rumor de
sus pasos mucho antes de que entrasen en la habi-
tación.
— ¿Qué os ha dicho el médico? — preguntó con voz
temerosa.
— ¿Que qué nos ha dicho? — respondió Jacob estre-
gándose las manos con alegría; — ¿pues acaso no lo
sabes?
— Temo que me haya dado esperanzas con el úni-
co propósito de no desconsolarme.
— La propia idea tuve yo, pero ambos nos hemos
equivocado por fortuna.
El anciano que acaba de salir de aquí es uno de
los hombres más notables que han cultivado las cien-
cias médicas.
ESTHER- EL JURAMENTO DE DOS HEROES-ESPAÑA
EL JURAMENTO DE DOS HEROES
JULIAN CCASTELLANOS
MADRID
-ESPAÑA
1889
El anciano que acaba de salir de aquí es uno de
los hombres más notables que han cultivado las cien-
cias médicas.
DE DOS HÉROES. 847
Se refieren de él curas milagrosas.
¿Qué tiene de extraño que vuelva la luz á tus ojos?
— ¿Pero qué os ha dicho?
— Que se prometía curarte siempre que fueses su-
miso para respetar sus prescripciones.
El enfermo se sonrió.
Ya no podía dudar que las palabras de Jacob eran
ciertas.
El viejo hebreo no sabía mentir.
— ¡ Ah, señor, quiera el cielo colmaros de beneficios:
sólo á vos y á vuestra noble familia deberé la in-
mensa dicha de recobrar la luz!
— ¡Vaya, no te aflijas!
También he conseguido del doctor que salgas al-
gunos ratos á nuestro pequeño jardín.
— ¿Hay jardín en esta casa?
— No puede dársele semejante nombre, porque es
muy pequeño, pero confío que pronto puedas con-
templar por tus propios ojos las lindas macetas que
rodean la fuente.
— Dios os escuche, mi buen Jacob.
— Sí, sí le escuchará — añadió Sara — aunque no
sea más que por las oraciones que hemos de dirigir-
le, tanto yo como ese ángel que está á tu lado.
Y la anciana, al decir esto, dirigió una dulce mira-
da á la hermosa Esther.
Esta correspondió á su madre con una sonrisa an-
gelical.
Aquel día se solemnizó en la morada de los he-
breos la satisfactoria noticia que había dado el doctor.
848 EL JURAMENTO
Sara cuidóse de hacer una espléndida cena.
Ezequiel obtuvo autorización para ir á paseo, que
era lo que más le halagaba, como á todo joven.
El viejo Jacob tomó asiento junto al hogar.
La única que no permitió separarse un instante del
enfermo fué Esther.
Garcés escuchaba sus palabras de consuelo, que
refrescaban su corazón oprimido por el infortunio.
— Oye, Garcés — decíale la joven con un acento
dulce como la melodía de los pájaros; — voy á hacerte
una pregunta, para que me respondas con entera
sinceridad.
— Cuantas quieras.
— Cuando recuperes la vista, ¿qué harás?
— Lo primero que desearé es contemplar tu rostro,
que debe ser tan bello como tu alma.
Las mejillas de la hebrea se cubrieron de un vivo
carmín.
— ¡Ah, no lo creas, yo no soy hermosa!
— No es posible; Dios tiene que haber derramado
en ti todas sus perfecciones.
— Si he de decirte la verdad, nunca me he ocupado
de pensar en semejante Cosa.
Pero volvamos á mi pregunta.
No he querido saber la materialidad de tu primer
impulso al descubrir los rayos de la luz, sino lo que
harás después.
El paje vaciló un momento antes de dar una res-
puesta á la pregunta que se le hacía.
Luego dijo:
DE DOS HÉROES. 849
— Pues entonces será necesario que busque un
modo de vivir, puesto que nada poseo.
— ¿A qué te has dedicado?
— He sido paje de un noble de Córdoba.
—¿De manera, que es posible que le busques de
nuevo para que te admita otra vez á su servicio?
— No, Esther, eso nunca.
—Parece que lo dices de una manera extraña.
¿Acaso te trataba mal?
— Mi señor tenía un carácter endemoniado.
— ¿Aun contigo, que tan bueno eres?
— Aun conmigo.
— ¿De manera, que es posible que al recuperar la
vista salgas de esta ciudad?
—No quisiera hacerlo, porque entonces me vería
privado de visitar á mis protectores; ¿pero cómo
evitarlo si la necesidad liega á exigírmelo?
— Garcés, te he hecho todas estas preguntas por-
que tengo un proyecto.
— ¿Un proyecto?
—Sí, yo sé hasta dónde llega la bondad de mis
padres y mi hermano.
¿Por qué no te quedas junto á nosotros?
— ¿Y para qué había de serviros?
—¿Acaso no podías dedicarte al comercio como lo
hacen ellos?
—Ciertamente, si poseyese un pequeño capital.
— No te hace falta.
Mi padre te entregará algunos objetos para que los
vendas.
107
850 EL JURAMENTO DE DOS HÉROES.
De este modo puedes formar con economía el ca-
pital que ambicionas.
— Y además de mi curación, os deberé cuanto po-
sea.
En aquel instante entró en la estancia Sara, mani-
festando al enfermo y á su hija que la cena aguardaba.
Esther condujo de la mano á Garcés.
CAPITULO LXXXVI.
CREPÚSCULO DE AMOR
Cuando terminó la cena habíase ocultado el sol, y
multitud de estrellas tachonaban el resplandeciente
firmamento.
Los ancianos esposos, que todavía no se habían
indemnizado del cansancio producido por el viaje,
sintieron la necesidad del descanso, y después de ha-
cer oración se retiraron á su estancia.
Ezequiel habíase brindado espontáneamente á dor-
mir en la habitación del enfermo para cuidarle du-
rante la noche, y le condujo de la mano hasta el
lecho.
Esther dirigióse á su habitación.
No tenía sueño.
Por el contrario, extrañas ideas la predisponían á
la vigilia.
La estancia de Esther era pequeña, pero acusaba
una pulcritud poco frecuente en las de su raza.
Su lecho era blanco como una paloma.
Sobre la cabecera veíase clavado en el muro un
852 BL JURAMENTO
lienzo representando á Moisés en el momento de es-
cribir las Tablas de la Ley.
Una pequeña arca, un diván y una mesa de pino
constituían el mobiliario.
Aquella estancia tenía una ventana que caía al pa-
tio que el viejo Jacob llamaba su jardín, no sin fun-
damento para ello.
Hallábase rodeado de naranjos, cuyos blancos ra-
cimos de flores embalsamaban el ambiente con ese
aroma incomparable, que es uno de los que más de-
leitan el olfato.
En el centro había una pequeña fuente cuyos ca-
prichosos surtidores producían melancólicas armo-
nías al caer en el pilón, entre cuyas aguas coleaban
multitud de pececillos cuyas escamas tomaban los
más ardientes visos al sentirse heridas por los rayos
del astro nocturno.
Alrededor de la fuente había un sinnúmero de
macetas, entre las que predominaban los claveles de
distintos matices.
Una añeja parra trepaba por los pies derechos que
con este objeto se habían colocado, elevando hasta
las ventanas de la casa sus verdes y alegres pám-
panos.
Las anchas hojas servían de celosía á la ojiva de
la estancia de Esther.
La joven se asomó á la ventana.
Cualquiera que la hubiese visto hubiérala encon-
trado más hermosa que nunca.
Era el verdadero tipo de las hijas de Sión.
DE DOS HÉROES. 853
Negros y ondulantes cabellos poblaban su cabeza
sujetos por la fifa, esa característica peineta de las
de su raza.
Sus ojos eran oscuros como la noche y brillantes
como sus estrellas.
Las largas pestañas que los velaban, daban á sus
dilatadas pupilas un tornasolado azul que las hacía
más encantadoras.
Su rostro era ovalado como el de las creaciones
artísticas del inmortal Miguel Ángel.
Únase á estas gracias su nariz, de carácter griego,
su boca, de labios finos y cárdenos, guarnecida de di-
minutas perlas, y podrán tener nuestros lectores una
idea de la incomparable hermosura de la hija del
viejo Jacob.
Su tez recordaba la vaguedad del crepúsculo, que
participa de la blancura de la luz y de la lobreguez
de la noche.
Ni gruesa, ni delgada, ni de estatura que rayase en
exageración, aquella hija de Israel era el ensueño
de un poeta y el ideal de un pintor.
Sin embargo, jamás se había cuidado de pregun-
tarse si era bella.
Le sucedía lo propio que á la candida mariposa
que abandona su crisálida y sacude sus irisadas alas
sobre una flor, sin haberse contemplado todavía en
los puros cristales de los arroyos.
Sus padres habían cuidado que viviera como la
planta que no recibe los rayos del sol más que á tra-
vés de los vidrios del invernadero.
854 EL JURAMENTO
Podría aplicarse á ella el retrato que hace La-
martine de una de sus heroínas.
«Cosa extraña, dice el autor francés; á pesar de sus
diecisiete abriles, no sabía si sus ojos eran negros ó
azules, si sus cabellos eran negros ó rubios...»
Así era Esther.
EL JURAMENTO DE DOS HEROES 853-859
EL JURAMENTO DE DOS HEROES
JULIAN CASTELLANOS
ESPAÑA
1889
Cualquiera que la hubiese visto hubiérala encon-
trado más hermosa que nunca.
Era el verdadero tipo de las hijas de Sión.
DE DOS HÉROES. 853
Negros y ondulantes cabellos poblaban su cabeza
sujetos por la fifa, esa característica peineta de las
de su raza.
Sus ojos eran oscuros como la noche y brillantes
como sus estrellas.
Las largas pestañas que los velaban, daban á sus
dilatadas pupilas un tornasolado azul que las hacía
más encantadoras.
Su rostro era ovalado como el de las creaciones
artísticas del inmortal Miguel Ángel.
Únase á estas gracias su nariz, de carácter griego,
su boca, de labios finos y cárdenos, guarnecida de di-
minutas perlas, y podrán tener nuestros lectores una
idea de la incomparable hermosura de la hija del
viejo Jacob.
Su tez recordaba la vaguedad del crepúsculo, que
participa de la blancura de la luz y de la lobreguez
de la noche.
Ni gruesa, ni delgada, ni de estatura que rayase en
exageración, aquella hija de Israel era el ensueño
de un poeta y el ideal de un pintor.
Sin embargo, jamás se había cuidado de pregun-
tarse si era bella.
Le sucedía lo propio que á la candida mariposa
que abandona su crisálida y sacude sus irisadas alas
sobre una flor, sin haberse contemplado todavía en
los puros cristales de los arroyos.
Sus padres habían cuidado que viviera como la
planta que no recibe los rayos del sol más que á tra-
vés de los vidrios del invernadero.
854 EL JURAMENTO
Podría aplicarse á ella el retrato que hace La-
martine de una de sus heroínas.
«Cosa extraña, dice el autor francés; á pesar de sus
diecisiete abriles, no sabía si sus ojos eran negros ó
azules, si sus cabellos eran negros ó rubios...»
Así era Esther.
Sin embargo, ¿quién dudará que el más pequeño
detalle pueda hacer que una joven despierte de su
letargo?
La hebrea había escuchado una sola palabra, y
esto era suficiente para que se preguntase si era ver-
daderamente hermosa.
Basta un leve roce en el disco de cristal que apri-
sionan las almohadillas de la máquina eléctrica, para
que el fluido se esparza por sus conductores.
Del propio modo una frase es suficiente para crear
el fluido del amor.
En los cristales de la ventana reflejábase la luna.
Esther se contempló en ellos.
Una sonrisa se dibujó en sus labios.
Garcés nó la había engañado.
Ella era hermosa.
Comparando sus facciones con las de otras muchas
jóvenes que había visto, advirtió que ninguna de
ellas tenía unos ojos tan rasgados y negros como los
suyos, ni una boca tan cárdena, ni unos cabellos tan
ondulantes.
. Esther lanzó un suspiro.
Todas estas reflexiones las unía al recuerdo del
paje.
DE DOS HÉROES. 855
¿Qué le importaba ser hermosa si él no. podía ad-
mirar los encantos que le había concedido, la natu-
raleza?
Esther sentía despertar su amor, tan puro, tan in-
maculado como los primeros albores de la mañana.
Hallábase tan abstraída, que no reparó que desde
una de las ventanas de la casa vecina que caían so-
bre el jardín la observaba un joven de unos treinta
y cinco años.
Este era un escultor florentino llamado Pedro
Torrigiano, que vivía en Sevilla con su esposa, ve-
neciana que renunció á sus títulos nobiliarios por
enlazarse al artista.
Pedro se vio obligado á abandonar su ciudad por
su carácter impetuoso, que en más de una ocasión le
había puesto junto al precipicio de la muerte.
Hijo de padres honrados, pero humildes, siguió en
su primera juventud la noble carrera de las armas.
Pero no pudiendo sufrir los rigores de la discipli-
na militar, provocó á uno de sus jefes, viéndose obli-
gado á dejar la carrera.
Torrigiano siempre mostró sus inclinaciones por
la escultura, modelando figuras de barro desde la
niñez.
Siendo paisano, creyó que era llegado el momento
de consagrarse al arte de Fidias, y asistió al taller de
Chirlandajo.
Pero habiendo tenido una disputa con su compa-
ñero Miguel Ángel, le arrojó el mazo con que traba-
jaba, aplastándole la nariz.
856 EL JURAMENTO
Poco tiempo después conoció á María, la noble
veneciana que había de hacerse reina de su corazón
y dulcificar su carácter.
María, prescindiendo de la oposición que sus pa-
dres hicieron á que se verificase el matrimonio, en-
lazóse con el artista.
El desprestigio que por su carácter había alcanza-
do el escultor obligóle á salir de Florencia, esperan-
do que en España recompensasen su talento.
Encaminóse, pues, hacia Sevilla, donde se instala
en una modesta casa cuyas ventanas caían sobre el
jardín del viejo Jacob, como ya hemos dicho á nues-
tros lectores.
Torrigiano quedóse absorto al contemplar la her-
mosura de Esther.
Su esposa, que velaba á pesar de lo avanzado de la
hora, le preguntó por qué no se recogía.
— Ven, María, le dijo; mira qué joven tan encanta-
dora.
Sería un gran modelo para cualquiera de las es-
culturas que me han encargado.
María se aproximó á la ventana, y quedóse tan
sorprendida como su esposo de aquella hermosura
verdaderamente escultural.
— ¿Quién será esa joven?
No la he visto hasta hoy, á pesar de que con fre-
cuencia permanezco en la ventana.
— Su traje y su tipo revelan bien claramente que
es hebrea.
— ¡Hebrea! — exclamó la esposa del artista, sin po-
DE DOS HÉROES. 857
der reprimir la repugnancia que le inspiraban todas
las sectas que se apartasen del catolicismo.
— Sí, aunque no descubro más que su busto, es lo
suficiente para comprenderlo.
Como la hora era avanzada, María rogó á su es-
poso que se retirase.
Este no la contradijo, pero pensó desde luego vi-
sitar á Esther y rogarla que le permitiese trasladar
su imagen al mármol.
La hija de Jacob permaneció algún tiempo más
¡en la ojiva admirando la belleza de la noche y pen-
sando en Garcés.
En vano trataba de conciliar el sueño.
Nada predispone á la vigilia como el amor, so-
t>re todo cuando es el primero que se siente en el
.alma.
Así pasó la noche.
Apenas brillaron en el cielo los primeros albores
-del día, se encaminó á la estancia del paje.
Este tampoco había podido consagrarse á las dul-
zuras del sueño, aunque por distintas causas.
Las esperanzas que le había dado el doctor hebreo
le impidieron dormir.
— ¿Como estás? le preguntó la joven con la dulzu-
ra que le era característica.
— Muy bien, mi querida Esther; parece que la sóla
ida de recuperar el sentido que me falta ha dado la
luz á mi espíritu.
— ¿En ese caso, te encontrarás con ánimos para que
hoy te conduzca á nuestro jardín?
858 EL JURAMENTO
— Desde luego; no sólo me encuentro con ánimos,,
sino que lo deseo ardientemente.
¿Quieres que vayamos ahora?
— Es demasiado temprano; me parece oportuna
que esperemos á que los rayos del sol calienten más
la tierra.
— Gomo quieras, Esther; supuesto que tan espon-
táneamente te has ofrecido á ser mi guía, no tengo
más remedio que acatar tus órdenes.
Mi deseo de salir al aire libre era por despejarme
un poco la cabeza.
Apenas he podido dormir.
— Ni yo tampoco — añadió Esther.
— ¿Tú tampoco?
¿Acaso tenías alguna preocupación?
De otra manera no se concibe.
Yo no he dormido, porque las palabras del doctor
me impresionaron tan vivamente, que prefería me-
ditar en el momento en que viese de nuevo la luz á.
consagrarme al descanso.
— Lo creo, Garcés.
— ¿Pero y tú, qué tienes?
¿Acaso estás enferma?
— No lo sé.
— ¡Gomo! ¿Qué es lo que sientes?
— Me sería muy difícil explicártelo.
— Habla, habla con franqueza.
¿No me consideras digno de tu confianza?
— Sí, Garcés; pero me encuentro en unas condi-
ciones tan anormales...
DE DOS HÉROES. 859